"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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CAPÍTULO 22: EL FONDO DE LA PRIMERA
El agua del lago no mojaba.
Luna lo descubrió a los pocos segundos de sumergirse. La niebla negra la envolvía como una burbuja imperfecta, manteniendo el líquido a raya, pero el frío —un frío que no era de temperatura sino de tiempo— se filtraba igual. Le helaba los huesos. Le helaba la memoria.
Descendió.
La luz violeta que brotaba de la grieta se intensificaba a medida que se acercaba al fondo. Ya no era una simple lumbre. Era un faro. Un latido. Una invitación.
El fondo del lago no era barro.
Era una ciudad.
Las ruinas que había visto en su primer descenso ahora se revelaban en todo su esplendor. Columnas de piedra negra que se alzaban hacia la superficie como brazos ahogados. Estatuas sin rostro que señalaban el camino. Y en el centro, el altar. El mismo altar que había visto antes, pero ahora... ahora no estaba vacío.
Sobre el altar, sentada con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, una mujer.
No era Clara.
Era otra. Más antigua. Más cansada.
Su pelo era blanco —no de vejez, de siglos— y caía sobre sus hombros como una cascada de ceniza. Su rostro era joven y viejo a la vez, como si el tiempo no hubiera podido decidir qué hacer con ella. Y sus ojos... sus ojos estaban cerrados, pero Luna sabía que cuando los abriera, serían violetas.
Violetas como los suyos.
—Eres la Primera —dijo Luna.
La mujer abrió los ojos.
No eran violetas.
Eran negros. Negros como el fondo del lago. Negros como la noche antes de que existieran las estrellas.
—Soy el arrepentimiento —respondió. Su voz era suave, casi maternal, pero con un eco metálico, como una campana bajo el agua—. Soy lo que queda después de mil años de soledad.
—¿No eres la Primera?
—Fui la Primera. Ahora soy solo un recuerdo. Un recuerdo que no se atreve a morir.
Luna dio un paso hacia el altar. La niebla negra se arremolinaba a sus pies, insegura, como si no supiera cómo comportarse ante aquella presencia.
—¿Dónde está mi madre?
La Primera sonrió. Era una sonrisa triste.
—Tu madre está donde siempre ha estado. Al otro lado de la puerta. La misma puerta que tú cerraste en el bosque. La misma puerta que yo abrí hace mil años.
—No entiendo.
—Clara es la guardiana del lago, igual que yo fui la guardiana del bosque. Las Herederas no mueren, Luna. Se transforman. Se convierten en parte del paisaje. En piedra. En agua. En niebla.
—¿Y tú? —preguntó Luna—. ¿Tú también te transformaste?
La Primera negó con la cabeza.
—Yo no fui Heredera. Yo fui la creadora. La que hizo el primer pacto. La que abrió la primera puerta. La que condenó a todas las que vinieron después.
—¿Por qué?
—Por miedo. Siempre por miedo.
La Primera se puso en pie. Su cuerpo era frágil, como de porcelana antigua, pero se movía con una gracia que no pertenecía a este mundo.
—Hace mil años, este valle era diferente. No había vampiros. No había lobos. Solo humanos. Y los humanos... los humanos tenían miedo de la noche. De la oscuridad. De lo que no podían controlar. Yo era la líder de mi tribu. Y prometí proteger a los míos.
Se acercó a una de las columnas de piedra. Apoyó la mano en ella. La piedra brilló.
—Los Moretti no existían entonces. Eran solo una familia de pastores. Una familia que encontró un libro. Un libro que hablaba de puertas. De otros mundos. De poder.
—¿El libro? —preguntó Luna.
—El libro de los Primeros. Los que llegaron antes que la piedra, antes que el agua, antes que el fuego. Los que escribieron las runas que ahora llevas en la piel.
Luna se tocó la costilla. Las runas latían con fuerza.
—¿Los Primeros me dieron estas runas para...?
—Para que recordaras. Para que supieras la verdad. Los Primeros no son dioses ni monstruos. Son testigos. Han estado aquí desde el principio, viendo cómo los humanos se autodestruyen una y otra vez. Pero contigo... contigo decidieron intervenir.
—¿Por qué conmigo?
La Primera la miró. Y por primera vez, en sus ojos negros, Luna vio algo que no esperaba.
Envidia.
—Porque tú eres la única Heredera que ha dicho «no». No al poder. No a la venganza. No al odio. Las demás aceptaron su destino. Se convirtieron en guardianas. Se perdieron a sí mismas. Pero tú... tú peleaste. Negociaste. Encontraste terceras opciones donde no las había.
Se acercó a Luna. Tan cerca que su aliento —frío, antiguo, vacío— rozó la mejilla de la joven.
—¿Sabes qué significa eso?
—Dímelo.
—Que rompiste el ciclo. Que las Herederas ya no están condenadas a desaparecer. Que puedes elegir.
—¿Elegir qué?
—Quedarte. Irte. Abrir la puerta. Cerrarla para siempre. Lo que quieras. Porque ahora el poder no está en la niebla ni en los Antiguos ni en los Primeros. El poder está en ti.
Luna sintió cómo las palabras de la Primera se hundían en su pecho como cuchillos.
—¿Y mi madre? —preguntó—. ¿Puedo elegir también por ella?
La Primera negó con la cabeza.
—Tu madre ya eligió. Hace treinta años. Eligió darte la vida a cambio de la suya. Y ese sacrificio... ese sacrificio es irreversible.
—Entonces no puedo salvarla.
—No. Pero puedes honrarla. Viviendo. Siendo feliz. Cerrando las puertas que ella no pudo cerrar.
Luna apretó los puños. Las lágrimas —calientes, humanas— rodaron por sus mejillas.
—La odio —susurró—. Te odio a ti. Odio a los Moretti. Odio a este valle.
—Lo sé.
—Pero también lo quiero. A ella. A mi abuela. A los tres idiotas que me siguen a todas partes. A este maldito lugar que me rompió y me reconstruyó al mismo tiempo.
—Eso es vivir, Luna. Amar y odiar a la vez. Elegir, incluso cuando no quieres elegir.
La Primera dio un paso atrás. Su cuerpo comenzó a desdibujarse, como si el agua del lago la estuviera reclamando.
—Volveré a mi sueño —dijo—. Mil años más, quizás. O quizás para siempre. Depende de ti.
—¿De mí?
—De si cierras la puerta del lago. La última puerta. La que conecta este mundo con el vacío. Si la cierras, los Antiguos se dormirán para siempre. Los Primeros se irán. Y el valle... el valle será solo un valle.
—¿Y los vampiros? ¿Y los lobos? ¿Y los Moretti?
—Ellos seguirán. Porque ellos no dependen de las puertas. Dependen de sí mismos. Como tú.
El cuerpo de la Primera se deshizo en niebla. Niebla negra. Igual que la de Luna.
Y en el centro del altar, donde ella había estado sentada, apareció una llave.
No era de hueso. Era de luz.
Luz violeta. Luz de luna. Luz de sangre.
Luna la cogió. La llave pesaba muy poco, casi nada, pero en su interior sentía el peso de mil años de historia.
—Cierra la puerta —susurró la voz de la Primera, ya casi inaudible—. Cierra la puerta y sé libre.
Luna apretó la llave contra su pecho.
—No quiero ser libre. Quiero ser feliz. Es diferente.
La risa de la Primera fue el último sonido que oyó antes de que el lago entero temblara.
La grieta se cerró.
El agua la empujó hacia la superficie.
Y cuando salió, tosiendo, llorando, riendo, los tres reyes estaban en la orilla.
—Luna —dijo Alec, tendiéndole la mano.
—He vuelto —respondió ella.
—¿Y las respuestas? —preguntó Dante.
—Están aquí. —Se tocó la costilla—. En las runas. En la llave. En mi madre.
—¿Tu madre? —Viktor frunció el ceño.
—Está muerta. Pero eligió estarlo. Para que yo pudiera vivir. Y voy a honrar su elección.
Margaret la abrazó por detrás. Sus brazos arrugados la rodearon con una fuerza que no parecía propia de su edad.
—Bienvenida a casa, mi niña.
Luna cerró los ojos.
La niebla negra se retiró, replegándose en algún rincón de su interior, esperando.
La llave de luz brilló en su mano un instante más y luego se apagó.
La puerta del lago estaba cerrada.
El ciclo, por fin, se había roto.