En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 6
Desperté con el cuerpo pesado, envuelta en el aroma residual de Alexander: ese sándalo que ahora parecía haberse filtrado hasta en mis poros. Estiré la mano sobre las sábanas de seda, buscando el calor de su cuerpo, pero solo encontré el frío del vacío. Se había ido. Una vez más, el CEO implacable había recuperado su armadura antes de que el sol pudiera delatar su vulnerabilidad.
Me incorporé lentamente, sintiendo el roce de la seda contra mi pecho. Cada movimiento era un recordatorio de la noche anterior, de la urgencia de sus manos y de la forma en que su voz, rota por el deseo, había pronunciado mi nombre en la penumbra. Me puse en pie, guiándome por el tacto familiar de la alfombra, y caminé hacia el baño. El sonido del agua golpeando el mármol fue lo único que rompió el silencio sepulcral de la suite.
Mientras el vapor llenaba el espacio, permití que mis pensamientos volvieran a Vanessa y a la gala. Alexander me había defendido, sí, pero su protección se sentía como la de un coleccionista que cuida una pieza rara. No era amor, o al menos no el tipo de amor que yo conocía. Era una posesión obsesiva, una necesidad de control que se disfrazaba de deber.
Salí de la ducha y me vestí con un conjunto sencillo de cachemir. Necesitaba sentir texturas suaves, algo que me reconfortara después de la tormenta emocional. Al bajar al comedor, el ambiente era distinto. No escuché los cuchicheos habituales del servicio. El silencio era respetuoso, casi temeroso.
—Buenos días, señora Thorne —la voz de la señora Hudson carecía de su veneno habitual—. El señor dejó dicho que hoy no saldrá de la mansión. Ha trasladado sus reuniones al despacho principal.
—Gracias, señora Hudson —respondí, tratando de que mi sorpresa no fuera evidente.
Alexander nunca trabajaba desde casa. Su vida era la oficina, los rascacielos y el cristal. ¿Por qué quedarse ahora? Tanteé el borde de la mesa y encontré mi desayuno. El café estaba exactamente como me gustaba, con un toque de canela que el personal nunca se había molestado en poner antes. Alexander estaba moviendo las piezas del tablero, incluso en su ausencia física.
Pasé la mañana en la biblioteca. Me gustaba el olor a papel viejo y cuero; me hacía sentir que el tiempo podía detenerse. Estaba sentada cerca del ventanal, dejando que el calor del sol de mediodía bañara mi rostro, cuando escuché sus pasos. No eran los pasos rápidos y decididos de cuando va a la oficina. Eran lentos, pesados, cargados de una fatiga que rara vez mostraba.
—¿No te cansas de estar sentada en la oscuridad? —preguntó desde la puerta.
—Para mí no hay diferencia entre el mediodía y la medianoche, Alexander —dije, girando la cabeza hacia su voz—. Pero el sol se siente bien. Deberías intentarlo alguna vez.
Escuché el roce de su chaqueta al caer sobre un sofá y luego el sonido de sus pasos acercándose. Se detuvo justo frente a mí, bloqueando el calor del sol. Su presencia era como una sombra física, un campo magnético que me erizaba la piel.
—Tengo demasiado trabajo como para perder el tiempo tomando el sol —dijo, pero su voz estaba más cerca de lo que esperaba.
Sentí que se inclinaba. Sus manos se apoyaron en los brazos de mi silla, atrapándome. El aroma a sándalo y café me envolvió de nuevo, despertando recuerdos que intentaba mantener a raya.
—Anoche... —empecé, pero él me interrumpió.
—Anoche fue un error de cálculo —su voz era un susurro áspero cerca de mi oreja—. Pero un error que no me arrepiento de haber cometido.
Su mano subió por mi cuello, sus dedos largos y cálidos trazando la línea de mi mandíbula. El contacto fue eléctrico, una caricia deliberada que me hizo contener el aliento. Sus dedos se perdieron en mi cabello, tirando suavemente para que mi rostro quedara expuesto hacia él. Podía sentir su respiración en mis labios, una invitación silenciosa que hacía que mi corazón galopara contra mis costillas.
—Eres una distracción, Elina —continuó, y su pulgar rozó mi labio inferior con una lentitud tortuosa—. Una que no puedo permitirme, pero que no puedo evitar buscar.
Me acerqué a él, buscando el calor de su boca. Quería que rompiera de nuevo esa máscara de hielo, que me demostrara que el hombre que me sostuvo en la pista de baile seguía ahí. Pero justo cuando nuestros labios estaban a punto de rozarse, el sonido estridente de su teléfono rompió la atmósfera.
Alexander soltó un gruñido de frustración y se apartó. Escuché cómo respondía a la llamada con su tono de negocios, frío y cortante, mientras se alejaba hacia el otro extremo de la biblioteca. La calidez desapareció, reemplazada por el vacío habitual.
Me quedé allí, con los labios todavía ardiendo y los sentidos alerta. Escuché palabras sueltas: "fusión", "contrato", "cláusulas de rescisión". Su mundo volvía a reclamarlo. Suspiré y volví a apoyar la cabeza en el respaldo de la silla. Sabía que esta danza de atracción y repulsión sería mi vida durante mucho tiempo.
Al final de la tarde, decidí caminar por el jardín trasero. Conocía el camino de memoria: diez pasos hasta la puerta, seis pasos por el porche de madera y luego la transición a la grava fina. El aire olía a lluvia inminente y a tierra mojada. Caminaba con la barbilla en alto, disfrutando de la libertad de moverme sin manos ajenas que me guiaran, cuando escuché un motor acelerando en la entrada principal.
No era el coche de Alexander. Era algo más ligero, más deportivo. Minutos después, escuché voces en el vestíbulo que llegaban hasta el jardín a través de las puertas abiertas. Eran voces de hombres.
—...no puedes esconderla para siempre, Thorne —decía una voz desconocida, burlona y cargada de una arrogancia que me hizo ponerme en guardia—. Todo el mundo habla de la "esposa fantasma". Queremos ver si es tan hermosa como dicen las fotos de la gala o si solo es un truco de relaciones públicas para limpiar tu imagen de tiburón.
—Sal de mi casa, Julian —la voz de Alexander era puro veneno.
—Solo un brindis, viejo amigo. Por el matrimonio.
Me quedé helada junto a los rosales. Sabía quién era Julian: el mayor rival de Alexander, un hombre conocido por su falta de escrúpulos. Si estaba aquí, no era por cortesía. Era para buscar una debilidad. Y en los ojos de Julian —y de todo el mundo empresarial—, esa debilidad era yo.
Caminé hacia la casa, mis pasos seguros sobre la grava. No iba a permitir que Alexander me ocultara como si fuera una vergüenza o un secreto sucio. Entré en el vestíbulo justo cuando la tensión parecía estar a punto de estallar en violencia física.
—¿Tenemos invitados, Alexander? —pregunté, mi voz clara y serena, cortando el aire cargado de testosterona.
El silencio fue inmediato. Podía sentir la mirada de Julian sobre mí, una mirada que se sentía como un rastro pegajoso en la piel. Alexander se movió rápidamente hacia mi lado, su mano rodeando mi cintura con una fuerza que casi me hizo daño. Era un gesto de protección, sí, pero también una advertencia.
—Julian ya se iba —dijo Alexander, sus palabras saliendo entre dientes.
—Oh, no tenía prisa —respondió Julian, y escuché sus pasos acercándose—. Así que esta es la famosa señora Thorne. Alexander, te has superado. No solo es hermosa, tiene una presencia... cautivadora.
Sentí que Julian se acercaba más de lo que la etiqueta permitía. El olor a perfume barato y alcohol me golpeó. Estiró una mano, probablemente para tocarme, pero Alexander fue más rápido. Escuché el crujido de la ropa y un jadeo ahogado.
—Si vuelves a intentar tocarla, no saldrás de aquí caminando —la voz de Alexander era tan baja que apenas era un murmullo, pero contenía una promesa de destrucción absoluta.
—Tranquilo, tigre. Solo quería presentarme —Julian rió, pero su risa sonaba nerviosa—. Nos veremos pronto, Elina. Muy pronto.
El sonido de sus pasos alejándose y el rugido de su coche al irse dejaron un silencio vibrante en el vestíbulo. Alexander no me soltó. Su mano seguía apretando mi cintura, y podía sentir la fuerza de su respiración agitada contra mi hombro.
—Te dije que no salieras del ala este —dijo finalmente, su voz cargada de una furia que no lograba ocultar su miedo.
—No soy un secreto que debas esconder, Alexander —respondí, girándome en su agarre hasta que mis manos encontraron su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la camisa de seda—. Y no dejaré que uses mi ceguera como excusa para encerrarme.
Él no respondió con palabras. En su lugar, me tomó del rostro con ambas manos, obligándome a levantar la cabeza. Sus labios buscaron los míos con una desesperación violenta, un beso que sabía a posesión y a una protección que empezaba a bordear lo obsesivo. En ese momento, comprendí que la guerra de Alexander ya no era solo contra sus rivales, sino contra lo que empezaba a sentir por la mujer que nunca quiso tener.