Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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Error en los sistemas
En la sede subterránea de la Orden Helix, el silencio no era sinónimo de paz, sino de una eficiencia fría y eléctrica. Ubicada a trescientos metros bajo el asfalto de la ciudad, la base era un laberinto de hormigón, fibra óptica y acero quirúrgico. Allí, el tiempo no se medía por la posición del sol, sino por el parpadeo de los servidores y el flujo incesante de los datos que alimentaban la "Purga Solar".
Mara, la analista principal, estaba sentada frente a la consola de mando, su rostro iluminado por el resplandor azulado de una docena de monitores holográficos. Sus dedos se movían con una cadencia rítmica sobre el teclado de cristal, procesando las señales cifradas que llegaban desde el exterior.
—Recibiendo paquete de datos del Operativo V-17 —anunció, y su voz resonó con una nota de triunfo contenido—. Adrian ha logrado una infiltración profunda. Ha estado en el centro neurálgico del ecosistema del objetivo.
Daniel, el estratega de campo, se acercó por detrás de ella, cruzando los brazos sobre su uniforme táctico. Su mirada estaba fija en la barra de transferencia que subía lentamente.
—Es el momento que esperábamos —dijo Daniel, con una sonrisa de suficiencia que no llegaba a sus ojos—. Una vez que descifremos los mapas genéticos de la híbrida y las coordenadas exactas de su asentamiento, el Enclave dejará de ser una leyenda para convertirse en un blanco. Mañana, la historia de los "seres que no deberían existir" será solo un pie de página en nuestros archivos de erradicación.
La barra de carga llegó al 100%. Un pitido electrónico, agudo y limpio, indicó que el descifrado de los archivos enviados por el reloj de Adrian había comenzado. Pero, en lugar de los gráficos nítidos, las secuencias de ADN y los mapas topográficos de alta resolución, la pantalla central emitió un destello blanco violento que obligó a ambos a apartar la vista.
—¿Qué demonios...? —murmuró Mara, frunciendo el ceño mientras sus dedos intentaban estabilizar la señal—. Tenemos una intrusión en el flujo de entrada. El sistema de cifrado cuántico está reportando anomalías en la estructura de los bits.
De repente, la información empezó a mutar ante sus ojos. Los mapas del bosque que Adrian había registrado meticulosamente con su receptor óptico —registrando cada árbol, cada cambio de nivel y cada rastro térmico— comenzaron a retorcerse. Las rutas se desdibujaban, convirtiéndose en espirales imposibles que desafiaban la geometría euclidiana; los senderos se cruzaban sobre sí mismos como serpientes de píxeles grises. La firma biométrica de Aeryn, que debía ser un mapa detallado de sus debilidades genéticas como híbrida, apareció en pantalla no como una cadena de nucleótidos, sino como una mancha de luz dorada y pulsante que saturaba los sensores hasta dejarlos ciegos.
—¡Hay un fallo en la integridad del archivo! —gritó Daniel, golpeando el borde del escritorio—. ¡Mara, aplica el filtro de reconstrucción! ¡No podemos perder esos datos!
—¡Lo estoy intentando, pero el código no responde! —replicó ella, su voz subiendo de tono por la frustración—. No es un virus de contrainteligencia, ni una interferencia de radiofrecuencia. Es como si los datos mismos se estuvieran... transformando en algo orgánico. Los unos y ceros se están comportando como materia viva que se resiste a ser observada.
En la pantalla principal, los registros de audio de la conversación donde Aeryn revelaba el origen de sus padres, el ancestral Elyan y la omega Lyra, se convirtieron en un estruendo de estática rítmica. Ya no era una voz humana; era un sonido profundo que recordaba al susurro del viento entre los helechos o al gruñido sordo de la tierra moviéndose. Las imágenes de Adrian rodeando con su brazo a Aeryn, capturadas por la micro-cámara de su solapa, se distorsionaron hasta que él parecía estar abrazando una silueta de fuego blanco que consumía la lente desde adentro.
Finalmente, el sistema principal emitió un zumbido agudo, un lamento electrónico de hardware bajo presión extrema. Los ventiladores de la sala se activaron a máxima potencia mientras las pantallas se tiñeron de un rojo sangre, dejando solo una notificación final en el centro:
ERROR CRÍTICO: VIOLACIÓN DE LEYES FÍSICAS REGISTRADAS.
LOS DATOS HAN SIDO CORROMPIDOS POR UNA FUENTE DE ENTROPÍA NO LINEAL.
ARCHIVO ELIMINADO POR SEGURIDAD DEL NÚCLEO.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el zumbido de los sistemas de refrigeración. Mara se dejó caer en su silla ergonómica, mirando sus manos temblorosas. El trabajo de semanas, la tecnología de punta de la Orden, todo había sido borrado en cuestión de segundos.
—Se ha ido todo —susurró Mara—. No hay respaldo, no hay rastro. Lo que sea que protege ese bosque... o lo que sea que corre por las venas de esa chica, ha infectado nuestro hardware. El Velo de los Faes no es solo una ilusión óptica para excursionistas perdidos, Daniel. Es un cortafuegos místico que actúa a nivel molecular. Reconoció nuestra tecnología como un cuerpo extraño y la devoró.
Daniel caminó de un lado a otro de la sala, su rostro tenso por una rabia fría.
—Esto es inaceptable. Adrian llevaba equipo de grado militar, protegido contra pulsos electromagnéticos y ataques de grado gubernamental. ¿Me estás diciendo que una "profecía" y un par de árboles brillantes nos han dejado ciegos?
—Te estoy diciendo que estamos tratando con una fuerza que no sigue nuestras reglas —respondió Mara, señalando una pequeña línea de código que aún parpadeaba débilmente en un monitor secundario—. Su equipo físico está intacto, pero la información que capturó se "suicidó" al intentar cruzar nuestra red. Es una advertencia.
Daniel se detuvo frente a la pantalla vacía.
—Esto cambia la estrategia de la Purga Solar. Si la tecnología falla y los satélites no pueden penetrar ese velo, Adrian está operando a ciegas. Ya no es una misión de reconocimiento y bombardeo. Si no puede enviarnos las coordenadas, tendrá que extraer el objetivo manualmente. Tendrá que convencerla de salir de su fortaleza o... destruirla desde adentro.
—Hay algo más que me preocupa —añadió Mara, mirando la última imagen distorsionada de Adrian antes del colapso del sistema—. Adrian siempre ha sido nuestro mejor agente porque es una máquina de lógica. Pero si no puede confiar en sus sensores, si sus gafas de realidad aumentada y sus monitores de pulso no le dicen qué es real y qué no... empezará a confiar solo en sus sentidos humanos. Y eso, Daniel, es el principio del fin para un cazador. Si empieza a sentir ese bosque en lugar de analizarlo, lo perderemos.
A kilómetros de distancia, en su departamento de soltero que funcionaba como piso franco, Adrian intentaba desesperadamente acceder a su propio respaldo local en su portátil de alta seguridad. Frustrado, vio cómo los archivos de su reloj se disolvían en una neblina de píxeles grises cada vez que intentaba abrirlos.
Se quitó las gafas y se frotó las sienes, sintiendo una punzada de dolor punzante detrás de los ojos. Recordaba perfectamente la tarde en el Corazón de los Helechos. Recordaba el tacto de la piel de Aeryn, el aroma a lluvia y magia, y la voz de ella contándole la historia de Elyan y Lyra. Todo había parecido perfecto, una extracción de datos magistral. Pero ahora, al mirar sus pantallas vacías, se sentía como si hubiera despertado de un sueño cuyos detalles se le escapaban entre los dedos.
Por primera vez en su carrera, Adrian Valerius no tenía un informe que leer, ni un algoritmo que seguir, ni una orden clara de sus superiores que no dependiera de su propia interpretación. Estaba solo en el territorio del enemigo.
Se giró hacia la ventana. La ciudad brillaba a lo lejos, ajena a la guerra silenciosa que se libraba en sus fronteras. Miró la daga de plata sobre su escritorio, el arma de su linaje, y luego sus propias manos, las mismas que habían rodeado a la "mujer nacida para cumplir una profecía" hace apenas unas horas.
—¿Qué eres realmente, Aeryn? —murmuró para la habitación vacía—. ¿Y qué me estás haciendo?
El cazador no sabía que el fallo del sistema no era un error técnico, sino la primera respuesta de un mundo que ya sabía que él estaba allí. La Orden Helix estaba asustada porque no podía medir el peligro. Y Adrian, sin el escudo de su tecnología, empezaba a ser vulnerable a la única cosa que los cazadores siempre habían despreciado: la humanidad del monstruo.