Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 24
El líder murciélago, con una sonrisa cargada de malicia, dio un paso al frente, extendiendo ligeramente las alas detrás de él.
—Vamos, hombre… —dijo con falsa cordialidad—. No le haremos nada a tu hembra.
Zeon no respondió de inmediato. Su mirada descendió por un instante hacia Ren, cuyo cuerpo ardía entre sus brazos, frágil, vulnerable… y eso bastó para tomar una decisión.
—Será mejor que no los molestemos más… —murmuró finalmente, con voz baja pero tensa—. Me retiro.
Sin añadir nada más, se dio la vuelta, manteniendo la guardia alta mientras comenzaba a alejarse de la tribu. Cada paso era pesado, forzado, como si su propio instinto se rebelara contra aquella retirada. Pero no llegó lejos.
El líder murciélago, incapaz de contener su deseo, hizo una leve señal con la mano.
En un instante, seis figuras vestidas de negro emergieron de las sombras, rodeando a Zeon con precisión letal.
El ambiente cambió de inmediato.
Los aldeanos que momentos antes sostenían lanzas retrocedieron sin dudar, abandonando la zona con rapidez. Sabían lo que significaba la aparición de aquellos hombres: sangre. Y en ese tipo de enfrentamientos, los débiles no sobrevivían.
El líder murciélago avanzó unos pasos más, su sonrisa ensanchándose.
—Mis hombres son de nivel cinco y seis… al igual que tú —declaró con arrogancia—. Si sabes lo que te conviene… entrégame a la hembra… o morirán aquí mismo.
El silencio que siguió fue denso.
Zeon permaneció inmóvil en el centro del círculo, sus ojos brillando con una furia oscura. Había subestimado aquella tribu, y ahora el precio era evidente. Su orgullo, una vez más, era aplastado bajo la necesidad de proteger a Ren.
Apretó la mandíbula.
—… —no dijo nada en voz alta, pero su mirada lo decía todo.
Finalmente, cedió.
No por debilidad.
Sino por elección.
—Esperaré… —pensó, con un odio frío que ardía en su interior—. Cuando Ren se recupere… los destruiré a todos.
Los hombres de negro alzaron las manos al unísono, y una energía extraña comenzó a materializarse en el aire. De la nada, surgieron cadenas brillantes, etéreas pero sólidas, vibrando con un poder desconocido.
—INSVOSPACE.
La palabra resonó como un eco antinatural.
Una de las figuras avanzó, extendiendo los brazos para tomar a Ren. Pero antes de que pudiera siquiera rozarla, el líder murciélago apareció frente a él con una velocidad inesperada, inclinándose lo suficiente para susurrarle al oído.
—Si te atreves a tocarla… —su voz era baja, venenosa— te mataré a ti… y a toda tu familia.
El hombre se detuvo en seco, retrocediendo de inmediato.
Zeon observó la escena.
Y entonces… sonrió.
Una sonrisa leve.
Oscura.
Peligrosa.
Sus ojos brillaron con una promesa silenciosa.
Eso mismo es lo que haré con todos ustedes.
El líder murciélago se aproximó a Zeon con una sonrisa cargada de burla, sosteniendo entre sus brazos a Ren, cuyo cuerpo había cedido finalmente ante la fiebre, quedando inconsciente y completamente vulnerable.
Zeon tensó la mandíbula al verlo.
—Si le haces algo extraño… los mataré a todos —advirtió con una voz baja, pero cargada de una amenaza real.
Las palabras no pasaron desapercibidas.
Los hombres de negro, sin perder tiempo, activaron las cadenas de un tono azul celeste que brillaban con una energía extraña. Por orden del líder, las lanzaron hacia Zeon, envolviendo su cuerpo con precisión. La energía de aquellas ataduras no solo lo inmovilizó, sino que forzó su transformación, obligándolo a abandonar su forma híbrida hasta quedar completamente humano.
Zeon no se resistió.
No porque no pudiera.
Sino porque no debía.
Mientras tanto, el líder murciélago sostuvo a Ren con un cuidado que contrastaba con la intención detrás de su mirada. Sin decir una palabra más, alzó el vuelo, elevándose por encima de las construcciones de madera y hojas que formaban la aldea, avanzando con rapidez hacia el campamento médico.
Zeon quedó atrás.
De pie.
Sometido.
Rodeado por los hombres de negro que lo custodiaban sin bajar la guardia.
Desde el cielo, el líder descendió finalmente frente a una estructura más amplia, donde varios curanderos se movían con rapidez entre hierbas y utensilios.
—Mi señor —saludó uno de ellos, inclinándose de inmediato.
Al alzar la vista, sus ojos se abrieron con sorpresa al ver a la figura que el líder llevaba en brazos.
Una hembra.
Y no cualquiera.
La belleza de Ren, incluso en ese estado, era imposible de ignorar.
—Trátala —ordenó el líder con simpleza.
El médico asintió sin dudar.
—Haré todo lo posible para ayudarla.
Con cuidado, el líder depositó a Ren sobre una cama improvisada de paja, observándola unos segundos más de lo necesario, como si ya la considerara parte de algo que le pertenecía.
Sin añadir nada más, se dio la vuelta.
Y se marchó.
Regresó a su dormitorio con paso tranquilo, una leve sonrisa formándose en su rostro mientras un pensamiento se asentaba con claridad en su mente.
Tendré otra hembra para mí colección.
......................
El médico, ajeno al peligro que lo acechaba, se acercó lentamente a Ren, quien permanecía inconsciente sobre la cama de paja. Sus manos se elevaron hacia el rostro de la joven, y en su expresión comenzó a dibujarse una intención turbia, impropia de alguien en su posición.
—Esta hembra es hermosa… Nadie sabrá si le hago algo, ¿verdad? —pensó, dejándose llevar por su propia depravación.
Pero no tuvo oportunidad de actuar.
Una sombra surgió de la nada.
Silenciosa.
Letal.
En un instante, un filo atravesó el aire, y la cabeza del médico fue separada de su cuerpo sin resistencia. El tiempo pareció detenerse mientras esta salía despedida, y la sangre, aún caliente, salpicó ligeramente el cuerpo inmóvil de Ren.
—Nadie tiene permitido tocar a la hembra en la que he puesto mis ojos.
La voz fue fría, firme.
El hombre que emergió de la oscuridad estaba completamente cubierto de negro, su presencia era tan discreta como amenazante. Se acercó a Ren con paso medido, pero se detuvo abruptamente al notar algo.
Sus ojos se fijaron en el rubí de su collar.
—¿Quién es esta hembra…? ¿Y por qué tiene uno de los siete rubíes? —pensó, sorprendido.
Retrocedió apenas un paso, confundido.
¿Cómo alguien así podía poseer algo tan importante?
Antes de que pudiera profundizar en sus pensamientos, un humo extraño comenzó a emanar del cuerpo sin vida del médico. Era denso, casi imperceptible al inicio, pero pronto empezó a expandirse por el aire.
En ese mismo instante, Ren comenzó a moverse.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—¿En dónde estoy…? ¿Dónde está Zeon y…? —murmuró, aún desorientado.
Pero no logró terminar.
El humo ya había comenzado a hacer efecto.
Ren llevó una mano a su pecho, respirando con dificultad.
—¿Por qué… me siento así…? Mi cuerpo se siente muy caliente... —pensó, confundido, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba de una forma que no lograba comprender.
Quiero leer al orgulloso ese volverse loco por ella 😁