"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
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Capítulo 24: El Santuario de los Secretos
POV: ELENA (Rosa)
El trueno retumbó con una fuerza que hizo vibrar los frascos de vidrio en los estantes de la clínica. Mis dedos, entumecidos por el frío de la tormenta, sostenían aquella agenda de cuero desgastado que el impacto del barco había liberado de su escondite.
Mis ojos se clavaron en la fotografía. Era yo. No había duda. Pero no era la "Rosa" de manos ásperas y ropa de pescador; era una mujer que desbordaba seguridad, vestida con una bata blanca impecable que llevaba bordado un nombre: Dra. Elena Monteclaro.
—Elena... —susurré, y el nombre se sintió como una descarga eléctrica en mi lengua.
Escuché el crujido de la madera afuera. Los pasos pesados de Gabriel (Arturo) se acercaban rápidamente, huyendo del aguacero. El pánico me recorrió la columna. Si él veía esto, si él recordaba... ¿qué pasaría con nuestra paz? ¿Quiénes eran los enemigos que nos obligaron a olvidar?
Con una agilidad que nació del instinto puro, cerré la agenda. Miré a mi alrededor desesperada En el rincón de la bodega, bajo una pila de redes viejas, había un hueco entre las tablas del suelo donde guardábamos las herramientas de repuesto. Me deslicé sobre el lodo, metí la agenda en una bolsa de plástico impermeable de los suministros nuevos y la hundí en el agujero, cubriéndola con una tabla suelta justo cuando la puerta se abría de golpe.
—¡Rosa! —Gabriel entró jadeando, con el cabello pegado a la frente y el agua chorreando de su impermeable—. ¡El muelle está cediendo! Tienes que salir de aquí ahora mismo. ¿Qué haces en el suelo?
Me puse de pie de un salto, limpiándome las manos en el delantal. Mi corazón martilleaba contra mis costillas.
—Se... se cayó una caja de suturas —mentí, forzando una respiración tranquila—. Estaba tratando de que no se mojaran.
Gabriel me miró fijamente. Sus ojos, nublados por la confusión de su propia mente borrada, analizaron mi rostro pálido.
—Estás temblando, Rosa. Vámonos a la choza. El mar está furioso hoy.
POV: ARTURO (Gabriel)
Caminamos bajo la lluvia, pero mi mente se quedó atrás, en la bodega. Había algo en la mirada de Rosa que no me gustaba. Una chispa de terror, pero también de... reconocimiento.
—Gabriel —dijo ella de pronto, mientras subíamos la colina hacia nuestra casa—, ¿alguna vez sientes que las paredes de este pueblo son demasiado pequeñas? ¿Que afuera hay algo que nos pertenece y que perdimos?
Me detuve en seco. El viento nos azotaba, pero el frío real venía de sus palabras.
—No pienses en eso, Rosa. El "afuera" nos dejó morir en un barranco. Lo que sea que perdimos, no vale el riesgo de ser encontrados. Aquí tenemos al niño. Aquí tenemos silencio. No busques fantasmas donde solo hay sombras.
Ella asintió, pero no volvió a mirarme a los ojos en toda la noche. Supe entonces que algo se había roto. El olvido, que había sido nuestro refugio, empezaba a sentirse como una cárcel.
POV: SEBASTIÁN
En la capital, la cena de compromiso con Victoria era un despliegue de opulencia asquerosa. Beatriz reía con los De la Vega mientras yo cortaba mi carne con una precisión quirúrgica, imaginando que era el cuello de quienes destruyeron mi vida.
—Sebastián, querido —Victoria me tocó la mano, su anillo de diamantes brillando bajo las lámparas de cristal—, he estado pensando que después de la boda deberíamos cerrar esa "Fundación San Judas". Es demasiado gasto para pueblos que no aportan nada al hospital.
—Es una inversión en relaciones públicas, Victoria —respondí sin mirarla—. Pero si tanto te molesta, lo revisaremos después de la luna de miel.
—Me parece justo —ella sonrió, satisfecha de su aparente poder sobre mí—. Por cierto, mi seguridad dice que Elvira ha estado muy inquieta. Ha estado vendiendo algunas tierras de los Monteclaro. ¿Sabes para qué quiere tanto efectivo?
—Probablemente para pagar las deudas que Arturo dejó —mentí con naturalidad—. No le des importancia. Elvira es una mujer acabada.
En realidad, yo sabía exactamente lo que Elvira estaba haciendo. Estaba financiando el contraataque.
POV: ELENA (Rosa)
Esa noche, mientras Gabriel dormía profundamente y el pequeño Sebastián descansaba en su cuna, me levanté en silencio. El suelo de tierra estaba frío, pero mis pies me llevaron de vuelta a la bodega, movida por una fuerza invisible.
Recuperé la agenda del agujero. Me senté en un rincón, iluminado solo por una pequeña linterna de aceite. Empecé a pasar las páginas. Eran notas sobre cirugías, diagnósticos... y de repente, una carta doblada cayó de entre las hojas.
La letra era elegante, decidida.
"Elena, si estás leyendo esto, es porque hemos logrado sacar a Sebastián de la mansión. No confíes en Beatriz. Ella sabe lo del niño. Huye hacia el norte. Arturo tiene los contactos."
Mis manos empezaron a sudar. Beatriz. El nombre resonó en mi cabeza con un eco de puro terror. No sabía quién era Beatriz, pero sentía el peso de su maldad sobre mis hombros. Miré la foto de nuevo. Vi a un hombre a mi lado en el fondo de la imagen, desenfocado... un hombre de ojos grises que me miraba con una adoración que me hizo llorar.
—Sebastián... —susurré. El nombre de mi hijo no era una coincidencia. Le había puesto el nombre del hombre que amaba sin saberlo.
Guardé la agenda de nuevo en su escondite, jurando que no descansaría hasta entender por qué nos habían hecho esto. Ya no era solo Rosa, la curandera. Era Elena Monteclaro, y mi mente estaba empezando a despertar de su largo sueño.
SUSPENSO
Victoria de la Vega entra en su habitación y encuentra a su jefe de seguridad esperándola.
—Señora, el rastreo de los suministros de la Fundación dio un resultado inusual. Hay una mujer en Puerto Silencio que está usando técnicas de sutura que solo se enseñan en el Hospital Real.
Victoria se queda inmóvil. Una sonrisa lenta y cruel se dibuja en sus labios.
—Prepara el coche. No le digas nada a Sebastián ni a Beatriz. Quiero ver con mis propios ojos si la muerta ha aprendido a caminar.