Es una historia intensa y visceral sobre pasión, ambición y lealtad en un universo donde cada decisión puede ser la última.
Un romance envuelto en balas.
Una guerra donde el corazón es el único territorio que no están dispuestos a perder.
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CAPÍTULO 22.
Gabriel salió de la casa, acompañado de Iván, avanzando entre las sombras del jardín directo a mí. Con esa calma que siempre lo rodeaba… pero algo en su andar me hizo darme cuenta de que esta vez no era la misma quietud de siempre. Sus pasos eran firmes, silenciosos… y sus ojos ya estaban puestos en mí.
Entre Valentina y yo flotaba esa tensión que parecía cortar el aire, un hilo invisible que Gabriel percibió al instante.
Cuando estuvo a unos pasos, su mirada rozó a Valentina apenas un instante. Solo lo suficiente para captar que algo no estaba bien. Luego, sus ojos se fijaron en mí… y de pronto todo lo demás desapareció.
Se acercó sin decir palabra alguna. Sentí su mano deslizarse por mi espalda, cálida y firme, rodeándome como si siempre hubiera sido así… como si yo siempre hubiera pertenecido a ese lugar junto a él.
Me atrajo hacia sí con una naturalidad que me desarmó. Antes de que pudiera pensar en cualquier otra cosa, sus labios se encontraron con los míos.
Besarnos era como recordar todo lo que habíamos callado durante años: su seguridad atravesaba cada fibra de mi cuerpo, su pulso contra el mío decía lo que las palabras nunca pudieron.
Su mano se tensó un poco en mi espalda, acercándome más, reclamando mi cercanía como si necesitara sentirme ahí para asegurarse de que esto era real… que yo era suya, y que él no me dejaría ir.
Mi corazón latía con fuerza, golpeando contra mis costillas, mientras me dejaba arrastrar por ese beso que concentraba años de ausencias, de recuerdos, de deseo callado.
Y cuando finalmente se separó, lo hizo despacio. Su frente quedó apenas rozando la mía, su respiración mezclándose con la mía, y su pulgar dibujaba un movimiento lento sobre mi cintura.
Sus ojos se quedaron en los míos un instante más. En ellos había profundidad… y esa sensación extraña de seguridad que solo él podía darme, incluso cuando todo lo demás parecía tambalear.
Entonces levantó la mirada hacia Valentina. Su expresión era tranquila, casi impenetrable… pero su brazo seguía rodeándome con firmeza, como diciendo sin palabras que yo no estaba sola.
Me apoyé contra él y, por primera vez desde que Valentina había empezado a hablar, la inquietud dentro de mí desapareció. Porque Gabriel estaba allí, y en la manera en que me sostenía, en la forma en que me besó… dejaba algo muy claro: no estaba sola. Nunca lo estaba mientras él estuviera cerca.
......................
La fiesta se apagaba lentamente, como una llama que pierde fuerza, sin que nadie lo notara.
Algunos invitados empezaron a despedirse, abrazándose con suavidad, hablando en un tono más bajo. Los tacones dejaron de resonar sobre la piedra, y los grupos que llenaban el jardín se hicieron más pequeños, más dispersos.
El viento de la noche se volvió fresco y acarició mi piel. Las velas se consumían dejando un olor tenue a cera. La música se redujo a un murmullo lejano, acompañando las últimas conversaciones.
Desde la terraza se veían los autos salir por el camino, sus luces desvaneciéndose entre los árboles oscuros. Valentina e Iván se marcharon cuando la fiesta empezaba a terminar, caminando juntos hacia la salida sin llamar la atención. Vi cómo Iván abrió la puerta del auto y Valentina subió con calma. El vehículo arrancó y desapareció, llevándose consigo los últimos destellos de la noche.
Dentro de la casa, las conversaciones continuaban, pero se fueron apagando poco a poco.
Las risas se hicieron suaves, las despedidas más largas… hasta que solo quedó un silencio cálido y tranquilo, ese tipo de silencio que se siente cuando una noche intensa llega a su fin.
La casa volvia a ser la misma, recuperando la calma después de tantas voces, de tantos pasos y de tanta vida.
Luego llevamos a nuestro hijo dormido a su habitación, lo arropamos con cuidado y nos retiramos a la nuestra, caminando juntos en silencio, sintiendo la calma de la noche rodeándonos.
La habitación estaba en silencio, pero dentro de ese silencio había un fuego que solo nosotros podíamos sentir.
Gabriel me miró y de inmediato, mi cuerpo respondió antes que mi mente. No hacía falta hablar: sus ojos lo decían todo, y yo estaba dispuesta a escucharlos.
Caminé unos pasos... Me quité mi vestido y mi ropa interior lentamente, dejando mi cuerpo expuesto para que él lo tomara.
Caminó hacia mi de inmediato y sus manos me encontraron con suavidad, como tanteando y luego con firmeza. Reclamando mi cuerpo como si siempre hubiera sido suyo.
Me atrajo hacia él y sentí su pecho contra el mío, su calor inundándome, mezclándose con mi respiración acelerada.
_ Aurora… _ susurró, y su voz era un temblor cálido que recorría mi espalda hasta el último rincón de mi piel.
_ Si...
_ Quiero sentirte… ahora.
No respondí con palabras. Solo lo dejé acercarse más, y cuando sus labios tocaron los míos, el mundo desapareció. No había paredes, no había luces, no había noche… solo nosotros, el calor de nuestros cuerpos, y la certeza de que cada roce contenía todo lo que sentíamos.
Sus besos profundos, lentos y urgentes.
Sus manos que se deslizaban por mi espalda, bajando y subiendo. Explorando y sosteniendo, recordándome que estaba allí para mí, por mí y conmigo.
Me apoyé contra él y sentí cómo mi corazón latía al mismo ritmo que el suyo, cada movimiento silencioso que nos unía más allá de cualquier palabra.
_ Te amo _ murmuró entre un beso y otro, y su aliento cálido me envolvió como un refugio.
_ Yo también _ susurré, incapaz de decir más, porque no habían palabras que pudieran abarcar lo que sentía.
Cada contacto era electricidad pura, cada caricia un idioma que solo nosotros entendíamos. Sus manos recorrieron mi cuerpo, mis pechos, mi espalda… y yo sentia que no había manera de existir sin este contacto.
Apoyé mi frente contra la suya y respiramos juntos, compartiendo un silencio que hablaba más que cualquier palabra. Cada latido, cada roce, cada suspiro nos decía: “Estamos aquí... Somos uno”.
_ Aurora… _ dijo otra vez, su voz grave, cargada de deseo y ternura al mismo tiempo _ No quiero nada más que esto. Nada más que tú.
Y lo entendí...
Mientras estuviera abrazada a él, mientras pudiéramos sostenernos en este instante perfecto, nada podría tocarme. Su amor me envolvía, me sostenía, me consumía de la manera más hermosa posible.
Cada beso se hizo más intenso, cada caricia más urgente, y en esa habitación silenciosa nos perdimos el uno en el otro, hasta que el tiempo dejó de existir. No había pasado, ni futuro... solo nosotros, el calor de nuestros cuerpos y el amor que nos llenaba hasta el último aliento.
Y en ese instante, supe que el mundo podía esperar. Porque mientras Gabriel estuviera conmigo, abrazado a mí, yo no necesitaba nada más.
ella claramente le dijo que era una trampa pero el de disque macho se fue y cayó en el anzuelo a si que no venga a reclamar nada 😡
despues de aquí seguro aparecerá la valentina esa ocupando el lugar de aurora