En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
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XVII. FÁBRICA.
La mañana era silenciosa. Demasiado silenciosa. Hasta que el rugido rompió el aire.
Uno.
Dos.
Tres motores distintos. Potentes. Brutales. Inconfundibles.
Ares abrió los ojos al instante. Danielle ya estaba sentándose en la cama cuando el tercer acelerón vibró contra los ventanales. Ambos se levantaron y fueron directo al balcón y se quedaron inmóviles.
Atravesando el primer portón, como si fuera una exhibición privada de lujo extremo, entraban:
Un Lamborghini Veneno
Un Bugatti Chiron
Y un Ferrari Daytona SP3
Brillando bajo el sol italiano. Perfectos. Imposibles. Ridículamente caros. Ares parpadeó una vez. Danielle habló primero.
—No…
La puerta del dormitorio se abrió de golpe. Athas y Athenas entraron corriendo, descalzos, radiantes.
—¡Mamá! ¡Papá! —gritaron al unísono—. ¡El tío Asziel sí nos trajo los autos!
Silencio.
Ares cerró los ojos lentamente.
—Voy a matar a Asziel.
—Después del desayuno —murmuró Danielle con una mezcla de incredulidad y resignación mientras ya bajaban las escaleras.
En el jardín, el espectáculo era absurdo. Guardias intentando parecer serios.
Arthur con una mano en la frente.
Conrad grabando con el celular como si fuera un documental.
Andrea contenía la risa.
La puerta del Ferrari se abrió. Asziel Garza bajó con gafas oscuras y una sonrisa criminalmente satisfecha.
Los mellizos corrieron hacia él.
—¡Son nuestros! —gritó Athas.
—¡Gracias, tío! —Athenas saltaba feliz.
Lo abrazaron por las piernas mientras él los alzaba con orgullo. Danielle llegó frente a él, cruzada de brazos.
—Dime que no hiciste lo que creo que hiciste.
Asziel bajó las gafas apenas un poco.
—¿Qué parte exactamente?
—¿Les compraste tres autos a mis hijos de tres años? —se cruzó de brazos.
Asziel sonrió con calma aristocrática.
—Cuatro —corrigio el—. Aún falta que llegue el Rolls.
Ares se quedó mirándolo en silencio.
—No puedo creer que les hayas regalado cuatro autos.
Asziel llevó una mano dramática al pecho.
—¿De verdad me consideras tan pobre?
Arthur soltó una carcajada seca.
—No preguntes si no quieres saber la respuesta. —amenazó.
El capo hizo un gesto amplio hacia los hiperautos.
—Son modelos directamente de fábrica.
Danielle lo miró fijo.
—¿Les compraste una fábrica a mis hijos?
Pausa. Asziel negó con suavidad, casi ofendido por la suposición.
—Claro que no compré una fábrica.
Ares exhaló… apenas. Asziel levantó un dedo.
—Compré dos. —silencio total—. Una para cada mellizo.
El viento movió apenas las hojas de los viñedos. Danielle parpadeó.
—Compraste… dos fábricas.
—Diversificación estratégica —explicó con absoluta seriedad—. Participación mayoritaria. No soy irresponsable.
Ares dio un paso al frente.
—Asziel. —hablo.
—¿Sí?
—Son. Niños.
—Exacto. —asintió—. El mercado de movilidad eléctrica infantil tiene muchísimo potencial a veinte años.
Conrad casi se atraganta de la risa. Arthur negó con la cabeza. Los mellizos miraban los autos con fascinación, pero algo más brillaba en sus ojos.
Athenas habló primero.
—¿Podemos rediseñar el sistema de propulsión?
Athas añadió:
—El Chiron tiene margen de mejora en refrigeración si se optimiza el flujo trasero.
Danielle se llevó la mano a la frente.
Ares miró a Asziel.
Asziel miró a Ares.
Sonrieron igual.
—No los voy a dejar manejarlos —dijo Ares con tono definitivo.
Asziel alzó ambas manos.
—Obviamente no ahora.
Se inclinó hacia los mellizos.
—Primero ingeniería básica. Luego veremos.
Danielle suspiró profundamente.
—Voy a necesitar otro café.
En ese momento, desde el segundo portón, se escuchó un cuarto motor acercándose con elegancia absoluta.
Lento. Imponente. Todos giraron la cabeza. Un Rolls-Royce Phantom negro ingresó suavemente a la propiedad.
Asziel sonrió satisfecho.
—Ah. Puntuales. —miro a los mellizos—. Es un clásico.
Ares lo miró con una calma peligrosamente calculada.
—Voy a matarte.
Asziel apoyó una mano en su hombro.
—No puedes. Soy el único tío que les compra fábricas.
Y lo peor… Era verdad.
La mansión vibraba.
No por peligro.
Por emoción.
Athas y Athenas corrían por el salón gritando al mismo tiempo:
—¡Tengo un Veneno! —gritó Athenas.
—¡Y yo una fábrica! —Athas saltaba en la alfombra.
No había noción de cifras. Ni de inversiones. Ni de lo que significaba comprar participación industrial en dos países distintos.
Para ellos eran “autos”.
Nada más.
Ares se dejó caer en uno de los sillones, pasándose la mano por el rostro.
—Tres años… —murmuró—. Tienen tres años.
Danielle lo miró de reojo.
—Al menos no pidieron un portaaviones.
Desde la barra, Zoltan soltó una risa baja.
—Si eso es lo que les regalaste a tus casi sobrinos, hijo… —dijo mirando a Asziel— no quiero imaginar cuando tengas hijos.
Hubo un segundo de silencio. Asziel tomó su copa con elegancia despreocupada.
Sonrió.
—No pienso tenerlos.
Zoltan arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
—No —respondió con absoluta calma—. Por eso les doy todo a ellos.
Los mellizos pasaron corriendo entre los adultos.
—¡Tío, vamos a hacer que el Ferrari sea híbrido! —aseguro Athas.
—¡Y que el Bugatti tenga modo invisible! —Athenas gritó.
Asziel los miró con un brillo de orgullo casi peligroso.
—Visionarios —murmuró—. No esperaba menos de ustedes.
Ares lo señaló con el dedo.
—No los motives.
—Yo no los motivo —respondió con falsa inocencia—. Solo financio su genialidad.
Danielle cruzó los brazos.
—¿Sabes que eso no es normal, verdad?
Asziel inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué parte? ¿Invertir en el futuro o hacerlo antes de que aprendan a leer?
Zoltan volvió a reír.
—Lo digo en serio, hijo mio. El día que tengas un hijo vas a comprarle un país. —puso mano en su hombro.
Asziel negó con suavidad.
—Improbable.
Ares lo miró fijamente.
—Eso dijiste cuando dijiste que nunca te encariñarías con nadie.
Pequeña pausa.
Asziel sostuvo la mirada… y luego la desvió hacia los niños que ahora discutían sobre aerodinámica en el suelo del salón. Su sonrisa fue más suave.
—No es lo mismo.
Danielle lo observó con atención.
—¿Seguro?
Asziel bebió un sorbo.
—Absolutamente.
En ese momento, Athenas volvió corriendo.
—Tío, ¿podemos poner nuestro logo en la fábrica?
Asziel se agachó a su altura.
—Claro. ¿Cuál será?
Athas respondió antes que su hermana:
—Algo que asuste.
Asziel sonrió, casi orgulloso.
—Perfecto.
Ares suspiró.
—Esto es mi culpa por dejarte entrar a la familia.
Zoltan negó divertido.
—No. Esto es lo que pasa cuando el tío millonario no quiere hijos propios.
Asziel se acomodó el saco con total serenidad.
—Exactamente.
Miró a los mellizos.
—Tengo estándares muy altos.
Los niños lo abrazaron por las piernas otra vez y aunque él insistiera en que no quería hijos… La forma en que los sostuvo decía otra cosa.
El subterráneo volvió a llenarse de luz blanca y pantallas encendiéndose en cascada.
Servidores vibrando. Mapas digitales proyectados. Algoritmos corriendo en silencio.
Conrad ya estaba acomodándose frente al núcleo central, ajustando interfaces con naturalidad casi obsesiva.
Nadie notó cuando Athas y Athenas se deslizaron dentro con sus cachorros —cada día más grandes, más atentos, más inquietantemente inteligentes. Se sentaron en dos sillas giratorias demasiado altas para ellos.
Sus pies colgaban.
Balanceándose.
Como si estuvieran en una sala de cine… no en un centro de inteligencia clandestino. Ares estaba de pie frente a la mesa holográfica cuando sintió un pequeño tirón en la manga.
Athenas.
Ella no hablaba.
No esta vez.
Se puso en puntas de pie y susurró en su oído:
—Papá… ¿podemos buscar a alguien en la red?
Ares bajó la mirada hacia su hija. Sus ojos eran demasiado serios para una niña de tres años.
Asintió.
—¿A quién, amor?
La niña dudó apenas un segundo. Luego confesó en voz baja:
—Sé cómo se llama Apocalipsis.
Silencio interno. Ares no parpadeó.
—¿Cómo?
Ella lo miró directo.
—Cuando entré en su mente. —un segundo más de duda—. Luciam Vale.
El nombre cayó pesado.
Frío.
Ares se incorporó lentamente. Desde el otro extremo, Danielle percibió el cambio inmediato en la postura de su hombre.
Algo había cambiado.
—Conrad.
El tono no era alto. Pero era absoluto. Conrad dejó de teclear.
—Dime.
—Busca a Luciam Vale.
Conrad ya estaba escribiendo.
—¿Parámetros?
Ares sostuvo la mirada en la pantalla central.
—Registros de niños desaparecidos. Últimos veinte años. Global.
El silencio que siguió fue distinto. Pesado. Las pantallas comenzaron a desplegar bases de datos internacionales.
Interpol.
Registros civiles.
ONGs.
Archivos cerrados.
Athenas volvió a su silla. Sus pies seguían colgando. Pero ya no se balanceaban.
Athas la miró.
—¿Estás segura?
Ella asintió apenas.
—Sí.
En la pantalla, coincidencias empezaron a filtrarse. Conrad entrecerró los ojos.
—Hay demasiados.
Ares habló sin mirarlo.
—Refina.
—¿Con qué criterio?
Athenas respondió antes que su padre:
—Desapareció cuando tenía ocho años.
Todos giraron hacia ella.
—¿Cómo sabes eso, hija? —preguntó Danielle suavemente.
La niña no apartó la vista de la pantalla.
—Porque tenía miedo a la oscuridad… y ya sabía leer.
Silencio.
Conrad tragó saliva y ajustó los filtros.
Edad al momento de desaparición: 7-9 años.
Fecha estimada: dentro de la ventana que coincidía con los primeros experimentos conocidos.
Regiones con actividad clandestina documentada. La lista se redujo.
Cincuenta y tres.
Luego veintisiete.
Luego once.
Un punto rojo parpadeó en el mapa.
Europa del Este.
Conrad amplió la imagen. Archivo parcialmente sellado.
Nombre: Luciam Vale.
Edad: 8 años.
Desaparecido hace 17 años.
Caso cerrado sin cuerpo.
Ares no respiraba.
—Abre el expediente completo.
Conrad dudó.
—Está encriptado a nivel militar.
Ares solo lo miró. Conrad empezó a romper la capa de seguridad. Las pantallas parpadearon. Los cachorros gruñeron bajo las sillas, como si sintieran algo más que código.
Finalmente, el archivo se abrió. Fotografía. Un niño de cabello oscuro. Mirada intensa. Demasiado intensa.
Athenas susurró:
—Es él.
Danielle se acercó lentamente.
—¿Estás segura?
La niña asintió.
—Pero ya no recuerda quién era.
Ares apoyó ambas manos en la mesa holográfica. Sus ojos estaban fríos. Calculando.
—Entonces nosotros se lo vamos a recordar.
En la pantalla, debajo del archivo principal, apareció algo más. Una transferencia. Instituto biomédico clasificado. Proyecto sin nombre.
Conrad murmuró:
—Lo vendieron.
Silencio absoluto en la sala.
Ares enderezó la espalda.
—No.—sus ojos se endurecieron—. Lo convirtieron.
Y en la silla, con los pies todavía colgando… Athenas miraba la foto del niño que una vez fue Apocalipsis.
El sol del mediodía caía cálido sobre los viñedos que rodeaban la enorme propiedad de la familia Garza.
Desde el balcón de piedra de la mansión, Danielle observaba en silencio el paisaje. El campo se extendía verde e infinito.
Abajo, cerca de los establos, se movían varias figuras conocidas. Ares caminaba entre los corrales junto a Asziel Garza. Los dos hombres avanzaban entre los caballos pura sangre, enormes animales de músculos tensos y crines brillantes.
Los mellizos reían.
Asziel levantó en brazos a Athenas para acercarla al cuello de uno de los caballos negros.
La niña extendió su pequeña mano con absoluta confianza. El caballo resopló… pero se dejó acariciar.
A su lado, Ares levantaba a Athas, sosteniéndolo con facilidad mientras el niño tocaba la frente de otro pura sangre castaño.
Desde arriba, la escena parecía tranquila. Demasiado tranquila.
—Tu esposo se ve cómodo entre caballos de guerra —dijo una voz firme detrás de ella.
Danielle giró apenas la cabeza. Sounya Garza se acercaba con paso seguro, acompañada por Andrea.
Sounya apoyó los antebrazos en la baranda del balcón.
Observó a su hijo. Una leve sonrisa cruzó su rostro.
Andrea también miró hacia el campo.
—Los niños parecen felices —dijo con alivio.
Danielle asintió, pero su mirada seguía fija en Asziel levantando a Athenas como si pesara nada. Entonces Danielle preguntó, con curiosidad real:
—¿Es verdad que su hijo no quiere tener hijos?
Sounya soltó una risa corta. Grave. Casi divertida.
—Oh, sí. Eso siempre lo dijo.
Andrea arqueó una ceja. Sounya cruzó los brazos, aún mirando el campo.
—Desde pequeño decía lo mismo. Que él sería el tío que arruina a los sobrinos con regalos absurdos… mientras su hermano mellizo se ocupaba de tener la familia.
Danielle frunció apenas el ceño.
—¿Su hermano?
La sonrisa de Sounya desapareció un poco.
—Silas Garza.
Su voz se volvió más baja.
—Eran inseparables, pero completamente distintos. —miró nuevamente a Asziel en el campo—. Silas era una sonrisa andante. El que pensaba en el futuro amoroso. El que decía que algún día tendría hijos junto a su esposa corriendo por estos mismos campos.
Andrea guardó silencio. Sounya continuó, con una calma que ocultaba algo más profundo.
—Asziel decía que eso era perfecto… porque él sería el tío que les compraría autos antes de que aprendieran a caminar.
Andrea soltó una pequeña risa.
—Eso explica muchas cosas.
Danielle también sonrió apenas. Pero Sounya no. Sus ojos seguían fijos en su hijo.
—Los planes de mi hijo se fueron cuesta abajo el día que mataron a Silas.
El viento movió suavemente las cortinas del balcón. Abajo, Ares ayudaba a Athas a subir a la cerca mientras
Asziel sostenía a Athenas en los hombros. Los mellizos reían. Como si no existiera el mundo exterior. Sounya habló nuevamente.
Más baja.
—Ahora solo queda él.
Andrea miró a Danielle.
—¿Para continuar el legado?
Sounya asintió lentamente.
—La familia Garza no tiene otro heredero.
En el campo, Asziel hizo relinchar a uno de los caballos, provocando una carcajada de los niños.
Danielle apoyó sus manos en la baranda. Observando al capo. Pensativa.
—Entonces quizás —dijo con calma— ya tiene dos.
Andrea sonrió.
Sounya giró la cabeza lentamente hacia Danielle. En el campo, Asziel levantaba a Athas ahora, mientras Ares observaba con los brazos cruzados.
La matriarca gitana soltó una pequeña risa.
—Oh no… —sus ojos brillaron con ironía—. Esos dos no son sus herederos.
Pausa. Miró a Danielle con una expresión que mezclaba orgullo y fatalismo.
—Son los problemas que mi hijo eligió meterse en la vida.
El baño estaba lleno de vapor tibio.
La enorme bañera de mármol estaba casi desbordada
por las burbujas mientras los mellizos chapoteaban felices dentro del agua.
Danielle estaba sentada en el borde de la bañera con las mangas remangadas, ayudándolos a lavarse el cabello.
El ambiente era tranquilo.
Muy distinto al caos de la isla.
—¡Y después el caballo negro hizo así! —dijo entusiasmado Athas, levantando las manos para imitar al animal— ¡Hrrrffff!
El agua salpicó por todas partes.
Danielle se rió.
—Sí, lo vi. Y casi tiras a tu padre cuando te levantó.
—¡No! —protestó el niño riendo.
A su lado, Athenas jugaba con una pequeña taza llenándola de espuma.
—Los caballos del tío son enormes —dijo feliz—. Y también tiene gallinas… y perros… y los ligres pueden correr por todo el campo.
Danielle tomó una toalla pequeña y empezó a lavar el cabello de Athas.
—Tu tío tiene demasiadas cosas —comentó con una sonrisa.
Athas asintió con entusiasmo.
—¡Sí! Y dijo que un día todo lo que él tiene será nuestro.
Danielle soltó una pequeña risa.
—¿Ah sí?
El niño asintió muy serio.
—Sí.
Danielle levantó una ceja divertida.
—¿Todo?
—Todo —confirmó Athas.
Antes de que Danielle respondiera, Athenas habló con total naturalidad.
—Dijo que nosotros vamos a ser capos de la 'Ndrangheta.
Danielle parpadeó.
Luego soltó una carcajada.
—Eso definitivamente no va a pasar.
Athenas también rió. Pero negó suavemente con la cabeza.
—No.
Danielle la miró mientras enjuagaba el cabello de su hermano.
—¿Por qué no?
La niña sonrió. Una sonrisa tranquila. Segura.
—Porque el tío Asziel va a tener hijos.
Danielle frunció el ceño, divertida.
—¿Ah sí?
Athenas asintió con naturalidad.
—Sí.
Danielle apoyó el codo en el borde de la bañera.
—¿Y eso cómo lo sabes?
La niña levantó la mirada hacia su madre. Sus ojos brillaban con esa calma inquietante que a veces tenía.
—Lo vi.
Danielle se quedó quieta un segundo.
—¿Cuántos?
Athenas levantó sus pequeños dedos. Los fue contando uno por uno.
—Uno… dos… tres… cuatro… cinco… —pausa—. Seis. ¡SEIS!
Danielle arqueó ambas cejas.
—¿Seis hijos?
Athenas asintió feliz.
—Seis.
Athas salpicó agua.
—¡Son muchos!
Danielle se rió.
—Sí, demasiados para Asziel —los miró.
Pero Athenas se inclinó un poco hacia ella. Como si compartiera un secreto. Bajó la voz hasta casi un susurro.
—Y uno de ellos… —sus ojos brillaron—. Va a ser como nosotros.
Danielle dejó de moverse. El agua siguió ondulando suavemente en la bañera.
—¿Como ustedes? —preguntó despacio.
Athenas asintió. Tranquila.
—Sí.
Athas frunció el ceño.
—¿Con poderes?
La niña sonrió.
—No con poderes —negó—. Pero si muy inteligente.
Danielle la observó en silencio unos segundos. Luego tomó una toalla y empezó a sacar a los niños de la bañera.
—Bueno —dijo finalmente—. Primero aprendan a vestirse solos… y después hablamos de gobernar mafias.
Los mellizos rieron. Pero mientras Danielle los secaba, Athenas seguía sonriendo.
Como si hubiera visto algo mucho más lejos en el tiempo.
El subterráneo estaba en silencio.
Las enormes computadoras iluminaban la sala con luces azules y verdes, reflejándose sobre las mesas de acero y las paredes reforzadas.
A esa hora de la noche casi todos dormían en la mansión de Asziel Garza. Pero en el laboratorio improvisado tres hombres seguían trabajando.
Sobre la mesa metálica, Ares terminó de llenar un pequeño tubo con su sangre.
El rojo era… extraño. Más oscuro. Casi demasiado denso.
Conrad lo observaba con los brazos cruzados.
—Eso no es sangre normal —murmuró.
Ares cerró el tubo y lo colocó en el soporte del microscopio.
—Nunca lo fue.
A su lado, Asziel apoyó las manos en la mesa mirando el líquido con interés.
—He visto sangre después de peleas, guerras… —dijo— pero nunca algo así.
Ares no respondió. Simplemente colocó la muestra bajo el lente del microscopio y ajustó el enfoque. Luego se apartó.
—Mira.
Conrad se inclinó inmediatamente. Observó unos segundos y su expresión cambió por completo.
—¿Qué demonios…?
Movió el enfoque. Aumentó la ampliación. Las células no se comportaban como células normales.
Se movían. Se regeneraban. Algunas parecían dividirse más rápido de lo posible.
—Esto no es solo mutación —susurró Conrad.
Ares cruzó los brazos.
—Lo sé.
Conrad siguió observando.
—Tu sangre está… corrigiéndose sola.
Asziel levantó una ceja.
—¿Corrigiéndose?
Conrad se apartó un momento del microscopio.
—Las células detectan daño y se reorganizan. —volvió a mirar—. Esto es… ridículo.
Ares se acercó a la mesa.
—¿Ridículo cómo?
Conrad señaló el visor.
—Como si el cuerpo estuviera constantemente reparándose a sí mismo.
Asziel soltó una pequeña risa incrédula.
—Entonces básicamente eres un taller mecánico humano.
Ares ignoró el comentario.
—Si puedo replicarlo…
Conrad levantó la mirada.
—¿Replicarlo?
Ares apoyó ambas manos sobre la mesa. Su voz fue más baja. Más seria.
—Esta guerra no terminó.
El silencio llenó la sala. Las computadoras zumbaban suavemente.
—Y cuando vuelva —continuó— muchos no van a salir intactos.
Miró la sangre en el tubo.
—No puedo salvar a todos. —pausa—. Pero tal vez pueda crear algo.
Conrad volvió a mirar el microscopio.
—¿Un suero?
Ares asintió.
—Algo que ayude a sanar.
—Regeneración celular acelerada —murmuró Conrad.
Asziel chasqueó la lengua.
—Eso suena caro.
Conrad ignoró al capo y volvió a concentrarse. Su voz ahora tenía emoción científica.
—Las células de Ares están hiperactivas… pero estables. —movió el lente otra vez—. Si logramos aislar la proteína responsable…
Ares lo miró.
—¿Funcionaría?
Conrad se enderezó lentamente.
—Tal vez.
Asziel inclinó la cabeza curioso.
—¿Tal vez?
Conrad señaló la muestra.
—Esto no es biología humana normal. —miró a Ares—. Pero si logramos reproducir solo una fracción…
Pausa.
—Podríamos evitar que alguien muera desangrado.
Ares no dijo nada. Solo miró el tubo con su sangre. Sus pensamientos estaban en otro lugar.
En Danielle.
En Athas.
En Athenas.
En todos los que estaban arriba, durmiendo en la mansión. Asziel observó su expresión. Luego habló con un tono más serio.
—Estás intentando crear una red de seguridad.
Ares levantó la mirada.
—Estoy intentando asegurarme de que si alguno cae…
Miró de nuevo el microscopio.
—Pueda levantarse otra vez.
Conrad volvió a observar la muestra. Las células seguían moviéndose bajo el lente. Vivas. Furiosamente vivas y entonces el científico murmuró algo casi para sí mismo.
—Si tu sangre hace esto… —pausa—. No quiero imaginar lo que hace la de Danielle.
El silencio volvió a llenar el laboratorio.
En algún lugar del mundo.
Muy lejos de Italia. Muy lejos de la seguridad de los viñedos de Asziel Garza.
Un complejo subterráneo iluminado por luces blancas y frías funcionaba sin descanso. El laboratorio era gigantesco. Pantallas llenas de datos. Brazos robóticos.
Equipos médicos de última generación. En el centro de la sala, sentado sobre una camilla reforzada, estaba Apocalipsis.
Su torso desnudo mostraba cicatrices quirúrgicas casi invisibles. Alrededor de él, médicos y científicos analizaban datos que aparecían en múltiples pantallas.
—Frecuencia cardíaca estable.
—Actividad neuronal elevada.
—Regeneración celular en niveles óptimos.
Uno de los científicos murmuró con asombro:
—Es literalmente imposible que siga con vida después del trauma que sufrió en la isla. —anotó.
A unos metros, apoyado en unas muletas y con el brazo vendado, observaba todo con expresión oscura Xavier Hoffmann. Las heridas que le había provocado Danielle aún le dolían.
Pero no era el dolor lo que dominaba su mente.
Era la obsesión. Xavier avanzó lentamente hasta quedar frente a Apocalipsis.
—Hablemos otra vez.
El joven permanecía sentado. La mirada perdida. Como si no estuviera completamente presente. Xavier golpeó suavemente la camilla con su muleta.
—Los niños. —pausa—. Los mellizos.
Los ojos de Apocalipsis se movieron apenas.
—¿Qué viste? —silencio—. ¿Qué pueden hacer?
Nada. Xavier frunció el ceño.
—¿Qué poder tienen?
Apocalipsis no respondió. Ni siquiera lo miraba. Era como si estuviera… en otra parte.
Uno de los científicos se acercó.
—Señor Hoffmann, su actividad cerebral está en un estado similar a...
La voz del hombre se detuvo cuando las puertas automáticas del laboratorio se abrieron. Todos se giraron. Un hombre mayor entró caminando con calma absoluta.
Cabello gris perfectamente peinado. Traje impecable. Ojos fríos llenos de una inteligencia peligrosa.
Gerald Astor.
El científico más renombrado del mundo. El creador de Apocalipsis. El hombre que había logrado lo que nadie antes...La inmortalidad biológica.
Gerald observó la sala unos segundos. Luego caminó lentamente hacia la camilla. Xavier lo miró con impaciencia.
—Está inútil —gruñó—. No responde.
Gerald ignoró el comentario. Se detuvo frente a Apocalipsis. Lo observó con atención clínica.
—Luciam.
Por primera vez el joven reaccionó. Sus ojos se enfocaron. Lentamente levantó la cabeza. Miró directamente a Gerald. Su voz salió baja.
Confundida.
—¿Por qué…? —pausa—. ¿Por qué no puedo recordar nada?
La sala quedó completamente en silencio. Apocalipsis continuó mirándolo.
—Ellos… —su respiración se volvió más profunda—. Ellos sí recuerdan.—sus ojos se endurecieron—. Ares... Danielle.
Apretó los puños.
—¿Por qué yo no?
Gerald no mostró emoción. Solo lo observó como si fuera un experimento. Luego giró ligeramente la cabeza hacia Xavier. Ambos hombres se miraron.
Una mirada breve. Fría. Suficiente. Gerald habló con total calma.
—Equipo médico. —los científicos se tensaron—. Procedan.
Uno de los médicos dudó.
—¿Con qué protocolo, doctor?
Gerald respondió sin siquiera volver a mirar a Apocalipsis.
—Reinicio completo. —miro a Apocalipsis—. Borrado de memoria.
Xavier sonrió lentamente. Dos médicos se acercaron con un casco neurológico lleno de cables. Apocalipsis los observó.
Su rostro estaba… tranquilo. No había miedo. No había resistencia. Solo una pregunta que ya sabía que no sería respondida. Se recostó lentamente sobre la camilla.
Como si estuviera acostumbrado. Como si esto hubiera ocurrido muchas veces antes. Uno de los médicos conectó los electrodos a su cabeza.
—Preparando descarga neuronal.
—Sincronización de memoria.
—Inicio en diez segundos.
Las luces del equipo comenzaron a brillar. Xavier observaba con satisfacción. Gerald permanecía inmóvil.
Los ojos de Apocalipsis miraban el techo. Vacíos. La cuenta regresiva comenzó.
—Cinco…
—Cuatro…
—Tres…
Y justo antes de que comenzara el proceso, Apocalipsis murmuró algo casi inaudible. Una palabra.Un nombre.
—Athenas…
Nadie en la sala entendió por qué. Pero en una mansión al otro lado del mundo… Una niña se movió inquieta mientras dormía.
Italia.Mansión de Asziel Garza.
La noche era tranquila sobre los viñedos. El viento movía suavemente las hojas mientras la enorme propiedad permanecía en silencio. La mayoría dormía después de un día largo.
La puerta de la habitación se abrió con cuidado. Ares entró en silencio.
Se quitó la camisa manchada del laboratorio, dejando la prenda sobre una silla. Sus movimientos eran lentos; el cansancio de las últimas semanas empezaba a sentirse.
Caminó hacia la cama. Danielle dormía de lado. Ares se metió bajo las sábanas y la rodeó con un brazo, acercándola a su pecho.
Danielle abrió apenas los ojos.
—¿Dónde estabas tan tarde? —murmuró con voz adormilada.
Ares estaba por responder. Pero entonces...
Un grito. Un grito desgarrador.
—¡¡AAAAAHHH!!
El sonido atravesó la mansión entera. Ares y Danielle se incorporaron al mismo tiempo.
—¡Athenas! —dijo Danielle.
Ambos salieron corriendo de la habitación. Las puertas se abrían por todo el pasillo. Guardias, los Garza, Andrea, Conrad… todos salían alarmados.
Cuando llegaron al cuarto de los mellizos, la puerta ya estaba abierta. Athas estaba sentado en su cama, asustado.
—¡Papá!
Señaló a su hermana. Athenas se retorcía entre las sábanas. Dormida. Pero sufriendo. Su respiración era rápida, desesperada.
—¡No…! ¡No! —gritaba ella.
Ares corrió hacia ella. La tomó en brazos con cuidado pero con urgencia.
—Athenas —dijo con voz firme—. Despierta.
Danielle se acercó enseguida.
—Cariño, despierta.
La niña se quejó. Su rostro estaba lleno de lágrimas aunque seguía dormida.
—No… no…
Ares la sacudió suavemente.
—Athenas. Mírame.
La niña abrió los ojos de golpe. Respiraba agitada. Miró alrededor.
Confundida. Hasta que vio a su padre. Enseguida se abrazó a su cuello con fuerza.
—Papá…
Su cuerpo temblaba.
—Tranquila —dijo Ares acariciando su espalda—. Estoy aquí.
Danielle se arrodilló frente a ella.
—¿Qué pasó?
Athenas respiraba entrecortado.
—Ellos… —susurró.
Ares y Danielle se miraron.
—¿Ellos quién? —preguntó Danielle.
La niña apretó más fuerte a su padre.
—A Apocalipsis...—Pausa—. Le estaban haciendo otra vez.
El silencio cayó en la habitación.
Andrea y Conrad intercambiaron una mirada preocupada.
Ares frunció el ceño.
—¿Qué le estaban haciendo?
Athenas empezó a llorar otra vez.
—Le estaban borrando la memoria.
Danielle se tensó.
—¿Cómo lo sabes?
La niña temblaba.
—Porque… porque yo estaba ahí.
Athas bajó de la cama y se acercó.
—Athenas…
Ella lo miró con ojos rojos.
—Intenté detenerlos… —su voz se quebró—. Intenté defender sus recuerdos.
Todos se quedaron en silencio. Ares la abrazó con más fuerza.
—¿Defenderlos cómo?
Athenas cerró los ojos un segundo.
—Entré en su mente otra vez… —respiró profundo—. Ellos querían borrar todo.
Su voz se volvió muy pequeña.
—Pero él estaba recordando cosas…
Danielle preguntó despacio:
—¿Qué cosas?
Athenas levantó la mirada.
Confundida.
—Nosotros.
El corazón de Ares dio un golpe fuerte.
—¿Nosotros?
La niña asintió.
—A ustedes. A Athas. A mí. —pausa—. Intenté que no se olvidara.
Conrad habló con cautela.
—Athenas… ¿te vio?
La niña dudó.
—Creo que sí… —su voz fue apenas un susurro—. Antes de que empezaran… él dijo mi nombre.
Danielle y Ares se miraron.
Una sensación extraña recorrió la habitación. Athenas se aferró otra vez al cuello de su padre.
—Papá…
—¿Sí?
—Le duele mucho —la voz de la niña se rompió—. Está muy solo.
Athas tomó la mano de su hermana.
—Pero ya no tanto.
Athenas lo miró. Athas habló con una calma extraña para un niño.
—Ahora sabe que existimos.
La habitación quedó completamente en silencio y muy lejos de allí… Un joven acababa de perder todos sus recuerdos otra vez.
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...(ASZIEL Y LOS REGALOS)...
...(APOCALIPSIS EN EL LABORATORIO)...
No tardes