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Juez De Sombras

Juez De Sombras

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Posesivo / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?

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Capitulo 9

La noche cayó sobre la mansión con una pesadez inusual. Killian había dado órdenes de apagar todas las luces exteriores. El edificio, antes una muestra de lujo arrogante, ahora era una sombra agazapada en el bosque. Lilian estaba en el salón principal, ajustándose el chaleco táctico que Killian le había obligado a usar. El peso sobre su pecho era un recordatorio constante de que su vida pendía de un hilo.

—No te alejes de mí —dijo Killian, revisando su fusil con movimientos automáticos—. Si entran, su objetivo es llevarte o silenciarte. No van a preguntar antes de disparar.

—Él no vendrá personalmente, ¿verdad? —preguntó Lilian, apretando el arma entre sus manos.

—Un hombre como tu padre no se ensucia los zapatos en el barro hasta que no tiene otra opción. Enviará a sus perros. Pero nosotros vamos a cortarles el cuello antes de que ladren.

De repente, un estruendo sordo sacudió los cimientos de la casa. Una de las puertas laterales había sido volada. Las alarmas no sonaron; Killian las había desactivado para no perder el rastro de los intrusos.

—Están aquí —susurró Killian.

La tomó del brazo y la arrastró hacia las sombras de la galería superior que rodeaba el salón. Abajo, tres hombres vestidos de negro, con equipo militar y rostros cubiertos, entraron con una precisión quirúrgica. No eran policías; eran mercenarios, profesionales del asesinato pagados con el dinero que ella misma había ayudado a desviar esa mañana.

Verlos allí, en el lugar que ella empezaba a considerar su hogar, desató algo en el estómago de Lilian. No fue miedo. Fue una furia gélida. Aquellos hombres representaban la voluntad de su padre: el deseo de borrarla como si fuera un error en un borrador judicial.

—Espera a mi señal —murmuró Killian cerca de su oído.

Él lanzó una granada cegadora hacia el centro del salón. El estallido de luz blanca y ruido fue ensordecedor. Killian se asomó por la barandilla y abrió fuego. Dos de los mercenarios cayeron antes de que pudieran recuperar la vista. El tercero rodó tras un sofá y empezó a devolver los disparos, las balas impactando en la madera tallada de la galería.

—¡Lilian, a la derecha! —gritó Killian.

Un cuarto hombre había aparecido por el pasillo superior, sorprendiéndolos por el flanco. Lilian giró instintivamente. El hombre levantó su arma, apuntando directamente a su cabeza. El tiempo pareció ralentizarse. Lilian recordó el peso del plomo en el campo de tiro, la voz de Killian diciendo que la indecisión era una elección.

No lo pensó. Apretó el gatillo dos veces.

El retroceso le sacudió el hombro, pero sus ojos permanecieron abiertos. Las balas impactaron en el pecho del mercenario, quien tropezó hacia atrás y cayó por la barandilla hacia el salón inferior. El sonido de su cuerpo golpeando el suelo fue seco y definitivo.

Lilian se quedó congelada, con el arma todavía levantada y el humo saliendo del cañón. Acababa de quitar una vida. Se suponía que debía sentir algo —asco, horror, arrepentimiento—, pero lo único que sentía era el rugido de la adrenalina y una claridad aterradora.

Killian terminó con el último hombre de abajo y corrió hacia ella. La tomó por los hombros, obligándola a mirarlo. Sus manos estaban manchadas de pólvora, y sus ojos buscaban cualquier rastro de colapso nervioso.

—¿Estás herida? —preguntó él, con una urgencia desesperada.

—Estoy bien —respondió ella, y su voz sonó tan extraña, tan carente de emoción, que Killian se detuvo un segundo a observarla—. Tenías razón, Killian. No vienen a salvarme.

Killian miró el cuerpo del hombre que ella había abatido y luego volvió a mirarla a ella. Una sonrisa oscura, casi orgullosa, apareció en su rostro. La atrajo hacia él en un abrazo breve pero aplastante.

—Bienvenida al mundo real, Lilian. Acabas de romper el último vínculo que te ataba a tu vida anterior. Ya no eres su hija. Eres mi compañera de armas.

—Esto es solo el principio, ¿verdad? —dijo ella, separándose y recargando su arma con manos que ya no temblaban.

—Es el principio del fin para él —Killian tomó su radio—. Equipo dos, limpien el perímetro. No quiero prisioneros. Si alguno sigue vivo, tráiganlo al sótano. Necesito que envíen un mensaje de vuelta al Juez.

Killian caminó hacia el borde de la galería y observó la carnicería abajo. Lilian se colocó a su lado. El lujo de la mansión estaba ahora salpicado de sangre y restos de pólvora. Ella miró hacia abajo y vio el rostro del hombre que había matado. No sintió nada. La jaula de cristal no solo se había roto; se había convertido en fragmentos afilados que ella estaba dispuesta a clavar en el corazón de quien intentara acercarse.

—Mañana —dijo Lilian con una voz gélida—, mañana vamos a quitarle algo que le duela más que el dinero.

Killian la miró, intrigado por la oscuridad que emanaba de ella.

—¿Qué tienes en mente, princesa?

—Su reputación. Mañana, el mundo sabrá que el Juez envió mercenarios a matar a su propia hija. Si no podemos matarlo hoy, lo destruiremos socialmente antes de darle el golpe final.

Killian soltó una carcajada llena de admiración. La tomó de la nuca y plantó un beso posesivo en su frente.

—Me estás superando, Lilian. Y eso es lo más peligroso que me ha pasado en la vida.

Caminaron juntos a través del humo, dejando atrás los cadáveres y la inocencia, preparándose para la verdadera guerra que estaba a punto de comenzar.

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*Soy Tu Dueña*
Escribes muy lindo
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