El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 9
Santiago
Amanda había encontrado una casa.
Desde el momento en que me lo dijo, mi intención fue clara: rechazarla.
No porque no necesitáramos una casa.
Ni porque no pudiéramos comprarla.
La verdad era más simple y un poco más absurda.
Ver a Sofía molesta me provocaba algo extraño.
Algo que no sabía explicar.
Tal vez porque cuando se enfadaba fruncía la nariz como cuando tenía diecisiete años.
Tal vez porque discutíamos tanto que se había vuelto casi una rutina entre nosotros.
O tal vez porque me gustaba demasiado ver cómo sus ojos brillaban cuando me llevaba la contraria.
Cuando llegué a la dirección que Amanda me había enviado, Sofía ya estaba allí.
Y estaba sonriendo.
No una sonrisa cualquiera.
Una sonrisa deslumbrante.
Me detuve un segundo antes de acercarme.
No puede ser…
Salí del auto y caminé hacia ellas.
—Buenos días.
Amanda sonrió profesionalmente.
—Buenos días, señor Ferrer.
Sofía no se molestó en saludar.
Señaló la casa con ambas manos como si estuviera presentando una obra de arte.
—¡Es esta!
La emoción en su voz era imposible de ocultar.
—Déjame al menos verla —dije con calma.
Entré.
Y para mi sorpresa…
La casa era preciosa.
Era una construcción de estilo colonial moderno. Amplia, luminosa, con grandes ventanales que daban hacia un jardín enorme. El techo alto hacía que todo el lugar se sintiera aún más espacioso.
Caminé por el salón principal.
Revisé mentalmente los puntos de seguridad.
Ventanas.
Accesos.
Altura de los muros exteriores.
Cuando llegué a la habitación principal, Sofía apareció detrás de mí.
—Perfecta, ¿verdad?
Giré ligeramente la cabeza.
—Es bonita.
Nuestras manos se rozaron por accidente.
El contacto fue breve, pero suficiente para que ambos reaccionáramos.
Metí las manos en los bolsillos.
Ella acomodó su bolso sobre el hombro.
—Esta, ¿verdad?
Se inclinó ligeramente hacia mí para ver mi expresión.
Sus ojos brillaban con expectativa.
Yo miraba por la ventana.
El jardín era amplio, pero descuidado.
La hierba estaba amarilla en algunas zonas.
—Está bien.
Sofía dio un pequeño salto.
Literalmente.
—¡Sí!
Salió casi corriendo hacia la sala.
—¡Amanda!
La escuché dar instrucciones emocionadas.
Yo tomé el teléfono.
—Necesito sistema cerrado de televisión —le dije al jefe de mis escoltas cuando contestó—. Cerca eléctrica. Personal de seguridad veinticuatro horas.
Caminé por el pasillo mientras hablaba.
—También un diseñador de interiores confiable.
Me detuve.
—Para eso pregúntale a Sofía qué le gustaría.
El hombre asintió.
Colgué.
Respiré hondo.
Yo no quería una casa.
Pero verla feliz…
No era una mala sensación.
Mi teléfono volvió a sonar.
Luciano.
—¿Qué tal la casa?
—La compramos.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—Es mejor así —dijo con una risa ligera—. Esposa feliz, matrimonio feliz.
—¿Karen te domina?
Luciano soltó una carcajada.
—No tanto.
Pausa.
—Pero me alegra que hayan encontrado una casa.
—Eso espero.
—Y traten de no discutir tanto.
Miré hacia la sala donde Sofía hablaba con Amanda moviendo las manos con entusiasmo.
—Eso será difícil.
Colgué.
Caminé hacia ellas.
Sofía estaba prácticamente organizando la casa antes de comprarla.
—Tengo una reunión —dije.
Ella asintió.
—Nos vemos en la cena.
—Claro.
Me despedí de Amanda y salí.
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La reunión con mi tío fue en un restaurante privado.
Llegué puntual.
Mis camionetas se estacionaron alrededor.
Me bajé y entré con paso firme.
Ricardo ya estaba sentado.
—Santiago.
—Tío.
Me senté frente a él.
Sus ojos bajaron hacia mi mano.
—Ese anillo que le diste a tu prometida es muy bonito.
—Gracias.
Tomé el vaso de whisky que el mesero acababa de dejar.
—Lo diseñé con cuidado.
Ricardo asintió.
—Se nota.
Luego su expresión cambió.
—Pero vamos a lo importante.
Se inclinó hacia adelante.
—Encontramos algo.
—¿Qué cosa?
—Tu padre había sido seguido durante semanas.
Giré lentamente el vaso sobre la mesa.
El líquido ámbar formaba círculos hipnóticos.
—¿Por quién?
—Personas que se hacían pasar por hombres de los Manrique.
Lo miré.
—Para provocar una guerra entre las familias.
No dije nada.
Porque eso…
Ya lo sabía.
Los Reyes me lo habían contado días antes.
—Quieren todo —continuó Ricardo—. El cien por ciento de los negocios de las tres grandes familias.
Seguí moviendo el vaso.
Esperando algo más.
Pero no llegó nada nuevo.
Nada que ya no supiera.
Aun así asentí.
—Gracias por la información.
Miré el reloj.
—Tengo una cena con Sofía.
Me levanté.
—Luego seguimos hablando.
Salí del restaurante.
Y apenas puse un pie en la acera…
Escuché el primer disparo.
—¡Al suelo!
Mis hombres reaccionaron antes que yo.
Dos de ellos se lanzaron sobre mí.
Me agaché por instinto.
Otra bala atravesó una de las ventanas del restaurante.
Sentí un golpe ardiente en el brazo.
Luego otro.
La tela de mi traje se rompió.
La camisa también.
—¡Cubran a los civiles! —grité.
La gente dentro del restaurante empezó a gritar.
Mis hombres respondieron el fuego.
Tomé una de las armas que me ofrecieron.
La cargué.
Otro disparo.
El vidrio de una ventana explotó.
Uno de mis hombres cayó al suelo.
—¡Es un francotirador! —grité.
Miramos hacia los edificios cercanos.
Buscando movimiento.
Buscando el punto de disparo.
Otra bala.
Esta vez sentí el impacto en la pierna.
El dolor fue brutal.
Caí de rodillas.
Apreté los dientes.
La sangre empezaba a empapar mi pantalón.
El intercambio de disparos continuó durante varios minutos.
Hasta que uno de mis escoltas gritó desde el otro lado de la calle:
—¡Lo abatimos!
El silencio cayó de golpe.
Respiré hondo.
Intenté ponerme de pie.
El dolor me atravesó la pierna.
Uno de mis hombres me sostuvo.
—Debemos sacarlo de aquí, señor.
Asentí.