Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto II: La Doble Vida
Capítulo 20: El cheque
—
Esperé todo el día.
La mañana pasó lenta, pegajosa, con el sol entrando por los ventanales y yo enroscada en su sofá con su camisa puesta y una taza de café que ya estaba frío. La tarde llegó con luces más largas y yo todavía allí, mirando el móvil cada cinco minutos, esperando un mensaje, una llamada, algo.
Nada.
A las siete de la tarde, el ático empezó a oscurecerse. Encendí una lámpara. Luego otra. Luego me di cuenta de que estaba poniéndome cómoda en su casa, como si tuviera derecho, como si esto fuera mío.
—Qué idiota —susurré.
Pero no me fui.
—
A las nueve, oí el ascensor.
Me levanté de golpe. El corazón se me subió a la garganta. Me alisé la camisa (su camisa) y esperé.
Las puertas se abrieron.
Él entró.
Y no era el mismo.
Traje oscuro, sí. El pelo perfecto, sí. Pero sus ojos... sus ojos eran otros. Fríos. Distantes. Como si la noche anterior no hubiera existido.
—Irene —dijo—. Todavía aquí.
—Dijiste que esperara.
—Lo sé.
Dejó su maletín en una silla. Se quitó la chaqueta. No me miró.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada. Estoy cansado. El viaje...
—¿Qué viaje? Dijiste que eran negocios.
—Lo eran.
—¿Dónde?
—No importa.
Me acerqué. Quería tocarlo. Quería sentir su piel otra vez. Pero algo en su postura me lo impidió.
—Marcos, háblame.
Entonces me miró.
Y lo que vi me heló la sangre.
—Fue un error —dijo.
—¿El qué?
—Esto. Lo de anoche. Nosotros.
La habitación se volvió más pequeña. El aire, más denso.
—No entiendo.
—Sí entiendes. Eres mi empleada. Yo soy tu jefe. Esto no puede pasar.
—Pero anoche...
—Anoche fue un error. Los dos estábamos... no sé. Fue un momento. Pero no puede volver a pasar.
—¿Un error? ¿Me estás diciendo que lo de anoche fue un error?
—Sí.
La palabra me golpeó como un puñetazo.
—Me viste la estrella —dije—. Lloraste. Me dijiste que me buscabas desde otra vida.
—Estaba confundido.
—¿Confundido?
—Irene, por favor. No lo hagas más difícil.
—¿Hacerlo más difícil? ¿Yo? Tú me pediste que me quedara. Tú escribiste esa nota. "No te vayas. Esto no ha terminado."
—Me equivoqué.
—No te creo.
—Pues deberías.
Se giró. Fue hacia la cocina. Sirvió un vaso de agua. Como si nada. Como si yo no estuviera ahí, deshecha, con su camisa puesta y el corazón en mil pedazos.
—Vístete —dijo sin mirarme—. Te pido un taxi.
—No necesito tu taxi.
—Como quieras.
Busqué mi ropa. Me vestí a toda prisa, con las manos temblando, con las putas ganas de llorar que no iba a soltar delante de él.
Cuando estuve lista, pasé por su lado sin mirarlo.
—Irene.
Me detuve. No me giré.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—Irene...
—No me llames.
Salí. El ascensor bajó en silencio. Las calles de Madrid me tragaron.
—
Llegué al estudio pasadas las once.
Subí las escaleras como pude, con las piernas flojas, con la cabeza llena de imágenes que quería arrancarme: su boca en mi cuello, sus manos en mi espalda, sus lágrimas en mi piel. Todo mentira. Todo un error.
En el portal, al pasar, vi algo en mi casillero.
Un sobre blanco. Sin remite. Mi nombre escrito con esa caligrafía que ya odiaba.
Lo abrí con rabia.
Dentro, un cheque.
Una cantidad. Grande. Muy grande. Más de lo que ganaba en un año. Y una nota:
"Para que no tengas que preocuparte por nada. M."
—
Me quedé mirando el cheque.
Luego la nota.
Luego el cheque otra vez.
Y entonces, por fin, lloré.
No de tristeza. No de amor. De rabia. De humillación. De puta
vergüenza.
Me había pagado.
Como a una prostituta.
Como a una de esas mujeres que alquilaba antes, las que usaba para llenar sus noches vacías.
—Hijo de puta —susurré—. Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta...
Rompí el cheque en mil pedazos. Luego la nota. Luego los tiré al suelo y los pisé.
Blanca me miraba desde el sillón, con sus ojos verdes, sin entender nada.
—No soy eso —le dije—. No soy eso.
Pero una parte de mí, la más débil, la más jodida, susurraba:
¿seguro?
—