Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capitulo 3
El eco de las botas de Susana sobre el hormigón pulido resonaba con una cadencia metálica. Tras el intenso encuentro en la cafetería, el ambiente en la base aérea se sentía cargado, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Mikhail se había marchado con su habitual frialdad, dejándola con un nudo de adrenalina y una sospecha creciente: en Rusia, el respeto no se ganaba con insignias, sino con resistencia.
—No te quedes ahí parada admirando las grietas del techo, Reyes. El tiempo en la Federación no es un recurso renovable.
Susana se giró para encontrarse con una mujer que parecía haber sido forjada en la misma fundición que los motores de los Sukhoi. Era una teniente de unos treinta años, de cabello rubio platino cortado en un "bob" asimétrico tan afilado que podría cortar papel. Sus ojos eran grises, del color del acero bajo la lluvia, y su uniforme le quedaba como una segunda piel.
—Teniente Larisa Sokolova —se presentó la mujer, sin ofrecer la mano—. Se me ha ordenado que te dé el "recorrido de supervivencia". Básicamente, voy a enseñarte dónde puedes respirar y dónde el FSB (Servicio Federal de Seguridad) te disparará antes de preguntarte el nombre. Sígueme.
Larisa no esperó respuesta. Comenzó a caminar con una eficiencia robótica que obligó a Susana a colgarse la bolsa táctica y apretar el paso.
El Laberinto de Acero
—Regla número uno, estadounidense —empezó Larisa mientras cruzaban un pasillo flanqueado por puertas reforzadas—. Aquí no estamos en Arizona. No hay máquinas de refrescos en cada esquina ni espacios seguros para "expresar sentimientos". Esta es una base de interceptación activa. Si suena una sirena de tres tonos, te pegas a la pared y no te mueves. Si corres sin motivo, los guardias asumirán que eres un saboteador y te aseguro que su puntería es excelente.
Cruzaron hacia el Sector Norte, una zona donde el rugido de las turbinas en las pistas exteriores se filtraba a través de los muros como un trueno constante.
—Este es el Nido del Halcón —señaló Larisa hacia una serie de hangares climatizados—. Aquí se guardan los prototipos y los aviones de respuesta rápida. Tienes permiso para entrar al Hangar 4, donde está tu unidad de entrenamiento, pero los Hangares 1 al 3 están estrictamente prohibidos. Si te encuentran husmeando cerca de un Su-57 sin una orden firmada por el General de División, terminarás en una celda subterránea antes de que puedas decir "derechos humanos". ¿Entendido?
Susana asintió, manteniendo su expresión neutral a pesar de que su curiosidad profesional estaba gritando.
—Entendido, Teniente. Nada de turismo tecnológico en los hangares numerados. ¿Algo más en la lista de "no tocar"?
Larisa se detuvo en seco y la miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo extra en el cabello borgoña de Susana.
—Tu actitud, Reyes. Ese sarcasmo que le lanzaste al Capitán Volkov en la comida ya recorrió toda la base. Algunos lo ven como valentía; la mayoría lo vemos como una sentencia de muerte social. Mikhail no es solo un instructor; es un héroe condecorado en tres conflictos. Aquí es un dios de acero. Si intentas ser la "chica lista" durante el tour, te dejaré en el campo de tiro y diré que te perdiste.
Susana sonrió con esa chispa mexicana que no podía apagar ni el frío más intenso.
—Solo respondo al fuego con fuego, Sokolova. Pero descuida, sé seguir órdenes cuando no vienen envueltas en arrogancia innecesaria.
Territorios Prohibidos y Sombras de Inteligencia
Continuaron hacia el ala este, un edificio más moderno y silencioso, rodeado de cámaras de vigilancia de alta definición.
—Sector de Comunicaciones e Inteligencia —dijo Larisa bajando la voz—. Este edificio está prohibido las veinticuatro horas. Ni siquiera te acerques a la escalinata principal. Hay inhibidores de señal aquí; si llevas un teléfono inteligente o cualquier dispositivo con GPS, se freirá en tu bolsillo y la seguridad te confiscará hasta los calcetines.
—Supongo que el Wi-Fi para hablar con mi familia está fuera de discusión aquí —comentó Susana con ironía.
—Tienes una línea encriptada en los alojamientos oficiales por quince minutos al día. Úsalos bien. No hables del clima, no hables de los aviones y, sobre todo, no hables de Mikhail —Larisa hizo una pausa significativa—. El Capitán tiene... conexiones. No es un hombre con el que quieras jugar a los espías.
Llegaron a un mirador acristalado que ofrecía una vista panorámica de la pista de aterrizaje principal. El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo la nieve de un naranja violáceo. Era una vista hermosa, pero cargada de una pesadez militar abrumadora.
—Allá abajo está el Polígono de Pruebas Físicas —señaló Larisa—. Mañana estarás en la centrífuga. Un consejo de mujer a mujer: Mikhail te va a presionar hasta que tus capilares revienten. No es crueldad, es su método. Si te ve flaquear, te enviará de vuelta a casa en el próximo vuelo comercial. Él cree que el programa de intercambio es una debilidad política. Demuéstrale que se equivoca, o no pierdas mi tiempo.
El Código de Conducta
Larisa la condujo finalmente hacia una zona más residencial, pero igualmente austera.
—Reglas sociales, Teniente Reyes. Presta atención porque esto te salvará de un incidente diplomático:
Nada de fraternizar: Los pilotos rusos somos una familia cerrada. Puedes comer con nosotros, pero no intentes entrar en nuestras vidas privadas.
El Alcohol: Verás mucho vodka. Si no puedes beber como un cosaco, no aceptes ni un trago. La debilidad en la mesa se traduce como debilidad en la cabina para mis hombres.
Mikhail Volkov: No lo busques fuera de las horas de entrenamiento. Vive en el ala de oficiales superiores, un lugar al que no tienes acceso. Si lo ves en los pasillos de noche, salúdalo formalmente y sigue caminando. No intentes tus "frases sarcásticas" cuando no hay testigos; es un hombre de silencios peligrosos.
Susana escuchaba con atención, procesando el mapa mental de la base y las jerarquías invisibles que la gobernaban. Larisa, a pesar de su dureza, parecía estar dándole las llaves de un reino prohibido.
—¿Por qué me ayudas, Sokolova? —preguntó Susana de repente—. Pareces el tipo de persona que preferiría verme fallar para confirmar tus prejuicios sobre los estadounidenses.
Larisa se detuvo frente a la puerta del alojamiento de Susana. Se giró, y por primera vez, hubo un destello de algo parecido a la camaradería en sus ojos de acero.
—Porque eres la primera mujer que entra en este programa de intercambio. Y porque Volkov necesita a alguien que no le tenga miedo. Si fallas, dirán que fue porque eres mujer o porque eres latina. Si triunfas... bueno, quizás las cosas empiecen a cambiar en este lugar olvidado por Dios.
Susana sintió un respeto inmediato por la rusa. Se cuadró y realizó un saludo militar impecable.
—No voy a fallar, Teniente. Mañana a las cinco, la centrífuga va a ser solo el principio.
Larisa asintió levemente, un gesto casi imperceptible de aprobación.
—Última advertencia, Reyes. Hay una zona boscosa tras la pista de aterrizaje secundaria. Jamás, bajo ninguna circunstancia, camines por ahí de noche. No son solo los lobos; hay patrullas con órdenes de disparar a matar a cualquier sombra que no lleve el parche de identificación infrarrojo de la base. Esta base no existe en los mapas comerciales. Recuérdalo.
Con esas palabras, Larisa dio media vuelta y se marchó, dejando a Susana sola frente a su habitación. El frío parecía haberse intensificado. Susana entró en su cuarto, una habitación pequeña de paredes de concreto, una cama firme y una ventana que miraba hacia la inmensidad blanca de Rusia.
Se sentó en la cama y soltó un largo suspiro. El tour le había dejado claro que estaba caminando sobre una capa de hielo muy fina. Por un lado, hangares secretos y guardias con el dedo en el gatillo; por otro, un instructor que era un mito viviente y que parecía odiar su existencia.
Sacó una pequeña foto de sus padres de su bolsa, el calor de México reflejado en sus sonrisas bajo el sol.
—Bueno, mamá, papá... me dijeron que quería aventuras —susurró para sí misma—. Mañana tengo una cita con la gravedad y un ruso con ojos de hielo. Deséenme suerte.
Se acostó sin quitarse el uniforme, dejando que el rugido de los motores que despegaban en la noche le sirviera de canción de cuna. Tenía pocas horas antes de que el reloj marcara las 05:00 y tuviera que enfrentarse a Mikhail Volkov en el campo de batalla de la física. Y en su mente, ya estaba repasando cada frase sarcástica que guardaba en su arsenal, lista para disparar.