Ella fue condenada a muerte por el príncipe heredero, su propio esposo. Los dioses, apiadados de su destino, le dieron una segunda oportunidad. Ahora ha regresado con un solo propósito: cambiar su historia y lograr que él se enamore de ella.
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Cap23: El eco de la traición
La mañana en Normun amaneció con un aire pesado, como si la ciudad entera presintiera que la victoria en las cuevas había sido solo un espejismo. Los prisioneros liberados narraban horrores que helaban la sangre: símbolos drakonianos grabados en las paredes, cadenas oxidadas que aún colgaban de sus muñecas, y rumores de máquinas de guerra capaces de derribar murallas enteras. El pueblo escuchaba con miedo, y ese miedo se transformaba en murmuraciones que recorrían las calles como un río oscuro.
En el consejo, los nobles discutían con voces tensas. Algunos exigían más defensas, otros pedían pactos, y unos pocos, con miedo en los ojos, insinuaban que tal vez era hora de negociar con Drakonia. William se levantó de inmediato, su mirada encendida por la furia.
—¿Negociar? ¿Con un reino que encadena a nuestros hijos y quema nuestras aldeas? ¡Jamás!
El duque Veyra golpeó el suelo con su bastón, su voz resonando con fuerza.
—Si cedemos ahora, no quedará nada que defender.
Yo avancé un paso, mi voz firme y clara.
—No podemos permitir que el miedo gobierne nuestras decisiones. Drakonia no busca paz, busca sometimiento.
Las discusiones se prolongaron durante horas. Los mapas se llenaron de marcas rojas, cada una señalando un ataque, una emboscada, una aldea perdida. Los mensajeros entraban y salían, trayendo noticias de cada provincia: barcos enemigos vigilando los puertos, mercenarios incendiando los campos, caravanas drakonianas avanzando sin descanso. El reino entero estaba bajo presión.
En medio de la tensión, un capitán entró con el rostro pálido.
—Majestad, hemos capturado a un espía.
El hombre fue traído encadenado, su mirada desafiante, sus labios curvados en una sonrisa oscura.
—No podrán detenernos —dijo con voz fría—. Drakonia ya ha preparado lo que ustedes no pueden imaginar.
William lo miró con furia.
—¿Qué han preparado?
El espía sonrió aún más.
—Un arma que hará caer sus murallas como arena.
Las palabras resonaron en el aire como un presagio. Los nobles se miraron entre sí, algunos palidecieron, otros apretaron los puños con rabia.
Yo avancé, mi voz firme resonando en el salón.
—Entonces debemos descubrir qué es esa arma, antes de que sea demasiado tarde.
Los exploradores fueron enviados hacia las fronteras, buscando pistas, rastros, cualquier señal de lo que Drakonia estaba preparando. Mientras tanto, el ejército se reorganizaba. Los herreros trabajaban día y noche, el sonido del metal resonando en cada rincón de la capital. Los soldados entrenaban sin descanso, sus gritos de esfuerzo mezclándose con el estruendo de las armas.
El pueblo comenzaba a comprender la magnitud de la amenaza. Algunos se ofrecían como voluntarios, otros reforzaban las murallas, y los artesanos fabricaban flechas, lanzas y escudos. La ciudad entera se convirtió en un campamento de guerra.
En medio de la preparación, un mensajero llegó con noticias alarmantes.
—Majestad, Drakonia ha comenzado a mover máquinas hacia el norte. Son enormes, cubiertas de hierro, y avanzan lentamente, pero nada parece detenerlas.
William frunció el ceño.
—Esas deben ser las armas de las que hablaba el espía.
El duque Veyra golpeó el suelo con su bastón.
—Si llegan a nuestras murallas, no resistirán.
Yo avancé, mi voz firme resonando en el aire.
—Entonces debemos enfrentarlas antes de que lleguen.
El ejército partió hacia el norte, hacia las llanuras donde las máquinas avanzaban. El viaje fue largo y agotador, pero la determinación estaba presente en cada paso. Los soldados sabían que aquella batalla decidiría el destino del reino.
Al llegar, el panorama fue aterrador. En la distancia se veían las máquinas drakonianas, enormes, cubiertas de hierro, avanzando lentamente como bestias de metal. Sus ruedas aplastaban la tierra, sus engranajes resonaban como un rugido, y sus sombras se extendían como presagios de muerte.
William levantó su espada, su voz firme resonando en el aire.
—¡Por Forth! ¡Por la libertad!
Los soldados levantaron sus armas, sus gritos de guerra llenando el campo.
La batalla comenzó con un estruendo. Las flechas surcaron el cielo, los escudos se levantaron, y el choque de espadas resonó como un rugido. El suelo temblaba bajo el peso de los ejércitos, la tierra se tiñó de sangre, y el aire se llenó de gritos de guerra.
Las máquinas avanzaban, sus ruedas aplastando todo a su paso. Los soldados intentaban detenerlas con lanzas y flechas, pero nada parecía afectar su avance.
Yo me encontraba en lo alto de una colina, observando cada movimiento. Mis órdenes resonaban entre los soldados, mis palabras se convertían en fuerza.
—¡Apunten a las ruedas! ¡Detengan su avance!
Los soldados obedecieron, sus flechas surcando el cielo, sus lanzas golpeando el hierro. Finalmente, una de las máquinas comenzó a tambalearse, sus engranajes resonando como un rugido de agonía.
Pero Drakonia había previsto ese ataque. De las entrañas de las máquinas surgieron lanzadores de fuego, catapultas ocultas que arrojaban llamas sobre nuestras filas. El campo se convirtió en un infierno. Los soldados retrocedieron, las líneas se quebraron, y el rugido de la guerra se transformó en un clamor de desesperación.
William luchaba en primera línea, su espada brillando bajo la luz del fuego, su voz resonando como un rugido.
—¡Resistan! ¡No cedan!
Pero era inútil. Las máquinas avanzaban sin detenerse, los soldados caían uno tras otro, y el suelo se cubría de cuerpos. La esperanza comenzaba a desvanecerse.
Yo avancé con la lanza en mano, mi voz resonando como un trueno.
—¡Por Forth!
Los soldados me siguieron, sus gritos llenando el campo, pero la fuerza de Drakonia era demasiado. Las máquinas atravesaron nuestras líneas, los enemigos nos rodearon, y la batalla se perdió.
El silencio se apoderó del campo. Los sobrevivientes fueron capturados, las máquinas se detuvieron, y los estandartes drakonianos ondearon sobre las colinas.
William cayó de rodillas, su mirada fija en el horizonte. El duque Veyra fue arrastrado por los enemigos, y yo fui encadenada junto a los soldados.
La derrota era absoluta.
En la distancia, las campanas de Normun resonaban, no como un aviso de preparación, sino como un lamento. El rugido del reino había sido silenciado, y Drakonia había demostrado que Forth no era invencible.