El cielo estaba despejado aquella mañana, y las calles de la ciudad permanecían tranquilas. Nadie imaginaba que, antes de que terminara el día, el mundo que conocían dejaría de existir.
nas cuando anos riendo. Varios testigos aseguran
amó a su padre, pero la llamada terminó enviándolo ntesta, ón cambió.
NovelToon tiene autorización de liz Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El dia que todo cambió
El cielo estaba despejado aquella mañana, y las calles de la ciudad permanecían tranquilas. Nadie imaginaba que, antes de que terminara el día, el mundo que conocían dejaría de existir.
En un pequeño departamento vivía Adrian, un chico rubio de ojos claros que aquella mañana había decidido dormir hasta tarde. Sus padres habían salido temprano al trabajo y le habían dejado una nota sobre la mesa, recordándole que calentara su desayuno.
Adrian apenas se movió entre las sábanas cuando escuchó el sonido de su teléfono. Molesto, lo tomó, miró la hora y volvió a cerrar los ojos.
—Cinco minutos más…
Sin embargo, un ruido ensordecedor proveniente de la calle lo hizo incorporarse de golpe.
—¿Qué demonios fue eso?
Se levantó, se puso una sudadera gris y caminó hasta la sala. Pensando que quizá había ocurrido un accidente, encendió el televisor.
Pero apenas apareció la imagen, su expresión cambió.
«ÚLTIMA HORA. Se reportan incidentes de origen desconocido en distintos sectores de la ciudad. Las autoridades piden a los ciudadanos que permanezcan en sus hogares y eviten salir a las calles».
En la pantalla aparecían imágenes de vehículos abandonados, personas corriendo y policías intentando controlar una multitud.
El periodista parecía aterrorizado.
—No sabemos qué está ocurriendo. Varios testigos aseguran haber visto figuras extrañas atacando a las personas. Repetimos: no salgan de sus casas…
La transmisión se interrumpió.
Adrian se quedó inmóvil frente al televisor.
—¿Figuras extrañas? ¿Qué clase de broma es esta?
Entonces escuchó gritos provenientes de la calle.
Corrió hacia la ventana y apartó ligeramente la cortina.
Lo que vio le heló la sangre.
La gente corría desesperadamente. Algunos abandonaban sus automóviles en mitad de la avenida, mientras otros golpeaban las puertas de los edificios para pedir refugio. A lo lejos se elevaba una columna de humo negro.
Y, entre la multitud, Adrian alcanzó a distinguir algo que no parecía humano.
Una figura deforme avanzaba detrás de un grupo de personas.
—No… No puede ser real.
Retrocedió de inmediato y cerró las cortinas.
Lo primero que hizo fue llamar a su madre.
Una vez.
Dos veces.
Cinco veces.
Nadie contestó.
Después llamó a su padre, pero la llamada terminó enviándolo al buzón de voz.
—Papá, contesta, por favor… —murmuró, apretando el teléfono entre sus manos—. ¿Dónde están?
Intentó convencerse de que sus padres estaban a salvo, quizá atrapados en el tráfico o escondidos en algún lugar.
Pero otro estruendo hizo temblar las ventanas.
Adrian corrió hacia la puerta principal y miró por la mirilla. En el pasillo, varios vecinos salían de sus departamentos, gritando que debían escapar antes de que aquellas cosas entraran al edificio.
Por un instante pensó en salir a buscarlos.
Sus padres podían necesitarlo.
Abrió la puerta unos centímetros, pero entonces escuchó un chillido aterrador en la planta baja, seguido de golpes y pasos apresurados que subían por las escaleras.
Adrian cerró de golpe.
Puso el seguro, arrastró un mueble para bloquear la entrada y apagó todas las luces.
—Por favor… que todo esto sea una pesadilla.
Se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas mientras el teléfono seguía en su mano.
No sabía que, a cientos de kilómetros de allí, alguien estaba dispuesto a atravesar el infierno para encontrar a su familia.
Y que sus caminos terminarían cruzándose.
Al otro lado de la ciudad, un helicóptero militar sobrevolaba los edificios mientras las sirenas resonaban por todas partes.
Dentro de un vehículo blindado, un joven soldado de cabello negro observaba el caos con una expresión fría.
Se llamaba Darian, tenía veinticuatro años y llevaba años entrenándose para situaciones que la mayoría de las personas ni siquiera podía imaginar.
Pero nada de lo que había aprendido lo había preparado para aquello.
—¡Mi sargento, hemos perdido comunicación con el puesto de mando! —gritó uno de los soldados.
Darian comprobó su radio.
Solo escuchó interferencias.
—Intenta comunicarte con la base de nuevo.
—¡Ya lo hice tres veces!
Un estruendo sacudió el vehículo. El conductor giró bruscamente mientras algo golpeaba la parte trasera.
—¡Tenemos que salir de aquí!
Darian levantó su arma y miró por la ventanilla. Entre el humo distinguió varias siluetas corriendo hacia ellos.
—¡Acelera! ¡No te detengas!
El vehículo atravesó una calle bloqueada y finalmente se refugió detrás de un edificio militar parcialmente destruido.
Darian bajó de inmediato.
—¡Todos conmigo! ¡Tenemos que llegar al punto de evacuación!
Pero, antes de avanzar, sacó su teléfono.
Tenía una llamada perdida de su hermano menor.
Daniel.