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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13

Todavía no salían por completo de la residencia Luján y Gael ya sentía las miradas clavadas en la espalda.

Con Adrián fuera, Clara dejó de ocultar la gravedad de su rostro. Observó a su hijo mayor con el ceño fruncido.

Gael sabía que nadie dentro de la casa había apartado los ojos. Solo podía esperar que no hubieran escuchado las últimas palabras de Adrián. Habían sonado demasiado íntimas y él no sabía qué hacer con esa clase de atención.

El alfa se las había susurrado al oído. Gael bajó los escalones caminando con torpeza.

—Creí que eso era lo que querías decir…

El chofer abrió la puerta. Adrián esperó a que Gael subiera antes de sentarse a su lado.

Cuando el carro arrancó, comentó:

—En realidad, hay momentos más apropiados para llamarme así.

Gael se volvió, confundido.

—¿Cuáles?

Adrián lo miró fijamente.

—Cuando quiera escucharlo, te ordenaré que lo digas.

Podía parecer elegante y cortés ante los demás, pero seguía siendo un alfa arrogante, dueño de un gusto perverso por incomodar a Gael.

Los clase S ocultaban bien sus impulsos primitivos. Eso no significaba que la bestia hubiera perdido los colmillos, en especial ahora que consideraba a Gael una presa de su propiedad.

Gael sintió una inquietud difícil de explicar.

Adrián volvió a recostarse en el asiento y tocó el auricular.

—La junta comenzará en veinte minutos, sin retrasos.

Gael recordó de golpe la reunión cancelada. Se le notaba que quería hablar, pero temía interrumpir el trabajo.

—Dilo —ordenó Adrián.

Gael reunió valor.

—Hace un momento dijiste que cancelaste una junta por mí…

La voz de Adrián recuperó la distancia de una negociación.

—El valor que puedes ofrecerme está muy por debajo del de cualquier junta ordinaria. Si no puedes compensar esa pérdida, ¿para qué preguntas?

El cambio brusco devolvió a Gael a la realidad. La intimidad de la casa Luján había sido una actuación.

Aun así, intentó verlo como algo positivo. Adrián por lo menos mostraba más paciencia que antes.

Forzó una sonrisa, giró hacia la ventana y bajó los ojos.

La seda azul oscuro era lujosa y dejaba al descubierto una franja pálida de su muñeca. La ropa costosa no le producía alegría. Nada de aquello le pertenecía.

Gael podía contar con los dedos las veces que había sentido verdadera calidez. Adrián lo trataba mal, pero cuando él se había presentado para proponerle matrimonio, el alfa lo había escuchado con respeto. Incluso hubo momentos durante el rut que se parecieron peligrosamente al amor.

En un mundo cubierto de hielo, hasta una llama ilusoria podía parecer valiosa. Gael solo intentaba mantener vivo su matrimonio.

Adrián trabajó durante el resto del trayecto. No creyó haber dicho nada incorrecto. Desde que nació ocupaba la cima y estaba acostumbrado a mirar a todos desde arriba.

Sin embargo, percibió el desánimo de Gael. Antes lo habría ignorado. Ahora algo había cambiado.

Recordó el apósito que él mismo había colocado sobre las heridas de su nuca y también que era responsable de ellas.

Gael era un esposo complaciente y empezaba a resultarle interesante. No le costaba darle un poco de consuelo.

—Esta noche tengo un compromiso. No prepares mi cena. Dile al mayordomo qué quieres comer y no olvides cambiarte el apósito.

Los ojos de Gael recuperaron el brillo.

Adrián pensó, distraído, que era demasiado fácil contentarlo.

Al llegar, Gael bajó y se inclinó hacia la ventanilla abierta a medias.

—Está bien.

El vidrio volvió a subir. Permaneció allí, viendo alejarse el carro.

El mayordomo esperó detrás de él antes de intervenir.

—Señor Luján, todavía no se recupera. Entremos antes de que el aire frío le haga daño.

Gael lo siguió. Ya en la sala, el hombre tomó una bolsa de una mesa.

—El señor Ferrer me pidió que preparara esto. No sabía qué marca suele usar, así que elegí el modelo más reciente.

Gael abrió la bolsa y encontró un celular nuevo.

—¿Por qué compró esto de repente? Es demasiado caro. El mío todavía funciona.

—Fue una petición especial del señor Ferrer —recalcó el mayordomo—. La ropa y el celular son su manera de preocuparse por usted.

Era una exageración. Adrián había visto el aparato viejo y ordenado que compraran otro, pero no había elegido personalmente el modelo.

Quizá sí había un poco de preocupación.

Gael pensó en sus escasos ahorros. Nunca podría comprar un teléfono así; para Adrián, en cambio, aquel precio debía de ser una moneda que no valía la pena recoger del suelo.

La diferencia entre sus mundos se hizo evidente una vez más. Gael guardó silencio.

El mayordomo adivinó sus dudas y suspiró.

—No le dé tantas vueltas. Es un pequeño regalo entre esposos. Ha estado enfermo varios días y el señor Ferrer está preocupado.

La nuca de Gael palpitó.

Era cierto que la actitud de Adrián había cambiado.

—Si todavía le incomoda aceptarlo, puede agradecérselo en persona. Estoy seguro de que le agradará.

Parecía una buena solución. Gael tomó la bolsa.

—Gracias.

—La cena estará lista pronto. Descanse mientras tanto.

En su habitación, Gael se quitó la ropa nueva y la colgó con cuidado. Las dos prendas de lujo parecían fuera de lugar en su clóset casi vacío.

Se sentó a configurar el celular. Apenas terminó de transferir sus datos, la pantalla mostró una llamada de Clara.

La contestó con una calma inesperada.

—Mamá.

Esperaba preguntas sobre lo ocurrido durante la comida. Sin embargo, Clara empezó por un detalle menor.

—Gael. —Su voz era sombría. Había usado el mismo tono cuando se enteró de que Adrián aceptaba casarse con él—. ¿De dónde sacaste la ropa que llevabas?

Gael, preparado para un regaño, tardó en responder.

—La compré yo.

Ocultó lo del sastre. Si su madre seguía preguntando, podía descubrir la tarjeta adicional y Gael no pensaba tocarla sin importar lo que Adrián dijera.

—¿Tú? ¿Con qué dinero?

La voz de Bruno apareció al otro lado. Después de que Gael se marchara, había llorado de rabia. Adrián no le había dedicado una sola mirada y ahora descargaba la frustración contra su hermano.

—Desde que llegaste se notaba que algo estaba mal. Se abrazaban en la puerta delante de todos. ¿No tienes vergüenza?

Gael no era más que un beta. Si Adrián pudiera vincularse con un omega normal, jamás se habría casado con él.

Gael ignoró el ataque.

—Yo la compré. A él no le gustaba mi ropa anterior, así que la cambié.

Clara soltó una risa fría.

—Más te vale decir la verdad.

Luego suavizó la voz.

—Sabes que entraste a la familia Ferrer y pudiste estar con Adrián porque eres un Luján. No olvides ayudar a tu familia.

Era mentira. Gael se había casado con Adrián por sus propios medios.

En aquel evento donde lo conoció, una compañera de Bruno tomó una fotografía desde un ángulo engañoso. Se la envió diciendo que su hermano estaba seduciendo a un hombre mayor.

Gael acababa de ingresar a la UNAM. Bruno no había conseguido entrar y primero discutió con su compañera. Después, de algún modo, la fotografía terminó en un foro estudiantil.

Las autoridades y los profesores interrogaron a Gael una y otra vez. Las miradas de desprecio, los insultos de Clara por avergonzar a la familia y los gastos que implicaba continuar la carrera terminaron por obligarlo a abandonar los estudios.

Luego encontró trabajo en una pastelería cerca de las oficinas del Grupo Ferrer. Llevaba pedidos a recepción con frecuencia, aunque casi nunca veía a Adrián.

Cuando el rut del alfa dejó de responder al tratamiento y surgió la necesidad de casarse con un beta, Gael fue a esperarlo a la empresa.

Sabía que Adrián no lo recordaría. Aun así, reunió valor para detenerlo al final de un pasillo y pedirle que lo considerara.

Nunca supo por qué aceptó. Solo recordaba la mirada oscura e indescifrable con que Adrián lo observó aquel día.

—Seguiré enviando parte de lo que gane —dijo Gael—. Ustedes pagaron por criarme y devolveré todo ese dinero.

El tono de Clara cambió de inmediato.

—¿Ahora ya no puedo controlarte? ¿Eso significa que quieres romper con tu familia?

Gael se obligó a mantener la calma.

—Yo soy yo y el señor Ferrer es el señor Ferrer. ¿Por qué insistes en quedarte con lo que pertenece a su familia? Dije que seguiré enviando dinero. No tienes que buscar siempre…

Bruno nunca había visto una expresión tan retorcida en el rostro de su madre. La reacción lo asustó.

—Mamá, tú…

Clara escupió las palabras contra Gael.

—¿Quieres saber por qué? Vendí a mi propio hijo. ¿No merezco recibir suficiente a cambio?

Un zumbido llenó los oídos de Gael. Movió los labios varias veces antes de recuperar la voz.

—¿Qué dijiste?

—Que si voy a venderte, por lo menos debes darme un buen precio. Si no, ¿para qué te crié?

La llamada terminó.

Gael casi dejó caer el celular nuevo. Lo atrapó con torpeza y permaneció inmóvil durante mucho tiempo. Al final, soltó una risa amarga.

Por lo menos pagaría lo que había costado criarlo. Saldaría esa deuda.

Ya no esperaba que su familia lo quisiera.

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