El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
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La verdad en voz alta
La noche oscura, acompañada de una luna Crecente y muchas estrellas iban a hacer testigo de dos corazones enamorados.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella finalmente.
Leonardo bajó la mirada.
—No lo sé.
Emma soltó una risa incrédula.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No lo sé, Emma.
—Has llegado allí haciendo comentarios desagradables, has tratado mal a Adrián y me has hecho pasar una vergüenza terrible delante de todos. ¿Y ahora me dices que no sabes qué te pasa?
Leonardo se pasó una mano por el cabello.
—No quería…
—¿No querías qué? ¿Humillarme? ¿Hacerme sentir incómoda? ¿Convertir una boda en una escena?
Él levantó la cabeza.
—¿Eso es lo que piensas de mí?
—¡Es lo que acabas de hacer!
La voz de Emma se quebró al final.
Leonardo la miró, y por un instante pareció comprender la magnitud de lo que había provocado.
Pero el alcohol seguía enturbiándole el juicio.
—Parece que te preocupa mucho lo que piense Adrián.
Emma lo observó, desconcertada.
—¿Qué tiene que ver Adrián con esto?
—Todo.
—¿Todo? ¡Él no ha hecho absolutamente nada!
—Claro. Él es perfecto, ¿verdad? Siempre disponible, siempre atento, siempre dispuesto a acompañarte a donde quieras.
Emma sintió que la paciencia se le agotaba.
—¿Qué buscas, Leonardo? ¿Qué quieres demostrar con todo esto?
Él apretó la mandíbula.
—Quizá te avergüence que me acerque a ti.
Emma se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Quizá no quieras que nadie te vea conmigo cuando tienes a un hombre como él esperando para hacerte compañía.
La joven sintió una punzada de indignación.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué? ¿No es verdad?
—¡No! ¡No es verdad!
Su voz resonó entre los árboles.
Emma respiró profundamente, intentando contener las lágrimas.
—Yo nunca me he avergonzado de ti. Jamás. Te he querido toda mi vida y tú lo sabes. Pero eso no te da derecho a tratarme de esta manera.
Leonardo bajó los ojos.
Por un instante, quiso pedirle perdón.
Quiso decirle que no estaba avergonzada de él, que el problema era exactamente el contrario.
Que no soportaba verla sonreírle a otro hombre porque, cada vez que sucedía, comprendía un poco más que podía perderla.
Pero las palabras que salieron de su boca fueron otras.
—Entonces, ¿por qué estás siempre con él?
Emma retrocedió un paso.
—Porque es mi amigo. Porque me trata bien y él no exige cosas a las que no tiene derecho.
Leonardo recibió aquellas palabras como un golpe.
—Entiendo.
—No, Leonardo. No entiendes nada.
Emma se secó discretamente una lágrima.
—Lo mejor será que hablemos otro día, cuando no estés ebrio.
Se volvió para regresar al salón, No quería seguir discutiendo y no quería llorar delante de él.
Y tampoco quería escuchar otra palabra que pudiera destruir los recuerdos bonitos que había guardado.
Pero, cuando dio el primer paso, Leonardo la sujetó por el brazo.
—Emma, espera.
Ella se detuvo y miró su mano.
—Suéltame, Leonardo.
Él pareció despertar por un instante al escuchar la firmeza de su voz.
Pero, en lugar de soltarla inmediatamente, se acercó impulsivamente y la besó.
Todo sucedió demasiado rápido.
Emma sintió los labios de Leonardo sobre los suyos y se quedó paralizada por la sorpresa.
Durante un instante, su mente no consiguió comprender lo que estaba ocurriendo.
El hombre al que amaba la estaba besando.
El mismo hombre que le había pedido distancia.
El mismo que había insistido en que fueran amigos.
El mismo que llevaba semanas comportándose como si sus sentimientos fueran algo que debía mantenerse bajo llave.
Emma apoyó las manos contra su pecho e intentó apartarlo.
No había esperado aquel beso.
No así.
No después de aquella discusión.
Leonardo aflojó la presión cuando sintió su resistencia, pero la miró con una desesperación que la dejó sin palabras.
—Emma…
Ella debería haberse apartado.
Debería haberle exigido una explicación antes de permitirle acercarse otra vez.
Sin embargo, cuando sus miradas se encontraron, la confusión se mezcló con todos aquellos sentimientos que llevaba meses intentando contener.
Lo amaba.
Y él estaba allí, frente a ella, besándola como si hubiera pasado demasiado tiempo luchando contra algo que finalmente lo había vencido.
Emma cerró los ojos.
Esta vez, cuando Leonardo volvió a acercarse, ella respondió al beso.
La mano de Emma subió hasta su nuca, mientras él la rodeaba con los brazos. El beso se volvió más intenso, cargado de todo lo que habían callado: la distancia, las conversaciones nocturnas, los abrazos que duraban un segundo más de lo necesario y las despedidas en las que ambos habían querido decir algo diferente.
Durante unos instantes, el mundo pareció desaparecer.
No existieron la boda, Adrián ni las preguntas que los perseguían.
Solo ellos.
Solo aquel sentimiento que ninguno había conseguido enterrar.
Pero la realidad no desaparecía por mucho que dos personas desearan olvidarla.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad.
Emma tenía los labios enrojecidos y los ojos abiertos de par en par.
Leonardo la miraba como si acabara de descubrir algo que llevaba años buscando.
Ella retrocedió un paso.
—¿Qué has hecho?
La pregunta salió en un susurro.
Leonardo no respondió.
Emma se llevó una mano a los labios.
—Tú me dijiste que necesitábamos distancia. Me dijiste que fuéramos amigos. Me dijiste que no debía volver a pasar.
Su voz tembló.
—¿Por qué haces esto ahora?
Leonardo se quedó inmóvil.
La culpa comenzó a abrirse paso entre la confusión y el alcohol.
—Lo siento.
Emma soltó una risa incrédula, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Lo sientes?
—Sí. Lo siento muchísimo.
Él se acercó un poco, pero se detuvo al notar que ella todavía estaba intentando procesar lo sucedido.
—No sé qué me pasa, Emma.
Se pasó ambas manos por el cabello, frustrado consigo mismo.
—Llevo semanas intentando convencerme de que todo está bien. De que puedo ser tu amigo, escucharte hablar de tus cosas, verte feliz y seguir con mi vida como si nada hubiera cambiado.
Emma no dijo nada.
—Pero no puedo.
Leonardo la miró directamente a los ojos.
—No puedo verte acercarte a otro hombre sin sentir que algo se me rompe por dentro. Cuando te veo con Adrián, cuando te hace reír, cuando te acompaña y tú estás feliz a su lado… no me sé controlar.
Tragó saliva.
—Y me odio por sentirlos, porque no tengo derecho a exigirte nada.
Emma permaneció inmóvil.
Su corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar la música lejana de la celebración.
Leonardo respiró hondo.
—Lo siento por cómo te hablé. Lo siento por haberte avergonzado delante de ellos. Y lo siento por haberte besado sin preguntarte.
La última frase salió con dificultad.
—No debí hacerlo así.
Emma bajó la mirada.
Por mucho que hubiera deseado aquel beso, no podía ignorar cómo había ocurrido. Leonardo estaba ebrio, ella había intentado marcharse y él había cruzado un límite.
Que sus sentimientos fueran correspondidos no convertía aquella manera de actuar en algo correcto.
Leonardo pareció comprenderlo al verla tan confundida.
No volvió a tocarla.
Se quedó frente a ella, esperando, con una expresión de culpa que nunca le había visto.
—Emma, mírame, por favor.
Ella levantó lentamente los ojos.
Leonardo tenía el rostro lleno de angustia.
—No quiero perderte.
La joven sintió que aquella frase le atravesaba el pecho.
—No sé si estoy preparado para decirte todo lo que siento. No sé cómo manejarlo. Pero sé que no quiero que te alejes de mí.
Él se llevó una mano al rostro, intentando ordenar sus pensamientos.
—Cuando te vi llegar hoy, quise abrazarte y no soltarte. Cuando te reíste con Adrián, sentí una rabia absurda. Y cuando me di cuenta de que podía perderte antes de siquiera haber intentado algo contigo…
Su voz se quebró ligeramente.
—Me asusté.
Emma lo miró con los ojos húmedos.
—¿Me estás diciendo que tienes celos?
Leonardo soltó una risa breve, sin alegría.
—Sí.
Bajó la cabeza.
—Tengo celos, Em. Tengo celos de Adrián.
Por primera vez, lo dijo sin sarcasmo, sin disfrazarlo de una broma y sin buscar una excusa para negarlo.
—Y no sé qué hacer con eso.
Emma se llevó una mano al pecho.
—Yo tampoco sé qué hacer con esto.
Ella dio un paso hacia él, aunque mantuvo una pequeña distancia.
—Llevo años queriéndote. Te lo dije cuando cumplí quince años y no me creíste. Te lo volví a decir cuando cumplí dieciocho y me pediste que no volviera a pasar. Después me acerqué a ti porque no quería perderte, porque prefería tenerte como amigo antes que no tenerte en mi vida.
Las lágrimas comenzaron a resbalarle por las mejillas.
—Y ahora me besas así, me dices que tienes celos y que no quieres perderme. ¿Cómo se supone que debo entenderlo?
Leonardo sintió que cada palabra era merecida.
Emma soltó una risa temblorosa.
—¿Y cuándo? ¿Cuando estés sobrio? ¿Cuando volvamos a estar a kilómetros de distancia? ¿Cuando me llames y me digas que fue un error?
—No quiero hacer eso.
—Lo hiciste una vez.
Leonardo bajó los ojos.
No tenía una respuesta que pudiera reparar el daño.
Quería abrazarla. Quería besarle la frente, secarle las lágrimas y prometerle que jamás volvería a hacerla dudar de lo que significaba para él.
Pero sabía que una promesa hecha en aquel estado no sería suficiente.
Y, por primera vez en mucho tiempo, decidió que no podía seguir pensando únicamente en lo que él deseaba.
—Tienes razón —admitió.
Leonardo respiró profundamente.
Emma se quedó mirándolo.
—Quiero que sepas algo. No estoy avergonzado de ti. Nunca lo he estado. Si te hice sentir eso esta noche, te pido perdón.
La joven cerró los ojos durante un instante.
—Me dolieron tus palabras.
—Lo sé, lo siento.
—Y no quiero volver a sentirme así contigo.
Emma lo observó, buscando alguna señal de que aquellas palabras fueran algo más que una consecuencia del alcohol.
—Necesito que estés seguro de lo que me estás diciendo.
Leonardo asintió.
—Y yo necesito estar sobrio para poder hablar contigo como mereces.
Aquella respuesta la sorprendió.
Por primera vez desde que había comenzado la discusión, Leonardo no estaba intentando retenerla con excusas ni con nuevas muestras de afecto.
Estaba reconociendo que había hecho las cosas mal.
Y, aunque el beso seguía ardiendo en su memoria, Emma comprendió que no podía permitir que la emoción decidiera por los dos.
El silencio se extendió entre ellos.
Desde el salón llegó una oleada de aplausos. Alguien debía de estar pronunciando un brindis por los recién casados.
La vida continuaba al otro lado del jardín.
Emma se secó las mejillas.
—Tenemos que volver.
Leonardo asintió lentamente.
—Sí.
Ella comenzó a caminar, pero se detuvo después de unos pasos.
—León.
Él levantó la cabeza.
—¿Sí?
Emma lo miró con una mezcla de ternura y dolor.
—Yo también te extrañé cuando no estabas cerca. Y cuando te vi hoy, también quise abrazarte. No voy a mentirte sobre eso.
Leonardo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Pequeña yo…
—Pero necesito algo más que un beso. Necesito saber que no vas a acercarte a mí solamente cuando tengas celos de otro hombre. Necesito que me hables cuando estés tranquilo, cuando sepas lo que quieres y cuando puedas hacerte responsable de lo que sientes.
Él la escuchó sin interrumpirla.
—No quiero ser una confusión para ti, Leonardo. Y tampoco quiero que Adrián se convierta en una competencia que tengas que ganar.
Leonardo bajó la mirada, avergonzado.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Leonardo asintió.
—Lo haré.
Emma lo observó unos segundos más.
Después se acercó y le dio un beso suave en la mejilla.
Fue un gesto breve, cariñoso y dolorosamente distinto al beso que acababan de compartir.
—Vamos. No quiero que Lenna venga a buscarnos y empiece a pelear contigo.
Leonardo soltó una pequeña risa.
—Probablemente ya la esté imaginando.
Emma sonrió a pesar de todo.
Caminaron hacia el salón.
Al llegar a la entrada, Matteo los esperaba a cierta distancia.
Su mirada fue primero hacia Emma, buscando señales de que estuviera bien. Después se volvió hacia Leonardo.
—¿Todo en orden?
Emma asintió.
—Sí, tío Matt. Gracias.
Matteo le besó la frente.
—Te quiero, princesa.
—Yo también te quiero.
Leonardo permaneció callado.
Matteo lo miró con una advertencia silenciosa.
No necesitó decir nada más.
Emma regresó junto a Lenna, quien la recibió con una expresión llena de preguntas. La joven rubia se limitó a tomarle la mano y apretársela suavemente.
Leonardo se quedó unos pasos atrás. Había cometido un error.
Había permitido que los celos y el alcohol hablaran por él, y ahora tenía que demostrar que sus sentimientos eran más que una reacción impulsiva.
Miró a Emma una última vez.
Ella estaba conversando con Lenna, aunque de vez en cuando sus ojos buscaban los suyos.
Entre ambos había ocurrido algo imposible de ignorar.
Pero todavía no había una respuesta.
Solo una verdad que Leonardo acababa de pronunciar en voz alta.
Tenía celos de Adrián.
Y, aunque aún no sabía cómo llamar a lo que sentía por Emma, empezaba a comprender que ya no podía seguir escondiéndose detrás de la palabra amistad.
Aquella noche había cruzado una línea.
Ahora tendría que decidir si estaba dispuesto a dar el siguiente paso de la manera correcta.
Porque besar a Emma había sido fácil.
Lo difícil sería demostrarle que no volvería a romperle el corazón.
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¿Será que esta vez si dará el gran paso Leonardo?
Pero díganme ¿Quién borracho no ha hecho locuras o le han pasado cosas?
Yo por ejemplo me partí una ceja borracha mientras vomitaba(Ya no bebo y ahora conservo mis cejas intactas)
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