⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Posesión ciega
El trayecto de regreso en el coche fue una auténtica tortura sensorial. Las calles pasaban borrosas por la ventanilla, pero mi mente estaba completamente atrapada en el calor que parecía irradiar el cuerpo de Liam desde el asiento del conductor.
Mis hormonas jugaban conmigo de la manera más cruel posible: los calores repentinos me hacían jadear en silencio, y el roce disimulado de su hombro con el mío cada vez que tomaba una curva me provocaba una punzada de deseo tan intensa que me dolía físicamente. Estaba al límite.
Liam estacionó frente a mi casa con demasiada brusquedad, apagó el motor y se quedó en silencio un segundo, tamborileando los dedos sobre el volante antes de volverse hacia mí con esa media sonrisa arrogante que tanto detestaba y tanto me ponía los pelos de punta.
-Llegamos, furia -se burló, inclinándose hacia mi lado para abrirme la puerta-. ¿O te vas a quedar a vivir en el coche?
-Vete al diablo, Liam -mascullé, bajando de un salto antes de que pudiera tocarme.
Entré a la casa a zancadas, dispuesta a encerrarme en mi habitación y meter la cabeza bajo el agua fría hasta que este maldito estado de ánimo se me pasara. Pero apenas cerré la puerta principal a mis espaldas, el sonido de su cerrojo girando desde afuera me hizo congelar el alma.
Me giré de golpe. Liam estaba allí, apoyado contra la madera recién cerrada, con las llaves de mi casa colgando de uno de sus dedos y una chispa oscura y peligrosa en los ojos.
-¿Qué crees que haces? ¡Abre la puerta! -le exigí, dando un paso al frente con el corazón desbocado.
Liam guardó las llaves en el bolsillo de su sudadera con total parsimonia, despegó la espalda de la puerta y comenzó a caminar hacia mí con una lentitud deliberada, como un depredador que sabe perfectamente que su presa no tiene escapatoria.
-Tus padres no van a volver en todo el día, y tú y yo tenemos una conversación pendiente sobre lo que pasó en tu habitación -murmuró él, bajando la voz hasta convertirla en un eco ronco que me recorrió la columna vertebral-. No me importa que tus hormonas te estén haciendo odiar el mundo, Zoé. Sé perfectamente que me quieres aquí tanto como yo a ti.
-Eres un imbécil arrogante... -alcancé a decir con la voz temblorosa, acorralada contra el recibidor de la entrada mientras él cerraba el espacio entre nosotros.
Antes de que pudiera terminar el insulto, Liam me atrapó por la cintura, pegando mi cuerpo al suyo con una fuerza inquebrantable, y me estrelló contra la pared. El impacto me robó el último rastro de aire, pero cuando su boca devoró la mía en un beso salvaje, hambriento y desesperado, todo el sentido común se evaporó. Mis manos se enredaron con furia en su cabello, tirando de él mientras le devolvía cada gramo de esa intensidad caótica, rindiéndome por fin ante el fuego incontrolable de nuestra propia destrucción.
El beso escaló de inmediato a un terreno peligroso, donde los empujones y los reproches mudos se transformaron en una urgencia voraz. Mis manos, guiadas por una necesidad febril que mis propias hormonas exacerbaban al límite, se deslizaron por debajo de su sudadera, arañando la piel caliente de su espalda con desesperación. Cada roce encendía más el fuego, borrando de un plumazo cualquier atisbo de cordura.
Liam gimió bajo mi boca, un sonido ronco y áspero que me hizo perder el último rastro de control. Sus manos grandes y firmes me aferraron de los muslos, levantándome con facilidad mientras yo enredaba las piernas alrededor de su cintura, pegándome a él de la manera más íntima posible contra la pared del recibidor.
El mundo exterior dejó de existir. Ya no importaban los laboratorios médicos, ni la bronca de los padres, ni el hecho de que estábamos firmando nuestra propia sentencia de caos con cada segundo que pasaba. Solo existía el peso de su cuerpo contra el mío, la fricción desesperada de nuestras respiraciones caóticas y ese torrente de adrenalina pura que nos empujaba a cometer la locura más grande de nuestras vidas.
-Maldita sea, Zoé... -roncó él contra mi cuello, dejando una hilera de besos ardientes y mordiscos ligeros que me hicieron arquear la espalda y gemir en su oído-. Eres una maldita droga.
-Cierra la boca y muévete... -jadeé con la voz temblorosa, perdiendo la poca decencia que me quedaba mientras mis dedos se aferraban a su nuca, atrayéndolo todavía más hacia el abismo.
La tensión acumulada durante semanas explotó en un arrebato salvaje, impulsado por el deseo irracional de fundirnos y destruirnos al mismo tiempo, convirtiendo nuestra violenta tregua en el escenario perfecto de una pasión de la que ya ninguno de los dos quería escapar.
El peso de su cuerpo comprimiendo el mío contra la pared del recibidor era un ancla pesada, ardiente y desesperada. Mis manos, desbocadas por una necesidad física que ya rozaba la locura y que mis hormonas multiplicaban por mil, le arrancaron la sudadera por la cabeza de un solo tirón, ansiosa por sentir cada músculo de su espalda desnuda bajo mis dedos. Liam me devolvió el impulso con la misma furia ciega, deshaciéndose de lo que estorbaba mientras me alzaba con los muslos bien apretados a su cintura, usándome y dejándose usar en un toma y da donde el orgullo, los gritos de nuestros padres y la decencia ya se habían hecho añicos contra el suelo.
Cada fricción era un golpe directo a los sentidos, una descarga de calor puro que me hacía arquear la espalda contra el muro frío mientras sus manos recorrían cada curva de mi piel con una posesividad salvaje y sin filtros. Sus dedos se encajaron en mis caderas con tanta fuerza que supe que al día siguiente quedarían marcas oscuras, recordatorios físicos de lo que éramos capaces de hacernos cuando el autocontrol colapsaba por completo.
El ritmo se volvió caótico, una carrera frenética contra el propio aire. Sentía las piernas temblorosas, incapaces de sostener el peso de mis propias emociones, pero aferrándome a él como si fuera lo único real en medio de ese torbellino.
-Mírame, Zoé -exigió él con la voz ronca, pegando su frente a la mía mientras respirábamos con la violencia de dos náufragos.
Abrí los ojos, encontrándome con esa oscuridad
en su mirada que me desarmaba por completo. En ese segundo exacto, con la fricción exacta de nuestros cuerpos fundiéndose en un compás cada vez más hondo y rápido, sentí que el abismo se abría bajo mis pies. El placer comenzó a acumularse en el centro de mi cuerpo como una presión insoportable, una marea hirviendo que me quemaba las entrañas.
-Mierda... Liam, joder... -jadeé, con la voz quebrada por el delirio, perdiendo el control absoluto de mis palabras que se escapaban de mis labios en susurros. -. No pares, maldición... más, hazlo, follame más fuerte.
Liam soltó un gruñido ronco que me vibró en el pecho y embistió con una fuerza brutal, desatando una tormenta dentro de mí. Mis uñas se clavaron con saña en sus hombros, arañando su piel hasta arrancarle un jadeo ahogado mientras el cuerpo me empezaba a estallar por dentro. Las contracciones me sacudieron de pies a cabeza, una ola tras otra de puro éxtasis que me arrancó un grito lleno de necesidad, devorado por su boca mientras nos fundíamos en un último y salvaje temblor que nos dejó completamente vacíos, sin aliento y aferrados el uno al otro como si el mundo entero se estuviera desmoronando.
El silencio que siguió en el recibidor fue denso, pesado, cortado únicamente por nuestras respiraciones desbocadas que rebotaban contra las paredes. Ninguno de los dos se movió de inmediato. Yo seguía aferrada a su cintura con las piernas temblando, con la frente apoyada en su hombro sudoroso y el sabor a sal y a desafío todavía en los labios.
Fue entonces cuando lo sentí.
Liam aflojó el agarre brutal de mis caderas, bajándome con una lentitud extraña, casi renuente, hasta que mis pies volvieron a tocar el suelo de madera. Pero no me soltó. Su mano grande, con los nudillos todavía marcados por la tensión de hacía unos segundos, se deslizó por mi espalda hasta detenerse con una deliberada lentitud sobre mi vientre, todavía plano, pero albergando la razón por la cual nuestra vida se había desmoronado.
Un escalofrío helado recorrió mi columna, mucho más intenso que el calor de la pasión que acababa de extinguirse.
Ese simple toque -una posesión muda y brutal sobre el pedazo de carne y vida que compartíamos- hizo que se me formara un nudo en la garganta tan violento que me dolió. La realidad, cruda y aplastante, me cayó encima como un balde de agua fría. Por más que nos devoráramos hasta hacernos sangre, por más que intentáramos apagar el pánico a punta de fricción y groserías, el crío seguía ahí. Nuestra condena, nuestra sentencia, el hilo invisible que nos obligaba a estar atados para siempre, quisiéramos o no.
La rabia, alimentada por el cóctel hormonal que corría desbocado por mis venas, estalló en mi interior de la forma más patética posible. Una ola de vulnerabilidad y frustración absoluta me inundó los ojos de lágrimas ardientes que me negué rotundamente a derramar frente a él.
-Quítate... -le espeté con la voz rota, dándome la vuelta con un empujón brusco en el pecho que apenas lo hizo retroceder un par de centímetros.
Me pasé las manos por la cara, temblando de pies a cabeza, con una mezcla de furia ciega y una angustia tan profunda que me costaba respirar. Odiaba a Liam con cada fibra de mi ser, pero lo que más me dolía, lo que me hacía querer romper a llorar como una imbécil, era la maldita y humillante certeza de que mi cuerpo ya lo reconocía, de que lo necesitaba de la misma forma enfermiza en que lo repudiaba.
-Mírate, Zoé. Estás temblando -la voz de Liam sonó peligrosamente baja, carente de la burla de antes, cargada con una oscuridad que me aterraba porque reflejaba exactamente el mismo vacío que yo sentía por dentro.
-¡Vete a la mierda! -grité con un sollozo ahogado escapándose de entre mis dientes, dándole la espalda mientras me abrazaba el torso con los brazos, intentando contener los pedazos en los que me acababa de romper-. ¡Lárgate de mi casa de una vez! ¡No te soporto! ¡No soporto nada de esto!
Liam no se movió. Podía sentir su presencia pesada detrás de mí, su respiración todavía agitada y esa mirada fija que parecía quemarme la nuca. Y aunque lo maldije en silencio con cada insulto que conocía, el terror más grande no era que se quedara... sino saber, con absoluta certeza, que ninguno de los dos iba a tener jamás a dónde huir.