Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
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Un año sin Elena
Capítulo 23
Un año sin Elena
El sábado amaneció nublado, como si el cielo también recordara.
No había dormido. La voz de Lucía niña seguía repitiéndose en mi cabeza, pero todavía no sabía qué hacer con ella. Un recuerdo no era una prueba. Y Lucía tenía diez años entonces.
Una niña de diez años no podía saber algo así.
A menos que alguien se lo hubiera dicho. La misa fue en la capilla del cementerio, después caminamos hasta el mausoleo de los Green, una construcción de piedra gris con una puerta de hierro forjado. Dentro estaba mi abuela.
Y, a su lado, mi madre.
Isabel Green.
Había evitado aquel lugar durante años. En mi primera vida nunca regresé después del entierro de mi abuela. Siempre había una excusa, Rodrigo, la universidad, la boda.
Esta vez me quedé frente a las dos lápidas hasta que me dolieron las piernas.
—Te pareces muchísimo a ella.
La voz vino desde atrás. Me giré.
Era el hombre del traje gris.
Tenía unos sesenta y cinco años, el cabello plateado peinado hacia atrás y unos ojos claros que sonreían antes que su boca. Se apoyaba en un bastón de madera oscura con una empuñadura plateada en forma de ancla.
—Augusto Salcedo —se presentó—. Primo de tu abuela.
—Victoria.
—Lo sé. —Me tomó la mano entre las suyas—. La última vez que te vi de cerca eras así de pequeña. Isabel te llevaba en brazos a todas partes.
—No lo recuerdo.
—Eras muy niña. —Miró la lápida de mi madre y su expresión se volvió triste—. Fue una pérdida terrible.
Asentí sin decir nada.
Augusto parecía amable, de verdad. Hablaba despacio, con la voz suave de alguien acostumbrado a que los demás guardaran silencio para escucharlo.
Pero yo había aprendido que las voces más suaves eran las que más daño podían hacer.
—Si alguna vez necesitas algo —continuó—, cualquier cosa, me gustaría ayudarte. Elena era muy reservada con sus asuntos y tu padre... —Hizo una pausa elegante—. Digamos que Roberto nunca tuvo cabeza para los números.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
Me dio una palmada en el hombro y se alejó hacia donde estaba mi padre.
Lo observé. Mi padre se puso rígido en cuanto lo vio acercarse. Augusto le habló al oído y mi padre asintió, mirando el suelo, como un empleado frente a su jefe.
Mi padre no se comportaba así ni siquiera frente a sus socios.
—¿Quién es ese hombre?
Adrián estaba a mi lado. No lo había escuchado llegar.
—El primo de mi abuela.
—Augusto Salcedo.
—¿Lo conoces?
Adrián no respondió de inmediato. Miraba más allá de Augusto, hacia el hombre alto que se había acercado a saludarlo.
Tenía el cabello entrecano, traje negro y la misma mandíbula que Adrián. Estrechó la mano de Augusto como se estrecha la mano de alguien a quien se conoce desde hace mucho tiempo.
—Es mi padre —dijo Adrián.
Julián Vargas.
—¿Sabías que vendría?
—No.
—¿Vas a saludarlo?
—No.
La respuesta fue tan seca que no insistí.
Adrián y su padre estaban a veinte metros de distancia y ninguno de los dos hizo el menor intento de acercarse.
Entonces vi a alguien más.
La profesora Carla Márquez estaba sola frente al mausoleo, con un ramo de lirios blancos.
Esperó a que la mayoría se alejara y los dejó sobre la lápida de mi madre.
No sobre la de mi abuela.
Sobre la de Isabel.
Me acerqué despacio.
—Profesora.
Ella se sobresaltó. Se secó los ojos con rapidez.
—Victoria. Lo siento, no quería molestar.
—No molesta. —Miré las flores—. ¿Conocía a mi madre?
Carla tardó en responder. Miró a su alrededor, hacia mi padre, hacia Mariana, que conversaba con unas señoras junto a la capilla.
—A tu madre le encantaban los lirios blancos
—dijo en voz baja.
—Usted me dijo que no nos conocíamos.
—Dije que no lo recordaba. —Me miró con tristeza—. Era más seguro así.
—¿Más seguro para quién?
—Para ti.
Antes de que pudiera preguntar algo más, Mariana nos miró desde la capilla. Carla lo notó y dio un paso atrás.
—Ven a mi oficina el lunes —susurró—. Sola.
Se marchó sin despedirse.
La recepción fue en casa. Había flores por todas partes, música suave y gente que no había visitado a mi abuela ni una sola vez durante su enfermedad. Todos decían lo mucho que la habían querido.
Patricia estaba junto a la ventana, con una copa intacta en la mano. No hablaba con nadie. Solo observaba a Augusto.
Me escapé al pasillo donde estaba el retrato de mi abuela. Necesitaba un minuto lejos de todos.
Mi abuela me miraba desde el cuadro con aquella expresión seria que de niña me daba miedo y que ahora entendía. No era severidad. Era vigilancia.
—Era una mujer extraordinaria.
Augusto otra vez.
Se había acercado tan silenciosamente que no lo escuché. El bastón no hacía ruido sobre la alfombra.
—Lo era —respondí.
—¿Ya revisaste sus cosas? Elena guardaba muchos papeles.
—Todavía no he tenido tiempo.
—Claro. —Sonrió—. Eres joven. Hay tiempo para todo.
Se colocó a mi lado, frente al retrato, y por un momento ninguno de los dos habló.
Después se inclinó un poco hacia mí. Su voz se volvió casi un susurro.
—¿Sabes una cosa, Victoria? Tu abuela siempre escondía sus secretos detrás de números.
La sangre se me heló.
Diecisiete.
Lo miré. Él seguía observando el retrato con la misma sonrisa amable.
—Espero que no te pase lo mismo que a ella
—añadió.
—¿Qué le pasó?
Augusto golpeó suavemente la alfombra con el bastón y la pequeña ancla plateada brilló bajo la luz.
—Confió en las personas equivocadas.
Y se alejó por el pasillo, despacio, saludando a todos con su voz suave.