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Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amor-odio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Guadalupe Garza

Trilogía: Pecados de Élite

Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.

Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.

El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.

Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.

Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.

¿Qué podría salir mal?

NovelToon tiene autorización de Guadalupe Garza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: Fantasmas de acero

Habrá capítulos narrado por personajes secundarios, para que vean un poco más de nuestros protagonistas o vean más sobre lo que no dicen los protagonistas sobre los personajes secundarios, también para que entiendan a los personajes un poco más ya sea los principales o los Secundarios....

En este caso los dejo con el guapo Capitán Dante Cross y sus pensamientos y miedos...

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Dante Cross.

Me he preguntado casi toda la vida qué se necesita exactamente para alcanzar la felicidad completa; esa clase de paz esquiva que te permite vivir sin tener que arrastrarte por el fango de los dramas familiares, de las expectativas ajenas y de las mil tonterías cotidianas que se empeñan en robártela. Recuerdo que mi madre solía decirnos, con esa paciencia inagotable que la caracterizaba, que la felicidad en una relación y en uno mismo no era un golpe de suerte, sino una construcción diaria que dependía enteramente de la voluntad de cada uno.

Mi padre, en cambio, creía ciegamente que la felicidad era solo un mito para niños y soñadores débiles. Es verdad que ama a mi madre —de su extraña y retorcida manera, lo ha demostrado a lo largo de los años—, pero su forma de querer siempre ha sido áspera, distante y clínica, muy parecida a la manera en que nos crio a Alec y a mí: a base de exigencias militares, silencios punzantes y la constante sensación de que nunca éramos lo suficientemente buenos. Mamá era el refugio cálido; papá, el cuartel general.

Aún recuerdo con total nitidez el día exacto en que conocí a Victoria. Fue en los comedores de la sede principal de la F.E.E.M. Ella estaba ahí, sentada al fondo de una de las mesas de acero, rodeada de su hermano Ryan —quien en paz descanse—, de Valente y de la teniente Shaw. Recuerdo haberme quedado petrificado a mitad del pasillo: se veía hermosa, auténtica y genuinamente en paz en medio de aquel bullicio castrense. Parecía una criatura perfecta e intocable perdida por error en un mundo de mortales. Fue, sin la menor duda, amor a primera vista. Me armé de valor, la busqué incansablemente, la invité a salir y, con paciencia y detalle, logré enamorarla. Tres meses después de aquel flechazo, ya éramos oficialmente una pareja.

Poco tiempo después de formalizar nuestra relación, las piezas del tablero cambiaron con la llegada del capitán Liam Kincaid y el sargento Christian Frost. Aunque ambos eran amigos de la infancia junto a Alec en Washington, no tardaron en integrarse a mi círculo de confianza al compartir misiones de alto riesgo y salidas nocturnas. Victoria se llevaba de maravilla con ellos, y, a decir verdad, fuera de sus propios hermanos, eran los únicos hombres en toda la base a los que les permitía acercarse a ella sin que se encendieran mis alarmas de celos enfermizos. Con Liam y Christian me sentía seguro. O al menos, eso creía.

Alec y yo... bueno, Alec y yo siempre hemos sido una bomba de tiempo a punto de estallar. Desde niños hemos chocado como dos enemigos a muerte, compitiendo por una aprobación paterna que jamás llegó para ninguno de los dos. En el fondo, sé que lo quiero es mi hermano mayor, al fin y al cabo, y reconozco que él también debe sentir algo de hermandad bajo esa maldita coraza de acero que lleva por pecho. Hubo una época en mi juventud en la que me sentí asfixiado, convertido en su eterna sombra, una copia barata del brillante Alec Cross. Logré superar esa inseguridad y sacudirme el complejo durante un par de años... hasta hace unas semanas, cuando su presencia imponente volvió a derrumbarse sobre esta base tras el atentado que le costó la vida a los padres de mi novia y a su hermano, el coronel Ryan Morgan. Para colmo de males, ahora él era mi superior directo.

Desde entonces, el aire en la base se había vuelto irrespirable.

A través del ventanal del pasillo, alcancé a verla entrenando en el patio central junto a Liam Kincaid y su tropa de asalto. Estaba completamente absorta en los protocolos tácticos de la maldita misión. Horas antes me había dejado más que claro, con esa frialdad profesional que tanto admiraba y que ahora tanto detestaba, que dentro del perímetro de la F.E.E.M. debíamos mantener la distancia y actuar con absoluta profesionalidad. Lo entendí perfectamente, porque era exactamente el mismo discurso que yo le había repetido a los reclutas mil veces. Pero ahora, esa misma regla me pesaba como una losa de plomo en el pecho, sobre todo porque desde hacía varios días la notaba extrañamente distante, esquiva, como si deliberadamente evitara cruzarse conmigo en los pasillos o compartir a solas los almuerzos.

La vi despedirse formalmente de Kincaid con un apretón de manos y un gesto seco, antes de girar sobre sus talones y caminar de regreso hacia las alcobas del personal.

Sin pensarlo dos veces, dejé lo que estaba haciendo y me propuse seguirla. Necesitaba verla a los ojos, necesitaba escuchar de su propia voz que las cosas entre nosotros seguía intactas, que seguía siendo mía, y corroborar por mí mismo que mi maldito hermano mayor no había interferido con sus estúpidas y calculadas jugadas. Conozco a Alec lo suficientemente bien como para saber de lo que es capaz cuando algo le llama la atención, odiaría con toda el alma que me la quitara solo por el placer sádico de destruirla, porque Alec es esa clase de hombre oscuro que termina destrozando absolutamente todo lo que toca.

—¿Dante? —escuché una voz femenina a mi espalda que me hizo frenar en seco. Era Megan, que me miraba con los brazos cruzados y una ceja alzada —Sabes perfectamente que está prohibido el acceso a la zona de dormitorios femeninos a estas horas, Capitán.

—Lo sé, Megan, te lo juro. Pero necesito hablar con Vicky urgentemente, es la única forma de hacerlo sin que corra a esconderse tras el protocolo —le supliqué, pasando una mano por mi cabello con frustración.

Megan soltó un suspiro largo, evaluando mi rostro demacrado, y terminó asintiendo con la cabeza antes de dar media vuelta.

—Date prisa antes de que ronda de seguridad haga el cambio de turno —me advirtió por lo bajo mientras se alejaba por el pasillo.

Aceleré el paso hasta detenerme frente a la puerta de su alcoba. Estaba entreabierta, dejando escapar una rendija de luz cálida. Sin vacilar, empujé la madera con suavidad y entré. Ella estaba de espaldas a mí, parada junto al gran ventanal que daba a la parte trasera de las instalaciones, con el teléfono celular pegado a la oreja y el ceño fruncido en señal de concentración.

—Sí... entiendo perfectamente las directrices. Manténganme informados si hay novedades en el sector —estaba diciendo con voz firme.

En ese instante, giró el rostro hacia la entrada y me descubrió parado en medio de su habitación. Sus ojos verdes se abrieron de par en par con sorpresa, rápidamente apartó el teléfono de la oreja y colgó la llamada de golpe.

—¿Se puede saber qué demonios haces aquí, Dante? —me soltó con un tono de genuina alteración, guardando el aparato en el bolsillo —¿Estás loco? ¡Si te descubre el sargento de guardia, me vas a ocasionar un grave problema a mí y de paso a ti te van a arrestar por insubordinación!

—No me importa el reglamento, Victoria. Mírame a los ojos y dime que me amas, dime que esta distancia de mierda es solo producto de la presión de la misión que nos tiene a todos al borde del colapso —le exigí con la voz temblorosa, acercándome a pasos cortos.

Ella se quedó inmovilizada un segundo, observando la desesperación cruda reflejada en mi rostro. Luego, soltó un suspiro pesado, dio un paso al frente y acortó la distancia, tomando mis manos frías entre las suyas con una delicadeza que me desarmó por completo.

—Dante... por Dios, ¿de dónde sacas esas ideas absurdas en la cabeza? ¿De verdad crees que he dejado de amarte? —me reprochó con un tono suave, fundiendo la tensión en el aire —Me conoces mejor que nadie. Solo estoy volcada en el trabajo de campo, y ya sabes cómo es Liam cuando se trata de una operación de esta magnitud, exige concentración absoluta, eso es todo.

Al escuchar sus palabras, vi cómo sus hermosos ojos verdes brillaban con una aparente sinceridad cristalina. Me regaló una sonrisa cálida, de esas que curaban cualquier herida, y antes de que pudiera replicar algo, se puso de puntitas y dejó un beso rápido y tierno en mis labios. El alivio comenzó a inundar mis venas, barriendo de un solo golpe todas mis paranoias.

Pero la paz duró apenas unos segundos. Su teléfono celular vibró ruidosamente sobre la mesita de noche. Victoria bajó la mirada para ver la pantalla iluminada con una notificación urgente del alto mando.

—Tengo que irme... el capitán Kincaid me está esperando en su despacho para revisar los últimos planos de la operación —me avisó con un deje de premura, apartándose despacio.

—Está bien... —asentí, sintiendo un amargo sabor en la boca que intenté disimular.

Ella se acercó de nuevo, me envolvió el cuello con los brazos y me atrajo hacia un abrazo profundo, coronado con otro beso, esta vez mucho más hambriento y prolongado. Posé mis manos con firmeza en su cintura perfecta, atrayéndola contra mi cuerpo, absorbiendo con desesperación el aroma embriagador de su piel que tanto me anclaba a la cordura.

Finalmente, se separó lo justo para sostener mi rostro entre sus manos.

—Capitán Cross, te amo. No dudes nunca de eso... eres el hombre que elegí para compartir mi vida entera —me susurró muy cerca de los labios, con una dulzura que me hizo olvidar cualquier sombra de duda.

—Yo también te extraño como un maldito loco, cariño —le contesté con una sonrisa de idiota enamorado —Prometo que aguantaremos el ritmo.

—Yo también. Hoy no me quedaré a dormir en los barracones de la base; ¿qué tal si salimos a cenar a ese lugar que tanto te gusta en cuanto termine el turno? —propuso con una chispa traviesa en la mirada.

—Hecho. Te veo en cuanto termine mi jornada con la tropa —le prometí, besando su frente con devoción —te amo, Vicky. Y nunca olvides que tú eres mi futuro, mi paz y mi única verdadera felicidad en este maldito mundo.

—Nos vemos más tarde —se despidió con una última sonrisa antes de girarse y salir con paso firme de su alcoba, dejándome solo con mis pensamientos en medio de la habitación.

Me quedé de pie unos segundos, respirando su ausencia. Mis ojos vagaron por la pequeña mesita de noche junto a su cama, y un detalle extraño captó mi atención de inmediato. Me acerqué con curiosidad y estiré la mano para tomar un objeto que descansaba sobre la madera, un pequeño peluche de un tierno oso polar con una bufanda roja.

¿Un peluche?

Victoria nunca había sido fanática de esas cursilerías infantiles, de inmediato mi cerebro intentó buscar una explicación lógica, convencido de que probablemente se lo había regalado su pequeña sobrina en su última visita a la casa de campo... sí, tenía que ser eso.

Sacudí la cabeza con una sonrisa boba, convencido de que mientras mantuviera las palabras correctas, le hablara como a ella le gustaba y la hiciera sentir la mujer más especial del planeta, nada ni nadie podría separarla de mi lado. Me aseguraría de blindar nuestra relación contra viento y marea, sin importar quién se cruzara en el camino, ni siquiera si se trataba de mi propio hermano. Yo sabía perfectamente que ella me amaba con locura, y esa certeza absoluta era todo lo que necesitaba para poner en marcha el siguiente paso de mi plan maestro.

Tenía el anillo guardado en el fondo del cajón de mi oficina desde hacía semanas.

Le pediría que se casara conmigo esa misma noche. Con un anillo en el dedo y un compromiso legal de por medio, nadie, absolutamente nadie, ni los rangos, ni las misiones, ni la sombra de Alec, podría volver a alejarla de mí. Estaba tan ciego de amor y seguridad que ni por un solo segundo dudé de su respuesta, sabía que me diría que sí.

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En los próximos capítulos quien quiera saludos de nuestros guapos chicos o chicas diganlo.....

Besitos 😙 l@s amo un montón 💚

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Estefanny Castro
me encanta la novela me gustaría que subieras más capitulos o que hicieras un maratón
Estefanny Castro: cuál es el nombre de la otra plataforma para leer las historias que has hecho
total 3 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Alec estás jugando con fuego y te vas a quemar 🔥
Guadalupe Garza: yo diría que los dos 🤭
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Peligroso muy peligroso 🔥
Nairobis Cardozo Portillo
Dios mío ésto está que arde🔥
Guadalupe Garza: Y lo que falta
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Excelente comienzo
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