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El Peso De Las Sombras

El Peso De Las Sombras

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Romance de oficina
Popularitas:37
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.

Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: EL RETORNO DEL FANTASMA

Elena contempló la palabra grabada en el cuaderno de la víctima con una mezcla de horror e impotencia. ELENA, subrayado tres veces. Julián no había escrito su nombre como una acusación; era su estilo característico de catalogación cuando consideraba a alguien un activo o una amenaza inminente. Pero explicárselo a un detective de homicidios que ya la consideraba la principal sospechosa era una tarea suicida.

—No lo sé, inspector —respondió Elena, haciendo un esfuerzo supremo por mantener la firmeza en la voz—. Julián anotaba los nombres de las personas con las que tenía reuniones pendientes o asuntos financieros por resolver. Teníamos que firmar las cláusulas prenupciales esta semana.

Gabriel la sostuvo la mirada durante varios segundos antes de esbozar una sonrisa gélida y carente de humor. Se puso de pie, recogió el cuaderno de notas y lo guardó de nuevo en la carpeta de manila.

—Por ahora no presentaré cargos en su contra, señorita Marín. Pero su pasaporte queda retenido y no puede abandonar la ciudad bajo ninguna circunstancia. Tendrá vigilancia policial discreta en su domicilio. No intente alterar ninguna prueba ni contactar a los empleados de la galería.

A las tres de la mañana, un vehículo policial trasladó a Elena de regreso a su taller de restauración. El viaje transcurrió en un silencio opresivo. Cuando la patrulla la dejó en la esquina de su calle, Elena esperó a que los oficiales se estacionaran a unos cincuenta metros para mantener la guardia antes de meter la llave en la cerradura de la puerta principal de su estudio.

Al entrar, la casa se sentía fría y ajena. Elena encendió las luces del pasillo y caminó directamente hacia la trastienda. Se quitó el abrigo húmedo de paño y sacó con cuidado el sobre de papel manila con la fotografía chantajista que había logrado ocultar durante todo el interrogatorio.

Se sentó frente a la mesa de trabajo, encendió la lámpara quirúrgica y colocó la fotografía bajo la lente de aumento. Con la luz directa, Elena comenzó a examinar no la imagen quemada de los rostros, sino la estructura física del propio papel. Su entrenamiento en la restauración de documentos antiguos le permitía analizar detalles que pasaban desapercibidos para la mayoría de la gente.

Pasó las yemas de sus dedos sobre la superficie del sobre de papel manila. Tenía un gramaje especial, de algodón pesado. Al orientar la hoja contra la luz halógena en un ángulo de cuarenta y cinco grados, Elena descubrió un detalle crucial: en la esquina inferior derecha del sobre había una marca de agua grabada al seco.

Eran las iniciales V&H Corp..

Elena retuvo el aliento. Valdés & Hijos Corporation. Ese tipo de papelería corporativa no estaba disponible para los empleados comunes ni se vendía en tiendas. Se imprimía exclusivamente para la alta dirección de la junta directiva de la familia Valdés. Quien le había enviado la carta de chantaje era alguien dentro del círculo familiar íntimo de Julián.

Un crujido sordo resonó en la planta superior del taller.

Elena se congeló. Apagó la lámpara quirúrgica de un manotazo, dejando la trastienda en una penumbra parcial alumbrada solo por las luces de la calle. Escuchó con atención. El piso de madera sobre su cabeza —el área donde guardaba los materiales de archivo y las herramientas pesadas— crujió bajo el peso de pisadas firmes y cautelosas.

Alguien había entrado al taller a pesar de la vigilancia policial en la calle exterior.

Elena buscó a tientas sobre la mesa de trabajo. Sus dedos rozaron la empuñadura de metal del bisturí de restauración de hoja fija. Lo sujetó con fuerza y retrocedió lentamente hacia la pared, buscando la protección de las sombras.

Las pisadas comenzaron a bajar por la escalera de caracol de hierro que conectaba la planta alta con el taller. Cada escalón emitía un chasquido metálico rítmico.

—Sé que estás ahí, Elena —dijo una voz masculina en la oscuridad.

No era la voz de Gabriel Prado. Tampoco era la voz distorsionada de la llamada telefónica. Era una voz más profunda, áspera, cargada de una familiaridad siniestra que hizo que a Elena se le helara el corazón.

Una figura alta emergió del hueco de la escalera, vistiendo una chaqueta de cuero desgastada y con las manos metidas en los bolsillos. Tenía la barba de varios días, los ojos oscuros y febriles, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja derecha.

Elena dio un paso adelante, sosteniendo el bisturí frente a sí con la mano temblorosa.

—¿Damián? —susurró incredula.

Damián Valdés. El hermano menor de Julián. El hijo pródigo de la familia que había desaparecido tres años atrás sin dejar rastro tras una violenta disputa familiar, y el mismo hombre con el que Elena había sostenido un apasionado y prohibido romance secreto antes de comprometerse con Julián.

Damián avanzó dos pasos con rapidez felina, acorralando a Elena contra la pared de la mesa de mezclas antes de que ella pudiera reaccionar. Con un movimiento veloz de su mano izquierda, sujetó la muñeca de Elena que sostenía el bisturí y la presionó suavemente pero con firmeza contra la madera, neutralizando la amenaza sin lastimarla.

Su rostro quedó a escasos centímetros del de Elena. El olor a lluvia, cigarrillo y cuero inundó los sentidos de ella.

—Baja esa herramienta, Elena —dijo Damián, con la voz apenas en un susurro cargado de peligro—. Julián no era la víctima inocente que todos creen. Y si le dices una sola palabra a la policía sobre mi regreso, nos van a hundir a los dos en la misma fosa.

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