Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 6
Capítulo 6: ¿Me estás robando mis naranjas?
Adrián llevaba diez minutos atorado en la misma cláusula de un contrato cuando se abrió la puerta de la recámara.
—Señor, ¿le puedo pedir un favor?
Dulce se había quedado en el marco, descalza, con el celular apretado contra el pecho. Él cerró la carpeta.
—Dime.
—Mi mamá quiere conocerlo. —Lo soltó de corrido, sin tomar aire—. Le dije que usted era un cliente de la fábrica, que me prestó el dinero, que me quiere. Y ahora quiere verle la cara. Nada más una visita. Diez minutos. Usted se sienta, le sonríe, le dice que sí a todo y ya.
—¿Que te quiero?
—Eso le dije. —Se puso roja hasta las orejas—. No tiene que ser cierto. Nada más que lo parezca.
Adrián dejó la carpeta en el buró. Diez minutos en un hospital, frente a una señora recién operada, haciéndose pasar por el novio de una muchacha que le hablaba de usted porque creía que él tenía cincuenta años. Cualquier abogado le habría dicho que no.
—Está bien —dijo—. Pero tengo una condición.
Ella esperó. Él estiró la mano y le rozó el labio de abajo con el pulgar.
Dulce entendió al segundo. Se le fue el color de la cara y luego le regresó todo junto.
—¿Eso no cuenta como… lo que dijo la doctora?
—No.
Ella miró el tubo de pomada que seguía en el buró, junto a las indicaciones que él había leído tres veces. Luego lo miró a él.
—Si no quieres, igual voy —dijo Adrián.
—Sí quiero. —Dulce bajó el celular y lo dejó en la cómoda—. Es justo.
—¿Justo?
—Usted va a ir al hospital por mí. Es un trato, ¿no?
Fue ella la que cruzó el cuarto y se subió a la cama. Se sentó sobre los talones frente a él, con las manos en las rodillas, esperando a que él dijera algo. Él le tomó la cara.
—Me dices cuándo paro.
—Sí, señor.
No tuvo que parar. Ella lo besó primero, torpe, con la boca cerrada, y después ya no tan torpe. Lo demás fue lento y fue de ella: sus dedos enredados en la camiseta de él, la respiración cortada contra su cuello, una risa nerviosa que se le escapó a media frase y que ninguno de los dos comentó. Adrián no la tocó donde la doctora había dicho que no.
A la una se quedó dormida con la cara pegada a su hombro y los pies helados contra sus espinillas. Adrián dormía con el aire a dieciocho grados desde los veinte años; nadaba en agua fría todo el año y el calor lo ponía de malas. Buscó el control a tientas y lo subió a veintisiete.
A las tres seguía despierto. Tenía el brazo dormido debajo de ella y no lo movió.
* * *
A las once y media del martes, cuando terminó la junta de presupuesto, Adrián se sorprendió sonriéndole a una hoja de cálculo.
—Qué milagro —dijo Clara desde la puerta de la sala de juntas. Traía una carpeta de dibujos bajo el brazo y el pelo recogido como cuando pintaba.
—¿Qué haces aquí?
—Venía de pasada. Tenía una cita aquí cerca.
—¿Quieres un café?
—No, ya me voy. —No se fue—. Te estabas riendo solo.
—Estaba leyendo.
—Nadie se ríe leyendo un presupuesto, Adrián. Ni tú.
Llevaban un año divorciados y Clara seguía hablándole con la confianza de quien conoce todas las puertas de una casa. No tenía por qué mentirle; nunca le había mentido.
—Me gusta una muchacha. —Lo dijo igual que habría reportado una cifra—. Todavía no somos nada, pero me gusta.
—Qué bueno. —Clara tardó un segundo en sonreír—. Ya era hora.
La acompañó al elevador. Ella le habló del estudio, de que su mamá le mandaba saludos. Cuando las puertas empezaron a cerrarse, Adrián alcanzó a ver que tenía los ojos rojos.
Alergia, pensó. En octubre a medio mundo le daba.
A las cuatro, rumbo a una comida en Polanco, el tablero de la camioneta se iluminó con un nombre: Señora Clara. Don Lupe contestó con el manos libres.
—Buenas tardes, señora Clara.
—Perdón que lo moleste, don Lupe. Nada más dígame una cosa. ¿Quién es ella?
Don Lupe buscó al patrón por el retrovisor. Adrián siguió leyendo un correo en el teléfono.
—No me corresponde, señora Clara.
—Claro. Perdón. Ya sé que no.
Colgó. Don Lupe se aguantó un semáforo entero.
—La señora Clara lo quiere, patrón. Desde siempre.
—No digas tonterías.
—Como usted diga —contestó don Lupe, que cuando lo decía así quería decir exactamente lo contrario.
* * *
El miércoles, a las cinco cuarenta de la tarde, Adrián apagó la computadora y se puso el saco. Olivia se levantó de su escritorio de un brinco.
—¿Se siente bien, licenciado? ¿Le pido algo a la farmacia?
—Estoy bien.
—Es que usted nunca… —Se calló—. Que descanse.
En la camioneta, Adrián aflojó la corbata. Tres cuadras después abrió la boca.
—Lupe. ¿Cuántas novias has tenido?
—¿Novias-novias, patrón? —Don Lupe casi se pasó la salida.
—Novias.
—Dos. Y la segunda es mi Queta. —Lo buscó otra vez en el retrovisor—. Y le voy a decir una cosa gratis: los que menos se enamoran son los que más se clavan.
—Párate en la pastelería de Masaryk —dijo Adrián, viendo por la ventana.
Él no comía nada dulce. Salió con una caja de éclairs y una bolsa de papel con tres conchas de vainilla, que dejó en el asiento del copiloto.
—¿Y eso?
—Para ti.
—Ah, caray. —Don Lupe arrancó muy despacio—. Ahora sí está grave.
* * *
En Bosques ya estaba oscureciendo cuando Adrián entró al jardín por la puerta de la cocina.
Dulce estaba en cuclillas debajo de los naranjos de don Lupe, con el pelo amarrado en una liga y tres canastas llenas a los lados. Tarareaba algo desafinado. Adrián se detuvo a unos pasos.
—¿Me estás robando mis naranjas?
Ella dio un brinco, quiso voltear y las piernas no le respondieron. Se fue de lado. Él la agarró de la cintura antes de que llegara al pasto.
—¡Ay! Se me durmieron… No me las estoy robando, señor, estaban tiradas, se iban a echar a perder. Don Lupe me dijo que las recogiera si quería, y yo pensé que en el hospital las enfermeras…
—Tres canastas.
—Iban a ser dos.
Adrián no le quitó la mano de la cintura. Ella tampoco se movió. Él levantó la caja.
—Te traje algo.
Dulce abrió la tapa. Doce éclairs, formados como soldados.
—¿Usted no come?
—No me gusta lo dulce.
Sacó uno, le dio una mordida chiquita para probar que la crema estaba bien y se lo acercó a la boca. Ella dudó un segundo y mordió. La crema se le quedó en la comisura.
Adrián se la quitó con la boca. Fue un beso corto. Ella se quedó quieta, con el éclair en la mano y los ojos muy abiertos. Él se separó apenas.
—La próxima vez que te bese —dijo—, abre la boca.
Se oyeron pasos en la grava. Don Lupe venía cargando una caja de madera vacía para las naranjas. Dulce empujó a Adrián con las dos manos, tan fuerte que él tuvo que dar un paso atrás. Don Lupe se paró en seco, miró a uno, miró a la otra, dio media vuelta y se regresó por donde había venido, con la caja y todo.
—Ay, no. —Dulce se tapó la cara con el antebrazo—. Ay, no, no, no.
—Se te va a caer el éclair.
—¡Pues que se caiga!
No se le cayó. Se lo terminó entero, de espaldas a él.
* * *
A las ocho y media la acompañó hasta el portón. Ella traía una naranja en cada mano.
—¿Me dice la clave? —preguntó—. Así ya no le toco a don Lupe a las once de la noche cuando me regreso del hospital.
—Uno, dos, cero, nueve, nueve, cero. —Lo dijo sin pensar—. Mi cumpleaños.
Se dio cuenta un segundo tarde. Dulce ya estaba contando con los dedos, las naranjas apretadas contra el pecho.
—¿Doce de septiembre… del noventa?
—Doce del nueve es mi cumpleaños. —Adrián señaló la placa de bronce junto al timbre—. El noventa… es el número de la casa.
—Ah. —Ella miró la placa y luego a él, y se mordió el labio—. Virgo. Yo soy Piscis. Setenta por ciento compatibles.
—¿Setenta?
—Eso dice internet.
Se acercó al teclado y marcó despacio, número por número. El portón zumbó y se abrió medio metro.
—Uno, dos, cero, nueve, nueve, cero —repitió ella en voz baja, igual que una tabla de multiplicar—. Mañana a las seis, ¿eh? No se le vaya a olvidar. Y se pone camisa, no ese traje de funeral.
Adrián la vio cruzar hacia la casa, una naranja en cada mano, sin voltear.
—Mañana voy a conocer a mi suegra —le dijo a nadie.