Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.
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CAPÍTULO 21 LA NOCHE EN QUE LAS SOMBRAS SE QUEMARON
La ventana se abrió un centímetro más. Otro crujido suave, casi imperceptible. Luego una mano con guante negro apareció por el marco, buscando el pestillo por dentro.
Elisa apretó con más fuerza la mano de Eduardo. Los dos seguían agachados detrás del sofá grande de cuero oscuro, sin respirar, sin mover ni un músculo. Ella llevaba en la otra mano una pequeña linterna de metal pesado que había cogido de la mesa del despacho; él tenía listo el teléfono en el bolsillo, con el número directo del comisario Herrera marcado y a un dedo de la llamada.
Se oyó el ruido de la cerradura cediendo. La ventana se abrió del todo.
Primero entró un hombre bajo, fornido, con una capucha negra que le cubría toda la cara menos los ojos. Iba armado con una porra de goma. Luego otro, más alto, con una linterna que apagó en cuanto puso un pie dentro. Luego el tercero. Y finalmente, detrás de todos, Humberto Salas.
Elisa lo reconoció al instante por la forma de caminar, por la seguridad con la que se movía en la oscuridad como si ya hubiera estado allí otras veces. Era alto, huesudo, la cabeza rapada, una cicatriz larga que le cruzaba la mejilla izquierda desde la oreja hasta la barbilla. Llevaba una chaqueta de cuero negra, y en la mano derecha un revólver pequeño, plateado, que sostenía con la calma de quien ha hecho esto muchas veces antes.
—Apagad los móviles —susurró a sus hombres, con esa voz ronca y gastada que Elisa recordaba de la llamada telefónica—. Nada de ruidos. Primero los niños. Luego el resto. Rápido y limpio. Que no sufra nadie si no se portan mal.
Los tres hombres asintieron y se separaron: dos hacia la escalera que subía a las habitaciones, el otro hacia el pasillo del despacho donde estaba la puerta cerrada con llave tras la que esperaban Doña Marisa y los cuatro niños. Humberto se quedó solo en el centro de la sala, mirando alrededor con desprecio, tocando con los dedos la madera de la mesa como si comprobara que todo era real, que por fin lo que creía suyo estaba a su alcance.
—Vaya, Rodrigo —murmuró para sí mismo, con una sonrisa amarga—. Al final me lo quedo todo. Tu casa, tu empresa, tu mujer… bueno, la segunda ya se lo cargó la justicia, pero la casa sí. Y tus nietos. Pagarán tu deuda con su sangre. Justo, ¿no?
En ese momento se oyó el chasquido seco de un cerrojo echándose en la planta de arriba.
Doña Carmen.
Humberto levantó la cabeza de golpe, alerta. Sus hombres se detuvieron en mitad de la escalera.
—¿Quién anda ahí? —gritó el hombre alto, encendiendo su linterna y apuntando hacia arriba.
—Yo —respondió Doña Carmen con esa voz fuerte y segura que acallaba a cualquiera. Estaba parada en el rellano de la escalera, con el rifle de caza apoyado en el hombro, la luz de la luna iluminándole el rostro serio y decidido—. He visto gente peor que vosotros en mi vida. Bajad las armas y tiraos al suelo de espaldas. O el primero que suba un escalón más recibe un tiro en la pierna. No dudo ni un segundo.
Uno de los hombres soltó una risa baja y se disponía a subir cuando sonó el disparo. No dio en nadie: el impacto hizo saltar astillas del escalón justo delante de sus pies. Se paró en seco, pálido.
—El siguiente no fallo —dijo ella, sin bajar el arma ni un milímetro.
En la planta baja, Humberto maldijo bajo su aliento y levantó su revólver apuntando hacia ella. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, Eduardo saltó desde detrás del sofá y se lanzó sobre él con todo su peso. Los dos cayeron al suelo juntos, rodando entre los muebles, golpeándose, forcejeando por el arma que se les escapaba de las manos y golpeaba el suelo con un ruido metálico seco.
Elisa no se quedó quieta. Agarró la linterna de metal con todas sus fuerzas y corrió hacia el hombre que seguía en el pasillo, a punto de forzar la puerta del despacho. Le dio con todas sus fuerzas en la muñeca que llevaba la porra. El hombre soltó un grito de dolor y se giró hacia ella furioso, pero antes de que pudiera reaccionar sonaron gritos, pasos rápidos, órdenes fuertes que llenaron toda la casa de golpe.
—¡POLICÍA! ¡TIRAD LAS ARMAS AL SUELO AHORA MISMO!
Luces cegadoras iluminaron todas las estancias a la vez. Agentes armados entraban por la puerta principal, por la ventana por la que habían entrado ellos, por el jardín. Los tres hombres de Humberto se tiraron al suelo de inmediato, con las manos en la nuca, sin oponer resistencia.
Solo Humberto seguía forcejeando con Eduardo en el suelo. Había logrado recuperar el revólver, lo tenía apoyado contra la costilla de Eduardo y apretaba los dientes con rabia contenida.
—Todos atrás —gritó, poniéndose de pie de un tirón, arrastrando a Eduardo con él como escudo humano, el cañón del arma clavado en su cuello—. Todos atrás o le meto un tiro ahora mismo. ¡Quiero un coche preparado en la puerta en treinta segundos o muere!
La policía se detuvo. El comisario Herrera levantó una mano pidiendo calma, hablándole despacio, intentando calmarlo, pero Humberto no escuchaba. Estaba perdido. Lo sabía. Y no le importaba llevarse a alguien con él al infierno.
—Tú —le dijo al oído a Eduardo, con la respiración caliente y fétida contra su cuello—. Tú pagarás por todo. Por tu padre. Por Isabel. Por mis veintidós años en la cárcel. Por todo.
Elisa estaba parada a dos metros, con el corazón a punto de salírsele del pecho, sin saber qué hacer. No podía moverse. No podía arriesgarse. Un movimiento en falso y Eduardo se moría delante de sus ojos.
Entonces, desde la oscuridad del pasillo, salió una figura pequeña, delgada, que nadie esperaba.
Isabel.
Había venido con la policía, en el coche del comisario, después de prometer que ayudaría a detenerlo para que le rebajaran la condena. Estaba pálida, temblando, pero en su mano sostenía algo que había agarrado de la mesa de entrada antes de entrar: el pesado jarrón de bronce que Rodrigo, su marido muerto, se había traído de un viaje hacía años.
Sin decir nada, sin que nadie la viera venir, se acercó por detrás de Humberto y le dio con todas sus fuerzas en la parte de atrás de la cabeza.
El golpe sonó seco, fuerte. Humberto puso los ojos en blanco, el revólver se le cayó de la mano al suelo, y se desplomó de rodillas, luego de espaldas, inconsciente antes de tocar el suelo. Eduardo se apartó de un salto, tosiendo, con la mano en el cuello donde le había dejado una marca roja.
Isabel se quedó parada donde estaba, el jarrón aún en la mano, temblando de pies a cabeza, mirando el cuerpo del hombre que había sido su amante, su cómplice, su verdugo durante veintitrés años. Y entonces rompió a llorar. No de pena. De alivio. De liberación. Por fin se había quitado de encima el peso que la había aplastado toda su vida adulta.
Los agentes se lanzaron sobre Humberto, le esposaron las manos a la espalda y se lo llevaron en camilla hacia la ambulancia que esperaba fuera. Sus hombres también, esposados, cabizbajos, sin mirar a nadie. El comisario Herrera se acercó a ellos, serio pero con una pequeña sonrisa de satisfacción.
—Se acabó —dijo, mirando a todos—. Ya no volverán a molestaros nunca más. Todo ha terminado.
Eduardo se giró hacia Elisa. Ella corrió hacia él y se abrazaron con fuerza, apretándose el uno contra el otro como si temieran que si se soltaban todo se desvanecería como un sueño. Podían oír los niños llorar de alivio detrás de la puerta del despacho, que Doña Marisa ya estaba abriendo. Podían oír a Doña Carmen bajando la escalera con el rifle aún en la mano, riendo y llorando a la vez. Podían oír las sirenas de la ambulancia alejándose, llevándose a Humberto para siempre.
Isabel seguía parada en el mismo sitio, sin atreverse a acercarse, sabiendo que no tenía derecho a pedir nada. Pero Eduardo se separó lentamente de Elisa, se acercó a ella, y le quitó con mucho cuidado el jarrón roto que aún apretaba con fuerza.
—Gracias —le dijo, muy bajo, solo para que ella lo oyera. No le dijo te perdono. No le dijo vuelve a casa. Aún no podía. Pero le dio las gracias. Y para ella, en ese momento, fue más que suficiente.
—No tienes nada que agradecerme —respondió ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Todo esto ha sido culpa mía. Tú no te merecías nada de esto. Ninguno de vosotros. Me voy ahora. A cumplir lo que me toque. A pagar por lo que hice. Quizás dentro de muchos años, cuando salga… si aún me queréis ver…
No terminó la frase. No hacía falta.
Dos agentes se acercaron, le pusieron unas esposas suaves y se la llevaron hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral, se giró una última vez. Miró a Eduardo. Miró a los niños que ya habían salido del despacho y la miraban con curiosidad, sin odio, solo con esa tristeza que tienen los niños cuando ven a un adulto llorar. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, pero verdadera por primera vez en toda su vida.
Luego se fue.
La puerta se cerró tras de ella.
Dentro de la casa, la familia se abrazó todos juntos en el centro de la sala, entre los muebles volcados, los cristales rotos, las huellas de barro en la alfombra. No importaba el desorden. No importaba lo que hubiera pasado. Lo único que importaba era que estaban todos allí. Sanos. Salvos. Juntos.
Y por fin, después de veintidós años de sombras, de mentiras, de amenazas, de miedos que no tenían nombre… la noche empezó a aclararse.
Fuera, la luna se asomó por entre las nubes grises y bañó de plata el jardín de rosas que Doña Marisa cuidaba con tanto amor.
Nadie volvería a asustarlos nunca más.