Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 22
Capítulo 22: La represalia de un padrino
Valentina necesitaba aire.
El salón se había vuelto irrespirable. No por el calor, aunque hacía calor. No por la gente, aunque había demasiada. Era otra cosa. Era la densidad de lo que acababa de pasar. La revelación de Damián. La mirada de Nicolás. El peso de saber que todo lo que creía sobre los cinco millones era mentira.
Necesitaba tres minutos. Solo tres.
Le dijo a Santiago que iba al baño. Santiago la miró con esa expresión que últimamente no se le quitaba de la cara, la de un perro guardián que sabe que algo anda mal pero no puede decir qué.
—Voy contigo.
—Al baño, Santi. Sola.
—No te alejes del salón.
—No me voy a alejar.
Se alejó.
No fue intencional. El baño de invitados tenía fila y el calor del pasillo principal le pegó como una bofetada, así que siguió caminando hacia la terraza lateral, la que daba al jardín trasero de la hacienda. Solo quería respirar. Solo quería sentir el fresco de la noche en la cara y pensar.
Abrió la puerta de cristal y salió.
La terraza estaba vacía. Baldosas de cantera iluminadas por faroles de hierro que proyectaban sombras largas sobre las macetas de buganvilia. El olor a tierra mojada le dijo que alguien había regado el jardín antes de la fiesta. Más allá de los faroles, la oscuridad del campo empezaba como una línea negra contra el cielo.
Valentina se apoyó en la baranda de piedra y respiró.
Cerró los ojos.
"Fui yo. La oferta de los cinco millones. Fui yo."
Todavía le temblaban las manos.
—Mi niña.
La voz vino de atrás. Suave. Controlada. Como una mano que se posa en tu hombro justo antes de apretar.
Valentina abrió los ojos y se dio vuelta.
Nicolás estaba en la puerta de la terraza. No recargado. No casual. De pie, con los pies separados y los brazos a los costados, bloqueando la salida con su cuerpo sin necesidad de extender los brazos.
Se había puesto el saco de nuevo. La camisa estaba lisa, como si no hubiera sudado quince rondas de tequila hace veinte minutos. El cabello peinado. Los ojos claros.
La máscara estaba de vuelta. Perfecta. Impecable.
Pero Valentina ya sabía lo que había debajo.
—Nicolás —dijo. Su voz sonó más firme de lo que esperaba.
—Linda noche, ¿verdad? —Nicolás avanzó un paso. Solo uno—. Las estrellas se ven bien desde aquí. Tu padre... tu padre decía que las estrellas de la hacienda eran las mejores del país. ¿Te acuerdas?
—No era mi padre.
El silencio que siguió fue breve pero filoso.
—Era lo más cercano que tuviste a uno —dijo Nicolás. Su tono no cambió. Ni un grado—. Y yo fui lo más cercano que tuviste a una familia. ¿O eso también se te olvidó?
—No se me olvidó nada.
—¿No? —Otro paso—. Porque lo que vi ahí adentro me dice que sí. Que se te olvidó quién te recogió de esa calle. Quién te dio techo. Quién te pagó cada libro, cada vestido, cada comida durante doce años.
—No me compraste con eso.
—No. —Nicolás ladeó la cabeza. El gesto era tan familiar que a Valentina le revolvió el estómago—. No te compré. Te salvé. Y tú lo sabes.
El aire de la noche se sentía frío ahora. Los faroles proyectaban la sombra de Nicolás sobre las baldosas, larga y delgada, y la sombra llegaba hasta los pies de Valentina.
—¿Qué quieres, Nicolás?
—Quiero saber qué te dijo Montero en la pista.
—Nada.
—Valentina.
—Bailamos. Eso es todo.
Nicolás se rió. No fue una risa. Fue un sonido corto, hueco, como una moneda cayendo en un pozo seco.
—¿Crees que soy estúpido? —dijo, y por primera vez su voz bajó medio tono, adquiriendo un peso que Valentina conocía bien. El peso que precedía a las cosas malas—. Vi cómo te miraba. Vi cómo lo mirabas. Vi cómo te pegaste a él como si yo no existiera. En mi propia fiesta. Frente a mis propios aliados.
—No es tu fiesta. Es la de Don Aurelio.
—Todo lo que pasa en este mundo es mi fiesta, Valentina. Todo. ¿O crees que las cosas simplemente ocurren? ¿Que Montero apareció aquí por casualidad? ¿Que la invitación de Don Aurelio no pasó por mis manos antes de llegar a las suyas?
Nicolás dio el tercer paso. Ahora estaba a dos metros.
—Ese hombre quiere lo que es mío —dijo. Cada palabra era una piedra pulida, lisa, fría—. Y lo que es mío no se vende. No se compra. No se negocia.
—No soy tuya.
Las palabras salieron antes de que Valentina pudiera pensarlas. Salieron de un lugar que no era la garganta. Salieron del centro del pecho, del mismo lugar donde todavía sentía la presión de la mano de Damián en su espalda baja.
Nicolás se detuvo.
La miró como si la viera por primera vez. O como si la viera por última vez. Sus ojos recorrieron su cara con una lentitud que a Valentina le erizó los brazos.
—¿Eso es lo que crees? —dijo en voz baja. Demasiado baja.
—No lo creo. Lo sé.
—No. No lo sabes. No sabes nada. —Su voz perdió la suavidad diplomática. Lo que quedó debajo era acero oxidado—. Si supieras lo que hice para tenerte aquí, si supieras lo que sacrifiqué, lo que negocié, lo que enterré, no me hablarías así. No me mirarías así. No bailarías con otro hombre como si yo fuera invisible.
—¿Y cómo quieres que te mire? ¿Como te miré a los seis años? ¿Como la niña que creía que eras su héroe?
El golpe aterrizó. Valentina lo vio en la contracción de sus párpados, en el apretón de su mandíbula, en la forma en que su pecho se expandió con una respiración que no soltó.
—Ya no soy esa niña —dijo Valentina—. Y tú lo sabes. Lo supiste esta noche, en la mesa, cuando me miraste con... —Se calló.
—¿Con qué? —La voz de Nicolás era un hilo.
Valentina no respondió. No iba a decirlo. No iba a darle el poder de escucharla describirlo.
El silencio se extendió entre ellos como una grieta en el piso.
Nicolás respiró. Una vez. Dos veces. Cuando habló, su voz había recuperado algo de control, pero era un control frágil, como hielo sobre un lago profundo.
—Montero puede ofrecer lo que quiera. Cinco millones. Diez. Cien. Me da igual. Voy a rechazar cada oferta, cada trato, cada maniobra legal que se le ocurra. ¿Sabes por qué?
Valentina no dijo nada.
—Porque no es una cuestión de dinero. Nunca lo fue. Es una cuestión de que nadie, ¿me escuchas?, nadie le quita a Nicolás Ferrera lo que es suyo. No en público. No frente a mis aliados. No así.
—Nicolás...
—La humillación de esta noche tiene un costo, Valentina. Y ese costo no lo pago yo.
Un ruido detrás de Nicolás. Pasos. Firmes, pesados, medidos.
Damián apareció en la puerta de la terraza.
No entró corriendo. No entró gritando. Simplemente estaba ahí, ocupando el marco de la puerta como si siempre hubiera estado ahí, con las manos en los bolsillos y la cara que Valentina empezaba a conocer como la cara de guerra.
Nicolás lo vio sin darse vuelta. Lo sintió, como se sienten las cosas que amenazan.
—Montero —dijo sin moverse—. Llegas justo a tiempo.
—Ferrera. —La voz de Damián era plana. Sin emoción. Como una superficie de agua quieta que esconde una corriente mortal—. Aléjate de ella.
—¿O qué?
—No quieres saberlo. No aquí. No en la casa de Don Aurelio.
Nicolás se rió de nuevo. Esa risa vacía, de pozo seco.
—El caballero andante. Qué predecible.
Damián no respondió. No avanzó. No necesitaba hacerlo. Su presencia sola cambió la geometría de la terraza. Nicolás ya no bloqueaba la salida. Ahora estaba entre dos puntos fijos, Valentina y Damián, y por primera vez en la noche parecía consciente de que la posición no era la suya.
Un segundo pasó. Dos. Tres.
Nicolás se acomodó el saco. Un gesto pequeño, innecesario, pero cargado de significado: el gesto de un hombre que se retira pero quiere que parezca que fue su decisión.
Se dio vuelta hacia Damián. Lo miró directo a los ojos.
—Esto no se acaba en una fiesta, Montero.
Damián no pestañeó.
Nicolás volvió a mirar a Valentina. Sus ojos eran los de antes del tequila. Los del diplomático. Los del estratega. Pero ahora Valentina sabía que debajo había algo más, y el saber le quemaba como ácido.
—Esto se acaba cuando yo lo decida —dijo Nicolás. Y sonrió—. Buenas noches, mi niña.
Pasó junto a Damián sin tocarlo. Rozándolo apenas. El contacto de dos hombros que no llegan a chocar pero que ambos sienten como una descarga.
Desapareció por el pasillo.
El silencio que dejó era tan espeso que Valentina podía oír el riego automático del jardín a veinte metros.
Damián se acercó. No la tocó. Se detuvo a un metro, las manos todavía en los bolsillos, los ojos recorriendo su cara como un escáner buscando daño.
—¿Te hizo algo?
—No.
—Valentina.
—No me tocó. Solo habló.
—¿Qué dijo?
Valentina lo miró. El miedo seguía ahí, agazapado en su estómago como un animal que se niega a irse. Pero había algo más. Algo que no estaba ahí hace una hora, antes del baile, antes de la verdad sobre los cinco millones.
Resistencia.
—Dijo que no va a aceptar tu trato —respondió—. Que no es cuestión de dinero.
Damián asintió. Como si ya lo supiera.
—¿Y tú qué le dijiste?
Valentina alzó la barbilla.
—Le dije que no soy suya.
Algo cruzó la cara de Damián. Algo que no era sorpresa ni alivio ni satisfacción. Era algo más raro. Algo que se parecía al orgullo pero más vulnerable. Como si las palabras de Valentina le hubieran quitado un peso que no sabía que cargaba.
—No —dijo Damián en voz baja—. No lo eres.
Se quedaron ahí un momento. El fresco de la noche entre ellos. Los faroles parpadeando. El sonido lejano del cuarteto de cuerdas filtrándose por la puerta de cristal.
Damián sacó una mano del bolsillo y se la ofreció.
—Ven. Te llevo adentro. No deberías estar aquí afuera sola.
Valentina tomó su mano por segunda vez esa noche.
Y por segunda vez, sintió que algo se acomodaba.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?