Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 16
Capítulo 16: Cuarto intento: Tepoztlán
Todavía no era esperanza, pero se le parecía.
Santiago no durmió después de escuchar el nombre de Don Braulio.
Se quedó con la sudadera blanca puesta, sentado junto a la ventana, esperando que la casa hiciera su rutina. A las seis, una mujer de limpieza abrió puertas en la planta baja. A las seis y media, Don Tomás habló por teléfono en voz baja. A las siete, León pasó por el pasillo y se detuvo frente a su puerta.
Santiago cerró los ojos y fingió dormir.
La puerta se abrió apenas.
León no entró.
—Vuelvo temprano —dijo desde el umbral, aunque Santiago no había preguntado—. Don Tomás estará pendiente.
La puerta volvió a cerrarse.
Santiago esperó el motor de la camioneta.
Cuando lo oyó alejarse, abrió los ojos.
El plan no era un plan todavía. Era una posibilidad con demasiadas partes sueltas: un trabajador externo, una toma de riego, un patio lateral y una casa llena de personas pagadas para no ver.
Pero Santiago había aprendido algo en las últimas semanas.
Las cárceles más perfectas también dependían de manos humanas.
A las ocho con veinte, Don Tomás llevó el desayuno. Santiago comió tres bocados, lo suficiente para que no se quedara vigilando.
—¿Necesita algo más? —preguntó el mayordomo.
Santiago miró la taza.
—Agua.
—Hay una jarra en la mesa.
—Fría.
Don Tomás lo observó un segundo. No era una petición normal. Los dos lo sabían.
—Traeré hielo.
Cuando salió, Santiago metió en el bolsillo de la sudadera la nota de biblioteca lavada, un botón suelto que había arrancado de una camisa y una tira de tela que había escondido bajo el colchón. Nada de eso abría puertas.
Pero demostraba que todavía podía guardar cosas.
A las nueve, escuchó voces en el patio.
Don Braulio llegó con una caja de piezas, una mochila vieja y botas manchadas de tierra. Era más bajo de lo que Santiago había imaginado desde la ventana, ancho de hombros, con bigote canoso y una forma de moverse sin pedir permiso pero sin llamar la atención.
Don Tomás lo llevó hacia la toma de riego.
Santiago abrió la ventana apenas.
No lo suficiente para que el guardia lo notara desde el pasillo. Solo lo necesario para oír.
—¿Sigue aquí? —preguntó Don Braulio en voz baja.
Don Tomás tardó en contestar.
—Trabaje, por favor.
—Eso no fue un no.
—Don Braulio.
—Yo no quiero problemas. Pero tampoco soy ciego.
Santiago sintió que el pulso se le iba a las manos.
Don Tomás habló más bajo. Santiago no alcanzó cada palabra, solo fragmentos.
—...no se meta.
—...muchacho encerrado...
—...el señor Villanueva...
—...Dios no quiera que un día aparezca muerto y todos digamos que no sabíamos.
El silencio que siguió fue tan pesado que Santiago dejó de respirar.
Don Tomás no respondió.
Eso también era una respuesta.
Santiago agarró la vieja nota de biblioteca y escribió con la uña sobre el papel húmedo hasta rasparlo: AYUDA. No se veía bien. Mojó el dedo en el agua de la jarra, manchó el borde con el polvo gris de la ventana y volvió a trazar.
AYUDA.
Esperó a que el guardia mirara hacia la escalera. Luego dejó caer la nota.
No cayó donde quería.
El papel quedó sobre un arbusto.
Santiago sintió que el estómago se le hundía.
Abajo, Don Braulio se inclinó para recoger una herramienta. Su mirada subió un instante, vio el papel y no movió la cabeza.
Siguió trabajando.
Durante diez minutos no pasó nada.
Santiago pensó que había fallado.
Entonces, al levantar una manguera, Don Braulio dejó caer una pieza metálica cerca del arbusto. Se agachó, tomó la pieza y el papel al mismo tiempo.
No miró hacia arriba.
Se guardó la nota en el bolsillo.
Santiago tuvo que sentarse en el suelo para que las piernas no le cedieran.
La respuesta llegó a las once.
Don Tomás entró con una charola. Debajo del plato había un trozo de cinta adhesiva doblado sobre sí mismo. Santiago no lo tocó hasta que el mayordomo se acercó a la ventana y fingió revisar la cortina.
—No haga ruido esta tarde —dijo Don Tomás, sin mirarlo—. Si oye la aspiradora en el pasillo, vaya al baño y cierre la puerta.
Santiago sintió que el aire cambiaba.
—¿Por qué?
Don Tomás apretó los labios.
—Porque yo no he dicho nada.
Dejó la habitación antes de que Santiago pudiera preguntar más.
Santiago levantó el plato.
La cinta envolvía un pedazo de papel limpio.
"14:40. Lavandería. Camioneta de herramientas. Agáchese y no hable."
No había firma.
No hacía falta.
Santiago memorizó cada palabra y se comió el papel en pedazos pequeños, con agua, porque no tenía dónde esconderlo y no podía permitirse que León lo encontrara.
A las dos de la tarde, el corazón ya le dolía de tanto esperar.
A las dos treinta, una aspiradora empezó a sonar en el pasillo.
Santiago fue al baño y cerró la puerta.
No con seguro. No podía soportar el sonido del cierre. Solo la empujó hasta que quedó casi pegada al marco. Se quitó los zapatos, los metió en el bolsillo frontal de la sudadera y esperó.
Un golpe suave sonó detrás de la ventilación baja.
Luego otro.
Santiago se arrodilló.
La rejilla de ventilación, que siempre había creído fija, se movió desde afuera. Alguien había quitado los tornillos.
La voz de Don Braulio llegó apenas como un soplo.
—Rápido, joven.
Santiago empujó la rejilla. El hueco era estrecho, sucio, diseñado para mantenimiento, no para una persona. Se metió de lado. La espalda le raspó contra el concreto. La sudadera blanca se manchó de polvo.
Por primera vez, se alegró de que le quedara grande.
El conducto llevaba a un cuarto de servicio detrás de la lavandería. Don Braulio lo esperaba allí, con una gorra y una chamarra de trabajo.
—Póngase esto.
Santiago obedeció con manos temblorosas.
—¿Por qué me ayuda?
Don Braulio lo miró apenas.
—Porque tengo hijos.
No dijo más.
No hacía falta.
El sonido de la aspiradora cubrió sus pasos hasta la lavandería. Don Tomás apareció al otro lado del pasillo con una canasta de sábanas. Vio a Santiago disfrazado con la chamarra de trabajo.
Por un segundo se miraron.
Don Tomás bajó la vista.
—La camioneta está abierta —dijo.
Santiago sintió un golpe en el pecho.
—Gracias.
—No me dé las gracias todavía.
Don Braulio lo empujó suavemente hacia el patio de servicio.
La camioneta de herramientas era vieja, blanca, con manchas de pintura y una caja metálica atrás. Santiago se metió entre bolsas de tierra, tubos y una lona áspera. Don Braulio cubrió parte del espacio, no lo suficiente para ahogarlo, lo bastante para ocultarlo.
—No se mueva aunque escuche voces.
Santiago asintió.
La caja se cerró.
La oscuridad lo golpeó como el sótano.
El cuerpo reaccionó antes que la razón. La garganta se le cerró, las manos buscaron aire, la cadena imaginaria le mordió el tobillo.
No.
No ahora.
Se obligó a tocar la tela de la sudadera. El bolsillo. La costura. Algo real.
La camioneta arrancó.
Se detuvo dos veces antes del portón. Voces. Un guardia. Don Braulio hablando de piezas, de la toma de riego, de volver mañana si el patrón se quejaba.
—Abra atrás —dijo alguien.
Santiago dejó de respirar.
La puerta de la caja se levantó.
Entró una línea de luz.
—Puras herramientas —dijo Don Braulio, con fastidio de trabajador cansado—. Si quiere contarlas, ayúdeme a bajarlas y le cobro también.
El guardia soltó una risa breve.
La puerta volvió a cerrarse.
El portón se abrió.
Santiago supo que se abría por el sonido.
No se permitió creerlo hasta que la camioneta empezó a bajar por calles que ya no eran las de la casa.
Había salido.
No estaba a salvo, pero había salido.
El viaje duró una eternidad. Cuando la caja se abrió de nuevo, el sol de la tarde le quemó los ojos. Estaban en una calle lateral, lejos de Pedregal, cerca de una avenida con camiones y ruido. Don Braulio le dio una gorra, un cubrebocas, dos billetes doblados y un celular viejo.
—Tiene poca pila. No llame a nadie hasta estar lejos. Si llama ahora, lo rastrean o le quitan el teléfono antes de que le crean.
Santiago encendió la pantalla apenas un segundo: doce por ciento de batería, sin datos, solo saldo para una llamada corta. La apagó de inmediato y la guardó contra el pecho. Una llamada equivocada podía devolverlo a Pedregal antes de llegar a la terminal.
—¿A dónde voy?
—Tepoztlán. Hay gente, hay turistas, hay terminales. Se puede esconder mejor que en la ciudad. Tome un camión hacia Cuernavaca y bájese antes, pregunte por el centro.
Santiago sostuvo el celular como si fuera agua.
—Diego...
—Después. Primero aléjese.
Don Braulio miró por encima del hombro, nervioso por primera vez.
—Si me descubren, yo no sé nada.
—Lo sé.
—No vuelva por aquí.
Santiago quiso decir otra vez gracias, pero Don Braulio ya estaba subiendo a la camioneta.
Antes de cerrar la puerta, el hombre lo miró.
—Corra cuando tenga que correr. Pero piense antes de correr.
La camioneta se fue.
Santiago se quedó en la banqueta con la gorra baja, la sudadera blanca sucia bajo la chamarra de trabajo y el celular viejo escondido contra el pecho.
Un camión con letrero hacia el sur se detuvo en la esquina.
Santiago subió sin mirar atrás.
Cuando el vehículo arrancó, la ciudad empezó a moverse del otro lado de la ventana: muros, avenidas, puestos, tráfico, gente que no sabía que él acababa de recuperar el aire.
No estaba libre todavía.
Pero por primera vez, León no estaba a unos metros.
Y Tepoztlán apareció en su cabeza como una palabra imposible y luminosa, esperándolo al final de la carretera.