**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 23
Cap 23: El hospital
La tercera vez siempre es la peor. No porque el daño sea mayor — el chichón era feo pero no peligroso. Sino porque la tercera vez confirma un patrón, y los patrones no se pueden ignorar.
—Traumatismo craneoencefálico leve —leyó la doctora—. Sin fractura. Sin sangrado interno. Observación por tres horas. ¿Tiene historial de desmayos?
—No —dijo Santiago.
—¿Estrés laboral? ¿Presión arterial?
—No.
—¿Fobias? ¿A la sangre, por ejemplo?
Santiago la miró como si acabara de preguntarle si le tenía miedo a las mariposas.
—No.
La doctora cerró el expediente con la expresión de alguien que sabe que le están ocultando algo pero no tiene tiempo para investigar. Salió. La puerta se cerró con un clic suave.
Valentina estaba sentada en la silla de plástico junto a la cama. No la silla cómoda — la silla de visitas, la que está diseñada para que no te quedes demasiado tiempo. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos fijos en un punto del piso que no contenía nada interesante pero que era más fácil de mirar que Santiago.
—Tres veces —dijo Santiago.
Valentina levantó la cabeza.
—La primera vez, urgencias. La segunda, observación. La tercera, otra vez observación. —Hizo una pausa—. A este paso, el hospital va a darnos una tarjeta de cliente frecuente.
Era un chiste. O lo más parecido a un chiste que Santiago sabía hacer — una observación fáctica dicha con tono neutro que adquiría humor por el contraste entre la gravedad de la situación y la frialdad de la entrega.
Valentina intentó sonreír. Le salió algo torcido, como una línea dibujada con la mano equivocada.
—No es gracioso —dijo.
—No lo es —admitió Santiago—. Pero las alternativas a reírse son llorar o analizar datos, y ya lloré suficiente esta semana gracias a ti.
—Eso fue... —Valentina se detuvo—. Espere, ¿usted lloró?
—Mi cuerpo lloró. Yo no. Hay una diferencia.
Valentina no estaba segura de que la hubiera, pero no discutió. El silencio volvió a llenar la habitación — el silencio de hospital, que siempre suena un poco a máquinas y un poco a miedo.
Santiago miró el techo. Las luces fluorescentes le hacían parecer más pálido de lo que era, o tal vez sí estaba pálido — la bolsa de hielo sobre el chichón goteaba condensación sobre la almohada, formando un halo húmedo alrededor de su cabeza como una aureola barata.
—¿Qué pasó exactamente? —preguntó—. Lo último que recuerdo es el pasillo del piso doce.
Valentina le contó. El hermano de la esposa de Fernando. Los papeles. El golpe. El vidrio roto. La sangre.
—Y usted llegó y... —Se detuvo. "Me abrazó" era lo que tenía que decir, pero las palabras se sentían demasiado grandes para esa habitación—. Me cubrió los ojos.
—Sí.
—Y luego se cayó.
—Me desmayé. Es diferente. Caerse implica torpeza. Desmayarse implica una causa fisiológica.
—Se desmayó porque yo estaba asustada.
Santiago no contestó. Lo cual era una forma de contestar.
Valentina apretó las manos sobre su regazo. Las uñas le habían dejado marcas rojas en las palmas — semicírculos pequeños, como sonrisas tristes impresas en la piel.
—Cada vez que me pasa algo... usted termina aquí —dijo—. Cada vez que yo siento demasiado, su cuerpo paga las consecuencias. —Su voz bajó—. Soy un riesgo para usted.
—Eres una variable no controlada —corrigió Santiago—. No es lo mismo.
—¿Cuál es la diferencia?
—Un riesgo se elimina. Una variable se estudia.
Valentina lo miró. Algo en esa respuesta — la calma con la que Santiago convertía un problema emocional en un problema de ingeniería — le aflojó el nudo del pecho lo suficiente para respirar.
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A las 12:40, el pasillo del hospital se llenó de gritos.
No los gritos controlados de una emergencia médica — los gritos orgánicos, desgarrados, de alguien cuyo mundo se acaba de romper. Una mujer. Valentina la escuchó a través de la puerta cerrada: un sonido agudo, intermitente, como un animal herido que no sabe dónde duele pero sabe que duele en todas partes.
Los sonidos se filtraban por la puerta: una mujer gritando "¡Mi esposo! ¡Mi esposo!", una voz más vieja repitiendo "Hijo, hijo, hijo" como si la repetición pudiera traerlo de vuelta. Y debajo de todo, el llanto de un niño que no entendía nada pero que sentía todo.
Santiago giró la cabeza hacia la ventana interior. A través del vidrio vio la escena: una mujer de rodillas en el piso, una señora mayor desplomada en una silla, un niño agarrado a la pierna de una enfermera con los ojos enormes y la boca abierta en un llanto silencioso.
Accidente de tráfico. La enfermera lo dijo en voz baja al pasar, pero Santiago tenía buen oído.
Miró la escena. La mujer en el piso. La madre en la silla. El niño.
No sintió nada.
"Es triste," pensó. La palabra correcta era "triste." Esto calificaba como "triste" en cualquier escala de emociones humanas. Un hombre muerto. Una esposa viuda. Un hijo huérfano. Triste. Trágico. Devastador.
Pero la distancia entre saber que algo es triste y sentirlo era, para Santiago, la misma distancia que hay entre leer sobre el océano y ahogarse en él. Él leía. Nunca se ahogaba.
"Si no tuviera a Valentina," pensó, "este sería el mundo entero. Ver todo. No sentir nada."
La idea le produjo algo — no tristeza, porque no podía. Algo más frío. Más estructural. Como descubrir una falla en los cimientos de un edificio que siempre creíste sólido.
Se giró hacia Valentina. Ella todavía no había escuchado los gritos — o no los había registrado. Estaba revisando su teléfono, probablemente contestando mensajes de Camila.
Santiago tomó una decisión.
—Tengo hambre —dijo.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Hambre?
—Sí. Ve al expendio de abajo y cómprame algo. Quiero unos Takis Fuego... no, mejor unos Doritos Dinamita. Espera, ¿tienen mazapán de la Rosa? No, mejor cacahuates japoneses. Y un Boing de mango, pero que esté frío de verdad, no tibio.
Valentina lo miró como si acabara de pedirle que le trajera la luna envuelta en papel aluminio.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿No puede esperar?
—No puedo pensar con el estómago vacío. Es un problema fisiológico documentado.
Valentina se levantó. Santiago podía sentir su confusión — una onda suave, más perplejidad que molestia. Bien. Confusión era mejor que lo que vendría si escuchaba los gritos del pasillo.
—Takis, Doritos, mazapán, cacahuates, Boing —repitió Valentina, contando con los dedos.
—Boing de mango. Frío.
—Frío. Sí, señor.
Salió. Santiago esperó tres segundos, se levantó de la cama, caminó hasta la puerta y la cerró con seguro. Luego cerró la ventana interior. Los gritos del pasillo se redujeron a un murmullo lejano, apenas perceptible.
Se sentó en la cama. Esperó.
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Valentina tardó quince minutos. El expendio no tenía Doritos Dinamita ni cacahuates japoneses. El Boing de mango estaba tibio. Compró lo que pudo y volvió con una bolsa que pesaba como una disculpa.
Al salir del expendio, lo escuchó. La mujer en el pasillo — más débil ahora, ronca. Y debajo, el niño. El niño seguía llorando.
Valentina se detuvo. Su pecho se comprimió. Los ojos se le llenaron de lágrimas antes de que pudiera impedirlo — el sonido de una esposa perdiendo a su esposo, de un niño perdiendo a su padre, no necesitaba contexto para destrozarte.
La bolsa le tembló en la mano.
Santiago lo sintió desde la habitación. La onda llegó suave al principio — tristeza, no pánico, pero intensa, creciendo rápido. Se levantó. Abrió la puerta.
Valentina estaba a tres metros, de pie en el pasillo, con la bolsa de snacks colgando de una mano y la cara mojada. Detrás de ella, más allá del recodo del corredor, los sonidos del duelo seguían filtrándose como agua bajo una puerta.
Santiago la agarró del brazo y la jaló dentro de la habitación. Cerró la puerta. Y antes de que pudiera pensarlo — antes de que su cerebro pudiera intervenir con alguna objeción lógica sobre límites profesionales o espacio personal — sus manos subieron y le cubrieron los oídos.
Las palmas contra las orejas. Los dedos sobre el pelo. El mundo exterior desapareció.
Valentina dejó de escuchar los gritos. Dejó de escuchar el hospital. Lo único que quedó fue el silencio de las manos de Santiago y, debajo de ese silencio, el latido de su propio corazón — que ya no estaba acelerado por la tristeza sino por otra cosa.
Su cara estaba a diez centímetros de la de Santiago. Podía ver los poros de su piel. La sombra de la barba que empezaba a salir a esta hora del día. La línea de su mandíbula. El arco de las cejas. Y los ojos — oscuros, fijos, con una intensidad que no era emoción sino algo más primario, algo que existía antes de las emociones y que no necesitaba nombre para funcionar.
Olía a desinfectante de hospital y a café y a algo cálido debajo de todo eso, algo que era solo él.
"Me gusta."
El pensamiento cruzó su mente como un relámpago — brillante, inevitable, imposible de esquivar. No "me cae bien." No "es buena persona." Me gusta. Me gusta esta persona. Me gusta cómo huele y cómo me mira y cómo sus manos cubren mis oídos como si el mundo fuera algo de lo que tuviera que protegerme.
Y esa emoción — eléctrica, dulce, aterradora — viajó por la conexión que compartían y golpeó a Santiago directamente en el centro del pecho.