Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 23
Capítulo 23
Ximena negó con una sonrisa.
-No necesito nada. Guarda tu dinero para casarte.
-¿Te daría pena que tu hermano fuera pobre?
-A mí no. Pero capaz que a otra muchacha sí. Por eso no andes gastando.
Ni siquiera levantó la cabeza.
Seguía moviendo las verduras dentro del caldo.
Emiliano sonrió apenas.
-Ya casi es tu cumpleaños.
-Estos años, cada cumpleaños me mandabas transferencia y ya. Cero detalle.
La queja salió ligera, pero era real.
-Esta vez te voy a escoger algo bien.
-Gracias, hermano.
Ximena sabía que Emiliano buscaba una excusa para darle un regalo con otro sentido.
No lo necesitaba.
Tampoco quería romper esa calma.
Pero si lo decía de frente, quizá ya ni como hermanos podrían quedarse.
Y ella valoraba demasiado esa relación.
Durante los días que Emiliano estuvo fuera, Ximena consiguió trabajo en una empresa mediana llamada Papelera Día a Día.
Puesto: auxiliar administrativa.
Sueldo: cuatro mil pesos.
Cuando se graduara, debía entregar copia del título.
El sueldo no era gran cosa, pero Ximena estaba satisfecha.
No quería comerse sus ahorros.
Con eso y sus ilustraciones, podía vivir bien.
El primer día llegó con ánimo.
Se recogió el cabello largo en un chongo flojo.
Se veía fresca, joven, pero no informal.
El uniforme de oficina que le dieron le quedaba un poco grande.
No horrible, solo grande.
Los tacones negros los había comprado el día anterior.
Discretos.
Incómodos como ellos solos.
Salió de casa y, mientras cerraba la puerta, un coche de lujo con placas de Jalisco se detuvo frente a la casa del lado oriente.
Los vidrios eran polarizados.
No pudo ver quién iba adentro.
Seguro alguien con demasiado dinero.
Ximena suspiró.
Cuánta gente rica había en el mundo.
Ella no tenía coche.
Pero al cruzar la calle había una ruta que la dejaba cerca de la empresa.
Esa había sido una de las razones por las que aceptó el sueldo de cuatro mil.
El vidrio del coche bajó despacio.
Héctor miró por el retrovisor la espalda de Ximena, que caminaba sin prisa.
La comisura de su boca subió.
Bruno dijo:
-Señor, la señora entró a Papelera Día a Día. Auxiliar administrativa. Sueldo de cuatro mil.
-¿Cuatro mil te parece poco? Sin título entregado, hasta es mucho.
Héctor abrió la puerta y bajó.
Las bardas de esas casas no eran altas.
Con su estatura, podía ver el patio de Ximena desde el suyo.
-Le gusta sembrar flores y cosas así. Cuando vuelva a la Ciudad de México, le voy a pedir a Tomás que le prepare un terreno para que plante lo que quiera.
Estaba de buen humor.
-¿Se queda hoy? -preguntó Bruno, mientras abría.
-No.
El cumpleaños de Ximena estaba cerca.
Quería darle una sorpresa.
Era la primera vez en su vida que preparaba un cumpleaños para una mujer.
Tenía que aprender desde cero.
Su mirada cruzó el patio de Ximena hasta la casa del otro lado.
-¿El tal Emiliano vive ahí?
-Sí. Se mudó el mismo día que la señora.
Héctor asintió.
Ximena llegó a Recursos Humanos, firmó documentos, recibió su gafete y se sentó en su cubículo.
Apenas calentó la silla, la supervisora se acercó.
-¿Tú eres Ximena Salcedo?
Ximena se levantó.
-Sí.
-Te explico tu trabajo: copias, impresiones, cafés, archivos, pedidos de desayuno, comida y cena cuando haya horas extra. También...
Vicky, la supervisora, miró hacia la oficina de dirección.
-La oficina del señor Quiroz necesita limpieza. Su café también lo preparas tú. Es mucho, pero te veo potencial.
Ximena ni siquiera se veía potencial.
Pero no lo dijo.
-Voy a esforzarme.
-Así me gusta.
Vicky le dio una palmada en el hombro.
¿Potencial para cargar café?
Ximena se animó a sí misma y empezó.
-Xime, sácale copia a esto. Tres minutos.
-Xime, ¿mi café?
-Xime, ¿por qué tardas tanto? Este archivo urge.
-Xime, para comida yo quiero milanesa.
Vicky miró a Ximena, que ya corría de un lado a otro.
-El señor Quiroz está en junta. Prepara cinco cafés para la sala.
-Sí.
Ximena volvió a la barra de café.
Al final del día, las piernas le dolían como si hubiera subido un cerro.
No entendía cómo una empresa de papel podía moverse como si fabricara misiles.
Se bajó del camión y caminó a casa paso a paso.
La vida no era sencilla.
Por unas cuantas monedas, había terminado de mesera de oficina.
Al día siguiente se levantó una hora antes para pedir desayunos.
Pero una tormenta fuerte dejó calles encharcadas y perdió un camión.
Llegó tarde.
Vicky la regañó frente a todos.
-No le hagas caso -le dijo una compañera-. Está en su época pesada. Además, pedir comida no es tu trabajo. No tienes por qué hacerlo.
La muchacha se llamaba Gina.
Ximena solo sonrió.
Vicky volvió justo cuando Gina hablaba.
-¿Estás platicando en horario laboral? Gina, no creas que por tener contactos aquí no te pueden correr. Ponte a trabajar.
Gina no se dejó.
-No estaba chismeando. Le estaba explicando a la nueva qué sí es su trabajo y qué no. No la puedes traer como burra nomás porque acaba de entrar.
Vicky se encendió.
-Entonces hazlo tú. Tú pide comida, tú limpia, tú prepara cafés. Que ella haga tu trabajo.
-¿Por qué? Yo no entré de encargada de pedidos. No me quieras cargar tu maña.
Gina tenía cara de quien discutía hasta el final.
Vicky no encontró cómo desquitarse.
Miró a Ximena.
-¿Tú también crees que te estoy explotando?
Ximena no quería pelear.
Pero tampoco era plastilina.
-Yo no dije eso.
-Pues si no dijiste, ponte a trabajar. El joven Quiroz llegó. Hazle café.
Ximena fue a la barra.
Otro café.
Otro más.
Qué trabajo tan aburrido.
Preparó la taza y tocó la puerta de dirección.
-Pase.
La voz era joven.
Entró rápido, dejó la taza sin levantar la cara.
-Señor Quiroz, su café.
Se dio la vuelta para salir.
El hombre la llamó.
-¿Ximena?
Ella volteó, confundida.
Vio una sonrisa grande, demasiado familiar.
No le salía el nombre.
-Soy Sebastián Quiroz.
-¿Sebastián? ¿El de la universidad?
Ahora sí lo reconoció.
-Perdón, no te ubiqué de inmediato.
-Cambié mucho. Dos años sin vernos.
-Señor Quiroz, si no necesita nada, vuelvo a trabajar. Estoy... algo ocupada.
Señaló la puerta.
Sebastián entendió.
-Claro. Ve.
Sebastián había ido dos generaciones arriba de Ximena.
También había sido uno de sus pretendientes.
El mismo que había exhibido a Patricia Galván por comprar votos en un concurso escolar.
Pero Ximena tuvo demasiados pretendientes en la universidad.
De él recordaba poco.
Qué mala suerte encontrárselo ahora.
El día siguió igual de pesado.
Ximena fue la última en salir.
Cuando terminó de ordenar su escritorio, se quedó sentada sin ganas de mover un dedo.
-¿Tan cansada?
La voz de Sebastián la hizo levantarse de golpe.
-Señor Quiroz.
-Ya no hay nadie. Dime Sebastián. O como antes, compañero.
Ximena sonrió, incómoda.
-Vamos. Te llevo a casa. Me queda de paso.
¿De paso?
Ni sabía dónde vivía.
-No hace falta. El camión me queda bien.
-Quise decir que vayamos a cenar y luego te llevo. A esa hora ya no habrá camión.
¿Cenar?
¿Quién dijo que ella aceptaba?
-No, gracias. Quiero descansar.
-En tu casa también vas a cenar. Hazme el favor. Hace dos años no nos vemos. No sabes cuántas veces te soñé.
Ximena tuvo el rechazo en la punta de la lengua.
Pero él sonreía tanto que se lo tragó.
Ni modo.
Una cena rápida.
Sebastián reservó un restaurante elegante.
Muy de su mundo.
No del de ella.
El ambiente la hacía sentirse fuera de lugar.
-La carne aquí es buena. La traen de importación.
Le cortó su plato y se lo cambió por el suyo.
-Gracias.
-No te pongas tiesa conmigo. ¿Todavía no te gradúas? ¿Por qué adelantaste prácticas?
-Igual tenía que trabajar.
-¿Y por qué no me avisaste que estabas en Guadalajara? Si no entras a mi empresa por casualidad, ¿ni nos vemos?
Ximena sonrió por compromiso.
-Qué bromista.
-Come esto.
Él le servía comida.
Ximena solo pensaba en su cama.
En otra mesa, un hombre que todavía no alcanzaba a volver a la Ciudad de México cenaba con Bruno.
Bruno miró más de una vez hacia la mesa de Ximena.
-Señor, ¿la señora ya consiguió novio nuevo?
La cara de Héctor se enfrió.
-¿En qué parte ves un novio?
-Se ven conocidos.
Héctor dejó los cubiertos y se limpió los labios con la servilleta.
-Voy a saludar.
¿Saludar?
Bruno no supo si debía detenerlo.
Héctor ya estaba caminando.
Ximena justo empezaba a ponerse inquieta cuando una mano se apoyó en el respaldo de su silla.
Una voz masculina cayó sobre ella:
-¿No me presentas?
Ximena levantó la cabeza.
Héctor.
¿Y este de dónde había salido?
Sebastián habló primero:
-¿El señor es...?
-Soy su...
Ximena se adelantó antes de que dijera exesposo o esposo.
-Un amigo de la Ciudad de México.
¿Amigo?
Héctor entrecerró los ojos.
-Ah, amigo. ¿Se sienta con nosotros?
Sebastián fue amable.
Héctor inclinó apenas la cabeza.
-¿Amigo?
-Sebastián, ya comí. Gracias por la cena. Me voy.
Ximena tomó su bolsa y salió.
Sebastián pagó rápido y la siguió.
-Te llevo.
-No. Quiero pasar a otro lado. Tú regresa. Nos vemos mañana.
Ximena cruzó la calle casi corriendo.
Luego se metió por varias calles, dobló en esquinas, caminó hasta que sintió que nadie la seguía y tomó el último camión.
Se tocó el pecho.
-Qué mala suerte. Primero Sebastián. Luego Héctor. ¿No estaba en la Ciudad de México? ¿Vendría a traerme el divorcio?
Asintió sola.
Podía ser.
Cuando creyó que todo peligro había pasado y llegó a su casa, vio un coche estacionado frente a la privada.
Junto al coche había un hombre.
De espaldas a la luz, apagó un cigarro con la punta del zapato.
Ximena achicó los ojos.
¿Quién era?
Al acercarse lo vio claro.
-¿Héctor? ¿Cómo encontraste mi casa?
-Ximena, qué bien te va. Tan rápido y ya tienes hombre nuevo.
El tono burlón le cayó horrible.
-¿Puedes hablar menos feo? Además, estamos divorciados. ¿No puedo tener novio? Qué ancho te queda el papel de ex.
-Sí. Soy el ex, claro. No debería meterme.
De pronto le tomó la muñeca y la empujó contra el coche.
-Pero yo no firmé el divorcio.
-No perdiste nada. No me llevé tu dinero. Puedes revisar cuentas.
-No te llevaste dinero.
Héctor se acercó.
-Te llevaste lo más valioso que tenía.
Ximena soltó una grosería por dentro.
¿Venía por el brazalete de Lourdes?
¿Así de codos eran los ricos?
-¿El brazalete? Quédate tranquilo. Si tanto les pesa, te lo devuelvo ahorita.
-¿Solo el brazalete?
La obligó a mirarlo.
-No me acuses. Además del brazalete, no me llevé nada de tu casa. El convenio lo dice clarísimo. Salgo sin pedir nada.
-Bien.
Héctor la acorraló más.
-Entonces dime por qué quieres divorciarte.
-Tú dijiste que podía irme cuando quisiera.
-¿Tienes corazón?
Enfurecido, la besó.
No fue un beso suave.
Le mordió el labio.
Ximena sintió el dolor y se le torció la cara.
-¿Qué te pasa? ¿Eres perro o qué?
-Si te digo que todo lo que escuchaste fue un malentendido, ¿volverías?
Ximena negó.
-No.
Desde que salió de la residencia, no pensó en regresar.
Héctor podía ser bueno.
Pero no era de ella.
No iba a serlo.
Tomó la decisión con la cabeza fría, no por arrebato.
-¿Por qué?
-Nos conocemos desde hace unos meses. No me digas que me amas tanto que no puedes vivir sin mí. Yo tampoco estoy en ese punto.
-¿Aunque sea un malentendido no te arrepientes?
Ximena sonrió.
-Yo miro hacia adelante. ¿Para qué gastar vida arrepintiéndome?
Héctor la soltó.
Levantó la cara y se rio.
-Está bien. No me molesta convertirme en uno de tus muchos pretendientes.
-A mí sí me molesta.
Ximena lo empujó y entró a su casa.
Divorciarse y cada quien tranquilo, ¿qué tenía de malo?
¿Para qué vivir como enemigos?
No entendía qué pensaba Héctor.
Tampoco tenía energía para entender.
La vida era larga.
Trabajar era pesado.
Tocaba dormir.
De regreso a la Ciudad de México, Bruno revisaba datos en la tablet.
Héctor miraba la noche por la ventana.
-Señor, todavía no sabemos a dónde huyó Darío. Tiene un dispositivo de rastreo judicial, así que debería ser fácil. Pero si se lo quita...
-Aunque se esconda, volverá a la ciudad.
-En unos días es el aniversario luctuoso de su mamá. Tal vez escapó por eso.
-Si su madre viera que el hijo que tanto quiso meter al apellido Alcázar terminó así, se levantaría de la tumba.
Bruno soltó una risa.
-Un hijo fuera del matrimonio que logró ser reconocido por la familia. Ya con eso habría bastado. Pero la ambición no tiene llenadera.
-Pon gente cerca de la casa de Ximena.
-¿Cree que Darío pueda hacerle daño?
Héctor asintió.
-No es buena persona. Mejor prevenir.
-Sí, señor.
-Y consígueme una casa frente al mar.
Bruno anotó.
-¿Quiere decoración especial?
-No.
Héctor cerró los ojos un momento.
-¿Encontraron al responsable que chocó el coche de Ximena?
-La policía identificó al conductor. Se llama Carlos Garza. Es un golpeador de barrio, con muchas conexiones. Se fugó. Por ahora no hay pista útil.
-Sigue encima.
-Sí.
Bruno dudó.
-También hay otra cosa. Ernesto Salcedo ha ido varias veces al Grupo Alcázar a buscarlo. Lo he detenido. Supongo que quiere inversión para su empresa.
Héctor no abrió los ojos.
-La próxima vez dile que Ximena y yo nos divorciamos.
-Entendido.
Después de varios días de trabajo, Ximena por fin dejó de pedir comida y preparar cafés.
El trabajo era menos pesado.
Pero sus compañeros la miraban raro.
No conocía a nadie lo suficiente para preguntar.
Gina, directa como siempre, se lo dijo:
-Dicen que te arrimaste al joven Quiroz y por eso ya no haces mandados.
-¿Quién dijo eso?
-Chismes. Ni los peles.
Gina arqueó la ceja.
-Pero aguas con Vicky. Te va a querer poner el pie.
-¿Por qué?
-Porque no soporta que a alguien le vaya tantito mejor. Ni necesita motivo.
Ximena apenas se sentó cuando Vicky apareció con tacones altos.
Golpeó el escritorio con los dedos y le dejó unos papeles.
-Saca copia y déjala en la sala. La usan en un rato.
-Sí.
Vicky la observó unos segundos.
-El señor Quiroz mayor anda mal de salud. El joven Quiroz solo viene unos días a apoyar. No se quedará mucho.
Ximena entendió la indirecta.
Pero no tenía nada sucio que esconder.
-No entiendo a qué se refiere.
-Eres bonita y joven. Espero que camines por el camino correcto y no quieras subirte por hombres. Eso da pena.
Gina no aguantó.
-A ver, ¿con qué ojo viste que se subió por alguien? ¿No te cansas de buscar pleito?
-Gina, estoy orientando a una nueva. ¿Qué te importa? Si no quieres trabajar, renuncia.
-¿Por qué renunciaría yo? Más bien tú deja de traer a una muchacha de arriba abajo y luego inventarle que si anda con este o con aquel. ¿Ya estuvo, no?
La oficina entera miró sin atreverse a hablar.
Ximena no quería que Gina se metiera en problemas por ella.
-Gina, ya. No pelees.
y tampoco que tuvo un aborto?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂