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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14: El doctor

Valentina se sentó porque el Dr. Daniel Mora se lo pidió, pero no sintió la silla.

Todo su cuerpo seguía en la cama de observación, junto a la mano fría de su abuela.

El médico se sentó frente a ella con la tableta sobre las rodillas. No era mucho mayor que Valentina, quizá treinta y pocos. Tenía ojeras discretas, voz calmada y esa forma de mirar que algunos médicos aprendían para no asustar antes de tiempo.

—La tomografía es preventiva —explicó—. La herida de la frente no parece profunda, pero la caída fue sin apoyo de manos, según el reporte de ambulancia. Eso puede indicar desmayo breve.

Valentina apretó los dedos.

—¿Se desmayó?

—No podemos confirmarlo todavía. La vecina dijo que la vio sentada en la banqueta, consciente pero confundida. Su presión venía baja al ingreso. También encontramos frecuencia cardiaca irregular por momentos.

La palabra irregular se le metió bajo las costillas.

Sebastián estaba de pie a su lado, un poco atrás. No interrumpió. No habló por ella.

—¿Está en peligro? —preguntó Valentina.

El Dr. Mora no adornó la respuesta.

—Ahora mismo está estable. Eso es bueno. Pero quiero observarla al menos veinticuatro horas. Si el electrocardiograma confirma arritmia o los laboratorios muestran deshidratación severa, ajustaremos tratamiento. También pedí valoración de cardiología.

—¿Cardiología hoy?

—Sí. El Dr. Salcedo viene en camino.

Valentina giró la cabeza hacia Sebastián.

Él no fingió inocencia.

—Pedí disponibilidad —dijo—. El criterio médico sigue siendo del Dr. Mora.

Daniel Mora lo miró apenas, midiendo el tono. No parecía intimidado, pero sí consciente de quién estaba en la sala.

—Agradezco que se agilice la valoración —dijo—. Mientras no se salte el orden clínico, todo ayuda.

Sebastián asintió.

Valentina notó esa pequeña línea de respeto profesional y respiró un poco mejor. No era un circo de influencias. Al menos no todavía.

—¿Puedo quedarme con ella? —preguntó.

—En observación, solo por ratos. Si pasa a cuarto, sí. Voy a solicitar cama en piso. Puede tardar.

—Que no tarde —dijo Sebastián.

El Dr. Mora volvió a mirarlo.

Valentina también.

Sebastián bajó el volumen.

—Si hay disponibilidad clínica.

Daniel aceptó la corrección con un gesto mínimo.

—Voy a revisar.

Esa media hora se sintió como tres. Valentina llamó a la vecina de Carmen, recibió fotos borrosas del pastillero azul, una receta doblada y la credencial del seguro metida en un cajón de servilletas. Sebastián se encargó de imprimir las imágenes en admisión sin preguntarle si podía. Ella habría protestado en otro momento. Esa noche solo dijo gracias con los ojos.

Carmen volvió de tomografía adormilada y de pésimo humor.

—Me pasearon como santo en procesión —murmuró.

Valentina casi lloró de alivio al escucharla quejarse.

—No te muevas.

—Eso intento, pero esta cama tiene complejo de tabla.

Sebastián se acercó al pie de la cama.

—Doña Carmen, vamos a conseguirle una mejor.

Carmen lo observó con un ojo más despierto que el otro.

—¿Y usted quién es para conseguir camas?

Valentina se quedó helada.

Sebastián no.

—Alguien que sabe preguntar en recepción.

—Ajá. El nieto de Lucía sabe preguntar con apellido.

—A veces sirve.

—Mientras no me cobre renta.

—No tendría cómo cobrarle a una amiga de mi abuela.

Carmen lo miró un segundo más. Luego cerró los ojos.

—Entonces pregunte bonito.

Valentina se tapó la boca para no reír y llorar al mismo tiempo.

El Dr. Mora volvió con resultados preliminares cerca de las dos de la mañana. La tomografía no mostraba sangrado. Los laboratorios indicaban deshidratación y un desequilibrio leve de electrolitos. El electrocardiograma necesitaba revisión de cardiología por episodios aislados de arritmia.

—No es para pánico —dijo Daniel antes de que Valentina pudiera entrar en pánico—. Es para vigilancia. Su abuela va a quedarse internada esta noche.

—¿Puedo verla en cuarto?

—Sí. Ya pedí traslado. Y antes de que pregunte: no, no tiene que decidir nada grave ahora.

Valentina lo miró.

—¿Se me nota tanto?

—A todos los familiares se les nota. Usted, por lo menos, pregunta bien.

Sebastián, detrás de ella, se quedó muy quieto.

Daniel no hizo nada incorrecto. Ni una palabra de más. Solo había una atención distinta cuando miraba a Valentina, una suavidad que no usaba con Sebastián ni con la enfermera.

Valentina no lo notó.

Sebastián sí.

—¿Quieres avisarle a alguien más? —preguntó él cuando Daniel se alejó.

Valentina miró el pasillo.

—No.

—Tu madre.

La palabra le cerró la cara antes de que pudiera fingir.

—Patricia vive en Villa Esperanza. Si le llamo ahora, va a llorar por teléfono, luego va a decir que viene, luego no va a saber qué hacer cuando llegue.

Sebastián no dijo nada.

—Mi papá también está allá —añadió, porque el cansancio volvía torpes sus filtros—. Ricardo mandaría dinero, llamaría a alguien, preguntaría si necesito algo y luego se quedaría esperando que eso arreglara diecisiete años de no estar.

—No tienes que explicarlo.

—Sí tengo. Porque la gente normal llama a sus padres cuando su abuela está en urgencias.

—La gente normal no existe.

Valentina soltó una risa sin humor.

—Abuela Carmen es mi familia. Los demás son... documentos pendientes.

Sebastián la observó con una quietud distinta. No lástima. Peor: atención.

—Cuando haya resultados claros, si quieres, hacemos las llamadas.

—¿Hacemos?

—Si quieres.

La frase no invadió. Esperó.

Valentina volvió a mirar la puerta por donde habían llevado a Carmen.

—Después.

—Después —aceptó él.

Cuando Carmen por fin pasó a un cuarto de observación, una enfermera explicó los turnos de signos vitales, el botón de llamado y la restricción de acompañante nocturno. Solo una persona podía quedarse. Valentina recibió una pulsera de visitante y firmó otra hoja con los ojos ardiendo.

Sebastián se ocupó de lo práctico: agua, cargador, una manta, el contacto de la vecina, un mensaje breve a Marcos para cancelar su primera reunión del día. Valentina se sentó junto a la cama y apoyó la frente en el barandal.

Él no le pidió que durmiera. Solo bajó la intensidad de la luz, puso el celular de ella a cargar y dejó sus propios zapatos junto a la silla, como si la noche también pudiera organizarse por partes.

—Vete a casa —murmuró Carmen, medio dormida—. Tienes cara de susto mal peinado.

—No me voy.

—Terca.

—Herencia genética.

Sebastián dejó una botella de agua sobre la mesita.

—Voy por café.

—No —dijo Valentina, demasiado rápido.

Él se detuvo.

No era por el café.

Era porque si él se iba, aunque fuera cinco minutos, la noche iba a caerle encima.

Sebastián entendió. Se sentó en la silla contra la pared.

—Entonces me quedo.

El Dr. Mora apareció en la puerta con una hoja.

—Dejo mi número del hospital aquí. Si nota confusión, dolor de pecho, falta de aire o somnolencia difícil de despertar, me llaman de inmediato.

Valentina tomó la hoja.

—Gracias, doctor.

—Daniel está bien cuando no estemos en consulta —dijo él, y luego pareció recordar a Sebastián en la habitación—. Si se siente cómoda, claro.

Valentina, agotada, solo asintió por educación.

Sebastián miró la hoja en la mano de ella.

El número estaba subrayado.

Y por primera vez desde que llegaron al hospital, no fue la salud de Carmen lo único que le tensó la mandíbula aquella noche, en ese cuarto demasiado blanco.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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