Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“Almas negras, pasos divididos”
Sebastián estaba de pie frente al mapa.
Su dedo señalaba una curva estrecha entre los riscos del Cañón del Silencio.
La mesa estaba cubierta con planos, hojas secas, una botella de whisky casi vacía y una daga que giraba entre sus dedos como si fuera un juguete.
—Aquí. —murmuró con voz ronca—
Aquí es donde los vamos a acorralar.
A su lado, Camilo, uno de sus hombres más antiguos, tragó saliva.
Llevaba 12 años trabajando para él. Lo había visto hacer cosas...
...pero nunca lo había visto tan obsesionado.
—¿Estás seguro de que aún están en movimiento hacia esa zona? —preguntó Camilo con cautela.
—¿Tú crees que no lo sé? —Sebastián lo fulminó con la mirada—
Tengo ojos por todas partes, Camilo. Y sé que Elsa no irá lejos. No sin pensar que puede salvarlo. No sin creer que puede escapar de mí. Pobres ilusos.
Tomó un sorbo de la botella y continuó:
—Quiero a tres de ustedes en el desfiladero. Uno en lo alto, con los binoculares. Otro en el río, y tú, tú vas conmigo. Los rodearemos.
Camilo asintió, pero en su mente, algo lo carcomía.
No por miedo a Tomás.
No por Elsa.
Sino porque había empezado a odiar la voz de su patrón.
Había visto cómo Sebastián trataba a Elsa.
Lo había oído gritarle, reventarle la boca a golpes, y aún peor, escucharlo jactarse de lo que le había hecho la noche de bodas.
Y ahora… esa obsesión.
—¿Qué harás cuando los tengas acorralados? —preguntó Camilo, despacio.
Sebastián se le acercó.
Se le notaban las venas en el cuello, los ojos inyectados.
—Primero… la voy a mirar a los ojos.
Y le voy a preguntar si aún cree que él la salvaría.
Luego, la voy a tomar del cabello y le voy a hacer lo que hacía cuando ella fingía que me quería.
—¿Y Tomás? —preguntó Camilo, sin mirar a los ojos.
Sebastián sonrió.
Pero no era una sonrisa humana.
—Tomás morirá... sabiendo que jamás recuperará lo que fue suyo.
No lo mataré rápido. Le haré ver cómo ella grita, cómo suplica.
Y entonces, cuando su alma se quiebre... ahí sí, lo mataré. Como a un perro.
Pero esta vez... me aseguraré de enterrar su corazón con una bala.
Camilo salió del cuarto.
Sus pasos eran lentos.
Su rostro inexpresivo.
Pero por dentro… estaba temblando.
Se apartó un poco del resto del grupo y sacó una pequeña libreta.
Una que nadie sabía que tenía.
Escribió unas líneas.
Luego miró al cielo, y murmuró:
—Dios, ¿qué demonios estoy haciendo con esta gente…?
Camilo tenía una hija.
Una esposa que creía que trabajaba como escolta de comerciantes.
Y en ese instante, supo que si se quedaba, no solo tendría sangre en las manos.
Tendría la muerte en su conciencia.
Mientras tanto, en la zona alta del desfiladero, otro de los hombres de Sebastián observaba con binoculares.
—Jefe, tengo visual. Avanzan lento. Han tomado el desvío de la quebrada.
La voz de Sebastián en el comunicador fue como hielo:
—Que sigan.
Esta noche, al caer la luna… cerramos el círculo.
ecxelente