una guerra entre el bien y el mal....
un amor que intentará desafiar todo o morirá...
traiciones, amistades, pero por sobre todas las cosas ellos, amándose cuando deberían haberse matado el uno al otro.
la luz no acepta la oscuridad y la oscuridad aborrece la luz.
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capitulo 22
El viento cálido del infierno agitaba lentamente el cabello dorado de Milena mientras Cancerbero avanzaba con calma entre los extensos prados oscuros. Las tres enormes cabezas del guardián infernal caminaban tranquilas, como si supieran que aquella noche no había peligro alguno. A lo lejos, los ríos de lava iluminaban las montañas negras con destellos rojizos, mientras el cielo carmesí parecía arder eternamente sobre ellos.
Milena seguía observando a la familia de quimeras que corría entre las flores oscuras del campo. Las dos crías saltaban alrededor de su madre, tropezando torpemente entre sí mientras intentaban atraparse las colas.
—No puedo creerlo… —murmuró ella sin apartar la mirada—. Son… felices.
Lorcan soltó una pequeña risa por lo bajo.
—Claro que lo son.
—Pero son quimeras.
—¿Y eso les impide tener una familia?
Milena bajó lentamente la vista, sintiendo un leve calor de vergüenza subirle por el rostro.
—En el cielo nos enseñan que las criaturas infernales solo conocen violencia.
—Y aquí nos enseñan que los ángeles viven obsesionados con la perfección y el juicio —respondió Lorcan con tranquilidad.
Ella lo miró de reojo.
—¿Y tú lo creías?
Lorcan guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Cuando era niño sí. Crecí escuchando historias sobre guerreros celestiales que descendían únicamente para castigar. Para nosotros, el cielo siempre fue una amenaza observándonos desde arriba.
Milena permaneció callada mientras Cancerbero seguía avanzando lentamente.
—¿Cómo es crecer aquí? —preguntó finalmente.
Lorcan alzó la vista hacia el horizonte rojizo.
—Difícil… pero no de la forma en que ustedes imaginan.
Milena lo observó con atención.
—El infierno no es solo tortura y guerra. Hay ciudades, mercados, familias… niños jugando en las calles. Pero también hay brutalidad. Aquí aprendes rápido a defenderte o alguien termina destruyéndote. Desde pequeño entendí que debía volverme fuerte.
—¿Por ser hijo de Lucifer?
Lorcan sonrió apenas.
—Especialmente por eso.
Sus ojos oscuros se endurecieron ligeramente.
—Todos esperaban algo de mí. Algunos querían que fuera cruel. Otros querían verme fracasar solo para demostrar que los hijos de Lucifer nacen corruptos. Nunca pude ser simplemente… Lorcan.
Milena sintió un pequeño nudo en el pecho.
—Te entiendo más de lo que crees.
Él giró apenas el rostro hacia ella.
—¿En serio?
La joven soltó una risa suave y amarga.
—Soy hija de Amenadiel. El Arcángel Supremo. ¿Sabes lo que significa crecer en el cielo siendo observada constantemente?
Lorcan negó lentamente con la cabeza.
—Significa que jamás puedes equivocarte. Cada palabra, cada gesto, cada pensamiento… todo debe ser perfecto. Los ángeles viven bajo reglas tan estrictas que incluso respirar parece una obligación sagrada.
El demonio frunció ligeramente el ceño.
—Eso suena agotador.
—Lo es.
Milena bajó la mirada hacia sus manos.
—Cuando era niña quería correr, ensuciarme, reír fuerte… pero las hijas de los arcángeles deben comportarse como ejemplos vivientes de pureza. Nunca pude hacer realmente lo que quería.
—¿Y qué era lo que querías?
Ella sonrió por primera vez con verdadera sinceridad.
—La Tierra.
Lorcan arqueó una ceja con curiosidad.
—¿La Tierra?
—Me escapaba constantemente.
Él soltó una carcajada incrédula.
—¿Tú? ¿La hija perfecta del cielo escapándose?
—No era perfecta —dijo divertida—. Solo era buena ocultándolo.
Lorcan negó lentamente mientras sonreía.
—Ahora necesito escuchar esta historia.
Los ojos claros de Milena brillaron con entusiasmo.
—Me encantaba bajar a las ciudades humanas. Nadie me conocía allí. Podía mezclarme entre la multitud y simplemente observar.
—¿Observar qué?
—Todo. Las plazas llenas de músicos, artistas callejeros, bailarines… humanos riendo sin preocuparse por nada más que ese momento.
Lorcan escuchaba atentamente mientras ella hablaba.
—Recuerdo una vez en España. Había un grupo tocando flamenco en una plaza pequeña. La música era tan intensa que sentí el corazón salírseme del pecho. Y las personas bailaban como si estuvieran vivas de verdad por primera vez.
Sus labios se curvaron en una sonrisa nostálgica.
—También fui a Argentina una vez. Había parejas bailando tango en medio de una calle antigua. Nadie era perfecto. Algunos se equivocaban, se reían y seguían bailando igual. Me quedé allí hasta el amanecer.
Lorcan no apartaba la mirada de ella.
—Nunca te vi hablar así.
—Porque nunca pude contarle esto a nadie.
El silencio entre ambos se volvió suave, cálido.
—¿Y tú? —preguntó Milena—. ¿También escapabas?
Lorcan sonrió lentamente.
—Todo el tiempo.
Ella soltó una pequeña risa.
—No me sorprende.
—El infierno puede ser inmenso, pero incluso aquí uno termina sintiéndose encerrado. Yo quería entender cómo era realmente el mundo humano.
—¿Qué hacías allí?
—Viajar.
Milena lo observó con curiosidad.
—Conocí decenas de países. Aprendí idiomas solo porque podía hacerlo. Me fascinaba escuchar cómo cambiaban las palabras dependiendo del lugar.
—¿Cuántos idiomas hablas?
Lorcan fingió pensar.
—Perdí la cuenta hace siglos.
Ella abrió los ojos sorprendida.
—¿Siglos?
—Ventajas de ser inmortal.
Milena rodó los ojos mientras sonreía.
—Presumido.
Él soltó una risa baja.
—Me gustaba sentarme en cafeterías o estaciones de tren y escuchar conversaciones. Descubrir cómo vivían los humanos. Sus miedos siempre me parecieron tan pequeños… pero al mismo tiempo tan intensos.
—Porque su tiempo es limitado.
Lorcan asintió lentamente.
—Exacto. Cada emoción humana parece más fuerte porque saben que todo termina.
Milena lo observó en silencio.
—¿Nunca quisiste quedarte allí?
La pregunta pareció sorprenderlo.
Lorcan tardó varios segundos en responder.
—A veces.
Ella sintió algo extraño en el pecho al escuchar aquello.
—¿Por qué no lo hiciste?
El demonio alzó la vista hacia el horizonte rojizo.
—Porque el infierno sigue siendo mi hogar. Y porque jamás podría abandonar a mis hermanos.
Milena bajó la mirada lentamente.
—Yo tampoco podría abandonar completamente el cielo… aunque a veces me asfixie.
Lorcan la observó con atención.
—¿Qué es lo que más temes?
Ella tardó en responder.
—Convertirme en alguien vacía.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Vacía?
—Sí. Pasar siglos obedeciendo reglas ajenas hasta olvidar quién soy realmente.
El silencio volvió a envolverlos.
—¿Y tú? —preguntó ella suavemente—. ¿Qué temes?
Lorcan sonrió apenas, aunque sus ojos reflejaban tristeza.
—Terminar convirtiéndome en el monstruo que todos esperan que sea.
Milena sintió el corazón apretarse.
Porque por primera vez entendía algo doloroso: Lorcan no luchaba únicamente contra el cielo.
También luchaba contra la imagen que el propio infierno había construido sobre él.
Cancerbero disminuyó el paso mientras llegaban a una colina desde donde podían verse las enormes ciudades infernales iluminadas por fuego escarlata.
Milena observó el paisaje en silencio.
Era hermoso.
Salvaje, peligroso, inmenso… pero hermoso.
Y por primera vez en toda su existencia, el infierno no le parecía aterrador.
Lorcan la miró de reojo.
—¿En qué piensas?
Milena sonrió suavemente mientras el viento cálido acariciaba su rostro.
—En que quizás nuestros mundos nunca fueron tan distintos.
Lorcan sostuvo su mirada durante largos segundos.
Y en medio del eterno fuego infernal, ambos comprendieron que sus corazones se parecían mucho más de lo que jamás imaginaron.