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El Precio Del Mañana

El Precio Del Mañana

Status: En proceso
Genre:Terror / Aventura / Apocalipsis
Popularitas:329
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Medina

La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 23: EL ECO DE LA CARNE Y EL ACECHO EN LA PENUMBRA

El sótano del banco era una boca de lobo húmeda que olía a hormigón viejo y a la acidez del alcohol purificado. Elías Vane apretó el nudo del vendaje sobre el antebrazo de Jake, ignorando el temblor involuntario en los músculos del muchacho. La luz del musgo bioluminiscente que transportaban en pequeñas cápsulas de cristal en sus chalecos era lo único que mantenía a raya la oscuridad absoluta; un resplandor azul, pacífico y limpio, el último vestigio de orden de la Ciudadela Aegis en medio de unas Tierras Vivas que se caían a pedazos.

—Ya está

—dijo Elías, su voz arrastrándose como lija sobre piedra

—El alcohol detendrá la infección superficial de las esporas, pero el hongo de estos bastardos muerde rápido, Jake. Si el parásito de la colmena penetra en tu sistema nervioso antes de que regresemos a los laboratorios de Alexia, no habrá fusil que te salve de convertirte en una marioneta biológica. Tienes que aguantar.

Jake apoyó la cabeza contra la pared de ladrillo visto. Su rostro estaba pálido, perlado por un sudor frío y grasiento. Tenía los ojos fijos en el suelo, donde el agua estancada reflejaba el brillo azul del musgo. Sus dedos seguían aferrados al mango del cuchillo de trinchera de su tío Marco; los nudillos estaban tan tensos que la piel se le había vuelto blanca.

—No voy a flaquear, maestro

—siseó el chico a través de los dientes apretados, con la respiración entrecortada por el dolor químico del desinfectante

—Pero no puedo quitarme de la cabeza lo que dijo Celina.

Si Alexia autorizó los experimentos de simbiosis en los exploradores... si ella sabía que el hongo usaría el líquido cefalorraquídeo para conectar los cerebros a la mente colmena... ¿por qué nos envió aquí? ¿Somos soldados o solo muestras biológicas con uniforme?

Elías se levantó lentamente. El peso de su armadura de cuero endurecido y el frío del armamento convencional que llevaba encima

—el revólver pesado y la pistola de percusión robada

— le recordaron la cruda realidad .

El misticismo de los viejos acordes magnéticos del primer libro ya no existía; en esta era de Fase 5, la única verdad se escribía con pólvora, plomo y el filo del acero.

—Alexia es una científica, Jake. Y tú y yo somos los que sostenemos las paredes de la Ciudadela para que la última semilla humana no se pudra

—respondió Elías, su mirada fija en la puerta de hierro que daba acceso a los túneles de servicio

—Celina usó esa información porque sabe leer las grietas del alma.

Quería que te quebraras.

Quería que yo dudara.

Pero en el instante en que un soldado duda en las Tierras Vivas, el hongo echa raíces en su boca. Tu tío Marco eligió su destino.

Eligió morir como un hombre y no como una de esas aberraciones que gotean moco en el asfalto.

Si quieres honrarlo, limpia el cañón de tu fusil y prepárate para matar a todo lo que no brille con la luz del musgo.

El chico guardó silencio, pero la rigidez de su mandíbula demostró que las palabras del comandante habían golpeado el yunque de su resolución. Agarró su fusil de percusión con la mano sana, comprobando el mecanismo de alimentación con un chasquido metálico que rompió la pesadez del ambiente.

—Celina ya debe estar lejos

—dijo Jake, cambiando de tema con una frialdad que imitaba la de su maestro

— Escuché los motores blindados desde el patio de butacas. Se dirige al norte. Se llevó la cepa pura de la infección.

—Que corra

—sentenció Elías, revisando el tambor de su revólver

—Conoce las autopistas destruidas, pero su convoy es pesado.

Nosotros nos moveremos por los callejones colindantes. Pero antes... tenemos que salir de este agujero. El aire se está volviendo espeso. Las esporas están bajando por los conductos de ventilación.

No era una exageración. El aire del sótano comenzó a llenarse de un polvo blanquecino y flotante que hacía que los ojos escocieran y la garganta se cerrara en un reflejo de asfixia.

No era el polen nutritivo del musgo; era el rastro reproductor del parásito fúngico que controlaba a la plaga. La Fase 5 del virus estaba en su punto álgido, y el entorno respondía a un estímulo invisible, una llamada silenciosa que ordenaba a los zombis mutar hacia la letal Fase 6.

Un crujido seco, seguido por el sonido de metal desgarrándose, provino de la parte superior de las escaleras de servicio. La barra de hierro que Elías había colocado para atrancar la puerta trasera cedió con un estallido sordo.

—Nos encontraron

—advirtió Elías, nivelando su pistola hacia la penumbra del pasillo

—Muévete hacia la rampa de carga, Jake. ¡Ya!

Las sombras de la escalera cobraron vida de una manera espantosa. No eran los infectados lentos y errantes que los humanos recordaban de los primeros años del colapso. Los zombis de la Fase 5 se movían con una energía frenética, casi epiléptica. Sus tendones se habían estirado y engrosado como cuerdas de nailon, y la musculatura fúngica interna les permitía romper sus propios huesos para doblar las extremidades en ángulos que facilitaban una carrera a gatas de una velocidad letal. Sus mandíbulas, desencajadas por el crecimiento del parásito, chasqueaban rítmicamente en el aire, emitiendo un sonido que recordaba al de un enjambre de langostas metálicas.

Al frente de la horda, bloqueando la única salida hacia la superficie, aparecieron los Hijos de la Resonancia.

Eran tres figuras erguidas, cubiertas con túnicas de lona militar podrida que apenas ocultaban las deformaciones de sus cuerpos. Sus cráneos, desprovistos de pelo, estaban recubiertos por una costra ósea endurecida que brillaba de un color grisáceo bajo la luz azul del musgo de Elías. Sus ojos eran cuencas de color amarillo plano, sin pupilas, fijas en los dos intrusos que habían osado profanar su coto de caza.

—Los elegidos de la Ciudadela...

—la voz de uno de los líderes del culto no salió de su garganta, sino que resonó como una vibración armónica en los oídos de Elías y Jake, un zumbido psíquico que hizo que al muchacho le brotara un hilo de sangre de la nariz

—El maestro y el cordero. Vuestra carne es el abono que la mente colmena ha reclamado desde el Punto Cero. Vuestro líquido cefalorraquídeo purificará la transición hacia la gran noche.

—¡Mi respuesta es de plomo, bastardo!

—gritó Jake, perdiendo el control por un milisegundo ante la presión mental.

El chico alzó el fusil de percusión y presionó el gatillo. El fogonazo de la pólvora iluminó el sótano por una fracción de segundo, revelando la silueta del primer Hijo de la Resonancia. La bala pesada impactó en el hombro del líder del culto, desprendiendo un trozo de carne muerta y una densa nube de esporas fúngicas de color ocre, pero el mutado ni siquiera parpadeó.

El dolor físico ya no formaba parte de su sistema nervioso; el parásito bloqueaba los receptores, usando el cuerpo simplemente como una herramienta de la colmena.

El Hijo de la Resonancia alzó su larga lanza de hierro, una bayoneta modificada con una aguja hipodérmica de treinta centímetros soldada en la punta, y emitió un silbido agudo.

Al instante, la jauría de zombis de Fase 5 se lanzó colina abajo. Un mutado cuyos brazos se habían fusionado en una sola masa de hueso y cartílago afilado saltó desde la barandilla de la escalera, cayendo directamente sobre el pecho de Elías. El comandante reaccionó por puro instinto veterano.

Echó el cuerpo hacia un lado, permitiendo que la masa del infectado impactara contra el suelo de hormigón con un sonido húmedo y pesado.

Antes de que la criatura pudiera reincorporarse, Elías le plantó la bota sobre la espalda y disparó su revólver de gran calibre directamente en la base del cráneo.

La detonación fue ensordecedora en el espacio cerrado. La cabeza del zombi estalló hacia adelante en una lluvia de sesos grises mezclados con micelio negro, manchando las botas de Elías de un fluido espeso que apestaba a azufre y descomposición dulce.

Sin detenerse a limpiar el arma, Elías giró sobre sus talones para cubrir a su alumno.

Jake estaba acorralado contra una de las cajas de seguridad del banco.

Dos infectados menores, cuyas cajas torácicas estaban completamente abiertas hacia afuera, exponiendo unos sacos fúngicos que palpitaban con el ritmo del zumbido, intentaban morderle las piernas. El chico usaba la culata del fusil para mantenerlos a distancia, pero la mordedura de su brazo izquierdo le restaba fuerza, y la sangre fresca comenzaba a empapar de nuevo el vendaje improvisado, atrayendo a las bestias con el olor del hierro humano.

—¡Busca el saco del pecho, Jake!

—rugió Elías, disparando dos veces con su pistola secundaria

— ¡Ahoga su respiración!

Una de las balas de Elías perforó el saco pulmonar de uno de los atacantes de Jake. El efecto fue inmediato la criatura no cayó muerta, sino que comenzó a convulsionar de manera violenta, soltando un pitido agudo mientras sus propios fluidos internos la asfixiaban desde el interior debido al colapso de la presión del hongo.

El segundo mutado fue alcanzado por Jake, quien logrando liberar su mano derecha, hundió el cuchillo de Marco directamente en la cuenca del ojo de la bestia, retorciendo el acero oxidado con una saña desesperada hasta que el cuerpo quedó flácido.

Sin embargo, el peligro real seguía al fondo del pasillo. Los dos Hijos de la Resonancia restantes avanzaban con pasos rítmicos, cruzando sus lanzas de hierro.

Detrás de ellos, el zumbido de la colmena se volvía más denso, una frecuencia que comenzaba a adormecer los músculos de Elías, haciéndole sentir los brazos pesados como si estuvieran llenos de arena.

—No hay salida para los vivos

—siseó el segundo líder del culto, levantando la aguja de extracción conectada al tanque de cuero de su espalda

—Vuestro comandante os abandonó en el teatro. Vuestra reina huye hacia el norte para salvar su propia piel. Aquí solo queda el precio que debéis pagar por el mañana.

Elías sintió una punzada ardiente detrás de los ojos. La resonancia magnética natural del hongo estaba interfiriendo con su equilibrio, una evolución biológica perfecta que dejaba obsoleta cualquier arma tecnológica del pasado.

Sintió un hilo de sangre caliente deslizarse por su labio superior. Miró a Jake; el chico estaba de rodillas, sujetándose la cabeza con ambas manos, con los ojos inyectados en sangre y emitiendo un gemido de puro sufrimiento psíquico.

—¡Levántate, Jake!

—gritó Elías, su voz rompiéndose por el esfuerzo de mantener la conciencia

—¡No dejes que entren en tu cabeza! ¡Eres un soldado de Aegis, maldita sea!

Haciendo acopio de la disciplina militar que lo había mantenido vivo desde el Punto Cero, Elías dejó caer la pistola vacía.

Deslizó sus manos hacia el cinturón y extrajo una granada de fragmentación mecánica, un objeto raro de antes del colapso que guardaba para una situación de asedio total.

Con los dientes, arrancó la anilla de seguridad y, antes de lanzarla, miró fijamente al Hijo de la Resonancia que lideraba la marcha.

—Dile a tu madre colmena... que el Comandante Vane todavía tiene dientes

—dijo Elías con una sonrisa sangrienta.

Lanzó el cilindro de hierro hacia el centro del pasillo de servicio, justo a los pies de los líderes del culto, y se arrojó sobre el cuerpo de Jake, cubriendo al muchacho con su propio chasis de cuero y placas metálicas.

El estallido de la granada de fragmentación fue una onda expansiva de fuego, metralla y ruido que barrió el pasillo de hormigón.

El sonido de los rodamientos de acero desgarrando la carne muerta y rompiendo los huesos calcificados de los Hijos de la Resonancia fue un chapoteo asqueroso seguido por el derrumbe de parte del techo del pasillo. Una densa nube de humo negro, polvo de ladrillo y esporas quemadas inundó el sótano, rompiendo de golpe la frecuencia psíquica que atenazaba sus mentes.

Elías se puso en pie tambaleándose, con los oídos zumbando por la detonación física, un dolor real que al menos había ahuyentado la migraña de la colmena. Agarró a Jake por el cuello del chaleco y lo levantó del suelo con una fuerza nacida de la pura desesperación. El chico estaba aturdido, con la frente ensangrentada por el impacto de un trozo de mampostería, pero seguía aferrado a su fusil.

A través del humo, Elías vio los restos de los Hijos de la Resonancia. Uno de ellos yacía en el suelo, con las piernas destrozadas por la metralla y el tanque de cuero reventado, esparciendo el líquido cefalorraquídeo robado en un charco amarillento que siseaba al contacto con los escombros calientes. El otro, sin embargo, seguía en pie a pesar de tener la mitad del rostro óseo desprendido, mostrando los filamentos del hongo que intentaban tejer de nuevo la carne rota en tiempo real. La Fase 6 estaba rozando la superficie; la capacidad de regeneración de la plaga era una pesadilla biológica que las armas de fuego convencionales apenas podían ralentizar.

—¡A la rampa, Jake! ¡Muévete!

—ordenó Elías, empujando al chico hacia la salida trasera del garaje.

Los dos supervivientes corrieron por la rampa de hormigón, dejando atrás el sótano del banco que se había transformado en una pira de carne quemada y esporas.

Salieron a la superficie por un portón de carga destruido, cayendo de rodillas sobre el asfalto agrietado de un callejón lateral del distrito financiero.

La noche exterior seguía dominada por el resplandor verde y parpadeante del hongo que devoraba las fachadas de los rascacielos, pero la luz azul del musgo bioluminiscente de sus chalecos seguía brillando, un pequeño faro de humanidad en medio del infierno. A lo lejos, hacia el norte, el eco sordo de los motores pesados del convoy de Celina indicaba que la reina seguía avanzando hacia su búnker fortificado, ajena al hecho de que los soldados de Aegis habían sobrevivido al matadero subterráneo.

Elías se limpió la mezcla de sangre y moco negro del rostro con la manga de su chaqueta, mirando hacia la avenida principal donde las sombras de las Tierras Vivas continuaban moviéndose al compás del zumbido de la colmena.

—Celina cree que nos ha dejado atrás para que los Hijos de la Resonancia nos limpien de su tablero

—dijo Elías, su voz recuperando la frialdad militar mientras ayudaba a Jake a estabilizarse contra un camión abandonado

—Pero cometió el error de no quedarse a ver cómo terminaba el combate.

Vamos a seguir su rastro, Jake. Vamos a recuperar esa cepa pura y a descubrir qué tanto de lo que dijo en ese teatro era verdad. Y si Alexia nos mintió... nos aseguraremos de que la Ciudadela pague su propio precio por el mañana.

El aprendiz miró a su maestro, y en sus ojos cansados y cruzados por el dolor ya no había rastro del chico que dudaba; el plomo, el acero y la sangre de los Hijos de la Resonancia habían terminado de forjar al soldado que Aegis necesitaba para sobrevivir a la noche de la Fase 6.

 

 

 

1
Isabel Ortega
gracias por actualizar Escritor muy bueno.
Isabel Ortega
me equivoqué de nombre Celina
Isabel Ortega
Elías fiel a Alexia espero qué puedan escapar de Celia
T.gaitán
eso jake, aprende que no estás cultivando flores.
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