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El Refugio Del Depredador

El Refugio Del Depredador

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
​Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
​En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.

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capitulo 17

​La mañana del martes amaneció con una claridad inusual que lograba perforar la eterna bruma del puerto. Los haces de luz dorada se filtraban por los inmensos ventanales de hormigón y cristal templado de la mansión Vancini, pero lejos de suavizar la atmósfera, solo servían para exponer la rigidez geométrica y la fría simetría del granito negro pulido. Para Leonela, las horas posteriores a la pesadilla de Santiago no trajeron la sumisión que Gael esperaba tras haberse descubierto el secreto del observador. Al contrario, saber que el matrimonio no era un accidente, sino una trampa planeada catorce meses atrás, transformó su pánico interno en una fijeza gélida. Si la habían confinado en una jaula de cristal, no actuaría como un trofeo silencioso; dictaría sus propias reglas.

​A las nueve de la mañana, aprovechando que Gael supervisaba el despliegue del equipo táctico perimetral para el traslado vespertino a la torre financiera, Leonela tomó posesión del gran salón. Vestía un pantalón de sastre de tiro alto color marfil y una blusa de seda rosa viejo, un tono empolvado y profundamente humano que chocaba de frente contra el estuco veneciano gris de las paredes. El tejido de la blusa, de una caída líquida y sensual, se ceñía a su silueta con cada movimiento felino, delineando la firmeza de su pecho. El aire helado del sistema de climatización industrial erizó su piel al instante, tensando sus pezones bajo la seda rosa, una traición biológica elemental que acentuaba la cruda sensualidad de su resistencia.

​A su lado, Santiago la observaba con sus ojos claros muy abiertos, sosteniendo en su mano pequeña un tarro de cerámica rústica que habían rescatado de las cajas de cartón del antiguo apartamento, las pocas pertenencias que Leonela había prohibido mudar a los almacenes de la naviera.

​—La señora Ortega dijo que el señor Gael prefiere el espacio despejado, mamá —murmuró el niño, arrugando la nariz mientras miraba la inmensidad monocromática del salón.

​—El señor Gael gobierna los barcos de hierro, Santiago, pero este es nuestro espacio —replicó Leonela. Su voz, una franqueza cortante modulada por la dulzura protectora hacia su hijo, resonó con nitidez en el techo de doble altura—. Un caballero necesita colores para saber a dónde regresa después de explorar.

​Con un gesto fluido y elegante, Leonela colocó el tarro de cerámica en el centro de la inmensa repisa de mármol de diseño que dominaba la estancia. Dentro del recipiente, un ramo fresco de rosas silvestres de un tono rosa encendido —cortadas por ella misma del jardín exterior, desafiando el protocolo de mantenimiento— rompió la estética de la fortaleza. El aroma dulce, silvestre y humanizado de las flores inundó el aire de inmediato, desplazando el olor a ozono y limpiadores químicos que solía caracterizar el búnker del lobo gris.

​No se detuvo ahí. De la segunda caja, Leonela extrajo dos cuadros pequeños enmarcados en madera clara: acuarelas pintadas por ella durante los años de esplendor de la textilera, explosiones de tonos amarillos, verdes y azules que retrataban paisajes abstractos llenos de luz viva. Caminó descalza sobre el granito negro pulido a espejo, sintiendo el frío de la piedra en las plantas de sus pies, y apoyó los cuadros directamente sobre la consola de acero donde Gael solía revisar los informes encriptados. La simetría muerta de la mansión acababa de ser profanada por las reglas de la leona.

​Un crujido imperceptible en la grava exterior precedió a la apertura de las puertas dobles de hierro forjado.

​Gael entró en el salón con su zancada lenta y depredadora. Vestía un traje de sastre gris oscuro y una camisa negra de lino de cuello rígido desprovista de corbata, revelando la musculatura potente de su cuello y el nacimiento de su pecho firme. Traía consigo el olor metálico del salitre del muelle y la pesadez de las reuniones de negocios, pero su presencia animal se detuvo en seco al cruzar el umbral. Sus ojos grises, fijos y fúnebres, barrieron el salón, registrando de inmediato la anomalía cromática.

​Las rosas de un rosa encendido y los cuadros de colores vibraban como una declaración de insubordinación en medio de su imperio de piedra.

​La señora Ortega, que venía dos pasos detrás de él con la tableta digital, palideció al instante, retrocediendo hacia el pasillo con la prisa militar de quien anticipa una resolución mortal por parte del titán. Santiago, detectando el cambio atmosférico, abrazó su mochila de dinosaurios verde brillante y miró a Gael desde el sofá de cuero minimalista.

​Gael caminó hacia la repisa de mármol, ignorando las pantallas de datos que parpadeaban en su muñeca. Se detuvo a escasamente un palmo del ramo de rosas. Su máscara de granito experimentó una contracción sutil; sus pupilas se dilataron al inhalar el aroma dulce que desafiaba el sándalo y el tabaco caro de su propia piel.

​—Te di instrucciones específicas sobre la estética de las áreas comunes, Leonela —dijo Gael. Su barítono profundo bajó a un siseo bajo, una franqueza cortante que cruzó el espacio del salón con una lentitud tortuosa—. La prensa internacional ingresará a esta propiedad el martes por la tarde. No permito desorden visual en los balances de mi imagen pública.

​Leonela no retrocedió ni un milímetro. Avanzó hacia él con un andar rítmico que hizo flotar la seda de su blusa rosa, deteniéndose tan cerca que el calor abrasador que emanaba del cuerpo del gigante corporativo la envolvió por completo. La proximidad física reactivó la estática pesada de la noche anterior; la tensión sensorial en la habitación se volvió asfixiante, una mezcla de deseo absoluto y hostilidad contenida que les entorpeció el juicio a ambos.

​—Las fotografías de la legitimidad mostrarán que aquí vive una familia real, Vancini, no un conjunto de robots de tu junta directiva —replicó ella, ladeando el rostro para sostenerle la fijeza de sus ojos oscuros. Su voz, un hilo de seda afilado, no admitió réplicas—. Firmé el contrato matrimonial para proteger la respiración de mi hijo, no para ser una prisionera silenciosa en tu mausoleo de granito. Si quieres que los jueces de comercio crean que este matrimonio es verdadero, tendrán que ver que la leona ha dejado su rastro en las paredes. Esos cuadros se quedan. Esas rosas se quedan. Y mi hijo usará los colores que le dé la gana en tu salón.

​Gael inclinó su cuerpo masivo hacia adelante, reduciendo el perímetro de seguridad entre ambos hasta que sus labios quedaron a milímetros de los de ella. Su mirada devoradora descendió por la palidez de su cuello, deteniéndose en el pulso rápido que latía con fuerza salvaje en su garganta, delatando que, a pesar de su orgullo inquebrantable, la proximidad biológica del lobo provocaba una pulsación líquida en su vientre. Extendió una mano larga, con dedos fuertes y curtidos por el control de las terminales, y rozó con la yema de su índice la tela rosa de su hombro, bajando lentamente por la curva de su brazo hasta presionar su muñeca con suavidad implacable.

​El contacto biológico encendió la adrenalina de ambos. La piel erizada de Leonela reaccionó al calor de sus dedos, una confesión física de atracción trágica que alimentó los celos posesivos que Gael ocultaba tras su rigidez corporativa.

​—Estás desafiando el orden que mantiene a tu deudor fuera de la ciudad, Leonela —siseó Gael, su aliento con sabor a tabaco rozando su boca oscurecida—. Esta casa de piedra es una fortaleza perimetral por una razón. El gris es seguridad. Los colores atraen a los buitres que buscan una debilidad en mis balances. Al cambiar mis espacios, estás abriendo una grieta en la red de acero que protege a tu príncipe.

​—Los monstruos no entran por el color de las paredes, Gael; entran por el aislamiento de los hombres que viven dentro —respondió ella, su franqueza cortante golpeando el centro de la soberbia del titán—. Ayer tu fuerza brutal y eficiente detuvo a Julián en el jardín de invierno, es cierto. Pero anoche, el guerrero tuvo que arrodillarse en la cama de mi hijo porque tus pantallas de alta tecnología no sabían cómo apagar una pesadilla. No le tengo miedo a tu rigor, y no voy a permitir que transformes a Santiago en un maniquí gris para la comodidad de tus fotógrafos. Si vas a poseerme por firma, tendrás que aceptar el incendio que traigo conmigo.

​Gael la observó con una devoción oscura, una fijeza pesada que demostraba que la audacia de la mujer lo encendía más que cualquier sumisión contractual. Se había acostumbrado a que su entorno doblara las rodillas ante su resolución mortal, pero Leonela lo radiografiaba con una nitidez humanizada que desarmaba sus manuales de estrategia naviera. Sus dedos apretaron la muñeca de ella un segundo más, registrando el latido desbocado de su corazón, antes de soltarla con una lentitud tortuosa que dejó la piel de la mujer ardiendo en medio del salón gélido.

​Gael se erigió de nuevo, recuperando su estatura imponente frente a la repisa de mármol. Miró a Santiago, que continuaba observándolos desde el sofá con la mochila de dinosaurios sobre las rodillas, y luego regresó sus ojos grises a las rosas de un rosa encendido.

​—La señora Ortega se encargará de que las flores frescas se mantengan en ese tarro rústico —ordenó Gael, y su barítono recuperó la rigidez cortante con la que manejaba las crisis del puerto—. Pero los cuadros de madera clara se trasladarán a la pared lateral, fuera del encuadre directo de la cámara principal de la prensa. Ese es mi margen de beneficio en esta ronda, leona. No tientes a la suerte perimetral antes de que el fideicomiso del muelle 14 esté completamente encriptado.

​Leonela sonrió con una mueca sombría y cínica, reconociendo la victoria táctica en medio de su cautiverio de cristal. Sabía que había obligado al lobo gris a ceder un trozo de su fortaleza perfecta, meticulosa y oscura.

​—Es un trato aceptable, Vancini —sentenció ella, dándole la espalda con un movimiento fluido que hizo crujir la seda rosa viejo de su blusa—. El martes verás a la esposa que legitima tu apellido ante los fotógrafos, pero hoy, recuerda que el orden de tu imperio ahora incluye mis rosas.

La imagen de Gael Vancini abandonando el salón hacia el coche blindado que lo esperaba en la entrada, con la mandíbula tensa y las manos cerradas en puños, mientras el aroma a flores silvestres permanecía flotando en el granito negro pulido como la firma invisible de las nuevas reglas de la leona. La mudanza se había estabilizado; la jaula de cristal seguía en pie, pero las grietas de color que Leonela acababa de abrir en los muros de acero demostraban que, en el juego de sumisiones de la mansión, el monstruo ya no era el único que dictaba las condiciones de la cohabitación forzosa.

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Celina Espinoza
sgddyf HH cfffnfdgñhcefghXfdsjxdhvcczdg.vccfbmbcfssgmvxfdhojcdtlnvzxfhvnx
neumidia ruiz
listo Gael el niño ya toco tu corazón no te hagas el duro
neumidia ruiz
esta muy interesante 👍 pinta buena
Celina Espinoza
super buena 🙏🥰
valeska garay campos
se lee interesante 👀
celimar
exelente capitulo 🥰👏👏
Joanny Millán
me encanta 😍
Fernanda
👍👍 excelente
Celina Espinoza
exelente capitulo 🥰🥰
Fernanda
es increíble el nene con cada pregunta 👍👏y Gael siempre queda 🤭
Fernanda
👍👍👏
Celina Espinoza
me encanta cada episodio 👏🥰y cada interacción de el niño me muero
Fernanda
me encanta santiago siempre tiene una nueva curiosidad 👍🥰
celimar
me encanta como Santiago entra como dueño de su casa 🤭🥰y pone a Gael nervioso con cada pregunta 🥰
celimar
exelente 👏🥰me gusta
Fernanda
👍👍❤️
celimar
me gusta tu historia gracias por compartirla 👏🥰
Fernanda
👍👍🥰
Fernanda
el niño es muy curioso 🥰☺️🤭le da el toque de humanidad al prota
Celina Espinoza
👏🥰gracia me gusta tu historia
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