Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 13: El Susurro de la Pólvora
El estruendo de la primera granada aturdidora retumbó en las paredes de concreto de la bodega, haciendo que el polvo del techo cayera como nieve sucia sobre los servidores de Maira. El olor a ozono y a pólvora inundó el aire en un segundo.
—¡Están rompiendo el perímetro norte! —gritó Valeria, deslizándose tras una columna de acero mientras abría fuego con una precisión quirúrgica. Las ráfagas de su fusil eran el único ritmo en medio del caos—. ¡Leni, saca a tu mamá de aquí ya mismo!
Elena Vargas no respondió con palabras. Sus ojos, negros por la adrenalina, estaban fijos en la pequeña habitación improvisada donde Beatriz empezaba a removerse. La mujer, pálida y frágil, abrió los ojos de par en par. El ruido de los disparos parecía estar activando cortocircuitos en su mente fracturada por veinte años de encierro.
—¡Maira, el protocolo de borrado! —ordenó Elena, mientras cargaba a su madre en brazos. El cuerpo de Beatriz pesaba poco más que un suspiro, una prueba viviente de la crueldad de Morgana.
—¡Casi listo! ¡Solo denme treinta segundos más! —respondió Maira, con los dedos volando sobre el teclado mientras las balas golpeaban las cajas metálicas a su alrededor.
De repente, la puerta principal de la bodega fue arrancada de sus bisagras. Silas Vane entró caminando entre el humo, con su cicatriz brillando bajo las luces de emergencia rojas. No parecía un hombre, sino una máquina de guerra. A su lado, cuatro mercenarios de élite flanqueaban su avance.
—Elena... —la voz de Silas era un ronquido metálico que atravesaba el ruido—. La matriarca quiere su dinero de vuelta. Y yo quiero tu cabeza como trofeo.
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Justo cuando Silas levantaba su arma, Beatriz, apoyada contra el pecho de Elena, soltó un grito desgarrador que detuvo el tiempo. No fue un grito de miedo, fue un grito de reconocimiento. Sus ojos se fijaron en Silas, pero su mente estaba en otro lugar.
—¡No fue el dinero!—chilló Beatriz, con una fuerza que nadie esperaba de sus pulmones marchitos—. ¡No fue por el dinero, Antonio! ¡Fue por el mapa de las Esmeraldas de Sangre!
Elena se quedó helada. ¿Esmeraldas de Sangre? El diario no mencionaba eso. Silas, por primera vez, vaciló, y esa duda fue su error. Una granada de humo estalló justo entre los dos bandos, pero no venía de Valeria.
Una mano enguantada y firme agarró a Elena por el hombro y la jaló hacia la oscuridad de los túneles de refrigeración. El aroma a sándalo y tormenta la golpeó antes de que pudiera atacar. Era Samael.
—Si te quedas aquí, Silas los mata a todos —susurró Samael cerca de su oído, su voz era una orden cargada de una dominación que ella no podía ignorar—. Dame a tu madre. Val y Maira ya están saliendo por el ducto sur. ¡Muévete, Leni!
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Media hora después, tras una huida frenética por los alcantarillados industriales, llegaron a un piso franco de Samael, un apartamento minimalista y blindado en lo más alto de una torre empresarial. Beatriz había sido instalada en una habitación médica con tecnología de punta, bajo el cuidado de un médico de absoluta confianza de Samael.
Elena estaba en la estancia principal, mirando la ciudad a través de los cristales reforzados. Estaba cubierta de hollín, sangre ajena y sudor. La rabia le vibraba en los pómulos altos, y cuando escuchó los pasos de Samael detrás de ella, se giró con el cuchillo en la mano.
—¿Esmeraldas de Sangre, Samael? —le espetó, su voz afilada como el acero—. ¿Tu familia mató a la mía por unas malditas piedras?
Samael no retrocedió. Se acercó a ella, ignorando el arma, hasta que su pecho rozó la punta de la daga. Su imponente altura de 1.90 metros la rodeó, atrapándola entre su cuerpo y el ventanal.
—Mi madre no busca dinero, Elena. Busca el yacimiento original que tu padre descubrió. Un lugar que no figura en los mapas oficiales —dijo él, su mirada gris acero volviéndose azul tormenta—. Y ahora que Beatriz ha hablado, Morgana no se detendrá ante nada.
Samael le arrebató el cuchillo con un movimiento tan rápido que Elena ni siquiera pudo reaccionar, y lo tiró al suelo. La agarró de la nuca, obligándola a mirarlo. La tensión sexual, alimentada por el miedo a morir y el odio más profundo, estalló como un volcán.
Él la besó con una pasión salvaje, una mezcla de hambre y posesividad que buscaba silenciar sus preguntas. Elena respondió con la misma ferocidad, desgarrándole la camisa negra, queriendo sentir el calor de su piel marcada. Samael la alzó por los muslos, sentándola bruscamente sobre una mesa de mármol frío que contrastaba con el fuego que emanaba de ellos.
Samael se situó entre sus piernas, abriéndolas con una dominación absoluta que no dejaba lugar a dudas sobre quién tenía el control en ese momento. Con un movimiento brusco, bajó el cierre de su traje táctico, liberando sus pechos firmes. Sus manos grandes y de dedos largos recorrieron su torso, apretando su cintura antes de bajar a su intimidad, que ya estaba empapada y palpitante.
—Odiame todo lo que quieras, Elena —susurró él contra sus labios, su aliento caliente quemándola—, pero no me digas que no eres mía en este momento.
Él la penetró de una sola embestida, profunda y poderosa, que le arrancó a Elena un grito que se perdió en la boca de Samael. El ritmo fue violento, un choque de cuerpos atléticos que buscaban una tregua en medio de la guerra. Elena rodeó su cintura con las piernas, enterrando las uñas en sus hombros anchos, sintiendo cada músculo de Samael trabajando contra ella. La dominación de Samael era total; la sujetaba por las muñecas, obligándola a recibir cada una de sus estocadas, mientras ella arqueaba la espalda, entregada a un placer que rayaba en la agonía.
El sudor brillaba en sus cuerpos bajo la luz tenue de la ciudad. Los gemidos de Elena se volvieron súplicas roncas, pidiendo más, necesitando perderse en esa oscuridad compartida. El clímax los alcanzó con una fuerza devastadora, un estallido de sensaciones que los dejó temblando y exhaustos sobre el mármol, unidos por un lazo de sangre y deseo que ninguno de los dos podía romper.
Minutos después, Elena se vestía en silencio, recuperando su máscara de gema tallada para cortar. Samael la observaba desde las sombras, con la mandíbula cuadrada todavía tensa.
—Beatriz sabe dónde están las esmeraldas —dijo Elena, su voz volviendo a ser de hielo—. Y si ella lo sabe, Morgana no la quiere viva para interrogarla. La quiere viva para que la guíe.
—Entonces ya no puedes confiar en nadie —respondió Samael, entregándole un nuevo comunicador—. Ni siquiera en tus amigas. Morgana tiene infiltrados en todos lados.
De repente, la puerta de la habitación médica se abrió. El doctor salió con el rostro pálido.
—Señor Blackwood... la paciente. Ha entrado en un estado de lucidez reactiva. Está pidiendo hablar con "el heredero del traidor".
Elena miró a Samael. ¿El heredero del traidor? ¿Se refería a Samael o a su padre, Antonio?
—Es hora de que escuches el resto de la historia, Elena —dijo Samael, extendiéndole la mano—. Pero una vez que entres por esa puerta, el odio que me tienes será lo único que te mantenga en pie.