Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
NovelToon tiene autorización de EJ CB para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El eco de la vida en el hielo
La mansión de Alistair Vance no era un hogar; era un panteón de perfección técnica y lujo gélido. Tras la confesión de Evie, el aire en la residencia parecía haber cambiado, volviéndose más denso, más cargado de una vigilancia que no daba tregua. Alistair no la dejaba sola ni un segundo, y cuando lo hacía, era bajo la mirada de tres enfermeras privadas y un equipo de seguridad que custodiaba hasta la puerta del baño.
Evie se sentía como un pájaro con las alas cortadas en una jaula de diamantes. Se pasaba las horas mirando por los ventanales reforzados, viendo la ciudad que antes recorría con su cámara y que ahora le parecía un planeta lejano. Su cara estaba apagada, y sus rizos negros caían sin brillo sobre sus hombros, como si su propia vitalidad se estuviera drenando hacia el pequeño ser que crecía en su interior.
—Prepárate, Evie. El doctor Sterling llegará en diez minutos —la voz de Alistair resonó desde el umbral de la suite.
Él no preguntaba; ordenaba. Vestía un traje de lino gris que acentuaba su figura imponente, y sus ojos negros ardían con una intensidad nueva, una mezcla de triunfo y una curiosidad casi infantil que intentaba ocultar tras su máscara de "El Ejecutor".
—No quiero que tus médicos me toquen, Alistair —respondió ella, sin girarse—. Ya fui a un médico de verdad en el pueblo. Mi hijo está bien. Déjanos en paz.
Alistair caminó hacia ella, sus pasos silenciosos sobre la alfombra persa. La tomó por los hombros y la giró para que lo mirara. Su toque era firme, posesivo, pero había una extraña reverencia en la forma en que sus pulgares acariciaban su piel.
—Es mi hijo, Evie. Y quiero verlo. Quiero escuchar su corazón en mi casa, bajo mis reglas. No volverás a pisar una clínica pública ni a ser atendida por desconocidos.
El doctor Sterling, el médico de cabecera de la familia Vance, instaló un equipo de ecografía de última generación en la sala médica privada de la mansión. Todo era blanco, estéril y tecnológicamente perfecto. Evie fue obligada a recostarse en la camilla, sintiéndose expuesta y humillada. Alistair se mantuvo de pie a su lado, con los brazos cruzados, observando cada movimiento del médico como si fuera un halcón protegiendo su nido.
—Por favor, señorita Morales, suba un poco su blusa —dijo el doctor con un tono profesional pero distante.
Evie obedeció lentamente. Alistair contuvo el aliento al ver la piel canela de su vientre, apenas empezando a curvarse. Era la primera vez que lo veía sin la distracción de la pelea o la huida. Se veía tan frágil y, al mismo tiempo, tan poderosa. El gel frío hizo que Evie se estremeciera, y por un momento, sus ojos café buscaron los negros de Alistair en un gesto de puro desamparo.
El monitor se encendió, llenando la habitación con una luz azulada. El doctor movió el transductor con destreza hasta que, de repente, una forma pequeña y granulada apareció en la pantalla.
—Ahí está —anunció el doctor—. Diez semanas y cuatro días. El desarrollo es perfecto.
Entonces, el sonido llenó la sala. Tun-tun, tun-tun, tun-tun.
Era un latido rápido, vigoroso, un tambor de guerra en medio de la paz forzada. Evie cerró los ojos y dejó que las lágrimas resbalaran por sus sienes. Era el mismo sonido que había escuchado en el pueblo, pero ahora, con Alistair presente, el sonido parecía reclamarla de nuevo para el mundo de él.
Alistair se inclinó hacia la pantalla, su rostro perdiendo por un segundo toda su dureza. Sus ojos negros se humedecieron, aunque no permitió que ninguna lágrima cayera. Extendió una mano y, con una delicadeza que Evie no creía que poseyera, tocó la pantalla justo sobre la pequeña mancha que representaba a su heredero.
—Es real... —susurró él, y su voz vibró con una emoción tan pura que a Evie le dolió el pecho—. Mi sangre. Mi vida.
El doctor se retiró tras imprimir unas imágenes, dejando a la pareja a solas en la penumbra de la sala médica. Evie se limpió el gel con manos temblorosas y se bajó la blusa, intentando recuperar su armadura de frialdad. Pero Alistair no se movió. Se sentó en el borde de la camilla y tomó la mano de ella, entrelazando sus dedos largos con los de ella.
—¿Ves esto, Evie? —dijo él, señalando las fotos térmicas que descansaban sobre la mesa—. Este niño no es un error. No es algo que puedas ocultar en una granja con un desconocido. Es el futuro de todo lo que he construido. Es la razón por la que te traje de vuelta.
—Lo trajiste de vuelta para poseerlo, Alistair. Como me posees a mí —respondió ella, retirando su mano con amargura—. No lo amas. Amas el hecho de que es tuyo. Amas que ahora tienes una cadena más fuerte que cualquier contrato para mantenerme aquí.
Alistair se puso en pie, su sombra proyectándose sobre ella como una torre. Su expresión volvió a endurecerse, el breve momento de ternura desapareciendo tras el cristal de su arrogancia.
—Si una cadena es lo que se necesita para que dejes de huir, que así sea. No me importa que me llames ogro, ni me importa que me odies cada vez que me miras. Pero ese niño nacerá con mi apellido, heredará mi imperio y nunca sabrá lo que es pasar hambre o miedo en una cabaña de mala muerte.
—Tendrá miedo de ti —sentenció Evie—. Tendrá miedo de ver cómo su padre trata a las personas como si fueran piezas de ajedrez.
Alistair se inclinó sobre ella, atrapándola contra la camilla. Sus rostros estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban. Por un segundo, Evie sintió el impulso de besarlo, de perdonarlo todo solo para detener el dolor, pero el recuerdo de Sloane y de la persecución de Asher la mantuvo firme.
—Aprenderá a ser como yo, Evie. Fuerte, inquebrantable... y capaz de proteger lo que ama a cualquier precio —Alistair le dio un beso casto en la frente, un gesto que se sintió como una marca de propiedad—. Descansa. Mañana vendrá un decorador. Quiero que la habitación del bebé sea la más impresionante que se haya construido jamás. No escatimaré en gastos para mi hijo.
—Él no necesita oro, Alistair. Necesita una madre que no sea una prisionera —dijo ella al aire, mientras él salía de la habitación con paso firme.
Evie se quedó sola, con el eco del latido de su hijo aún resonando en su mente. Miró las fotos de la ecografía y las apretó contra su pecho. Tenía al enemigo en casa, y el enemigo ahora tenía una razón sagrada para no dejarla ir jamás. La batalla por la libertad de su hijo acababa de subir de nivel; ya no era una huida física, sino una guerra psicológica por el alma del bebé que Alistair Vance ya consideraba su posesión más valiosa.