dioses, vampiros y amor
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capitulo 11: la armadura de la empatía
Los días siguientes en el JNC fueron una anomalía. El Equipo 7 se había convertido en el núcleo de una energía extraña y vibrante. Donde antes había pasillos gélidos y miradas de sospecha, ahora había risas. Alfred buscaba la compañía de Eduard; Mizuki y William compartían tácticas como si fueran amigos de toda la vida, y Minori encontraba en la seriedad de Yaquimura y el fuego de Ana un equilibrio perfecto.
Incluso Shion se permitía sonreír, aunque sentía el peso de la mirada de Ana. La chica no podía ocultar su resentimiento al ver cómo los ojos de Usui —normalmente vacíos o burlones— buscaban a Shion con una intensidad que nunca le había dedicado a nadie.
Usui, por su parte, estaba en conflicto. Esa tarde, cuando lo invitaron a beber, su primer instinto fue buscar a Shion. Pero al recordarla bajo la luna, tan antigua y lejana, sintió un miedo que no supo nombrar. Aceptó la invitación, resignado a terminar la noche en brazos de cualquier desconocida para intentar apagar el incendio que Shion había encendido en su pecho. Quería alejarse, pero cada paso que daba hacia afuera lo empujaba más hacia ella.
El escape a la realidad
Mientras los Namikaze se quedaban en el complejo por un compromiso con su padre, los hermanos y el Trío de Oro decidieron salir. Querían aire puro, lejos de los sensores y las misiones.
Se sentaron en un restaurante elegante, rodeado de mansiones. William y Eduard, relajados por primera vez, hablaron de sus familias: imperios económicos que servían de fachada para su labor de protección mundial. Eran herederos de oro, pero esclavos del deber.
—Te odio, ¿lo sabes? —soltó Ana de pronto, mirando a Shion con los ojos encendidos.
Shion dejó su bebida y la miró con una calma que desarmaba.
—Está bien si lo haces —respondió Shion con voz suave—. No pasa nada. A mí me caes bien, Ana.
Esa falta de resistencia enfureció a Ana más que cualquier insulto. No sabía cómo pelear contra alguien que te ofrecía paz en lugar de guerra.
Fantasmas del pasado
La tranquilidad se rompió cuando un grupo de jóvenes de una academia de élite entró al lugar. Al ver a William, Eduard y Ana, sus rostros se transformaron en máscaras de crueldad. Eran sus antiguos compañeros de escuela.
—Vaya, miren quiénes están aquí —dijo el líder del grupo, acercándose con arrogancia—. Los raritos que desaparecieron. ¿Todavía recuerdan cómo nos divertíamos con ustedes? ¿O necesitan que les refresquemos la memoria?
El Trío de Oro se quedó paralizado. En sus mentes, los recuerdos de ropas rotas, pertenencias robadas y humillaciones públicas regresaron como una marea negra. A pesar de ser ninjas capaces de matar, el trauma de su vida "normal" los mantenía encadenados. No podían responder; la jerarquía social de su pasado era una prisión más fuerte que cualquier celda del JNC.
—¿No vas a decir nada, Ana? —dijo uno de los chicos, extendiendo la mano para tocar su cabello de forma humillante—. Siempre fuiste tan frágil...
Antes de que sus dedos rozaran un solo mechón, una mano de hierro cerró sobre su muñeca. Shion se había levantado. Su mirada era un témpano de hielo carmesí.
—No la toques —ordenó Shion. La temperatura del restaurante pareció bajar diez grados.
William instintivamente agarró del brazo a Ana y a Eduard, un gesto de protección que nació del miedo, pero los hermanos de Shion se pusieron en pie como una muralla.
—¿"Divertirse"? —dijo Mizuki, caminando hacia los bravucones con una sonrisa que ya no tenía nada de humana—. Me encantaría ver cómo se divierten ahora.
Los chicos de la academia, sintiendo un peligro depredador que no podían entender, retrocedieron. Shion los encaró, paso a paso, hasta que el miedo los obligó a huir del restaurante sin mirar atrás.
El Clic de la Eternidad
El silencio que quedó era pesado. William y Eduard intentaron balbucear una explicación, avergonzados de haber mostrado debilidad frente a los "plebeyos". Pero Mizuki los cortó con una palmada en el hombro.
—No hace falta explicarse —dijo Mizuki con sinceridad—. Tranquilos, somos amigos. Y los amigos no juzgan las cicatrices de los demás.
Minori tomó la mano de Ana, transmitiéndole una calidez que calmó su temblor.
—A veces, las batallas más difíciles son las que libramos antes de saber quiénes somos realmente —susurró Minori.
Shion los observó a los tres. En ese momento, en su mente de Caballero, dejó de verlos como reclutas o rivales. Los reconoció como familia. En su fuero interno, hizo un juramento: los protegería no solo de los dioses y titanes, sino de sus propios miedos. Los respetaba profundamente por haber sobrevivido a esa crueldad siendo solo humanos.
En ese instante de conexión pura, algo sucedió.
Lejos, en las profundidades del bosque o quizás en las dimensiones del Olimpo, algo sonó. Un clic. Como si un engranaje gigante de un reloj cósmico finalmente hubiera encajado. Todos en la mesa sintieron una vibración en sus huesos, un eco de sus armas despertando en algún lugar del JNC.
El tiempo de la "felicidad" se estaba agotando. El destino acababa de cerrar la puerta, y ahora, ya no había vuelta atrás.