Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 24
Ayslan compró el pasaje sin pensarlo demasiado.
No eligió destino por sueño, ni por voluntad antigua. Eligió por instinto. Cualquier lugar serviría, siempre y cuando estuviera lo suficientemente lejos para que nadie las encontrara. Siempre y cuando fuera seguro. Siempre y cuando le diera tiempo.
El avión cortaba el cielo mientras ella observaba las nubes por la ventana, una mano protegiendo el vientre, la otra sosteniendo la de la abuela con cariño.
—Todo va a estar bien, abuela —dijo, más para sí misma que para Daniela.
Daniela sonrió, serena.
—Ya está mejorando, mi hija. Solo por estar juntas, ya está todo bien.
El destino fue Foz do Iguaçu.
Tan pronto como desembarcaron, Ayslan sintió algo diferente en el aire. Tal vez fuera la tranquilidad del lugar, tal vez el hecho de estar lejos de todo lo que la había lastimado. Tomaron un taxi y fueron directo a un hotel sencillo, pero confortable.
En aquella primera noche, Ayslan casi no durmió.
No por miedo.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, el silencio no dolía.
En los días siguientes, ella comenzó a buscar una casa. No quería nada grande. No necesitaba lujo. Quería apenas un lugar donde ella y la abuela pudieran vivir con dignidad, paz y seguridad.
Encontró rápido.
Una casa nueva, clara, ya amueblada. Dos habitaciones, una pequeña terraza, cocina funcional y un patio donde Daniela podría sentarse al sol en las mañanas tranquilas.
Cuando Ayslan abrió la puerta por primera vez, sintió los ojos llenarse de lágrimas.
—Es aquí… —murmuró—. Es aquí donde vamos a quedarnos.
Daniela caminó despacio por la casa, tocando los muebles, observando todo con atención.
—Es acogedor —dijo—. Tiene olor a comienzo.
Mientras organizaban las pocas maletas, Ayslan decidió contarlo todo.
Se sentaron a la mesa de la cocina, con té caliente entre ellas, y Ayslan abrió el corazón. Habló de Álvaro. Del matrimonio. Del contrato. Del dolor. Del cambio. De la recaída. Del miedo que la hizo huir.
Daniela escuchó en silencio.
Cuando Ayslan terminó, esperaba juicio. Tal vez reprobación.
Pero la abuela apenas suspiró.
—Él sufrió demasiado —dijo, con tristeza—. No es un hombre malo. Es un hombre roto.
Ayslan sintió el pecho apretarse.
—Lo sé, abuela… —respondió—. Y fue eso lo que más dolió.
Daniela sujetó las manos de la nieta.
—Tengo esperanza —dijo, con convicción—. Esperanza de que un día él consiga curarse. Y que ustedes puedan vivir ese amor bonito que es tan visible cuando están juntos.
Ayslan bajó la mirada, emocionada.
—Tal vez un día… —murmuró.
Tan pronto como terminaron de instalarse, Daniela se sentó en el sillón próximo a la ventana, observando la luz entrar por la casa nueva.
—Aun con todo lo que pasó… —dijo, con la voz firme— estoy agradecida contigo. Y con Álvaro también.
Ayslan se giró, sorprendida.
—¿Agradecida?
—Sí —Daniela sonrió—. Hoy, a los setenta años, soy una mujer con salud. Camino, duermo sin dolor, respiro sin sufrimiento. Y eso se lo debo a ustedes dos.
Las lágrimas corrieron por el rostro de Ayslan.
—Yo solo quería verte bien, abuela.
—Y lo conseguiste —respondió Daniela—. Ahora es tu turno de estar bien.
En aquella casa, simple y silenciosa, ellas comenzaban una nueva vida.
Ayslan sabía que, por ahora, no necesitaría trabajar. Tenía cómo mantenerse. Tenía tiempo para cuidar del embarazo, de la abuela y de sí misma.
Pero también sabía:
Tan pronto como el bebé naciera, ella iría a trabajar. Construir algo propio. Ser independiente. Fuerte.
Porque aquella fuga no era un fin.
Era un intervalo necesario.
En aquella noche, Ayslan se acostó en la cama nueva, sintiendo al bebé moverse suavemente.
—Aquí estamos seguros —susurró—. Lo prometo.
Del otro lado del país, un hombre luchaba para curarse.
Y allí, en Foz do Iguaçu, comenzaba una historia paralela—
hecha de silencio, esperanza y recomienzo.
Una historia que aún no había terminado.
Los días en Foz do Iguaçu comenzaron a ganar un ritmo propio.
Nada de prisa.
Nada de miedo.
Ayslan se despertaba temprano, casi siempre antes del despertador. Le gustaba abrir la ventana y dejar el aire fresco entrar en la habitación. El silencio de la mañana ya no la asustaba —al contrario, traía una sensación de acogimiento.
—Buenos días, mi amor… —susurraba, pasando la mano por el vientre que comenzaba a despuntar de forma suave.
El bebé respondía con pequeños movimientos, delicados, como si reconociera la voz de la madre.
Daniela también se había adaptado rápidamente a la nueva rutina. Todas las mañanas, caminaba despacio por el patio, apoyada en un bastón ligero solo por precaución, más por costumbre que por necesidad.
—Nunca pensé que a los setenta años fuera a volver a sentir ganas de vivir así… —decía, sentándose al sol—. Sin dolor. Sin prisa. Sin miedo.
Ayslan observaba a la abuela con el corazón lleno.
Era por aquello que todo había valido la pena.
Después del desayuno, Ayslan organizaba la casa, lavaba ropa, cuidaba de las pequeñas plantas que comenzaba a cultivar en la terraza. Había descubierto un placer simple en cosas que antes pasaban desapercibidas.
A veces, se detenía en medio de la cocina, sentía una leve náusea o un mareo pasajero, pero luego respiraba hondo y sonreía.
—Calma… —se decía a sí misma—. Estamos bien.
Las consultas del prenatal comenzaron a formar parte de la rutina. El médico era atento, tranquilo, explicaba todo con paciencia. Cada examen traía alivio.
—Está todo perfecto con el bebé —dijo él en una de las consultas—. Embarazo saludable. Continúe así.
Ayslan salió del consultorio con lágrimas en los ojos.
Perfecta.
Ella nunca imaginara oír aquella palabra asociada a la propia vida.
Por la noche, se sentaba con Daniela en la sala. Asistían a telenovelas antiguas, conversaban sobre el pasado, sobre el futuro, sobre nombres posibles para el bebé.
—¿Si es niña? —Daniela preguntó cierta vez.
—Aún no he pensado —Ayslan sonrió—. Quiero esperar a sentir.
—¿Y si es niño?
Ayslan quedó en silencio por algunos segundos.
—Quiero que él sea libre —respondió—. Libre del peso del pasado.
Daniela sujetó la mano de la nieta con cariño.
—Estás haciendo todo diferente, mi hija.
A veces, cuando la casa ya estaba silenciosa y Daniela dormía, Ayslan se permitía pensar.
Pensaba en Álvaro.
No con rabia.
No con dolor intenso.
Pensaba con una nostalgia contenida, silenciosa, casi tímida.
Recordaba los momentos buenos. Del modo como él la observaba cuando creía que ella no estaba viendo. Del cuidado reciente. De las tentativas.
—Espero que te estés curando… —murmuraba, mirando hacia el techo—. De verdad.
Pero no lloraba más como antes.
Ayslan comenzaba a entender que amar a alguien no significaba perderse.
El embarazo avanzaba, y con él venía una fuerza nueva. El cuerpo cambiaba, el corazón también. Ella ya no se sentía aquella chica frágil que aceptara un contrato por desesperación.
Ahora, era madre.
Y eso cambiaba todo.
—Vamos a estar bien —dijo cierta noche, acariciando el vientre—. Aunque el mundo intente decir lo contrario.