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Siempre Te Espere

Siempre Te Espere

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia / Pareja destinada
Popularitas:589
Nilai: 5
nombre de autor: sarais

novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero

NovelToon tiene autorización de sarais para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

verdades contenidas

La sala de la casa de Diego estaba en silencio, pero no en calma.

Diego caminaba de un lado a otro con las manos en la cintura.

Eros permanecía de pie junto a la ventana, tenso.

Aslan estaba sentado, inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas.

Nehemia y Marian intercambiaban miradas cargadas de preocupación.

La frustración era un peso compartido.

No podemos hacer nada si ella no habla —dijo Nehemia finalmente.

—Lo sé —respondió Diego con voz grave—. Legalmente, sin una declaración directa… todo es suposiciones.

Eros apretó los puños.

—No son suposiciones.

Aslan lo miró con firmeza.

—Lo son ante la ley.

El silencio volvió a caer.

Marian rompió la quietud con un suspiro.

La vi hoy… —su voz se quebró apenas—. Está más delgada. Más callada.

Diego cerró los ojos un instante.

—Le pregunté directamente si Franco la maltrataba.

Eros levantó la cabeza de inmediato.

—¿Y?

—Dijo que no.

Una risa amarga escapó de Aslan.

—Claro que dijo que no.

—La conozco —añadió Diego—. Me mintió.

Eros dio un paso hacia el centro de la sala.

Entonces saquémosla de ahí.

—¿Y después qué? —replicó Nehemia—. ¿Sin pruebas? ¿Sin que ella lo confirme? Franco la acusaría de abandono, de manipulación, de cualquier cosa.

Marian se llevó la mano al pecho.

—Está atrapada.

Diego negó lentamente.

—No. Está protegiendo algo.

Eros bajó la mirada.

Sabía qué era ese “algo”.

Hasta que ella no decida decir la verdad —concluyó Aslan—, estamos atados de manos.

La impotencia se sintió más fuerte que cualquier grito.

______________

Esa misma tarde, Amber caminaba por un centro comercial con Eric en brazos.

Franco no estaba con ella, pero sí uno de los hombres que “casualmente” coincidía en varios lugares.

Lo había aprendido a ignorar.

Se detuvo frente a una tienda infantil cuando escuchó una voz suave detrás de ella.

—Amber.

Se giró lentamente.

Alana estaba a pocos pasos.

Elegante. Seria. Pero con los ojos brillando apenas.

Amber sintió que el aire le faltaba.

Señora Alana...

Alana no respondió de inmediato.

Sus ojos estaban puestos en el niño.

Eric la miraba curioso.

Y en ese instante, algo se quebró dentro de ella.

Los mismos gestos.

La misma forma de fruncir el ceño.

La misma mirada intensa que había visto en Eros cuando era pequeño.

Los ojos de Alana se humedecieron.

Pero no dijo nada imprudente.

No preguntó.

No afirmó.

Solo extendió una mano temblorosa y acarició suavemente la mejilla del niño.

—Es hermoso —susurró.

Amber tragó saliva.

—Gracias.

Alanaa levantó la vista hacia ella.

Había comprensión en su expresión. No juicio.

—Sé que todo llega en su momento.

Amber sintió un nudo en la garganta.

—No sé a qué se refiere.

Alana enbozó una leve sonrisa triste.

—Claro que lo sabes.

Miró nuevamente al niño.

—Tiene una luz especial.

Un segundo de silencio.

—Y tú eres más fuerte de lo que crees.

Amber sintió el peso de esas palabras.

Cuídalo —añadió Alana con suavidad—. Y cuídate tú.

Luego, antes de que la vigilancia pudiera interpretar algo más, se despidió con un gesto discreto y se alejó.

Amber se quedó inmóvil unos segundos.

No hubo acusaciones.

No hubo reproches.

Solo una certeza compartida en silencio.

Y por primera vez en mucho tiempo, Amber sintió que alguien entendía sin exigirle confesiones.

Pero también comprendió algo más:

Cada persona que veía a Eric reconocía lo evidente.

Y el tiempo para sostener la mentira se estaba agotando.

________________

La tarde cayó lenta, pesada.

Franco no estaba en casa.

Era una de esas raras ventanas de aire.

Y Amber lo sabía.

El timbre sonó dos veces seguidas.

Cuando abrió, se encontró con Aslan y Nehemia en la puerta, sonriendo con una naturalidad que parecía ensayada.

—Vinimos a saludar —dijo Aslan, levantando unas pequeñas bolsa con juguetes.

Amber dudó apenas un segundo, pero los dejó pasar.

Eric —su pequeño de ojos verdes ,herencia innegable de la familia paterna de Eros — soltó una risa al verlos.

Nehemia se agachó de inmediato.

—Ven acá, campeón.

El ambiente se alivió por unos minutos.

Risas infantiles.

Juguetes rodando por el suelo.

Una normalidad que Amber casi había olvidado.

Aslan la observaba en silencio desde el sofá.

Deberías venir este fin de semana —dijo finalmente, con tono suave—. A casa. Todos vamos a estar.

Amber bajó la mirada.

—No puedo.

—¿No puedes… o no te dejan?

La pregunta quedó flotando.

Amber forzó una sonrisa.

—Tengo cosas que hacer.

Nehemia intervino, más directo.

Entonces déjanos llevarnos al niño. Solo el fin de semana.

Amber negó casi de inmediato.

—Lo dudo.

—Franco no está —insistió Aslan—. Es ahora cuando se puede.

Ella sintió el pulso acelerarse.

Era tentador.

Demasiado tentador.

—No entienden —susurró—. Si se entera…

Y qué? —preguntó Nehemia, conteniendo la rabia—. ¿Va a enojarse porque su hijo pasa tiempo con la familia?

Amber no respondió.

Ese silencio fue suficiente.

Aslan se inclinó hacia ella.

—No estamos intentando quitarte nada. Solo queremos que el niño respire un poco. Que tú respires.

Amber cerró los ojos un instante.

Por un segundo imaginó el fin de semana lejos.

Sin vigilancia.

Sin tensión.

Pero la realidad regresó con la imagen de Franco recibiendo un reporte.

—No —dijo finalmente—. No puedo arriesgarme.

Nehemia apretó la mandíbula, pero asintió.

—Está bien.

Se quedaron un rato más, jugando, intentando no cargar el ambiente con la frustración que los acompañaba.

Cuando se fueron, la casa volvió al silencio habitual

Y entonces, la puerta se abrió con brusquedad una hora después.

Franco.

Su expresión ya estaba cargada.

—¿Quién estuvo aquí?

Amber sintió el frío recorrerle la espalda.

—Aslan y Nehemia y no entiendo por qué preguntas si es lógico que ya lo sabes .

—¿Para qué?

—A ver al niño.

Franco lanzó las llaves sobre la mesa.

—¿Y tú los dejas entrar así como si nada?

Son mi familia Franco y si quieres que está porquería parezca normal deberías de aceptar que los tengo que recibir

—No son tu familia. Son personas que están esperando que cometas un error.

Amber intentó mantener la calma.

—Solo vinieron a jugar con él es tu problema si quieres ver fantasma dónde no los hay , aquí la única que persona que no es mi familia eres tú es que no te confundas.

Franco se acercó demasiado.

—¿Intentaron llevárselo?

El silencio de Amber fue mínimo.

Pero él lo notó.

Y eso fue suficiente.

La tomó del brazo con fuerza.

—Te pregunté algo.

—no —admitió en voz baja—.

__pero preguntaron

El estallido fue inmediato.

—¡Claro que preguntaron! ¡Están desesperados por sacarlo de aquí!

La empujó hacia el sofá.

No fue una caída violenta, pero sí suficiente para marcar el límite invisible que ya había cruzado otras veces.

—No puedes decidir sobre mi hijo sin mí —continuó, alterado—. ¿Me entiendes?

Amber se incorporó despacio.

—Estas mal ellos no dijeron nada de eso estás enfermo y si es así cuál es el problema ellos si son su familia le gritó

Franco comenzó a caminar de un lado a otro, descontrolado.

—Todos creen que soy el enemigo. Que estoy reteniéndolos.

Se detuvo frente a ella.

—¿Eso es lo que dices cuando no estoy?

—No.

—¿Qué dices entonces?

Ella lo miró fijamente.

—Nada.

La respuesta lo irritó más.

—Ese es el problema. Que no dices nada.

La tensión se volvió asfixiante.

Eric, desde su habitación, empezó a llorar.

Franco cerró los ojos con frustración y golpeó la pared con el puño, no demasiado fuerte, pero lo suficiente para hacerla estremecer.

—No vuelven a entrar aquí sin que yo esté presente.

Amber no respondió.

Lo vio salir de la sala con pasos duros.

Y mientras el llanto de su hijo llenaba el pasillo, comprendió que cada intento de ayuda estaba provocando una reacción más violenta.

El círculo se estaba cerrando.

Y Franco empezaba a perder la poca estabilidad que le quedaba.

Y ella tenía cada vez más miedo pero ya no se dejaba de franco y se defendería hasta encontrar una solución

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