Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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El precio de la resistencia
El sol ya estaba alto cuando ella abrió los ojos.
No recordaba haberse dormido. Solo recordaba el momento en que el vínculo se fracturó y el mundo se volvió un borrón de dolor y polvo. Ahora estaba recostada contra una pared derruida, con el cuerpo entumecido y la boca seca. El medallón colgaba pesado sobre su pecho, su luz reducida a un brillo mortecino.
A su lado, él dormía de forma irregular. Su respiración era superficial, entrecortada. Cada inhalación parecía costarle un esfuerzo visible. La grieta del vínculo había dejado huella en su rostro: ojeras profundas, piel pálida y una tensión permanente en la mandíbula, como si incluso en sueños estuviera luchando por mantenerse entero.
Liora estaba de pie a pocos metros, vigilando la calle desierta. Tenía los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte.
—Despertaste —dijo sin girarse—. Bien. Necesitamos movernos pronto.
Ella se incorporó con dificultad. Cada músculo protestaba.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Cerca de cuatro horas —respondió Liora—. El suficiente para que el rastro se enfríe… pero no para que Atherion olvide dónde estamos.
Ella miró a su compañero dormido. Extendió la mano y rozó su mejilla con los dedos. La piel estaba fría.
—Está empeorando —susurró—. El vínculo… ya no fluye como antes. Es como si algo lo estuviera drenando desde dentro.
Liora se acercó finalmente y se acuclilló frente a ella.
—No es solo el vínculo —dijo en voz baja—. Es él. La grieta lo afectó más de lo que esperábamos. Parte de su esencia quedó atrapada en ese segundo de ruptura. Si no encontramos la manera de sellarla, lo perderemos poco a poco.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Liora dudó.
—Días. Tal vez una semana si tenemos suerte. Menos si Kael o Atherion deciden acelerar las cosas.
El silencio que siguió fue largo y pesado.
Ella miró sus propias manos. Las líneas oscuras que antes solo recorrían su cuello ahora se extendían por sus muñecas, como venas negras bajo la piel.
—Esto también me está cambiando a mí —dijo—. Siento que cada vez que uso el medallón, pierdo un pedazo de lo que era.
Liora asintió.
—El poder no se da gratis. Cada vez que lo invocas para resistir, pagas con memoria, con emociones, con humanidad. Pronto empezarás a olvidar cosas pequeñas. Luego cosas importantes. Y al final… puede que olvides por qué estás luchando.
Ella cerró los ojos.
—Entonces ¿qué hacemos? ¿Nos escondemos? ¿Huimos? ¿Esperamos a que Atherion venga a terminar el trabajo?
Liora se levantó y miró hacia las ruinas del refugio.
—Ninguna de las tres —respondió—. Tenemos que ir al único lugar donde aún queda alguien que conoce el origen del vínculo.
—¿Dónde?
—Al Templo de las Tres Llaves —dijo Liora—. Está sellado desde hace siglos. Solo alguien con sangre como la tuya puede abrirlo ahora.
Ella frunció el ceño.
—¿Y qué encontraremos allí?
—Respuestas —respondió Liora—. O la forma de reparar la grieta antes de que se convierta en una brecha irreversible.
Él se removió en ese momento y abrió los ojos. Su mirada se encontró con la de ella. Por un instante, el vínculo latió con un pulso débil pero cálido.
—No quiero que arriesgues más por mí —susurró él.
Ella tomó su mano con fuerza.
—No es solo por ti —dijo—. Es por nosotros. Si te pierdo… no quedará nada por lo que luchar.
Liora los observó en silencio antes de hablar.
—Entonces debemos partir antes del atardecer. El camino al templo es largo y está vigilado. Si Atherion o Kael nos encuentran antes de llegar… la grieta será lo último de lo que tengamos que preocuparnos.
Ella se puso de pie, ayudando a él a levantarse. El medallón dio un pulso débil, casi resignado.
—Vamos —dijo ella—. Ya perdimos suficiente tiempo llorando ruinas.
Mientras comenzaban a caminar entre los escombros, ella miró una última vez lo que quedaba del refugio.
No era solo un lugar lo que se había perdido esa noche.
Era la ilusión de que aún podían esconderse.
Ahora solo quedaba avanzar.
Hacia el templo.
Hacia las respuestas.
Hacia la posibilidad de que, al final, uno de los dos tuviera que pagar el precio definitivo para que el otro pudiera sobrevivir.
Y ella ya sabía, en el fondo de su corazón, que no estaba dispuesta a perderlo.
Aunque eso significara perderse a sí misma.