Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 18
La vieja casona de campo de los abuelos de Isabel, que alguna vez fue un refugio de infancia con olor a jazmín y tarta de manzana, se había transformado en un mausoleo de sombras y pólvora. El aire en el salón principal estaba cargado con el olor metálico de los disparos recientes y el hedor rancio del miedo. El Juez estaba de rodillas frente a la chimenea apagada, con una mancha de sangre extendiéndose por su camisa de seda blanca, la misma que usaba para sus apariciones públicas de integridad intachable.
Killian permanecía a un par de metros, con el arma baja pero el cuerpo tenso, como un animal que vigila a su presa antes del golpe final. No intervenía. Sabía que este momento no le pertenecía a él, sino a la mujer que estaba de pie entre el monstruo y el guerrero.
Lilian sostenía el arma con una firmeza que le dolía en los huesos. Sus dedos, antes suaves y destinados a la música o a la escritura, ahora se sentían hechos de la misma aleación que el cañón de la pistola. Miró a su padre y, por primera vez en su vida, no vio a un gigante. Vio a un hombre pequeño, acobardado por la misma oscuridad que él había sembrado.
—Mírame, papá —dijo Lilian. Su voz era un susurro que cortaba el aire como un cristal roto.
El Juez levantó la cabeza. Sus ojos, antes llenos de una autoridad incuestionable, estaban empañados por la confusión y una rabia patética.
—Lilian ... esto es una locura —jadeó él, intentando recuperar esa entonación de "hombre de ley" que tanto le había servido—. Ese hombre te ha lavado el cerebro. Te ha convertido en una asesina. Yo soy tu sangre. Soy el único que te amó después de que tu madre...
—¡No te atrevas a decir su nombre! —el grito de Lilian resonó en las vigas del techo. Dio un paso adelante, la punta del arma rozando la frente de su padre—. No hables de amor cuando mataste a la mujer que me dio la vida. No hables de sangre cuando usaste la mía para lavar tus pecados ante el sindicato.
Lilian sintió una oleada de náuseas, no por lo que estaba a punto de hacer, sino por el asco acumulado durante años de una devoción malgastada. Cada vez que él la abrazaba después de un examen, cada vez que le regalaba una joya por su cumpleaños, lo hacía con las mismas manos que habían firmado sentencias de muerte y contratos de trata de personas.
—Durante años me pregunté por qué mamá siempre tenía esa mirada triste cuando me arropaba —continuó ella, sus ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer—. Ahora lo sé. Tenía miedo de que yo terminara siendo como tú. Tenía miedo de que su hija se convirtiera en el reflejo de un monstruo. Y tenías razón en algo, papá: Killian no me convirtió en una asesina. Él solo me dio el espejo para que viera en lo que tú ya me habías transformado desde el día en que me mentiste sobre la muerte de mi madre.
Killian dio un paso hacia ella, poniendo una mano suave en su espalda. Fue un contacto breve, pero le dio a Lilian la fuerza que necesitaba para no romperse. Ella se apoyó mínimamente en su calor, absorbiendo su estabilidad.
—Termina con esto, Lilian —murmuró Killian—. No por mí. No por la venganza. Hazlo por la justicia que él nunca permitió que existiera.
Lilian bajó el arma lentamente, pero el Juez no tuvo tiempo de sentir alivio. Ella sacó de su bolsillo el pequeño estilete de plata, el mismo que había usado en el callejón con Martínez. El mismo que Killian le había dado como un símbolo de su nueva vida.
—En el tribunal, tú siempre decías que la ley es el equilibrio —dijo Isabel, rodeando a su padre como un depredador—. Que cada acto tiene una consecuencia equivalente. Mataste a la madre de Killian en una celda fría, sola, acusada de un crimen que tú cometiste. Mataste a mi madre para que no hablara. Destruiste familias enteras por un puñado de monedas de plata y un asiento de poder.
Se arrodilló frente a él, quedando a su misma altura. El Juez temblaba, sus manos buscando desesperadamente algo a qué aferrarse.
—Este no es un asesinato, papá —susurró ella al oído de él, con una voz que recordaba a las de las antiguas Erinias—. Esto es una ejecución simbólica. Te quité tu nombre con las filtraciones a la prensa. Te quité tu poder cuando Killian masacró a tus hombres. Ahora, solo queda quitarte lo único que te queda: el aire que no mereces respirar.
El Juez intentó balbucear una súplica, una última mentira para salvar su pellejo, pero Lilian fue más rápida. Con un movimiento preciso y carente de toda duda, hundió el estilete en el pecho de su padre, justo en el centro del esternón. No fue un golpe de odio ciego, fue un acto de una frialdad judicial.
Ella sostuvo el mango mientras el Juez se tensaba y luego se desmoronaba. Lo miró a los ojos hasta que la última chispa de arrogancia se apagó, sustituida por el vacío absoluto de la muerte. Lilian no apartó la mirada. Quería que lo último que su padre viera fuera el rostro de la mujer que él mismo había creado y que, finalmente, lo había destruido.
Cuando el cuerpo del Juez quedó inerte en el suelo, el silencio que cayó sobre el salón fue ensordecedor. Lilian soltó el estilete y se quedó mirando sus manos. No estaban temblando. Se sentía extrañamente ligera, como si un peso de toneladas hubiera sido levantado de sus hombros.
Killian se acercó y la rodeó con sus brazos desde atrás, ocultando su rostro en el hueco de su cuello.
—Ya está —dijo él, su voz cargada de una emoción que rara vez mostraba—. Se acabó, Isabel. El monstruo ha muerto.
Lilian se giró en sus brazos y lo abrazó con una desesperación silenciosa. Lloró entonces, no por su padre, sino por la niña que fue, por su madre y por la vida que les fue robada. Killian la sostuvo con una fuerza inquebrantable, permitiéndole vaciarse de todo el dolor acumulado.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella después de un rato, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Killian miró el cuerpo del Juez y luego a la mujer que amaba.
—Ahora, quemamos este lugar —respondió él—. Quemamos los recuerdos, quemamos las pruebas y quemamos el pasado. Mañana, el mundo despertará y sabrá que el Juez ha muerto en un incendio accidental en su casa de campo, consumido por sus propios pecados. Y nosotros... nosotros desapareceremos en las sombras de la ciudad que ahora nos pertenece.
Lilian asintió. Tomó una lámpara de aceite de una mesa cercana y, sin dudarlo, la estrelló contra las cortinas de terciopelo. El fuego comenzó a lamer la tela rápidamente, extendiéndose por la madera vieja y el papel tapiz.
Salieron de la casona mientras las llamas empezaban a devorar el techo. En la distancia, las luces de la ciudad brillaban, ajenas al drama que acababa de concluir. Lilian caminaba al lado de Killian, su mano entrelazada con la de él. Ya no era la princesa de nadie, ni la hija de un juez, ni una víctima de las circunstancias.
Era la consorte del hombre más peligroso de la ciudad, y juntos, estaban listos para construir un nuevo imperio sobre las cenizas del viejo. Mientras el resplandor del incendio iluminaba sus rostros, Lilian supo que, por primera vez en años, era realmente libre.
El juicio final había terminado. Y la sentencia había sido ejecutada con la perfección que solo el odio transformado en amor puede lograr.