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La Número 11 Del CEO: Nunca Fue Solo Un Contrato.

La Número 11 Del CEO: Nunca Fue Solo Un Contrato.

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Época / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Diris Basto

Camilo Casadiego es heredero único ,de los CASADIEGO con una gran responsabilidad, Pero sin intenciones de dejar herederos, su padres intervendrán para asegurar su legado.

NovelToon tiene autorización de Diris Basto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo #1. LA HUELLA DE CAMILO CASADIEGO

Camilo Casadiego era un hombre de treinta y siete años, apuesto y talentoso, el joven CEO de una de las empresas de marroquinería artesanal más grandes de su país. Su nombre era reconocido tanto a nivel nacional como internacional, y su apellido cargaba el peso de una tradición familiar que se remontaba a varias generaciones. Era el heredero de los Casadiego, único hijo de Guillermo Casadiego y Laura López.

Todo había comenzado con su abuelo, José Casadiego.

José había sido apenas un muchacho cuando empezó a trabajar como obrero en un pequeño taller de curtido de cuero en su pueblo. El trabajo era duro y el pago escaso, pero desde entonces había tenido un sueño: algún día tendría su propio negocio. Con los años aprendió a fabricar calzado, y un viejo artesano sin herederos, al notar su dedicación y amor por el oficio, decidió enseñarle todo lo que sabía. Así, entre herramientas gastadas y retazos de cuero, José fue formando su propio camino hasta lograr independizarse.

Décadas después, aquel pequeño sueño se había convertido en una gran empresa.

Y ahora todo recaía sobre Camilo.

Sin embargo, a pesar de su éxito, Camilo se había convertido en una preocupación constante para sus padres. A sus treinta y siete años aún no mostraba intenciones de casarse y, si seguía así, no habría herederos para continuar con el legado familiar.

Camilo era una mezcla extraña de disciplina y desenfreno. En los negocios era brillante: sabía negociar, sabía hablar, sabía convencer. Pero fuera del trabajo, su vida era distinta. Le gustaban las fiestas, el lujo y la libertad. Era orgulloso, impulsivo, y sus relaciones amorosas nunca duraban demasiado.

Había tenido muchas novias —diez, según el conteo más reciente de su madre—, pero todas sus relaciones terminaban de la misma forma: de manera repentina y definitiva. Después de romper con él, ninguna volvía a buscarlo.

Doris Blanco había sido la excepción… o al menos eso parecía.

Llevaban dieciséis meses de relación, la más larga que Camilo había tenido jamás. Muchos comenzaron a creer que esta vez sería diferente, que finalmente sentaría cabeza. Pero un día, sin previo aviso, Doris simplemente dejó de aparecer. No regresó a casa y tampoco contestó las llamadas de la señora Laura.

Lo extraño era que la familia de Doris continuó haciendo negocios con los Casadiego como si nada hubiera pasado. Solo ella evitaba cualquier encuentro con ellos.

Y no era la primera vez.

Lo mismo había ocurrido con las anteriores novias de Camilo. Todas pertenecían a familias influyentes, con dinero, todas del mismo círculo social. De una forma u otra, siempre estaban vinculadas a los negocios de los Casadiego: como proveedores, socios o inversionistas.

Después de terminar con Camilo, las jóvenes simplemente se alejaban. Algunas viajaban al extranjero, otras evitaban reuniones sociales con cualquier excusa. Pero lo más curioso era que ninguna volvía a tener pareja. Era como si, después de haber estado con él, perdieran cualquier interés en los hombres.

Ninguna explicaba nada.

Ni siquiera a sus propias familias.

Laura y Guillermo hablaban de todo esto sentados en la sala de visitas de la casa. La sirvienta les había llevado unos bocadillos y se había retirado en silencio, como si supiera que aquella conversación era privada.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Guillermo mientras se servía una copa de vino—. No sé qué le pasa a ese muchacho… Tal vez lo hemos consentido demasiado.

—Puede ser —respondió Laura con suavidad—. Lo criamos de una forma diferente… nunca le ha faltado nada.

Guillermo no respondió. Se quedó en silencio unos segundos, observando el vino en su copa como si buscara respuestas en el reflejo oscuro del líquido. Luego se levantó y caminó hacia el balcón.

—Necesito pensar un momento.

—Está bien, cariño —dijo Laura—. Te entiendo. Seguimos hablando en la cena.

Ella lo observó alejarse sin decir nada más. Sabía que su esposo necesitaba espacio cuando algo le preocupaba demasiado. Tal vez encontraría una solución, como siempre hacía.

Aunque esta vez, en el fondo, no estaba tan segura.

Había cosas que sospechaba sobre su hijo… cosas que no se había atrevido a contarle aún.

Suspiró mientras caminaba hacia la cocina.

—Se lo diré esta noche —murmuró para sí misma—. Aunque solo sea una sospecha… tenemos que salir de dudas.

Mientras lavaba las verduras, pensaba en la mejor manera de decírselo. Le había preparado su comida favorita. Sabía que cuando Guillermo se preocupaba demasiado perdía el apetito.

Entretanto, Guillermo se había sentado en uno de los sillones del balcón. Desde allí podía ver el horizonte teñido por la luz suave del atardecer.

Tomó un puro de la pequeña mesa a su lado, lo encendió y dio una bocanada profunda. El humo salió lentamente de sus labios mientras suspiraba.

Entonces los recuerdos comenzaron a aparecer.

—Qué difícil ha sido, papá… —murmuró mirando al cielo—. No fue fácil.

Y su mente regresó al pasado.

Se vio a sí mismo con quince años, en el taller de su padre. José Casadiego colocaba con paciencia los moldes sobre el cuero mientras le explicaba cómo aprovechar cada pieza sin desperdiciar material. Sus manos eran fuertes y ásperas, curtidas por años de trabajo.

Después de la escuela, Guillermo siempre hacía lo mismo: dejaba su bolso en la silla del comedor, se quitaba el uniforme, se cambiaba de ropa y corría al taller. Le gustaba ayudar. Le gustaba aprender.

Las tareas las dejaba para después de cenar.

—No ha sido fácil, hijo —decía José mientras trabajaba—. Muchos rechazan mis productos porque temen a lo nuevo… pero poco a poco lo estoy logrando. La gente empieza a reconocer la calidad.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Desde que tu madre murió, he dedicado todo mi esfuerzo a este sueño… nuestro sueño. Ella creía en mí… y no voy a fallarle.

Luego lo miró con una sonrisa cansada.

—Además, me dejó lo más hermoso de esta vida… tú.

Guillermo bajó la mirada, sintiendo una mezcla de vergüenza y tristeza. Nunca había conocido a su madre. Solo sabía que se llamaba Marian y que había muerto pocas horas después de su nacimiento. Su único recuerdo era un retrato desgastado que su padre guardaba con cuidado.

José pareció notar sus pensamientos.

—No te culpes, hijo —dijo abrazándolo—. Ella te amaba mucho. Eres una bendición… Es solo que nadie decide dónde termina su vida.

Guillermo lo abrazó con fuerza mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—Gracias, papá… —dijo finalmente—. Eres el mejor del mundo.

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