NovelToon NovelToon
TADMOR: La Historia De Una Asesina

TADMOR: La Historia De Una Asesina

Status: Terminada
Genre:CEO / Venganza / Completas
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Thais Perdida

En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.

Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.

Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.

Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.

Espera que vengan por ella.

NovelToon tiene autorización de Thais Perdida para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

V. FUERZA.

...----------------...

La sala estratégica de la mansión estaba iluminada solo por la luz fría de las pantallas tácticas.

Sobre la mesa de cristal se proyectaban mapas militares de Siria, rutas aéreas clandestinas, diagramas de armamento y cálculos logísticos que cambiarían el equilibrio de poder de cualquier nación si salieran a la luz.

De pie frente a la proyección, Ares Moguilevich observaba en silencio absoluto. No analizaba el mapa: lo absorbía. A su lado, el patriarca gitano Zoltan Garza giró lentamente su vaso de whisky.

—Las defensas antiaéreas aquí… aquí… y aquí —señaló tres puntos—. Ninguna sincronizada. Diferentes mandos. Diferentes protocolos.

Ares habló sin mirarlo.

—No es desorganización. —negó.

—¿Qué es entonces?

—Compartimentación forzada. Alguien teme que sus propios aliados lo traicionen.

Zoltan sonrió.

—Siempre me gusto cómo piensas. —lo miró.

Antes de que pudiera añadir algo, la puerta se abrió. No hubo golpe. No hubo anuncio. Solo presencia. Un joven alto, de mirada verde selva y pasos silenciosos entró en la sala como si siempre hubiera estado ahí.

Era Asziel. Veinticuatro años.

Primogénito de Zoltan.

Mellizo mayor de Silas.

Ahora único hijo.

Actual capo de la 'Ndrangheta.

Su voz fue calma.

—Padre.

Zoltan no se giró.

—Llegas cuando decides. Igual que yo a tu edad.

Asziel avanzó hasta la mesa. Sus ojos recorrieron los mapas… luego se posaron en Ares. No curiosidad... Evaluación.

—Así que tú eres —dijo— el hombre por el que gobiernos enteros cambian protocolos de seguridad.

Ares sostuvo su mirada.

Diagnóstico inmediato: mente fría, impulsos controlados, ego funcional, violencia latente... Peligroso.

—Y tú —respondió Ares— eres el heredero que tomó un imperio con sangre propia.

Una pausa.

Asziel no negó.

—Hace un año —dijo con tono neutro— el antiguo jefe de la organización asesinó a mi hermano.

Silencio.

Zoltan bebió un sorbo, observando sin intervenir.

—Silas era mi otra mitad —continuó Asziel—. No murió en guerra. No murió por error. Lo ejecutaron para enviar un mensaje.

Su mirada se endureció apenas.

—Respondí el mensaje.

Ares no habló.

—Lo busqué —añadió el joven—. Lo encontré. Y lo maté.

Silencio absoluto.

—Desde entonces —concluyó— dirijo lo que era suyo.

Ningún orgullo. Ningún remordimiento.

Solo hechos.

Ares asintió apenas.

—Lógico.

Asziel miró el mapa proyectado.

—Siria. Producción armamentística. Rutas clandestinas. Recursos movilizados. —Alzó la vista—. Esto no es comercio.

Zoltan sonrió de lado.

—¿Qué crees que es?

Asziel respondió sin apartar los ojos de Ares:

—Una operación personal.

Silencio.

Ares confirmó:

—Lo es.

—Entonces alguien importante está ahí.

—Sí.

—¿Lo suficiente para mover continentes?

Ares no dudó.

—Lo suficiente para romperlos.

Silencio. Los tres hombres quedaron inmóviles. Tres inteligencias depredadoras calibrándose mutuamente.

Asziel habló:

—Quiero participar.

Zoltan alzó una ceja.

—No sueles pedir.

—No estoy pidiendo. —miiró a Ares—. Estoy decidiendo si esto me conviene.

Una pausa.

—Y me conviene.

Ares lo observó largo rato. Evaluó pulso. Respiración. Microtensión mandibular. Dilatación pupilar... Verdad.

—Bien —dijo finalmente.

Una sola palabra. Aceptación. Alianza. Riesgo. Zoltan levantó su vaso.

—Entonces brindemos —murmuró—. Porque cuando un rey, un heredero… y un estratega coinciden en un mismo plan.

Asziel terminó la frase con frialdad perfecta:

—El mundo debería preocuparse.

Ares no sonrió. Sus ojos dijeron algo peor. Que el mundo ya iba tarde.

El silencio estratégico de la sala se rompió con un sonido mínimo.

Un zumbido en el comunicador interno. Uno de los hombres de Ares apareció en la pantalla lateral, ligeramente agitado, algo extremadamente inusual en alguien entrenado por él.

—Señor.

Los ojos de Ares Moguilevich se movieron apenas.

—Habla.

—Hubo un incidente en Prisión de Tadmor.

Silencio. Zoltan dejó de girar el whisky. Asziel dejó de respirar por un segundo.

—¿Estado? —preguntó Ares.

—Controlado.

—Danielle.

—Ilesa, señor.

Una pausa.

—Pero debería ver esto.

La pantalla cambió. Video de seguridad. Granulado. Ángulo alto. Blanco y negro.

En la imagen: la sala de interrogatorios. La figura sentada frente a la mesa. Danielle Hoffmann. El video avanzó.

Se vio el momento exacto. El tirón. El sonido metálico. Las cadenas rompiéndose como hilo.

Zoltan dejó escapar un leve silbido. El video siguió. El collar eléctrico. La descarga fallida. La mano de Danielle arrancándolo. El plástico reforzado partiéndose. Asziel dio un paso más cerca de la pantalla.

No sonreía.

No hablaba.

Analizaba.

El video terminó justo cuando ella se dejaba inmovilizar voluntariamente.

Silencio.

Ares alzó dos dedos. La imagen se amplió, congelada en el instante en que Danielle miraba a la doctora con esa sonrisa tranquila. La sala quedó en penumbra azulada por la proyección.

Nadie habló durante varios segundos. Entonces Zoltan soltó una risa baja, ronca, genuinamente divertida.

—Dime algo, Ares…

El gitano señaló la pantalla con el vaso.

—¿Tu mujer de verdad necesita que la rescaten?

Asziel no apartaba la vista del rostro congelado de Danielle.

—No es fuerza bruta —murmuró—. Es control neuromuscular absoluto. No hay tensión previa. No hay preparación. Su cuerpo ejecuta sin aviso.

Miró a Ares.

—Eso no se entrena. Eso se diseña.

Silencio.

Ares seguía observando la imagen. No con sorpresa. No con orgullo. Con reconocimiento.

—Sí —dijo finalmente.

Zoltan alzó una ceja.

—¿Sí qué?

Ares respondió con calma:

—Necesita que vaya por ella.

—¿Después de ver eso? —rió Zoltan.

Ares giró apenas la mirada hacia él. Y por primera vez desde que empezó la reunión… algo oscuro brilló en sus ojos.

—No voy porque no pueda salir.

Silencio.

—Voy —añadió— porque no debe hacerlo sola.

La frase cayó con peso real. Asziel ladeó apenas la cabeza. Comprensión estratégica instantánea.

—No es rescate —concluyó el joven capo—. Es reclamación.

Ares no corrigió. Porque era exacto.

La pantalla seguía mostrando el rostro de Danielle congelado en esa sonrisa. Zoltan bebió otro trago.

—Bueno —dijo—. Entonces será mejor que fabriquemos una guerra digna de ella.

Silencio.

Ares extendió la mano. El video desapareció. Los mapas volvieron. Sus ojos ya no miraban rutas. Calculaban tiempos.

—Activamos fase dos. —habló Ares por el intercomunicador.

—Entendido, señor.

...----------------...

Andrea cerró la puerta de su habitación con más fuerza de la necesaria.

El sonido retumbó en el pequeño cuarto asignado por la prisión. El espacio era sobrio, funcional, casi clínico: una cama individual, un escritorio metálico, una lámpara fría y una computadora institucional conectada a la red segura.

Su respiración todavía no se estabilizaba. No era miedo común.

Era algo peor. Era la sensación profesional de haber visto algo que no debería existir.

La doctora Andrea Spencer apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó la cabeza. Intentó ordenar su mente como le habían enseñado durante años de formación clínica, interrogatorios de alto riesgo y perfiles criminales extremos.

Pero la imagen volvía. Las cadenas rompiéndose. El collar arrancado... La sonrisa.

Andrea tragó saliva.

—Concéntrate… —se susurró.

Se sentó y activó la terminal. Pantalla segura. Canal encriptado. Autenticación biométrica.

Solicitud de videollamada enviada.

Tres tonos.

La pantalla se dividió en dos ventanas.

En una apareció el juez Arthur Rogers, rostro severo, expresión pétrea, ojos acostumbrados a dictar sentencias sin pestañear. En la otra, su superior directo, Edwin Morgan, director del programa de evaluación psicológica especial.

—Doctora Spencer —dijo Morgan—. Su pulso está acelerado.

Andrea no se sorprendió. El sistema transmitía constantes vitales.

—Hubo un incidente.

Rogers habló:

—Explique.

Andrea inhaló una vez.

—Durante la sesión… Danielle Hoffmann rompió sus cadenas.

Silencio.

Morgan no reaccionó.

—¿Cómo? —preguntó Rogers.

—Con las manos. —respondió Andrea—. Solo con sus manos.

Otra pausa.

Andrea continuó:

—Luego arrancó el collar de electroshock. Sin daño visible. Sin esfuerzo aparente. Después se entregó voluntariamente a las guardias.

Morgan entrecerró los ojos.

—¿Atacó a alguien?

—No.

—¿Intentó escapar?

—No.

Rogers apoyó los codos en su escritorio.

—Entonces no fue un intento de fuga.

Andrea negó.

—Fue una demostración.

Silencio.

Morgan preguntó:

—¿Con qué propósito?

Andrea dudó solo un segundo.

—Establecer jerarquía psicológica.

Los dos hombres la observaron.

—Quería recordarme —añadió Andrea— quién tiene el control real en la sala.

Rogers apoyó la espalda en su silla.

—Manipulación de dominancia.

—Exacto —confirmó ella—. Pero no fue improvisado. Fue calculado al milímetro.

Morgan habló más bajo:

—¿Nivel de amenaza?

Andrea respondió sin titubear:

—Extremo.

Silencio.

El juez entrelazó los dedos.

—Doctora… no olvide con quién está tratando.

Andrea sostuvo su mirada.

—No lo olvido.

Morgan intervino entonces, con tono más frío:

—Su objetivo no es analizarla. Es averiguar dónde está.

No hizo falta nombrarlo. Los tres sabían de quién hablaba.

Ares Moguilevich.

Andrea respondió:

—Lo sé.

Rogers la observó con atención.

—¿Y bien?

Andrea dudó apenas.

No por miedo. Por precisión.

—Ella no va a delatarlo.

Morgan apoyó la barbilla en su mano.

—Todos hablan eventualmente.

Andrea negó.

—No. —silencio—. Ella no funciona como el resto.

Rogers preguntó:

—¿Está diciendo que es inmune a presión psicológica?

Andrea sostuvo su mirada.

—Estoy diciendo que lo disfruta.

La frase quedó suspendida.

Morgan exhaló lento.

—Entonces cámbiese el enfoque.

—¿Cómo?

—No intente quebrarla.

Pausa.

—Haga que quiera hablar.

Andrea frunció apenas el ceño.

—Eso no será fácil.

Rogers respondió con frialdad judicial:

—Nadie dijo que lo fuera, doctora.

Silencio.

Morgan añadió:

—Recuerde algo importante.

Andrea esperó.

—Esa mujer ha matado a más de cien personas.—pausa—. Y usted está sola con ella en una habitación.

La pantalla quedó en silencio.

Andrea sostuvo la mirada unos segundos más. Luego respondió:

—No estoy sola.

Ambos hombres alzaron una ceja. Andrea dijo con calma:

—Ella también está sola conmigo.

Silencio. Morgan sonrió apenas. Rogers no.

—Bien —dijo el juez—. Continúe las sesiones.

La llamada se cortó. La pantalla quedó negra.

Andrea se quedó inmóvil varios segundos. Luego apoyó la espalda en la silla. Su mente seguía repasando cada palabra, cada gesto, cada microexpresión de Danielle. Y por primera vez desde que aceptó el caso…

No estaba segura de quién estaba evaluando a quién.

...----------------...

La celda de máxima seguridad estaba en penumbra.

El concreto frío, las paredes desnudas, la cámara en la esquina… todo era gris, inmóvil, sin vida.

Sobre la cama metálica, Danielle Hoffmann yacía boca arriba, con las manos descansando sobre el abdomen y los ojos cerrados como si durmiera.

Pero no dormía. Recordaba.

Su respiración era lenta, profunda… distinta a la que tenía frente a otros. Sin tensión. Sin cálculo. Sin vigilancia. Porque allí, dentro de su mente, no estaba en una prisión.

Estaba en Bali.

...----------------...

El sonido del mar primero.

Suave. Rítmico. Cálido.

La arena blanca bajo sus pies descalzos. El aire húmedo rozando su piel. El atardecer tiñendo el cielo de naranja y oro.

Y él.

De pie frente a ella. Ares Moguilevich no llevaba traje esa tarde. Solo camisa negra arremangada y pantalón claro. El viento movía apenas su cabello oscuro.

No hablaban.

No hacía falta.

Él la miraba como si observara algo que nadie más podía ver. Danielle recordaba la sensación exacta de ese momento:

no vigilancia,

no estrategia,

no peligro.

Solo presencia.

—¿En qué piensas? —le había preguntado él entonces.

Su voz no exigía respuesta. La invitaba. Ella dio un paso hacia él.

—En que si alguien nos viera ahora…

Ares inclinó apenas la cabeza.

—¿Sí?

—Pensaría que somos personas normales.

Una sombra de sonrisa cruzó el rostro de Ares.

—Eso sería un error de cálculo.

El recuerdo continuó. La brisa moviendo su cabello. El sonido lejano de las olas. El calor del sol muriendo en el horizonte.

Danielle recordó cómo había apoyado la frente contra el pecho de él. No como debilidad. Como elección. El latido de Ares era lento. Firme. Preciso.

No el de un hombre tranquilo. El de un depredador en reposo.

—El mundo te teme —murmuró ella en aquel instante.

—El mundo teme lo que no entiende —respondió él.

—Yo te entiendo.

Silencio. Ares había apoyado dos dedos bajo su mentón y alzado suavemente su rostro.

—Lo sé. —dejó un suave beso en sus labios.

Ese “lo sé” no fue arrogante. Fue reconocimiento. El recuerdo se detuvo ahí.

...----------------...

En la celda, Danielle exhaló apenas.

Sus labios se curvaron en una sonrisa mínima.

No era la sonrisa que mostraba en interrogatorios. Ni la que usaba para intimidar.

Era otra.

Más suave.

Más humana.

Susurró, de nuevo como un mantra apenas audible:

—Ares…

El nombre no sonó como invocación. Sonó como certeza.

La cámara de vigilancia captó el movimiento de sus labios… pero no el significado. Porque nadie en esa prisión, en ese país, ni en ese continente… Entendía lo que ella sí sabía con absoluta seguridad:

Él vendría. Y cuando Ares Moguilevich decide ir por algo que es suyo. Nada en el mundo puede impedirlo.

Danielle cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta, profunda, perfectamente simulada. Dormida.

Pero su sistema nervioso no lo estaba. El primer indicio fue el sonido. Pasos. Más de uno. Más de una persona.

No el ritmo disciplinado de guardias. No el arrastre cansado de prisioneras comunes.

Peso. Masa. Intención.

El instinto asesino y depredador de Danielle Hoffmann se encendió como un interruptor interno. No movió un músculo. La puerta de acero se abrió con un leve clic autorizado desde el exterior.

Interesante.

Alguien había permitido eso.

Tres sombras entraron. Grandes. Pesadas. Con esa confianza torpe de quienes creen que el número reemplaza a la habilidad. Avanzaron despacio, intentando no hacer ruido.

Error.

El silencio mal fingido siempre suena más fuerte. Una de ellas susurró:

—Está dormida.

Otra rió por lo bajo.

—Mejor.

Se acercaron a la cama. Una extendió la mano.

Parpadeo y Danielle ya no estaba. Las tres se congelaron.

—¿Qué…?

—Buscan algo.

La voz vino de atrás. Se giraron. Ella estaba allí. De pie. Sonriendo. No había prisa en su postura. Ni tensión. Ni agresividad visible.

Solo presencia. La primera reaccionó con reflejo bruto y lanzó un golpe directo.

Error.

Danielle giró apenas el torso. Su mano subió.

CRACK

Mandíbula rota. La mujer cayó al suelo antes de entender qué pasó. La segunda gritó y se abalanzó con ambas manos abiertas para sujetarla.

Danielle tomó sus dedos.

No fuerte.Preciso.

CRACK — CRACK — CRACK — CRACK — CRACK

Los diez. La reclusa cayó de rodillas chillando, sosteniendo sus manos inútiles.

La tercera dudó. Ese fue su último error. Danielle avanzó medio paso.

Rodilla arriba. Impacto lateral... Fémur fracturado.

La mujer se desplomó con un alarido ahogado. Silencio. Tres cuerpos en el suelo. Tres segundos exactos. Danielle respiraba igual que antes. Como si nada hubiera ocurrido.

La alarma estalló. Sirena. Luces rojas. Cerraduras automáticas activándose.

Ella simplemente caminó hasta la pared.. y se apoyó en ella.

Relajada. Esperando.

Las guardias irrumpieron segundos después, armadas, tensas, listas para contener una masacre. Se detuvieron. Las tres atacantes estaban en el suelo gimiendo.

Danielle quieta. Tranquila. Observando.

Una guardia murmuró:

—¿Qué pasó aquí?

Danielle ladeó apenas la cabeza.

—Se tropezaron.

Nadie respondió.

Nadie se atrevió. Porque incluso sin moverse… Ella dominaba la habitación y todas lo sabían.

La noticia llegó antes que el aire.

Andrea apenas había logrado sentarse en el borde de su cama cuando alguien golpeó la puerta con urgencia militar.

Tres golpes secos. No esperaron respuesta.

La puerta se abrió y uno de los guardias apareció, rígido,

tenso, con la mirada de alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar.

—Doctora… hubo otro incidente.

El estómago de Andrea se contrajo.

—¿Danielle?

El hombre asintió.

Silencio.

Ese silencio denso que solo existe cuando una persona ya sabe la respuesta… pero necesita oírla igual.

—Tres reclusas entraron a su celda —continuó el guardia—. No autorizadas oficialmente en el registro interno.

Andrea frunció el ceño.

—¿No autorizadas… oficialmente?

—Alguien abrió desde fuera.

Un hilo de frío le recorrió la espalda.

—¿Está herida?

El guardia dudó. Ese microsegundo bastó para que Andrea entendiera.

—No —respondió él—. Ningún rasguño.

Andrea tragó saliva.

—¿Y las otras?

El guardia exhaló lento.

—Mandíbula rota. Diez dedos fracturados. Fémur quebrado.

Silencio. El reloj de la pared marcó un segundo. Luego otro.

—¿Cuánto tardó? —preguntó Andrea en voz baja.

—Tres segundos… según cámaras.

Ahí fue cuando Andrea sintió el verdadero peso del miedo.

No era miedo histérico.

No era pánico.

Era algo peor.

Comprensión. Sus dedos se cerraron lentamente sobre la sábana.

—¿Y ella qué hizo después?

—Se apoyó contra la pared… y esperó.

Andrea cerró los ojos. La imagen se formó sola en su mente. No vio violencia. Vio control. Control absoluto. Abrió los ojos otra vez.

—Quiero ver la grabación.

El guardia negó apenas.

—Orden directa del juez: primero debe informar su evaluación psicológica del incidente.

Eso la hizo tensarse. No por la orden. Por lo que implicaba.

El juez no quería saber qué pasó. Quería saber qué significaba. Andrea se puso de pie despacio. Sus piernas todavía temblaban, pero su mente ya estaba trabajando.

Analizando.

Midiendo.

Calculando.

—Entonces dígale al juez algo de mi parte —dijo, con voz firme.

El guardia esperó. Andrea lo miró directo a los ojos.

—Esto no fue un ataque.

Pausa.

—Fue un mensaje.

El guardia tragó saliva.

—¿De qué tipo?

Andrea respondió sin titubear:

—De los que se envían cuando alguien quiere recordarte… que podría haber matado… y decidió no hacerlo.

Silencio.

Pesado.

Incómodo.

Peligroso.

El guardia asintió y salió. La puerta se cerró. Andrea quedó sola. Inmóvil. Pensando.

Y por primera vez desde que aceptó el caso… Se preguntó algo que hasta ahora había evitado: ¿Estoy estudiando a una paciente o estoy sentada frente a un depredador que me está estudiando a mí?

...----------------...

La celda estaba en silencio. Un silencio espeso, casi líquido.

Danielle permanecía sentada en el borde de la cama, la espalda recta, los ojos bajos… y entre sus dedos, la pequeña ampolla de vidrio giraba lentamente, reflejando la luz blanca del techo. El líquido negro en su interior parecía absorber la claridad en lugar de reflejarla.

No temblaba.

No dudaba.

Observaba.

Sus pupilas se afinaron apenas. Reconocimiento.

No por el frasco.

Por el contenido.

Una memoria química. Una firma. Una creación. Su pulgar recorrió el vidrio con suavidad, casi con afecto.

—Así que todavía existe… —susurró—. Y todavía lo intentas.

Las cámaras captaban cada movimiento. Pero no sabían qué estaban viendo. Para cualquiera era solo un vial oscuro. Para ella… era la voz de su padre encapsulada.

El arma que él diseñó cuando comprendió que ya no podía controlarla. Un veneno hecho con un único propósito: matarla a ella.

No a un humano.

No a un animal.

A Danielle Hoffmann.

Sus labios se curvaron en una sonrisa mínima. No había miedo en esa expresión. Había curiosidad. Giró la ampolla hacia la luz. La sustancia se movió lenta, densa, como si tuviera voluntad propia.

—Sigues intentando alcanzarme… —murmuró, casi con ternura.

Sus dedos se desplazaron hasta el cuello del frasco. Presión leve. El vidrio crujió apenas. No lo rompio, no, aún no.

Inclinó la cabeza, pensativa. Como si evaluara un recuerdo lejano. Como si pudiera ver otra vez el laboratorio. Las luces frías. El olor metálico.

La voz de Xavier diciendo: "Si algo en este mundo puede detenerte… será esto."

La sonrisa de Danielle se ensanchó apenas.

—Siempre fuiste optimista, padre.

Se recostó contra la pared. El vial colgaba relajado entre sus dedos.

Podría destruirlo.

Podría usarlo.

Podría ignorarlo.

Pero no hizo ninguna de las tres.

Porque Danielle no reaccionaba. Danielle elegía y esa diferencia… era exactamente lo que la hacía peligrosa. Sus ojos se elevaron lentamente hacia la cámara. No hacia el lente.

Hacia quien estuviera mirando. La observó en silencio durante varios segundos.

Como si supiera.

Como si sintiera.

Como si reconociera la mirada al otro lado.

Luego susurró, apenas moviendo los labios:

—Interesante…

Oscuridad en su sonrisa.

—¿Quieres ver qué pasa… si lo intento?

El vial giró otra vez entre sus dedos. Esperando. Como si también quisiera saber.

...----------------...

La mañana llegó fría y silenciosa. La sala de entrevistas estaba más vigilada que nunca.

Dos guardias extra. Un arma eléctrica adicional y la mesa atornillada al suelo. Andrea lo notó en cuanto entró. No era protocolo habitual. Era precaución.

Danielle ya estaba sentada cuando la hicieron pasar. Espalda recta. Manos esposadas. Mirada tranquila... Demasiado tranquila.

Andrea tomó asiento despacio, acomodando su carpeta sobre la mesa. No habló enseguida. Observó primero. Danielle sostuvo su mirada con una serenidad casi amable.

Como si estuviera recibiendo a una visita, no a una interrogadora. Andrea entrelazó los dedos.

—Quiero preguntarte algo distinto hoy.

Danielle ladeó apenas la cabeza.

—Siempre quieres algo distinto.

La psicóloga ignoró el comentario.

—¿Cuándo descubriste que Ares no era solo tu jefe… sino el asesino conocido como La Cruz?

Silencio. No tenso, sino mas bien denso.

Danielle no apartó la mirada. Pero algo cambió. No en su expresión. En la profundidad de sus ojos. Como si una puerta interna se hubiera abierto. Cuando habló, su voz fue baja.

—No lo descubrí. —respondió.

Andrea frunció apenas el ceño.

—¿No?

—Lo entendí.

La diferencia quedó flotando entre ambas. Danielle continuó:

—Durante años lo buscamos. Mi padre. La agencia. Equipos enteros. Analistas. Perfiles psicológicos. Rastreos financieros. Huellas térmicas. Patrones de ejecución. —relato Danielle—. Y todo eso llevo a... Nada.

Sus dedos se movieron levemente dentro de las esposas, no intentando liberarse, sino acompañando su memoria.

—Era perfecto.

Andrea anotó algo.

—¿Y entonces?

Danielle sonrió apenas.

—Entonces lo conocí.

La psicóloga levantó la vista.

—¿Sospechaste enseguida? —cruzó sus dedos sobre la mesa.

—No.

Respuesta inmediata. Segura.

—Al principio solo sabía que era… distinto.

Andrea inclinó levemente la cabeza.

—¿Distinto cómo?

Danielle pensó un segundo.

—Como alguien que ya sabe cómo termina cada conversación antes de que empiece.

Silencio.

—Como alguien que nunca está realmente desprevenido. —otro segundo de silencio—.Como alguien que jamás miente… porque no necesita hacerlo.

Andrea apoyó el bolígrafo.

—¿Qué fue lo que te hizo entenderlo?

Esta vez Danielle sí tardó en responder. Sus ojos se desviaron apenas hacia un punto vacío, recordando.

—Un informe.

Andrea no interrumpió.

—Había detalles que solo el asesino podía conocer. No estaban en archivos públicos. No estaban en bases internas. No estaban en ninguna parte…

Su mirada volvió a Andrea.

—Excepto en su cabeza.

La psicóloga habló más despacio.

—¿Y qué sentiste cuando lo comprendiste?

Ahí estaba la pregunta real. La importante. La peligrosa.

Danielle sonrió. No como antes. Más suave. Más real.

—Nada.

Andrea parpadeó.

—¿Nada?

—Nada de lo que espera, doctora.

Silencio. Luego Danielle añadió:

—No sentí miedo. No sentí horror. No sentí traición.

Se inclinó apenas hacia delante.

—Sentí reconocimiento.

Andrea no anotó esta vez. Solo la miróy Danielle susurró:

—Porque por primera vez… alguien me miraba sabiendo exactamente lo que yo era.

La quietud en la sala se volvió más pesada.

—Me vio como igual.

Andrea habló con cautela.

—¿Y eso te enamoró?

Danielle sostuvo su mirada.

—No —nego—. Eso me hizo quedarme.

La respuesta fue peor. Mucho peor, porque no sonaba impulsiva.... Sonaba elegida.

Andrea respiró hondo.

—Entonces cuando supiste que era La Cruz…

Danielle terminó la frase por ella:

—Lo elegí igual.

Silencio absoluto. Una de las guardias cambió el peso de un pie al otro. Danielle ni siquiera la miró.

Sus ojos seguían en Andrea. Calmos. Firmes. Convencidos.

—No me enamoré de un monstruo, doctora. —su voz fue casi un susurro—. Me enamoré sabiendo que lo era.

La frase quedó suspendida en el aire. Y por primera vez Andrea no supo qué preguntar.

Aun así Andrea sostuvo su postura.

La duda que había titubeado en su mente segundos antes desapareció bajo el peso de su formación, de su ética, de su necesidad de no ceder terreno frente a alguien como Danielle.

Enderezó la espalda.

—Ares sigue siendo un monstruo. —sostuvo

La palabra cayó con firmeza clínica.No era un insulto.

Era un diagnóstico. El sonido de una risa baja rompió el aire.

Danielle.

No fue una carcajada. Fue peor. Fue una risa genuina. Su cabeza descendió apenas mientras sus hombros se movían con suavidad, como si Andrea hubiera dicho algo sinceramente gracioso.

Cuando volvió a mirarla, sus ojos verdes brillaban.

—¿Monstruo? –arqueo una ceja.

Silencio.

—Doctora… —su voz se volvió suave, peligrosa en su calma— yo le conté lo que mi padre le hizo a su propia hija.

Andrea no respondió. Danielle continuó, sin apartar la mirada:

—Le conté de las fracturas. —le recordo—. De los venenos. De las pruebas. De los encierros. De los años.

Cada palabra era precisa. Medida. Casi quirúrgica.

—Le conté que me usó como material de laboratorio desde los cinco años —se pauso unos segundos—.Le conté que diseñó toxinas específicamente para ver si podía matarme.

Otra pausa. Más larga.

—Y aun así…

Se inclinó apenas hacia delante. Las esposas tintinearon suave.

—Aún así usted cree que Ares y yo somos los monstruos.

Silencio absoluto. Las guardias no se movieron.

Andrea sostuvo la mirada, pero el pulso en su cuello latía más rápido. Danielle la observó con una intensidad tranquila. No había rabia en su rostro. No había dolor...Solo certeza.

Y entonces habló:

—Mi padre intentó matarme más de una vez.

La frase no fue dramática. Fue factual. Como decir la hora.

Andrea tragó saliva sin querer. Danielle ladeó apenas la cabeza, estudiando cada microexpresión de la psicóloga.

—¿Sabe cuál es la diferencia entre usted y yo, doctora?

Andrea no respondió. Danielle lo hizo igual.

—Usted juzga monstruos por lo que hacen —un segundo de silencio—. Yo los reconozco por lo que son capaces de hacer… y por lo que eligen no hacer.

La tensión se volvió casi visible. El zumbido eléctrico de las cámaras parecía más fuerte.

—Ares pudo haber matado a cientos más —continuó Danielle—. Tenía los recursos. La inteligencia. La impunidad.

Su voz bajó apenas.

—Pero dejó de hacerlo.

Andrea frunció el ceño.

—Eso no lo redime. —soltó Andrea.

—No. Por supuesto que no.

Respuesta inmediata.Sin defensa. Sin negación. Danielle sonrió apenas.

—Pero lo diferencia.

Silencio. Luego, con un tono casi curioso, añadió:

—Mi padre nunca dejó de intentar destruirme. —confesó.

La psicóloga sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por la confesión. Sino por la ausencia total de emoción al decirla. Danielle no estaba herida.

No estaba traumatizada.

No estaba quebrada.

Estaba… adaptada. La prisionera se recostó lentamente contra la silla.

—Así que dígame, doctora… —su voz fue apenas un hilo suave—. ¿Está segura de que sabe reconocer a un monstruo cuando lo tiene enfrente?

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue un duelo.

Mental.

Invisible.

Y por primera vez desde que empezó el interrogatorio…Andrea sintió que estaba sentada frente a algo que no entraba en ningún manual de psicología.

Todo quedó en silencio. No fue un silencio incómodo.

Fue un silencio denso. Pesado. Como si el aire mismo se hubiera vuelto más espeso dentro de la sala. Danielle no apartó la mirada de Andrea.

Y continuó.

—Cuando tenía quince años… mi padre empezó a perder el control sobre mí.

Su voz no cambió. Seguía siendo estable. Clara. Sin temblor.

—No sobre mi conducta. Sobre mi evolución.

Andrea sintió un leve nudo en el estómago. Danielle prosiguió:

—Estaba creciendo demasiado rápido para sus cálculos. Mi resistencia aumentaba, mis reflejos, mi capacidad de adaptación… ya no podía predecirme. —suspiró—. Mi mente aun más.

Una pausa breve.

—Así que decidió detener el experimento.

Andrea entrecerró los ojos.

—¿Detenerlo cómo?

Danielle respondió sin rodeos:

—Matándome.

Silencio.

Ni las cámaras emitieron sonido.

—Una mañana me llevó al laboratorio.

Su mirada se perdió apenas un segundo, como si la escena estuviera proyectándose detrás de sus pupilas.

—Caminé detrás de él… y entonces los vi.

Andrea no habló.

—En una vitrina, más allá de los científicos… había tres animales.

Danielle los enumeró con calma:

—Una avispa de mar.

Un caracol cono.

Y una mamba negra.

Andrea sintió un frío recorrerle la nuca.

Danielle ladeó apenas la cabeza.

—No estaban allí para exhibición.

Silencio.

—Mi padre solo me dijo que me recostara en la camilla.

Andrea tragó saliva.

Danielle continuó:

—Lo hice.

No dramatizó la acción.

No la adornó.

Solo la dijo.

—Desde ahí vi las intravenosas.

Sus ojos verdes regresaron a Andrea.

—El líquido era transparente. Perfectamente claro. Como un espejo.

La psicóloga frunció el ceño.

—El médico preparó todo… sin mirarme. Como si yo no fuera una persona.

Una pausa.

—Y entonces empezó a drenar los venenos.

Silencio.

La voz de Danielle descendió apenas:

—Ahí supe que no era un experimento.

Andrea susurró, casi sin querer:

—¿Cómo lo supo?

Danielle sonrió.

No fue una sonrisa cálida.

Fue una sonrisa de comprensión antigua.

—Porque no había instrumentos de medición.

Un segundo.

—No había monitores nuevos. No había cámaras extra. No había equipo de registro.

Otro segundo.

—No había interés científico.

Sus pupilas brillaron.

—Solo prisa.

El silencio volvió a instalarse.

Pesado.

Inmóvil.

—En ese momento entendí —continuó Danielle— que no quería probar nada.

Su voz fue un susurro calmo.

—Quería deshacerse de mí.

Andrea sintió cómo su pulso se aceleraba. Danielle la observó y, añadió, con absoluta serenidad:

—Así que me relajé—guarde silencio—. Porque si iba a morir…

Una pausa leve.

—Quería ver su expresión cuando ocurriera.

El aire pareció desaparecer de la habitación. Danielle no parpadeó.

—Pero no morí.

Silencio total. Ni siquiera las guardias respiraban fuerte, Danielle inclinó apenas el rostro.

—Y ahí fue cuando mi padre me miró…

Sus labios se curvaron apenas.

—Como si hubiera creado algo que ya no podía controlar.

Andrea no dijo nada.

No podía.

Danielle la sostuvo con la mirada.

—Ese fue el día que dejó de verme como hija.

Una pausa.

—Y empezó a verme como amenaza.

El tic lejano de un reloj sonó en el pasillo.

Danielle concluyó suavemente:

—Ese fue el día en que decidió que, tarde o temprano… tendría que eliminarme.

Silencio.

Luego añadió:

—Pero falló.

Y esta vez no sonrió.

...----------------...

1
Analia Puntin
Excelente narración, atrapante
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Alison Mendoza Sotelo
Maravillada y ansiosa por más
Alison Mendoza Sotelo
Segunda temporada.????
Mercedes Tibisay Marin
hay ellos no puedes morir el padre de ella tiene que sufrir por todo el daño que hicierón
Mercedes Tibisay Marin
hay Dios estó está muy bueno
Mercedes Tibisay Marin
esté hombre como papá merece que ella le haga lo mismo
Mercedes Tibisay Marin
ese padre es un mostro
María Angelica Stessens
Autora esta historia es fascinante , adictiva , no puedo dejar de leer y tan detallista que me hace como si yo fuera cada uno de los personajes 👏👏👏
Nancy RoMo
yo que queria athenas y luciam juntos 🥺😣😣
María Angelica Stessens
estupenda historia , felicitaciones 👏👏👏👏
Nancy RoMo
luciam 🥺🥺🥺
María Angelica Stessens
apasionante la historia 👏👏👏
Nancy RoMo
🥺🥺🥺
Nancy RoMo
💀💀💀💀
Alison Mendoza Sotelo
Que los mate de una ves
Nancy RoMo
😰😰😰😰😰😱😱😱😱😱
Nancy RoMo
amo a todos 😍😍😍
Alison Mendoza Sotelo
Esperar por más


No tardes
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play