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Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Status: Terminada
Genre:CEO / Vampiro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.

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Capítulo 15

La atmósfera en la mansión de Suzhou se había vuelto insoportable. Desde el enfrentamiento en el estudio, Yan y Zixuan apenas se hablaban. Él pasaba las noches fuera, coordinando la respuesta del clan ante los ataques cada vez más frecuentes de la familia Si. Yan, por su parte, se dedicaba a estudiar los planos de la mansión que había logrado descargar en su breve incursión al servidor.

La mansión era un laberinto de seguridad física y mística. Había guardias humanos en los perímetros exteriores y algo mucho más oscuro patrullando los jardines internos por la noche: los "Wu-Shi", sombras creadas por el Anciano Li Zhou para detectar cualquier rastro de energía intrusa.

Era una noche de niebla espesa cuando ocurrió. Yan estaba en su habitación, intentando dormir, cuando un sonido metálico, casi imperceptible, llegó desde el jardín de los bonsáis. No fue el paso de un guardia, fue el sonido de una flecha cortando el aire.

Se levantó de la cama, el corazón martilleando en sus oídos. Se acercó a la ventana y corrió ligeramente el panel de papel de arroz. En la penumbra, vio a uno de los guardias humanos caer sin un grito, una saeta clavada con precisión quirúrgica en su cuello.

—Alguien está entrando —susurró Yan, sintiendo una mezcla de terror y una esperanza irracional.

¿Serían los Si? Si eran ellos, ella estaba muerta. Pero los movimientos del intruso eran diferentes. No eran borrosos como los de un vampiro; eran tácticos, humanos, pero dotados de una eficiencia mortal.

Una sombra se deslizó por el muro del patio y aterrizó con un ruido sordo cerca de su balcón. Yan retrocedió, buscando algo con qué defenderse, pero antes de que pudiera gritar, la figura saltó la barandilla y entró en la habitación.

El intruso vestía un equipo táctico negro, con correas de cuero llenas de frascos y estacas de madera de fresno reforzadas con punta de plata. Llevaba una máscara balística que le cubría el rostro, pero cuando se la quitó para recuperar el aliento, Yan sintió que el mundo se detenía.

—¿Yan? —la voz era más profunda de lo que ella recordaba, marcada por años de humo y dolor, pero el tono era inconfundible.

—¿Qi? —Yan dio un paso adelante, sus manos temblando tanto que apenas podía sostenerse—. No puede ser... tú moriste. Yo vi el informe... el accidente en el puente Lupu...

Shu Qi, su hermano mayor, el que la había protegido de los matones en el colegio, el que siempre tenía una sonrisa para ella, estaba allí. Pero ya no era el joven despreocupado de antes. Su rostro estaba marcado por una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha y sus ojos tenían una dureza fría, la mirada de alguien que ha visto el infierno y ha decidido acampar en él.

—Fue una mentira, Yan. Los Li querían eliminarnos a todos para que papá no tuviera distracciones —Qi se acercó a ella, pero se detuvo bruscamente a un metro de distancia. Su nariz se arrugó en un gesto de puro asco—. ¿Qué es ese olor?

Yan se quedó paralizada. Sabía a qué se refería. El aroma de Zixuan, el sello del ritual de la luna negra, emanaba de su piel como una marca invisible.

—Hueles a ellos, Yan —la voz de Qi se volvió peligrosa, su mano bajando hacia la empuñadura de un cuchillo curvo en su cinturón—. Hueles a sangre estancada y a podredumbre. Hueles a un Li.

—¡Qi, escúchame! —Yan levantó las manos en señal de paz—. Me obligaron. Tuve que hacerlo para sobrevivir, para encontrar la verdad sobre lo que le pasó a papá...

—¿La verdad? —Qi soltó una carcajada amarga—. La verdad es que papá era un monstruo que alimentaba a otros monstruos. Yo lo descubrí y traté de detenerlo, por eso intentaron matarme. Pasé tres años en un hospital clandestino en Macao, reconstruyéndome solo para esto. Para exterminar hasta al último de estos parásitos.

—Zixuan me ayudó —dijo Yan, y se arrepintió en el acto.

Qi se lanzó sobre ella, no para herirla, sino para agarrarla por los hombros y sacudirla.

—¡¿Zixuan te ayudó?! ¡Li Zixuan es el carnicero de este clan! ¡Él es el que firma las órdenes de las granjas de sangre! ¡Yan, despierta! Te ha lavado el cerebro con su magia de sangre. Estás defendiendo al ser que nos destruyó.

—¡No lo defiendo! —gritó ella, zafándose—. ¡Sé lo que es! ¡He visto los archivos! Pero él... él es diferente de los demás. Hay una guerra entre los clanes, Qi. Los Si son mucho peores.

—Un vampiro es un vampiro. No hay gradaciones en el mal, hermana. Solo hay cenizas y lo que aún no se ha quemado.

En ese momento, las luces de la mansión se encendieron de golpe. Una sirena de baja frecuencia empezó a vibrar, haciendo que los cristales de las lámparas tintinearan.

—Se acabó el tiempo —dijo Qi, poniéndose la máscara de nuevo—. He colocado cargas explosivas en los cimientos del ala norte. Tenemos que irnos ahora.

—¿Qué? ¡Hay gente aquí! ¡Criadas, humanos vinculados que no tienen la culpa! —Yan trató de detenerlo.

—Son daños colaterales. Son cómplices —sentenció Qi con una frialdad que aterró a Yan.

De repente, la puerta de la habitación saltó por los aires, convertida en astillas. Zixuan entró, pero no era el hombre elegante de los negocios. Era la bestia. Sus colmillos estaban totalmente expuestos, sus uñas se habían transformado en garras negras y un aura de sombra líquida parecía emanar de su cuerpo.

—¡Apártate de ella, cazador! —rugió Zixuan.

La velocidad del ataque fue tal que Yan solo vio un borrón oscuro. Qi, sin embargo, estaba preparado. Lanzó una granada de destello que llenó la habitación de una luz blanca cegadora y un ruido ensordecedor.

Yan cayó al suelo, cubriéndose los oídos. Escuchó el sonido del acero chocando contra las garras, el jadeo de su hermano y el gruñido inhumano de Zixuan.

—¡Qi, no! —gritó ella, recuperando la vista justo a tiempo para ver a su hermano disparar una red de alambre de plata bendecida que se enredó en el brazo de Zixuan, quemando la carne con un siseo horrible.

Zixuan rugió de dolor y arrancó la red con su mano libre, aunque la piel de sus palmas se desprendía en jirones negros.

—¡Corre, Yan! —ordenó Qi, lanzando otra pequeña bomba de humo—. ¡Al balcón!

Yan miró a Zixuan. Él estaba herido, la plata le impedía sanar con rapidez y sus ojos buscaban a Yan con una mezcla de agonía y rabia posesiva. Luego miró a su hermano, el hombre que creía muerto, que ahora era un asesino de sangre fría.

—¡Vámonos! —Qi la agarró del brazo y la obligó a saltar hacia el tejado de la galería inferior.

Mientras corrían por los tejados de la mansión bajo la lluvia, una explosión sacudió la tierra detrás de ellos. El ala norte de la mansión, donde estaban los archivos y las oficinas, estalló en una bola de fuego naranja que iluminó la noche de Suzhou.

—¡No! —Yan se detuvo, mirando el incendio.

—Es el principio del fin para ellos —dijo Qi, arrastrándola hacia el muro perimetral donde una camioneta negra los esperaba—. Te voy a sacar de aquí, Yan. Te voy a limpiar de esa mancha que te dejaron.

Yan subió a la camioneta, con el corazón desgarrado. Miró hacia la mansión y, en lo alto de uno de los balcones que aún permanecían en pie, creyó ver la figura de Zixuan recortada contra el fuego. No la seguía. Se quedó allí, observándola irse con el hombre que acababa de intentar matarlo.

El motor de la camioneta rugió y se alejaron a toda velocidad por las carreteras secundarias hacia Shanghái. Yan miró a su hermano, que ahora recargaba su ballesta con manos expertas. Estaba a salvo. Estaba con su familia. Pero mientras se tocaba la muñeca, donde el vínculo de la luna negra seguía latiendo con un ritmo sordo, supo que su huida era una ilusión. Había dejado atrás su prisión de seda para entrar en una zona de guerra, y el hombre que la rescataba quizás era tan peligroso como el que la había encerrado.

La guerra entre los vivos y los muertos acababa de volverse personal, y Shu Yan estaba justo en el centro del fuego cruzado.

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