Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 23: Entre el miedo y el deseo
El silencio después de la batalla fue peor que el combate.
Aelion seguía temblando entre los brazos de Kael. No por el frío. No por el cansancio.
Sino porque su mundo había cambiado para siempre.
Príncipe.
La palabra resonaba en su mente como un golpe.
—Kael… —susurró, sin atreverse a levantar la vista—. ¿Me miras diferente ahora?
Kael se quedó inmóvil.
Esa pregunta lo atravesó más que cualquier espada.
—Mírame —dijo con voz grave.
Aelion levantó lentamente los ojos. Esperaba rechazo. Miedo. Distancia.
No encontró nada de eso.
Kael alzó una mano y, con cuidado extremo, apartó un mechón de cabello blanco del rostro de Aelion. El gesto fue íntimo, casi reverente.
—Te miro igual —respondió—. Y si soy honesto… quizá te miro con más miedo que antes.
Aelion tragó saliva.
—¿Miedo… de mí?
—De lo que el mundo hará contigo —corrigió Kael—. De lo que intentarán quitarte.
El corazón de Aelion latió con fuerza.
Siempre he sido alguien al que le quitan cosas.
Mi comida. Mi dignidad. Mi vida.
¿Ahora… querrán quitarme a él?
Se aferró inconscientemente a la ropa de Kael.
—No quiero volver a una torre —dijo con la voz quebrada—. No quiero volver a ser invisible.
Kael cerró los puños.
—Nunca más —juró—. Mientras yo respire, nadie volverá a encerrarte.
Ese “mientras yo respire” hizo que algo se apretara en el pecho de Aelion.
—Kael… —susurró—. ¿Y si tu mundo y el mío no pueden coexistir?
Kael bajó la mirada. Por primera vez, dudó.
—Entonces haré que puedan —dijo finalmente—. Aunque tenga que romperlo todo.
Esa noche, acamparon lejos del bosque.
Aelion no pudo dormir.
El colgante reposaba sobre su pecho, tibio, como si tuviera vida propia. Al tocar la marca dorada en su muñeca, una imagen cruzó su mente: un salón inmenso, tronos gemelos, una mujer llorando mientras lo sostenía entre sus brazos.
¿Esa… era mi madre?
Un sollozo silencioso escapó de sus labios.
Kael despertó de inmediato.
—¿Te duele? —preguntó, alarmado.
Aelion negó con la cabeza.
—Me duele… no saber quién soy —admitió—. Ni qué esperan de mí.
Kael se acercó y se sentó frente a él. Esta vez no mantuvo distancia. Sus rodillas casi se tocaron.
—No tienes que decidir nada ahora —dijo—. Solo vive. Respira. Permítete sentir.
Aelion rió suavemente, con tristeza.
—Eso es lo que más miedo me da.
Kael frunció el ceño.
—¿Por qué?
Aelion alzó la vista.
—Porque cuando estoy contigo… olvido el miedo.
El aire entre ellos se tensó.
Kael contuvo la respiración. Su mano se apoyó en el suelo, muy cerca de la de Aelion. No la tocó. No aún.
—Aelion… —dijo en voz baja—. Si cruzamos esa línea, no habrá marcha atrás.
El corazón del omega latía con fuerza.
—No quiero retroceder —respondió.
Por un instante, Kael estuvo peligrosamente cerca. Demasiado cerca. Sus miradas se atraparon, sus respiraciones se mezclaron.
El colgante brilló suavemente.
Como una advertencia.
Kael se apartó bruscamente, cerrando los ojos.
—Aún no —murmuró—. El mundo ya quiere destruirte. No seré yo quien te confunda más.
Aelion sintió una punzada en el pecho. Pero también entendió.
—Gracias… por protegerme incluso de ti —susurró.
Muy lejos, Vhalderion Morthaine observaba su reflejo en un espejo oscuro.
—La marca ha despertado —dijo—. Ya no hay duda.
Apretó el cristal hasta que sangró.
—El heredero vive… y ama —sonrió con crueldad—. Nada destruye mejor a alguien que darle algo que perder.
Se giró hacia sus hombres.
—Prepárense —ordenó—. Si no puedo romper al omega… romperé todo lo que ame.
Aelion observó el cielo estrellado.
Tal vez nací para algo grande.
Pero solo quiero algo simple.
Miró a Kael.
Quiero vivir.
Y quiero hacerlo a tu lado.
Sin saber que el mundo entero comenzaba a moverse para arrebatárselo.