Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 11
Luciana
No me bajé de sus piernas hasta que llegamos a la casa.
No fue una decisión consciente. Fue… inercia.
Después de lo que acabábamos de vivir, moverme se sentía incorrecto, como si el simple acto de separarme pudiera romper algo que todavía no entendía.
Alexander no dijo nada. No me apresuró.
Solo condujo con una calma que contrastaba violentamente con lo que había pasado minutos antes.
Cuando detuvo el auto frente a la casa, intenté incorporarme. Fue inútil. Mis pies descalzos tocaron el suelo apenas un segundo antes de que el mundo se inclinara.
—Espera —dijo.
Y entonces me cargó.
Sin aviso. Sin ceremonia. Como si fuera lo más natural del mundo.
Mis tacones habían quedado atrás, olvidados en algún punto del caos, y él no se molestó en buscarlos. Me sostuvo con firmeza, un brazo bajo mis piernas, el otro rodeando mi espalda. Su chaqueta seguía cubriéndome, envolviéndome en su calor… y en su olor.
Era limpio. Sobrio. Inconfundible.
Alexander.
Apoyé la cabeza contra su pecho sin pensarlo. Sentí el latido firme, constante. Sus brazos eran fuertes, sólidos, como si no conocieran la duda. Y yo, que siempre me jacté de mantener el control, tuve que morderme el labio para no reaccionar de más.
No debía sentirme así.
Pero lo hacía.
Me dejó en el sofá con cuidado, como si yo fuera algo frágil. Yo no lo era. Pero en ese momento, lo permití.
—Gracias —murmuré.
Él se quedó de pie frente a mí, observándome en silencio.
Demasiado silencio.
—Alexander —dije, rompiéndolo—. ¿Cuántas veces te ha pasado algo así?
No apartó la mirada.
—Eso… —respondió— tengo que pensarlo. Decidir qué puedo decirte y qué no.
Sentí el golpe. Seco. Frío.
—¿Ponerlo en una balanza? —pregunté, molesta—. ¿Eso haces conmigo?
Sus labios se tensaron apenas.
—No es personal.
—Claro que lo es —repliqué—. Estuve sobre tus piernas mientras nos perseguían. Me cargaste hasta aquí. Y aun así, sigues calculando.
Por primera vez, vi algo distinto en su expresión. No dureza.
Decisión.
—Precisamente por eso —dijo— tengo que cambiar algo.
Se giró y caminó hacia su escritorio. Sacó una carpeta negra. El contrato.
—Esto ya no funciona como estaba planteado —continuó—. La cláusula de convivencia se activa de inmediato. Seguridad total. Sin excepciones.
—¿Eso altera el acuerdo? —pregunté.
—Lo redefine.
Levantó la vista.
—A partir de hoy, Luciana, no eres solo parte del plan. Eres prioridad.
No supe qué responder.
En otro punto de la ciudad, Bárbara Lux sonreía frente a su celular.
Las reacciones eran buenas. Los rumores crecían. La filtración había hecho ruido.
—Te dije que funcionaría —le dijo a Rodrigo, apoyando la espalda en el sofá—. Ella es el punto débil.
Rodrigo observaba la pantalla con una mueca satisfecha.
—Montclair no tolera el desorden. Esto lo va a obligar a moverse.
—Y cuando lo haga —añadió Bárbara—, se va a equivocar.
No sabían que ya lo había hecho.
De vuelta en la casa, Alexander cerró la carpeta y se acercó a mí.
—Vamos a adelantar la boda —dijo—. Y a hacer algo más.
—¿Qué cosa?
Se inclinó lo justo para que su voz fuera solo para mí.
—Vamos a hacerles creer que ganaron.
Mi pulso se aceleró.
—¿Y luego?
Sus ojos se oscurecieron.
—Luego, se van a dar cuenta de que acaban de firmar su propia sentencia.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/