NovelToon NovelToon
La Prisionera Del Comandante Declan

La Prisionera Del Comandante Declan

Status: Terminada
Genre:Esclava / Sirvienta / Ascenso de clase social / Dominación / Amor tras matrimonio / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.

NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Navira

El invierno en Vaelkoria parecía haberse filtrado por las paredes de la Ciudadela esa noche. Declan se había ido hacía horas a una reunión de emergencia con los barones del norte, esos hombres que olían a sangre de lobo y a traición. Se había marchado con su uniforme de gala, impecable y frío, pero con esa mirada de reojo que me decía que nuestra pelea por el camisón y sus bromas pesadas aún no habían terminado.

Sin embargo, el tiempo pasó y la cena se enfrió en la mesa. Las doncellas, Elara y Mila, revoloteaban por la habitación fingiendo limpiar, pero sus ojos delataban la misma inquietud que me retorcía el estómago.

—El Comandante nunca tarda tanto en una reunión con los barones —susurró Elara, evitando mi mirada—. Dicen que los ánimos están caldeados por el nuevo edicto sobre Sundergard.

—Es un animal, sabe cuidarse solo —respondí, cruzando los brazos sobre mi pecho, tratando de ignorar cómo mis dedos jugueteaban nerviosos con el collar de plata.

Pero entonces, el sonido llegó. No fue el golpe arrogante de sus botas contra el mármol al que estaba acostumbrada. Fue un ruido sordo, pesado, seguido del estrépito de las puertas dobles abriéndose de par en par.

Me puse de pie de un salto. Elara y Mila soltaron un pequeño grito de sorpresa.

Declan entró tambaleándose. Su chaqueta de uniforme estaba desgarrada en el hombro, y la seda blanca de su camisa estaba empapada de un rojo tan oscuro que parecía negro bajo la luz de las velas. Tenía un corte profundo sobre la ceja que le bañaba la mitad del rostro en sangre, y respiraba con una dificultad que me heló la sangre.

—¡Declan! —el nombre salió de mi boca antes de que mi orgullo pudiera detenerlo.

Corrí hacia él, olvidando por completo que se supone que lo odiaba, que se supone que era mi carcelero. Lo alcancé justo cuando sus rodillas amenazaban con ceder. El peso de su cuerpo, sólido y caliente, cayó contra el mío, obligándome a retroceder un paso para no caer.

—Mierda, Navira… —gruñó, y a pesar del dolor, esa maldita sonrisa de medio lado intentó asomarse por sus labios ensangrentados—. Te dije que volvería para… para seguir provocándote.

—¡Cállate! —le grité, mi voz temblando de una preocupación que no podía ocultar—. ¡Eres un hijo de puta! ¡Mira cómo te dejaron! ¡Mila, trae agua caliente y vendas! ¡Elara, busca al médico!

—No… —Declan me sujetó del brazo con una fuerza sorprendente, aunque sus dedos temblaban—. Sin médicos. Solo tú. Los barones no pueden saber… que uno de ellos me alcanzó por la espalda. Sería una señal de debilidad.

Lo ayudé a llegar al diván, casi arrastrándolo. Mi corazón martilleaba contra mis costillas como un animal enjaulado. Verlo así, tan vulnerable, tan roto, despertaba en mí un instinto de protección que me daba asco y miedo a la vez.

Empecé a rasgar lo que quedaba de su camisa para ver la herida del hombro. Era un tajo feo, profundo, pero limpio. Limpié la sangre de su rostro con un paño húmedo, mis manos moviéndose con una urgencia frenética.

—Eres un animal, Declan. Un animal estúpido —le siseé, apretando una venda contra su hombro para detener la hemorragia—. ¿En qué estabas pensando? ¿Fuiste a una reunión con hienas sin escolta?

Él soltó un quejido agudo, cerrando los ojos por un momento, pero cuando los abrió, el brillo azul de sus pupilas estaba fijo en mí. A pesar de la palidez de su rostro, me observaba con una intensidad que me cortaba la respiración.

—Pero mira nada más… —susurró, con voz ronca—. Te estás preocupando por mí, nena.

—¡Claro que no me estoy preocupando! —mentí, aunque mis ojos estaban llenos de lágrimas de frustración y miedo—. Solo estoy cuidando que no te mueras en mi alfombra, ¡sería un desastre limpiarla!

—Mientes —dijo él, soltando una risita que terminó en una mueca de dolor—. Tus manos tiemblan. Y me has llamado por mi nombre, no "General" ni "monstruo". Me quieres, Navira. Admítelo mientras me estoy desangrando, sería un gran detalle final.

—¡Eres un idiota! —le di un pequeño golpe en el brazo sano, lo que le hizo soltar un bufido—. Te odio. Te odio por hacerme sentir esto. Pero ni modo que te dejen matar así, como a un perro en una cuneta. ¿Quién iba a molestarme entonces? ¿Quién iba a ponerme joyas caras y a quitarse la camisa por "calor"?

En ese momento, Mila regresó con más vendas y agua, y al ver la escena —yo regañándolo mientras le limpiaba la sangre con una ternura que mis palabras negaban—, no pudo evitarlo. Soltó una risita nerviosa.

—¿De qué te ríes? —le espeté, girándome hacia ella con la cara encendida.

—De nada, señorita Navira —dijo Mila, tratando de ponerse seria, aunque sus ojos bailaban de diversión—. Es solo que… se ven como un matrimonio que lleva veinte años peleando. El Comandante se está muriendo y usted lo está regañando por no saber dejarse matar con elegancia.

—¡Es que es un animal! —insistí, volviendo mi atención a la herida de Declan—. Un animal testarudo que cree que es invencible.

—Me encantas cuando te pones mandona —murmuró Declan, apoyando la cabeza en el respaldo del diván, observándome mientras yo cosía, con manos ahora más firmes, el corte de su hombro—. Me duele todo el cuerpo, pero verte así, tan genuinamente furiosa porque casi me matan… hace que valga la pena el tajo.

—No digas tonterías —le ajusté la venda con fuerza, haciéndolo jadear—. Lo que pasa es que si te mueres, el Consejo me entregará a los barones y ellos no son tan "divertidos" como tú. Solo te cuido por puro instinto de supervivencia.

—Claro, nena. Por eso me estás limpiando la cara con tanta delicadeza —se burló él, estirando su mano sana para acariciar mi mejilla, manchándola un poco con su propia sangre—. Estás perdida por mí. Has estado toda la noche esperando que cruzara esa puerta, rezándole a dioses en los que no crees para que el "hijo de puta" volviera a casa.

—¡Cállate la boca, Declan! —le grité, aunque sentía que mi defensa se desmoronaba por segundos.

Las doncellas, Elara y Mila, ya no podían contenerse. Se reían abiertamente en la esquina de la habitación, susurrando entre ellas sobre cómo el gran General de Vaelkoria había encontrado finalmente a alguien que lo pusiera en su sitio, incluso desangrándose.

—Míralas —dijo Declan, señalando a las criadas con un gesto vago—. Hasta ellas saben que me amas. Mira qué cara de preocupación tienes. Si las miradas curaran, ya estaría listo para otra batalla.

—Si las miradas mataran, tú ya estarías bajo tierra —respondí, terminando de vendarlo—. Ahora, vas a beber esto y te vas a dormir. Y si mañana intentas levantarte antes de que yo lo diga, te juro que yo misma terminaré lo que empezaron los barones.

Declan me miró con una sonrisa cansada pero llena de una satisfacción absoluta. Sabía que me tenía. Sabía que esa noche, al verlo entrar herido, mis muros de odio se habían agrietado para revelar algo mucho más profundo y aterrador.

—¿Me vas a cuidar toda la noche? —preguntó, cerrando los ojos mientras el agotamiento finalmente le ganaba la partida a su arrogancia.

—Solo para asegurarme de que no dejes de respirar y me dejes aquí sola con tus facturas de sastre —gruñí, sentándome en una silla junto al diván y tomando su mano entre las mías.

—Eres una mentirosa deliciosa, Navira —susurró él, apretando débilmente mis dedos antes de quedarse dormido—. Mi amor… mi pequeña rebelde…

Me quedé allí, en el silencio de la habitación, solo interrumpido por las risitas ocasionales de las doncellas que se retiraban discretamente. Miré a Declan, con sus vendas blancas resaltando contra su piel, y sentí un nudo en la garganta.

Era un hijo de puta. Era un animal. Era el hombre que había conquistado mi reino. Pero mientras le apartaba un mechón de pelo rubio de la frente, supe que Mila tenía razón. Estaba perdida. El incendio que él había provocado ya no se podía apagar, y lo peor de todo es que, por primera vez, no quería que se apagara.

—Descansa, animal —susurré, dándole un beso casi imperceptible en la frente—. Pero mañana… mañana me las vas a pagar todas juntas.

Vaelkoria podía ser fría y cruel, pero en esa habitación, mientras sostenía la mano del hombre que se suponía que debía odiar, el calor era lo único que importaba. Y supe, con una certeza dolorosa, que si Declan volvía a salir herido, yo quemaría el mundo entero solo para traerlo de vuelta a casa y poder insultarlo una vez más.

¡

1
Silvana Beatriz Velazquez
maravillosa historia 😍. Solo me hubiera gustado un extra con el nacimiento del bebé y unos años después mostrando su carácter.
Elsa Martinez Gonzalez
MAGNÍFICA
Paola Cordero
Jajajjaja y jajajjajajajjaja como todo hombre super exagerado jajajajajajsjajsjjs
karla yustiz garcia
🤣🤣🤣🤣 la vitamina N
Olinda Bernales Bertolotto
Siempre lindo... nunca decepciona leer tus libros.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄
Sharon Mendoza
precioso
Sharon Mendoza
precioso
karla yustiz garcia
se lee tan buena 👏👏
karla yustiz garcia
será que hay fotos de ellos 🤔
karla yustiz garcia
a mi también 🤭
karla yustiz garcia
me encanta 😍😍
karla yustiz garcia
😍😍 que bello
Viviana Lopez
Espléndido
Irene Covarrubias
creo que fue muy sutil 🤣🤣
Rosa Villena
Bellísima historia, me encantó, gracias, gracias ❤️🥰
Elilu 🇲🇽
jajaja no pues viéndolo por ese lado Declan tiene razón es un gran avance en la relación de peros y gatos que se traen ustedes dos.
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play