El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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SUSURROS DE LA NOCHE
Ofelia volvió sin hacer ningún sonido que la delatara.
Sus pasos, normalmente firmes, ahora eran silenciosos, calculados, como los de una depredadora que había descubierto la verdad demasiado tarde.
Aún a la distancia, las voces de su supuesto nieto favorito y la prometida perfecta que había escogido para Samuel resonaban en su mente como un veneno que lentamente recorría su sangre.
Se burlaban.
Se burlaban del reino.
Se burlaban de la enfermedad.
Se burlaban de su propia muerte.
Su mano tembló ligeramente al apoyarse en la pared del pasillo.
—Malditos… —susurró con odio contenido.
Su pecho ardía, no solo por la enfermedad, sino por la traición.
Al llegar a su habitación, cerró la puerta con cuidado y caminó lentamente hasta su escritorio. Tomó la pequeña campana de plata que descansaba sobre la madera y la agitó una sola vez.
El sonido fue suave.
Pero suficiente.
En cuestión de segundos, las sombras dentro de la habitación parecieron moverse.
Unas figuras vestidas de negro aparecieron frente a ella, arrodillándose sin emitir palabra.
—Vigila a ese par de traidores —ordenó Ofelia con voz firme, mirando a uno de los guardias—. Cualquier cosa que intenten hacer contra Samuel… notifícame de inmediato.
—Sí, su majestad —respondió el guardia con voz grave.
El guardia desapareció en la oscuridad luego de recibir la orden, como si nunca hubiera estado ahí.
Ofelia giró su mirada hacia los otros.
—Ustedes protejan al rey y al consorte real —ordenó al resto—. Si es necesario, faciliten cualquier avance para encontrar la cura a esta terrible enfermedad.
Los guardias inclinaron la cabeza.
—Entendido.
Los guardias sombra eran un grupo de soldados escogidos cuidadosamente.
No tenían familia antes de convertirse en guardias.
No tenían pasado.
No tenían nombre.
Eran leales únicamente a la corona.
Actuaban como un grupo especial que silenciaba a quien se les ordenara silenciar.
Solo aparecían si quien llevaba un pequeño colgante hecho de oro con letras de rubí los convocaba.
Comúnmente, eran los consortes quienes sabían de su existencia.
Pero eso había cambiado.
Cuando Ofelia se retiró junto al padre de Klaus, no entregó el colgante a su nuera. En su lugar, guardó ese secreto solo para ella.
Nadie sabía de su existencia.
Nadie… excepto ella.
—Samuel… —susurró, cerrando los ojos—. Esta vez… no permitiré que los derroten.
Los días siguientes transcurrieron en un silencio tenso.
El guardia que vigilaba a Félix y Alexandra había recopilado bastante información.
Información peligrosa.
Información que ya descansaba en manos de Ofelia.
Pero ella no la revelaría aún.
Esperaría.
El momento correcto.
Mientras tanto, el grupo encargado de proteger a Samuel y Camilo se rotaba cuidadosamente para no ser visto.
En más de una ocasión, habían ayudado a Camilo en secreto.
Libros que aparecían frente a él sin explicación.
Escaleras que parecían colocarse solas.
Sombras que lo sostenían cuando perdía el equilibrio.
Camilo, aunque no los veía, podía sentir que no estaba solo.
Aquella noche, la biblioteca estaba sumida en un
silencio absoluto.
—Mi bello omega debe estar muy cansado —dijo
Samuel suavemente mientras acariciaba su cabello.
Había entrado hacía unos momentos, sin hacer ruido, solo para observarlo.
Camilo estaba rodeado de libros, pergaminos y notas escritas con su delicada letra.
Sus ojos estaban cansados.
Pero seguían brillando con determinación y esperanza.
—Qué bueno que viniste —dijo Camilo, levantando ligeramente la cabeza—. Quería enseñarte algo.
Sacó un libro que había apartado.
—Primero come algo —sugirió Samuel con ternura—. Después me lo enseñas.
Camilo abrió la boca para protestar.
Pero en ese momento…
Su estómago gruñó.
El sonrojo cubrió su rostro inmediatamente.
Samuel sonrió con ternura.
—Tu cuerpo también necesita cuidado.
Camilo asintió en silencio, avergonzado.
Mientras Camilo comía, Samuel tomó el libro.
—Según el libro, esta enfermedad ya apareció en múltiples ocasiones —explicó Camilo entre bocados—, pero nunca lograba tomar fuerza. He estado releyendo varios tomos… pero hay algunos que no aparecen, por mucho que los busque.
—¿Libros perdidos? —preguntó Samuel frunciendo el ceño.
—Sí… como si alguien los hubiera escondido.
El cansancio comenzó a vencerlo.
Sus párpados se volvieron pesados.
Samuel lo observó.
Con cuidado, lo recostó sobre su regazo.
—Descansa un poco… —susurró.
Camilo no se resistió.
Su cuerpo, finalmente, cedió al agotamiento.
Samuel continuó leyendo.
Sin apartar la vista.
Sin moverse.
Protegiéndolo.
Incluso cuando Camilo, en medio de un sueño, murmuró su nombre.
—Samuel…
En ese momento, en su sueño…
Camilo se encontraba en un bosque.
Un bosque profundo.
Silencioso.
La luz de la luna iluminaba un lago cristalino en el centro.
El aire era cálido.
Pacífico.
Pero no estaba solo.
—Estás perdido, pequeño Camilo —dijo una voz suave.
Camilo giró rápidamente.
—¿Quién está ahí?
No vio a nadie.
Solo la luz.
Solo el lago.
—La respuesta que buscas… se halla en un escondite dentro de las catacumbas del castillo.
El corazón de Camilo comenzó a latir con fuerza.
—¿Cómo sabes lo que busco? —preguntó, confundido—. ¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi nombre?
La voz respondió con suavidad.
—Yo lo sé todo…
Una brisa acarició su rostro.
—Confía en mí. Lo que buscas se encuentra en ese lugar.
Una figura pareció formarse entre la luz.
Una silueta femenina.
Majestuosa.
Alguien familiar.
—Permíteme guiarte…
El sueño se rompió.
Camilo abrió los ojos de golpe.
Su respiración era agitada.
Samuel se sobresaltó.
—Camilo, ¿qué ocurre?
Camilo lo miró.
Sus ojos brillaban.
—¡Ya sé dónde buscar! —gritó levantándose de golpe.
Samuel se puso de pie inmediatamente.
—¿De qué hablas?
Camilo tomó su mano.
—Las catacumbas… la respuesta está en las catacumbas del castillo.
Samuel sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Porque en su vida anterior…
La cura también había sido encontrada allí.
Y alguien más…
También lo sabía.
En algún lugar del castillo…
Las sombras observaban.
Esperando el momento perfecto para atacar.