Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 5: Mensaje y espinas
Minutos después, nos dirigíamos al cumpleaños de Eliana. Solo estaríamos nosotras cuatro: la cumpleañera, Roxana, María y yo. Decidí que, después de su confesión, lo más justo era dejar que me acompañara. Al llegar, la sorpresa en el rostro de mis amigas fue evidente. Roxana me lanzó una mirada cargada de reproche y advertencia, aunque en el fondo sabía que respetaría mi decisión.
—¡Feliz cumpleaños, Eliana! —exclamé, tratando de disipar la tensión.
—Gracias, amiga... —respondió ella, desviando la mirada hacia el hombre imponente que estaba a mi lado—. ¿Y tú de dónde saliste?
—Mucho gusto y feliz cumpleaños —intervino Ricardo con esa elocuencia natural que lo caracterizaba—. Valentina me permitió escoltarla. Digamos que soy un nuevo amigo con intenciones muy claras de pretenderla.
La noche transcurrió de forma mucho más amena de lo que imaginé. Ricardo fue un caballero consumado; supo cómo ganarse a mis amigas, mostrando un carisma que las dejó desarmadas. Sin embargo, cuando el reloj marcó las tres de la mañana y me dejó frente a mi casa, la atmósfera cambió. La burbuja de seguridad del grupo se rompió para dejarnos a solas en el silencio de su camioneta.
—No te bajes todavía —me pidió, colocando una mano sobre el tablero—. Quédate unos minutos más conmigo, por favor.
—¿Has visto la hora que es, Ricardo? —pregunté, aunque mis dedos ya jugueteaban nerviosos con el asa de mi bolso—. Es hora de que te marches.
—Solo unos minutos... Cuéntame de ti. ¿Qué te gusta hacer realmente?
—¿Acaso tu investigador privado no te dio esos detalles? —solté con un toque de ironía.
Él soltó una carcajada vibrante que llenó el habitáculo.
—Es justo. Pero quiero escucharlo de tu boca.
Le hice un breve resumen de mi vida, mis planes para ejercer legalmente en poco tiempo y mis miedos profesionales. Me escuchaba como si cada palabra fuera un tesoro. Entonces, el aire entre los dos se volvió denso, eléctrico.
—Legalmente... ¿no debería haber un beso en la primera cita? —preguntó con voz ronca.
—¿Estás loco? ¡No! Te dije que me dejaras pensarlo.
—Valentina, me tienes loco desde hace tiempo. Solo un beso y te dejo tranquila el resto de la noche. Mi cuerpo me lo pide desde el día que te vi.
Me rehusé por unos instantes. En mis veintiséis años, solo había tenido un novio y me tomó meses besarlo. Siempre había sido la "mojigata", la que ponía barreras. Pero entonces, como una broma del destino, empezó a sonar una canción en la radio cuya letra parecía un ultimátum: antes que se acabe el año, tú me des un beso...
—De acuerdo —susurré, sintiendo que el corazón me iba a estallar—. Solo uno.
Se acercó lentamente. Cerré los ojos con la timidez de una escolar y, cuando sentí sus labios sobre los míos, una descarga me recorrió la columna vertebral. Fue una corriente cálida que bajó hasta lo más profundo de mi ser. No quise detenerme. No quise separarme. Le di permiso de avanzar, rindiéndome a una dominación que nunca antes había permitido.
Su lengua empezó a explorar mi boca con una urgencia controlada, mientras sus manos bajaban por mi cuello, deslizándose con una lentitud tortuosa hacia el escote de mi vestido. Me sentía a su merced, saboreando el dulce de sus labios y temblando ante su tacto. Cuando sus dedos continuaron bajando rozaron mi intimidad a través de la fina tela de mi ropa flotaba sin parar, el mundo desapareció. Estaba totalmente vestida, pero la ferocidad de su tacto me descontroló.
—Estás muy mojada, preciosa... —susurró contra mis labios, con una voz cargada de deseo puro.
Con su mano libre, tomó la mía y la guio hacia su regazo. Debajo de la tela de su pantalón, sentí su erección, dura y pronunciada.
—Así me tienes —murmuró cerca de mi oído.
En ese momento, el deseo fue más fuerte que la moral. Quería ser suya allí mismo, entregárselo todo, ignorando que el sexo era lo único que su investigador nunca habría podido descubrir sobre mí: que, a pesar de mis veintiséis años, todavía guardaba ese secreto para el hombre indicado.
Con un esfuerzo sobrehumano, logré aferrarme al último jirón de mi voluntad y me detuve. El aire en la camioneta era denso, cargado de una electricidad que amenazaba con consumirme.
—Creo que... ha sido suficiente —susurré, con la voz quebrada y el pulso desbocado.
—Suficiente para no dejarte ir de mi vida aunque lo intentes —respondió Ricardo, con la respiración pesada—. Lo siento, preciosa... No pude controlarme.
Avergonzada y con las mejillas ardiendo, me acomodé el vestido y bajé del vehículo casi en una huida. El eco de un "hasta luego" me persiguió hasta la puerta. Esa noche, mi cuerpo me gritaba que le había traicionado; nunca había sentido una atracción tan animal, tan fuera de mi control. Al poco tiempo, mi teléfono vibró:
Ricardo: Gracias por permitirme esta noche, por dejarme conocer esa parte de ti. Me dejaste extasiado. Ya ansío volver a verte.
No respondí. No sabía cómo. Al día siguiente, un ramo de rosas blancas apareció en casa, desafiando el silencio del apartamento. Verónica me miró con una ceja levantada, inquisidora.
—¿Y estas flores? —preguntó.
—Algún enamorado del hospital, supongo —mentí, sintiendo el peso de mi secreto.
Pasaron tres meses. Ricardo cambió de estrategia: se volvió el caballero paciente. Salíamos a cenar o por helados, compartiendo risas y confidencias en un ambiente de calma aparente. Yo decidí ignorar la sombra de su familia, viviendo en una burbuja de "ingenua felicidad" donde su aura magnética me hacía sentir, por primera vez, intensamente viva.
Entonces, llegó su viaje de negocios. Un mes en el extranjero que yo esperaba usar como desintoxicación, pero que terminó convirtiéndose en un puente de videollamadas interminables que morían con el sueño de la madrugada. A pesar de la distancia, la sensación de ser vigilada no me abandonaba; era un presentimiento sutil que me erizaba la piel en mis caminatas hacia las entrevistas de trabajo.
Cuando regresó, el reencuentro fue volcánico. Nos refugiamos en un mirador, bajo la luz tenue de una luna que parecía cómplice de nuestro pecado. Me trajo bombones y un collar de oro que brillaba con la misma intensidad que su mirada.
—Quisiera poner el mundo a tus pies —murmuró, acortando la distancia—. Pero solo quiero pedirte un beso. Necesito sentir que este deseo es recíproco, pero sin presiones, Valentina. Si no quieres, lo entenderé.