En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 10 :
El interior del coche de lujo del señor Morozov se sentía más frío que el invierno de Ottawa. Alex miraba por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad con la mirada perdida, mientras su padre hablaba con ese tono de victoria que tanto detestaba.
—Ya cerramos los negocios aquí, Alex. Todo está listo —dijo su padre, ajustándose los puños de la camisa—. Podemos volver a Rusia mañana mismo y dejar este lugar atrás. No hay nada más que nos ate a este suelo.
Alex asintió mecánicamente. “Sí, padre”, pensaba, mientras su mente corría a mil por hora buscando una forma de quedarse. No podía dejar a Rosalie. No ahora.
A su lado, Anya Mishka se deslizó más cerca, invadiendo su espacio personal. El olor a leche de almendras y flores se volvió pegajoso cuando ella se inclinó para susurrarle al oído con un tono cargado de reproche coqueto.
—En serio, amor... ¿por qué no me escribiste en todo el mes? Te necesité tanto que casi me vuelvo loca —Anya pasó una mano por el brazo de Alex, rozando peligrosamente la zona herida—. Además, no me gusta nada que pasaras la noche en el apartamento de esa mujer. Tienes su olor impregnado en ti, Alex... sándalo y algo más... y me enoja.
Alex la miró con una frialdad gélida. Sintió un impulso de alejarla, pero se contuvo. Sabía que si era distante ahora, su padre sospecharía y Anya se volvería más peligrosa.
—Llegamos —anunció el conductor.
Frente al imponente hotel, el señor Morozov bajó y miró a ambas jóvenes. Su mirada sobre Alex no era de cariño, sino una advertencia clara.
—Anya, ¿por qué no duermes con Alex esta noche? —ordenó el hombre—. Necesitan recuperar el tiempo perdido.
Alex sintió un nudo en el estómago. La mirada de su padre le decía que no aceptaría un "no" por respuesta.
En la habitación del hotel
Apenas entraron, Alex se encerró en el baño. Necesitaba quitarse el rastro de la noche anterior, no solo por Anya, sino por el dolor punzante en su hombro. Se duchó con cuidado, viendo cómo el agua se teñía de rojo suave por la sangre seca que aún quedaba sobre su piel.
Al salir, envuelta en una toalla y con el cabello goteando, se quedó petrificada. Anya la esperaba sentada en la cama, luciendo un conjunto de lencería de encaje negro, provocativa y segura de su belleza. Alex se tensó. Sin pensarlo dos veces, agarró una manta del sillón y, cuando Anya se acercó para rodearle el cuello con los brazos, Alex la arropó con firmeza.
—Hey, Alex... ¿por qué me alejas? —protestó Anya con un hilo de voz—. Yo quiero estar contigo.
—Hace frío, Anya. Te puedes resfriar —respondió Alex con voz plana, tratando de esquivar el juego.
—¡No me importa el frío! Yo quiero esto... —Anya la empujó suavemente hasta que Alex quedó sentada en el borde de la cama—. Quiero ser tuya, ser tu mujer, la única que esté a tu lado.
De repente, Anya empezó a liberar sus feromonas de manera agresiva, inundando la habitación con un aroma dulce que intentaba doblegar la voluntad de Alex. La heredera se tapó la nariz, sintiendo una náusea repentina.
—¡ANYA, basta! —la voz de Alex tronó en la habitación, imponente y autoritaria—. Deja de intentar seducirme. No voy a tener sexo contigo, no estoy de humor.
Anya se quedó paralizada. Sus ojos empezaron a cristalizarse.
—¿Por qué no quieres? Ya no eres la misma, cambiaste... Es por ella, ¿verdad? Por esa mujer del club.
—No fue por ella —dijo Alex, suavizando el tono para evitar un escándalo—. No llores, Anya. Mejor vamos a dormir.
—Mentirosa... ¡Es por ella! —gritó Anya, perdiendo el control. En un arranque de frustración, empujó a Alex con fuerza.
El golpe fue directo al hombro herido. Alex soltó un gruñido ahogado y se encogió, mientras una mancha roja empezaba a traspasar la manta blanca que la cubría.
—¿Qué...? ¡Alex! ¿Por qué estás sangrando? —Anya retrocedió, asustada.
—No es nada grave, no te preocupes —dijo Alex, levantándose con dificultad para ir hacia el botiquín.
—¿Cuándo pasó eso? Esa herida es de anoche... —Anya empezó a unir los puntos, su confusión transformándose en una rabia silenciosa.
—Fue anoche, pero no importa ahora. Déjalo así —cortó Alex, entrando al baño para curarse sola.
—Claro que me importa... te amo, Alex.
Alex no respondió. El silencio fue su única contestación mientras cerraba la puerta del baño.
Anya se quedó sola en la habitación, mirando la mancha de sangre en la manta. Sus ojos azules, antes dulces, se volvieron oscuros y calculadores.
(“Sé que es por culpa de esa mujer...”, pensó Anya, apretando los puños. “Haré que desaparezca de tu vida, Alex. Cueste lo que cueste. Así volverás a ser solo mía”).