En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
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CAPÍTULO 23: El RECUERDO DE UNA HERIDA CON LUZ
El viento cortante del Triple Punto de Muerte había cesado. No quedaba rastro del caos previo: solo el silencio eléctrico de un campo condenado. Las dos runas liberadas —la de Velsebu y la de Kitora— seguían suspendidas en el cielo como lágrimas espectrales, girando con un pulso ominoso mientras esperaban el cumplimiento del Círculo del Fin. Reinders alzó la mirada apenas un segundo. No era el momento de preocuparse por las runas. Primero debía salvarla a ella. Elsa se encontraba a pocos metros, su respiración irregular, los ojos teñidos de un rojo violáceo que pulsaba con presencia ajena. La misma oscuridad que la corroía susurraba a través de sus venas. Valor observaba desde la distancia, sentado sobre un fragmento de roca desgastada como si asistiera a un espectáculo reservado solo para los eternos.
—Esto será entretenido —comentó, cruzando los brazos—. Aunque no creo que tengas el valor de hacer lo que debes, Oscuro.
Reinders no respondió. No podía responder. Todo su ser estaba en guerra consigo mismo. Respiró hondo. El eco de la batalla anterior seguía latiendo en sus músculos, pero lo que ahora sentía era distinto. Era miedo… y cariño. El primer choque Elsa avanzó. No caminando. No corriendo. Deslizando. Como si la oscuridad fuera un océano y ella una sombra que flotaba en silencio.
—Reinders… —su voz se quebró en un tono agudo que no era suyo—. Aléjate.
Una lágrima negra se deslizó por su mejilla. Era oscuridad pura, destilada. Reinders sostuvo su espada —la reforjada Coleman, ahora vibrando con mitril y destino— y dio un primer paso hacia ella.
—No vine a huir —susurró—. Vine a traerte de vuelta.
El crujido de la energía corrupta se hizo audible. Elsa levantó su mano, y una lanza de lava oscura se formó en un estallido rojizo. Reinders se inclinó apenas, esquivó, y el proyectil destruyó una montaña distante. El combate comenzó. Ella era velocidad pura. Él, precisión. Ella, caos. Él, voluntad. Coleman resistió cada impacto que, de otra forma, habría desgarrado la carne y el espíritu del héroe. Las explosiones negras destellaban como relámpagos silenciosos, iluminando rostros tensos y un cielo cargado de presagios.
Pero la parte más dura no era la lucha. Era verla llorar mientras atacaba. Un recuerdo que despierta.
Durante un choque especialmente brutal, la oscuridad de Elsa chocó con la luz rúnica de Coleman y ambos fueron empujados hacia atrás.
Reinders cayó de rodillas. Y entonces ocurrió. Una imagen. Un destello en su mente. Un recuerdo enterrado por cien años.
Él corría por un valle en llamas. Dragones rugiendo en el cielo. Gritos de familias de distintas razas huyendo. Y en medio de todo… un pequeño cesto.
Un bebé dragon lloraba en mitad del caos, rodeado de ruinas.
Reinders —El Oscuro, en aquel entonces— jamás se detuvo por nadie, pero llevabacon sigo una especiede mochila que se movía. Él era una sombra sin corazón, solo cumplía órdenes, un arma sin sentimientos. Pero ese día… se detuvo por primera vez.
La pequeña tenía ojos color fuego y un mechón rojo.
Una luz pura la envolvió durante un instante, como si el mundo entero quisiera protegerla. Él la levantó, sorprendido por su propio acto, y ese llanto inocente atravesó el manto de oscuridad que lo envolvía.
—No llores —susurró aquella versión más fría de sí mismo—. Aún no es tu final.
Daño, destrucción, y él allí sosteniendo vida. Ella metió en aquella mochila que también traía un mechón blanco, otro negro y uno rubio. Fue entonces cuando una voz —quizás una bieja chispa de bondad en su alma— dijo: “Protéjela.”
El recuerdo terminó. El aire regresó al presente de golpe. Elsa también lo vio. Ella jadeó, llevando sus manos a la cabeza mientras la oscuridad se retorcía dentro.
—¿Fui yo…? —susurró ella— ¿Tú… me salvaste hace cien años?
Reinders tragó saliva.
—Siempre he estado contigo, incluso cuando olvidé por qué.
Elsa lloró. Lágrimas normales, humanas, mezclándose con las negras. Valor chasqueó la lengua desde la roca.
—Ah, qué escena tan ridícula. El Oscuro hecho un sentimental… Debería haber destruido a esa inservible cuando tuve oportunidad.
Elsa gritó. No de dolor físico. De conflicto. La oscuridad dentro de ella no estaba dispuesta a ceder el control. La luz que surgía de su corazón tampoco.
Reinders corrió hacia ella justo cuando un estallido de energía corrupta la envolvió. Coleman reaccionó. La runa selladora brilló —débilmente, demasiado débil para sellar a Valor aún— pero lo suficiente para abrir un mínimo espacio entre ella y la corrupción.
Él la sostuvo por los hombros. Ella lo miró con los ojos divididos en dos colores: uno rojo, uno violeta oscuro.
—Reinders… vete… no quiero… hacerte daño…
Él sonrió. Una sonrisa cansada, rota… y profundamente amorosa.
—No importa lo que me hagas. Nunca me alejaré de ti.
La oscuridad se enfureció. Una espada de magma negra apareció en las manos de Elsa. No era su voluntad. Era la de Valor. Reinders lo supo.
Y decidió qué hacer. Abrió completamente su guardia y la abrazó. Literalmente. La rodeó con sus brazos mientras ella luchaba por no atravesarlo.
—¡NO! —gritó Elsa.
Pero ya era tarde. La espada oscura se incrustó en su costado. Cruel. Profunda. Letal.
Sin soltarla, él apoyó su frente contra la de ella y susurró:
—Te prometí que siempre te protegería… incluso de ti misma.
Y la besó. Un beso que sabía a lágrimas, dolor y luz.
Un beso que atravesó la oscuridad, rompiendo cadenas invisibles. La espada se disipó en un estallido. La corrupción se agrietó. Y entonces… se rompió. Un grito salió del alma de Elsa mientras la oscuridad se desprendía de su cuerpo en un torbellino que ascendió al cielo.
Ella se desplomó en sus brazos.
—Reinders… yo… —susurró—. ¿Por qué harías algo así…?
Él, herido, con la sangre corriendo, le acarició la mejilla.
—Porque te amo, Elsa. Y porque… si debía caer… que fuera salvándote.
Un aura blanca brotó de Elsa. Su energía regresó. Su poder también. El fuego de sus ojos recuperó su pureza. Ella sostuvo a Reinders, desesperada.
—¡Aguanta! ¡Aguanta, por favor!
Reinders sonrió, casi desafiante.
—Estoy bien… Solo… no me vuelvas a atravesar, ¿sí?
Ella lloró abrazándolo. En ese momento, el resto del equipo llegó corriendo desde los bordes del campo de batalla. Esi, Creta, Mar, Estu, Bambam, todos frenaron al ver la escena. Elsa se puso de pie lentamente, aún temblando, pero con una fuerza nueva. Una convicción inquebrantable.
—Estoy lista —dijo, con los ojos brillando con un poder puro—. Valor… no volverás a controlarme.
Valor se levantó finalmente, cansado de esperar. Su aura se disparó al cielo en un pilar negro que hizo vibrar el mundo.
—Bien. Ya me cansé de sus dramas. Esta vez… destruiré todo por completo.
Elsa se colocó junto a sus amigos. Reinders, aún herido pero de pie, apoyó Coleman contra el suelo para sostenerse. Y antes de que el fin llegara, él dio un paso al frente, mirando a Valor a través de la sangre en su rostro.
—Valor… puedes destruir mil mundos si quieres. Pero ninguno de ellos tendrá espacio para ti cuando yo termine contigo.
El cielo tembló. La batalla final estaba a punto de comenzar.