Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
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CAPÍTULO 20 - LA FERIA
La Feria de Sevilla de 1958 empezó el 20 de abril y en Triana no se hablaba de otra cosa.
Desde enero no habíamos hecho otra cosa que coser trajes de flamenca. Rojos, verdes, blancos con lunares negros. Para otras mujeres. Para hijas de otras mujeres. Nosotras no teníamos ninguno.
Hasta que Lola, una semana antes de la feria, cerró la tienda a mediodía y bajó del altillo dos rollos que no eran para vender. Uno rojo con lunares blancos y otro azul con lunares blancos.
- Este rojo es para ti, Ana. Que eres viuda pero todavía eres joven. Y este azul es para ti, Zoe. Que eres mi sobrina y no vas a ir a la feria con la falda gris de Olvera que ya tiene agujeros.
- ¿Y Lucía? - preguntó Zoe.
Lola sonrió y sacó del cajón un trocito chico del rojo con lunares blancos que nos había sobrado del primer traje que vendimos en enero. El que nos salió torcido y tuvimos que deshacer.
- Para la Purísima también hay traje. Aunque tenga cuatro meses.
Esa semana no cosimos para clientas. Cosimos para nosotras. Yo con Lucía atada al pecho, como siempre, cortando el rojo. Zoe en la Singer, haciendo el azul. Lola nos corregía pero no nos metía prisa. Por primera vez desde que llegamos a Triana, cosíamos sin contar pesetas.
El vestido rojo me quedaba justo. Había engordado un poco desde que comíamos carne y Lucía ya no me chupaba tanto. Me miré en el espejo roto de la trastienda y no me reconocí. No era Zeynep con la piedra en la mano. No era Ana Vidal con el velo negro de viuda del Registro. Era otra. Una con lunares blancos y con una niña de cuatro meses en brazos.
Zoe estaba preciosa con el azul. Se había dejado el pelo suelto, largo, como no le dejaban en Olvera. Se había pintado la boca con un rojo barato que le había regalado Doña Rosario.
- Pareces una sevillana de verdad - le dije.
- Parecemos - me dijo.
Lucía llevaba su trajecito rojo chico, con volantes que le tapaban los pies de bailaora. Le habíamos puesto el pañito del mal de ojo en la muñeca y una flor blanca de tela en la cabeza que le hizo Lola.
Salimos las tres a las seis de la tarde, cuando ya no hacía tanto calor. Triana entera iba para la feria, cruzando el puente. Mujeres con trajes como los nuestros, hombres con sombrero, niños con globos.
Nadie nos miró raro. En la feria de 1958 todas eran sobrinas, primas, viudas, madres. Todas eran de Triana.
La feria era enorme. Más grande que todo Olvera junto. Casetas con luces, caballos con mujeres de lado, guitarras por todos lados, olor a rebujito y a pescaíto frito. Yo nunca había visto algo así. En mi pueblo no había feria. En Olvera había procesiones donde había que agachar la cabeza.
Aquí la gente levantaba la cabeza.
Nos metimos en una caseta chica que era de la familia de Doña Rosario. Nos habían invitado. Adentro había una mesa larga con jamón y con vino y con niños corriendo entre las faldas de sus madres.
Doña Rosario nos vio entrar y gritó:
- ¡Llegaron mis Vidal!
Toda la caseta nos miró. Lucía, que iba en brazos de Zoe, se puso a llorar un poco por el ruido. Después se calló y se quedó mirando las luces.
Una mujer vieja se acercó y me tocó el vestido rojo.
- ¿Ustedes lo hicieron? - dijo.
- Sí - dijo Lola, orgullosa -. Mis sobrinas. Telas Lola. En Pagés del Corro.
- Pues son las mejores de Triana este año - dijo la mujer.
Zoe me agarró la mano por debajo de la mesa. Como en la bodega. Como en la casa azul de Rosario la noche que vino la Guardia Civil.
- ¿Estás contenta? - me susurró.
Yo miré a Lucía con su traje rojo, a Zoe con su traje azul, a Lola con su cigarro y su traje verde que se había hecho ella misma con retales.
- Sí - le dije -. Por primera vez desde que me fui de mi pueblo, no tengo miedo de que me vean.
Bailamos. Lola nos dijo que en la feria, aunque fueras viuda, podías bailar una sevillana si era la Purísima de tu hija. Zoe me sacó a bailar. Yo no sabía. Me pisó dos veces y nos reímos tan fuerte que Lucía, que estaba en brazos de Doña Rosario, se rió también. Con su risa sin dientes que había aprendido en marzo con el ruido de la Singer.
A las diez de la noche, cuando ya nos íbamos porque Lucía tenía sueño, pasó algo.
Un hombre a caballo, con traje corto y sombrero, se paró frente a nuestra caseta. No era de Triana. Era de Olvera. Yo lo conocí por el sombrero. En Olvera los hombres llevan el sombrero más alto.
No nos vio a nosotras. Estaba buscando a alguien en otra caseta. Pero Zoe lo vio.
Era el primo de Luis. El que le llevaba los recados a Doña Carmen.
Zoe me apretó la mano muy fuerte.
- Nos ha visto - dijo bajito.
- No - le dije -. No nos vio. Estamos con traje de flamenca. No parecemos de Olvera. Parecemos de Triana.
Nos fuimos rápido por detrás de la caseta, con Lucía dormida en el pecho, con los trajes rojos y azules llenos de polvo de la feria.
Esa noche, en el cuarto del fondo, con los trajes colgados y Lucía dormida entre nosotras con su trajecito rojo todavía puesto, Zoe me dijo:
- En la feria no tuve miedo. Ni un ratito.
- Yo tampoco - le dije.
Pero las dos sabíamos que el hombre a caballo nos había visto. O casi.
Y que Olvera todavía no nos había olvidado.
A la mañana siguiente Lola encontró un papel por debajo de la persiana de Telas Lola. Era del juzgado de Sevilla. Con sello morado.
Era para Zoe Araya.