Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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Un lugar a su lado
Los días posteriores al regreso de Aveline y Eryndor transformaron el castillo. Las habitaciones que habían permanecido cerradas durante años volvieron a llenarse de voces, los sirvientes recuperaron la costumbre de preparar comidas para más personas y, por primera vez en mucho tiempo, la presencia de la familia real no estaba relacionada con una tragedia.
Náyrel disfrutaba de tener a su madre cerca, aunque a veces necesitaba escapar de tantas atenciones. Aveline quería conocer cada detalle de su vida, Eryndor intentaba compensar los años perdidos con conversaciones interminables y ambos parecían convencidos de que debían protegerla de cualquier inconveniente.
Aquella mañana, Náyrel descubrió que habían organizado una reunión con los consejeros de los siete reinos para hablar sobre su futuro.
Sin preguntarle.
Entró en el salón donde sus padres revisaban documentos y dejó sobre la mesa la invitación que había encontrado en su habitación.
—¿Pueden explicarme por qué hay una reunión sobre mi futuro sin que yo haya sido consultada?
Eryndor levantó la mirada. Aveline cerró lentamente el documento que estaba leyendo.
—Queríamos evitarte preocupaciones —explicó su padre—. Los consejeros necesitan saber qué ocurrirá ahora que has regresado.
—Pueden hablar del reino todo lo que quieran. Pero no pueden decidir qué ocurrirá conmigo como si yo no estuviera aquí.
Aveline intercambió una mirada con Eryndor. Finalmente, la reina asintió.
—Tienes razón. Nos acostumbramos a pensar en ti como nuestra niña, incluso cuando ya eres una mujer capaz de tomar sus propias decisiones.
—No quiero que vuelvan a hacer eso.
—No lo haremos —prometió Eryndor—. La reunión seguirá adelante, pero participarás si así lo deseas. Y nadie anunciará decisiones en tu nombre.
Náyrel sintió que la tensión abandonaba sus hombros.
—Eso es todo lo que quería escuchar.
Salió del salón con la intención de caminar por los jardines. Sin embargo, al cruzar el corredor encontró a Darian esperándola junto a una ventana.
—He oído que has tenido una mañana interesante —comentó él.
Náyrel lo miró con desconfianza fingida.
—¿Ahora también escuchas detrás de las puertas?
—No. Tu padre salió del salón diciendo que debía aprender a preguntarte las cosas antes de organizarlas.
Ella no pudo evitar reírse.
—Espero que lo aprenda rápido.
—Por su propio bienestar, yo también.
Caminaron juntos hacia el invernadero oriental. Desde que sus padres habían regresado, Náyrel pasaba buena parte del día con ellos, y Darian había procurado no interrumpir esos momentos. Ella agradecía que no le reclamara su atención ni interpretara su ausencia como un rechazo.
Al llegar al invernadero, Náyrel encontró una mesa cubierta de macetas, herramientas y pequeños recipientes de barro.
—¿Qué es todo esto?
—Elowen me comentó que querías recuperar algunas de las plantas que cultivabas en tu cabaña. Pensé que podríamos preparar un espacio para ellas.
Náyrel recorrió la mesa con una expresión sorprendida.
—¿Tú preparaste esto?
—Con ayuda de Elowen. Si hubiera dependido únicamente de mí, probablemente habría terminado enterrando las macetas al revés.
—Al menos reconoces tus limitaciones.
—Estoy haciendo un esfuerzo admirable por impresionarte.
Ella sonrió y comenzó a revisar las plantas. Había hierbas medicinales, flores silvestres y pequeños brotes que todavía necesitaban cuidados. Todo estaba dispuesto con sencillez, sin el lujo excesivo que caracterizaba al castillo.
—Me gusta —admitió—. Aquí podré trabajar sin que nadie me pregunte cada cinco minutos si necesito algo.
Darian se llevó una mano al pecho, fingiendo sentirse ofendido.
—¿Me estás incluyendo en ese grupo?
—Especialmente a ti.
—Qué crueldad.
Náyrel rio y le entregó una pequeña pala.
—Si quieres impresionarme, empieza por ayudarme.
Durante la siguiente hora trabajaron juntos. Darian resultó menos torpe de lo que ella esperaba, aunque necesitó varias indicaciones para distinguir las plantas que debían mantenerse a la sombra de aquellas que necesitaban más luz.
En un momento, Náyrel se inclinó para acomodar una maceta y terminó con tierra en la mejilla.
Darian la miró, conteniendo una sonrisa.
—No digas nada —advirtió ella.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando algo.
—Estoy pensando que la futura heredera de los siete reinos acaba de perder una batalla contra una maceta.
Náyrel tomó un poco de tierra con los dedos y lo miró con una sonrisa peligrosa.
—Darian, te aconsejo que corras.
Él levantó ambas manos.
—No voy a arriesgar mi dignidad por una provocación tan evidente.
Ella le lanzó un pequeño puñado de tierra antes de que terminara de hablar.
La sorpresa de Darian fue tan genuina que Náyrel comenzó a reírse sin poder contenerse. Él la observó durante unos segundos y finalmente se unió a su risa.
No hubo títulos, obligaciones ni conversaciones sobre el pasado. Solo dos personas compartiendo una mañana imperfecta.
Cuando terminaron, se sentaron en un banco junto a las plantas recién acomodadas.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Náyrel.
—Lo que quieras.
—¿Por qué estás haciendo todo esto?
Darian dejó de sonreír. Miró el invernadero antes de responder.
—Porque quiero que tengas un lugar donde puedas ser tú misma. Y porque estoy aprendiendo que protegerte no significa elegir por ti. No espero que me quieras por eso ni que olvides cómo empezó nuestra historia.
Náyrel bajó la mirada hacia sus manos.
—No he olvidado nada.
—Lo sé.
—Pero tampoco puedo negar que me gusta estar contigo.
Darian permaneció inmóvil, como si aquellas palabras fueran algo demasiado valioso para responder a la ligera.
—A mí también me gusta estar contigo —confesó—. Más de lo que imaginaba.
Náyrel se volvió hacia él. Sus rostros estaban cerca, pero ninguno se apresuró a acortar la distancia.
Finalmente, ella apoyó la cabeza en su hombro.
Darian no dijo nada. Se limitó a permanecer a su lado, permitiéndole decidir cuánto duraría aquel momento.
Y para Náyrel, aquella tranquilidad significó más que cualquier promesa grandiosa.
Quizá enamorarse no consistía en dejar de tener miedo, sino en descubrir que alguien estaba dispuesto a caminar contigo sin obligarte a seguir sus pasos.
Por primera vez, comenzó a imaginar que Darian podía convertirse en ese alguien.