Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 21: El Hilo que nos Une
Para el tercer día, el ritmo del taller había asimilado la presencia de Dominic de una forma extraña. Las costureras y cortadoras, que al principio lo miraban de reojo con una mezcla de sospecha y temor por su imponente estatura, comenzaron a mostrarle un respeto silencioso. El hombre no ponía excusas. Movía las pesadas cajas de madera con herrajes, barría los restos de hilos y tiza del suelo sin rechistar y mantenía una disposición absoluta ante cualquier orden, por insignificante que fuera. Había algo profundamente magnético en ver a un hombre con ese porte manejando una escoba con la misma seriedad con la que antes firmaba contratos millonarios en Nueva York.
La mañana se volvió caótica cuando se acercó la hora de la reunión más importante de la semana. Scarlett había agendado una cita en la pequeña sala de juntas del taller con Jean-Luc Bernard, un influyente inversionista francés cuyo capital podía asegurar la distribución de su línea en las principales capitales europeas. El problema era la reputación del hombre: Bernard pertenecía a la vieja escuela de los negocios, conocido por un trato machista, condescendiente y una visión sumamente rígida de la moda. Quería financiar la marca, sí, pero bajo la sutil condición de alterar la esencia misma del proyecto, eliminando el enfoque de la moda inclusiva para adaptarlo a los estándares comerciales tradicionales de siluetas inalcanzables.
Scarlett ingresó a la sala con un vestido de sastrería gris, la espalda recta y los apuntes de costos ordenados dentro de una carpeta. Dominic entró un paso detrás, cargando sobre el hombro izquierdo un pesado muestrario de telas y catálogos de hilados, ocupando su lugar en la esquina más apartada de la habitación. Estaba obligado a mantenerse al margen, limitándose a su papel de empleado sumiso, un mero asistente que solo hablaba si se le pedía una muestra específica.
Jean-Luc Bernard llegó derrochando una galantería barata que a Scarlett le revolvió el estómago. Se sentó a la mesa sin quitarse el abrigo de piel, miró los bocetos con desdén y apenas prestó atención a las proyecciones de ventas que la diseñadora le presentaba con argumentos sólidos.
—El concepto es tierno, mademoiselle Sinclair, muy noble —dijo Bernard, restándole importancia con un ademán de la mano mientras encendía un cigarrillo sin pedir permiso—. Pero seamos realistas. La moda es aspiracional, no real. Esta idea de vestir cuerpos comunes no vende en las grandes avenidas de París. Estoy dispuesto a poner el capital, pero mi equipo tomará el control del diseño. Una mujer tan joven y hermosa como usted necesita una mente masculina detrás, una guía firme en los negocios para no fracasar en el exigente mercado europeo.
En la esquina de la sala, la temperatura pareció descender a cero. Dominic se tensó al instante. Sus ojos oscuros se clavaron en la nuca del inversionista con una intensidad asesina y sus puños se apretaron con tanta fuerza que las cicatrices de sus nudillos se tornaron blancas. Por dentro, el magnate de Nueva York se moría por dar un paso al frente, poner sus cartas financieras sobre la mesa, comprar las deudas de Bernard y destruirlo sistemáticamente en el mercado internacional por atreverse a menospreciar a Scarlett. Tenía el poder, el dinero y la influencia para humillarlo con una sola llamada telefónica.
Sin embargo, Dominic se frenó. Apretó los dientes y contuvo el aire en sus pulmones. Comprendió, en un destello de madurez que nunca antes había tenido, que intervenir significaría cometer el mismo error del pasado: intentar controlar la situación y arrebatarle el protagonismo a ella. Este no era su terreno; era el momento de Scarlett.
Buscando su mirada, Dominic esperó a que ella lo mirara de reojo. Cuando sus ojos se cruzaron, él no mostró furia, sino que le dio un asentimiento sutil, casi imperceptible con la cabeza. Fue una mirada limpia, cargada de una fe absoluta, de complicidad y de un orgullo profundo por el talento de la mujer que tenía enfrente. Le estaba diciendo, sin palabras, que ella no necesitaba que nadie la defendiera.
Scarlett recibió ese gesto como una inyección de calor directo en las venas. Empoderada por la certeza de que el hombre más poderoso que conocía se replegaba voluntariamente para dejarla brillar, se acomodó sobre sus tacones de hierro y clavó sus ojos claros en el inversionista francés.
—Se equivoca de manera lamentable, señor Bernard —articuló Scarlett, con una voz templada que resonó en las paredes de la sala—. Mi marca no necesita una mente masculina para subsistir, y mucho menos una tan obsoleta como la suya. Sinclair Alta Costura no vende ropa; vende identidad y dignidad, algo que sus balances financieros claramente no pueden comprender. Guarde su dinero para proyectos que compartan su falta de visión. Esta reunión ha terminado. Fuera de mi taller.
Bernard se quedó de piedra, con el cigarrillo a medio camino de la boca, impactado por la contundencia y la elegancia con la que la joven lo acababa de destrozar. Sabiéndose derrotado y sin argumentos, se puso de pie bruscamente, tomó sus papeles y abandonó la sala de juntas a zancadas, dando un portazo que hizo vibrar los cristales.
Al quedarse solos, el silencio regresó a la habitación y la adrenalina del momento comenzó a bajar lentamente. Scarlett soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros por primera vez en todo el día, y se apoyó contra el borde de la mesa de madera, exhausta por la tensión acumulada.
Dominic dejó el muestrario de telas en el suelo y se acercó despacio, rompiendo la regla de la distancia por primera vez en tres días. Se detuvo a un paso de ella, respetando su espacio, pero metió la mano en su delantal de lona y sacó un pañuelo de tela blanco, limpio y perfectamente doblado. Lo extendió hacia ella con un movimiento suave.
—Tienes una pequeña mancha de tiza azul aquí —dijo Dominic en un susurro, señalando con el dedo su propia mejilla izquierda para indicarle el lugar.
Scarlett tomó el pañuelo, pero en lugar de limpiarse, se quedó mirándolo fijamente a los ojos. Observó las facciones cansadas del hombre, la ropa rústica de asistente y las marcas de sus manos. Vió, con una claridad que la conmovió en lo más profundo, que el gigante de hielo de Manhattan había sido capaz de tragarse su inmenso ego corporativo, sus impulsos posesivos y su orgullo herido solo para mantenerse en una esquina y verla ganar su propia batalla. Él había aprendido a respetar su valor.
Por primera vez desde que Dominic había pisado París, la máscara de fría indiferencia de Scarlett se rompió por completo. Sus ojos se empañaron levemente, y una conversación honesta, desprovista de jerarquías de jefes o empleados, comenzó a tejerse en el silencio de la sala vacía.